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Los bestiarlos y el Bestiario ( IR AL ÍNDICE )

In document Bestiario Medieval (página 135-137)

Decir, como Nilda Guglielmi, que un bestiario es «una obra seudocientífica moralizante sobre animales, existentes y fabulosos» (7), supone un loable esfuerzo de síntesis, lamentablemente baldío. Me apresuro a decir que no tengo mejor definición que ofrecer a cambio; pero «seudocientífica» supone un juicio de valor escudúdo en el concepto moderno de ciencia; «moralizante» sólo define a determinados bestiarios no, por ejemplo al denominado «de Cambrai», cuyos animales no van seguidos de morahzación alguna, ni al bestiario amoroso de Richart de Fornival

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«existentes y fabulosos» tampoco es totalmente exacto si no se precisa el segundo concepto, por la razón de que prácticamente a todas las bestias del Physiologus y sus traducciones se les atribuyen propiedades «reales» (al margen de los significados religiosos, o eróticos) de las que carecen de hecho. No hay un bestiario, sino bestiarios, aunque todos procedan de un clásico e hipotético Physiologus que no conservamos. Y existe, por otra parte, un Bestiario desmedido e inabarcable, que engloba a todos los animales de la literatura medieval.

«El Físiólogo», escribe McCulloch (15), «es una

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descripciones fantásticas de animales, aves e incluso piedras, reales e imaginarios, para ilustrar aspectos del dogma y de la moral cristianos». Es posible, aunque existen numerosas hipótesis al respecto, que la versión primitiva del Fisiólogo, el texto griego, se redactara en Alejandría entre los siglos 11 y V de nuestra era. La ciudad, punto de convergencia de famosos teólogos cristianos, como Clemente y Orígenes, de leyendas tradicionales del antiguo Oriente y de la ciencia griega, mostraba un afán por la interpretación alegórica de las Escrituras, así como

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de la propia naturaleza, reveladora de los designios de Dios. Se ha propuesto igualmente la región de Sirla como lugar de nacimiento del Fisiólogo, y el siglo IV como época concreta; se ha señalado también, como fuente remota del mismo, la obra perdida del egipcio Bolos de Mendes (siglo 111 o IV antes de Cristo), seguidor de Demócrito.

El Fisiólogo ha sido atribuido a los gnósticos, a Taciano, o a los autores cristianos Rufino, Epifanio,

Basilio, Juan Crisóstomo, Ambroslo y jerónimo; en el siglo V, el texto fue traducido al etíope, al siríaco y al armenio, y ya hacia el año 39o debía existir una versión latina, puesto que Ambroslo se inspiró en ella para su

Hexaemeron.

Los manuscritos latinos más antiguos que poseemos del

Physiologus son, en todo caso, del siglo VIII. La denominada versión Y no conoció difusión alguna

después del siglo XI; tampoco las versiones latinas A y C tuvieron descendencia importante. Sin embargo, B dio origen a las principales versiones latinas que se desarrollarían en Inglaterra y Francia a lo largo de la Edad Media. A partir del siglo X11, la denominada «segunda farmlia» de manuscritos recibe ya el nombre de bestiarlos: los capítulos primitivos aumentan considerablemente en número, debiéndose las adiciones a las Etimologias de Isidoro, a textos de Solino y a párrafos del

Hexaemeron.

Una obra que satisfacía así dos necesidades la curiosidad que inspiraba el mundo animal, y la visión medieval del mundo real como reflejo o manifestación del mundo divino merecía ser trasladada a las lenguas vulgares. A partir del siglo XII, varios poetas anglonormandos comienzan a componer versiones rimadas del Physiologus, en francés.

Sobre el

Physiologus latino y griego

más valdría decir «los Physiologi», se ha escrito una obra definitiva, la de Lauchert; a pesar de su fecha de publicación, y en cuanto a precisión filológica, estudio de fuentes y erudi i ción histórica, tal libro es dificilmente mejorable. Los trabajos de Sbordone y McCulloch, más modernos, corrigen aspectos y enfoques parciales. McCulloch parte de una

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base que es preciso comentar; son, según la autora, bestiarios franceses «tradicionales» los que traducen cualquiera de las versiones del Phys.iologus, es decir, los bestiarlos de Philippe de Thaün,

Gervaise, Guillaume le Clerc y Pierre de Beauvais, compuestos en los siglos XII y XIII. Al margen de estos textos, lo demás no es «tradicional» y, por lo tanto, no merece el análisis de McCulloch. No se hallan, pues, en su libro, sino ocasionales y breves

J referencias a otros bestiarlos importantes, como el de Cambral o el Valdense, el amoroso de Richart de Fornival y sus versiones rimadas, la parte zoológica del Trésor de Brunetto Latini y otras varias obras que sí serán utilizadas aquí. Todas ellas merecen atención: si no son traducciones fieles de un Physiologus latino (cosa que, por otra parte, tampoco es el texto de Philippe de Thaün), recogen algunos de sus elementos, y los combinan con otros, procedentes de tradiciones antiguas.

Los estudios mencionados renuncian, por otra parte, a todo enfoque que no sea el historicista; convendría quizá, sin desechar los hallazgos de Lauchert y McCulloch, intentar una lectura diferente, centrada no en las fuentes literarias de cada bestiario y de cada animal, sino precisamente en

su senefiance o

significación moral, tal como la propone el autor de la época, y desde otro punto de vista, que es el de la psicología analítica. Sobre este enfoque volveré muy pronto; baste añadir ahora que comparar los distintos manuscritos de Pierre le Picard o buscar en qué autores antiguos (Ctesias, Solino, Ellano, Plinio, Ambrosio, Isidoro ... ) aparece determinado rasgo que inserta el Physiologus y que reproducen las versiones vulgares, poco dice sobre el hombre medieval, que es en definitiva el creador y el destinatario de estas obras. juicios como el de Paul Meyer, refiriéndose al Physiologus «las concepciones absurdas de que está lleno no parecen haber asombrado a nadie en la Edad Media, y ( ... ) los autores de bestiarlos en lengua vulgar no suprimieron nada de todo ello» («Les bestiaires», 364), presentan una imagen de cierto público medieval que está ya superada.

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En cuanto al Bestiario, constituye un vastísimo campo, prácticamente sin desbrozar, al menos desde el punto de vista qúe aquí interesa. En 1924, Langlois ironiza (1, 36667) sobre los estudios de tipo académico consistentes en recopilar, de una serie de documentos sobre la «historia de la civilización» en la Edad Media, todo lo relativo a un tema determinado; tales trabajos proliferaron en Alemania y Estados Unidos. De la lista bibliográfica que Langlois da a continuación, sólo tres títulos se ocupan de animales y aves. Los grandes manuales bibliográficos especializados en literatura francesa medieval no indican ningún estudio relevante hasta la fecha. Ignoro los motivos de este abandono de un tema riquísimo: si a los animales «reales», sin función propiamente simbólica, se añaden los animales imaginarios y los monstruos, los cuatro siglos de literatura medieval en lengua vulgar darían trabajo a un equipo de investigadores. Con las limitaciones que indicaré en seguida, sería preciso acometer un estudio omnicomprensivo, que englobase tanto los bestiarios como el Bestiario.

En torno a lo fantástico AIN6

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