EN la Edad Media, cualquier colegial se sabía el Bestiario de carretilla, asegura Harris (1143)*; Y
Nilda Guglielini añade (15) que el Fisiólogo es el libro más difundido, después de la Biblia, hasta el siglo XII.
Bastarían ambas reflexiones, a pesar de la probable exageración de la primera y de la falta de pruebas que fundamenten la segunda, para justificar el interés y la oportunidad de este libro, que
es una antología M Bestiario medieval. Y si el libro se *ustifica solo, parece inútil hablar de lo que es; resulta preferible exponer, y a eso me dispongo, lo que podría y debería ser un estudio moderno sobre el Bestiario. «Moderno» significa, sin otra pretensión, un examen del Bestiario a la luz de la antropología, de la historia de las religiones, de la psicología profunda... «Las psicologías de las profundidades», escribe Ellade en Mythes (131), «han reconocido a la dimensión de lo imaginario el valor de una dimensión vital, de importancia primordial para el ser humano en su totalidad. La experiencia imaginaria es constitutiva del hombre, al mismo nivel que la experiencia diurna y las actividades prácticas».
Los libros se citan en forma abreviada, con indicación escueta de autor, título si es necesario, y página entre paréntesis; véase la Bibliografía final.
1 197
‑E 1
Bestiario y bestiarios. El animal y el hombre
AIN6
En su ensayo sobre juguetes, Roland Barthes (58) omite toda alusion a osos de trapo, caballos de cartón o fieras recortables. Y, sin embargo, la atracción que los niños experimentan hacia el mundo animal no deja lugar a duda alguna: dibujos, cuentos o sueños infantiles sirven de vehículo a lo que Durand denomina (71‑7z) «mensaje terlomórfico». Por otra parte, si consideramos el despertar cultural de la humanidad, parece evidente que lo esencial del arte prehistórico, lo más hermoso del arte auriñaciense, son las representaciones animalísticas en las paredes de las cavernas. Por eso, cree Debidour (io), «es fácil ver que el animal ocupa un lugar incomparable en la mentalidad del
‑primitivo y del niño».
Volveré sobre esta afirmación del autor del Bestiaire sculpté; siguiendo su razonamiento, captar plásticamente a los animales es para el hombre hacerse dueño, en cierto modo, de todo aquello que desea y no puede realizar. De tal situación se deriva una relación de inferioridad y a la vez de superioridad con respecto al animal. «Así, el animal es para el hombre el signo vivo de aquello que se le escapa y de lo que conquista, de su limitación y de su dominio, testigo humillante ( ... ) y exaltante de lo que puede el hombre» (11, 13). De ahí que el animal interese al investigador, al artista y al «adorador», según Debidour. Pero extraña que, al mencionar a la infancia, no se haga referencia en las páginas citadas a algo que invarlablernente suscita la bestia, como es el temor. El animal horm'guea, repta, se mueve, en una palabra: cambia. El animal muerde, pica, araña, engulle. Terror ante el cambio y ante la muerte devorante, tales parecen ser, en opinión de Durand (95), los dos primeros temas negativos que el animal inspira. «El escritor», dice Bachelard en La poMca del espacio (76), «sabe por instinto que todas las agresiones, vengan del hombre o del mundo, son animales>~.
Además, es obvio que la comunicación con el animal no existe, o apenas; que el animal es lo impenetrable y lo
198
terrores, aún oscuros e infundados. Tales terrores sufren una extensa y notoria eufemización cultural; así, los animales son puestos en relación con el origen y evolución del hombre, según diversos mitos; los cuentos y leyendas los presentan como transportadores del héroe, donantes o adyuvantes; la historia de las religiones muestra una constante sacralización de los mismos; por último, fenómeno que interesa aquí especialmente, los bestiarios medievales, haciendo de ciertos animales figuras de jesucristo o de la Iglesia, ~<espiritualizan el mundo sensible», por utilizar una expresión de De Bruyne (11, 351). El término empleado de «cufemización~~ está deliberadamente escogido: es dificil creer en la ~<fraternidad» con el animal, propia de la Edad Media, a que se refiere Debidour (io8), a menos que se trate de hermanos bastante mal avenidos; ni parece suficientemente preciso el hablar de «inversión simbólica» o de ~< antagonismos» para Justificar las parejas animal favorable‑animal dañino. Es obvio, por otra parte, que no tiene sentido hablar de bondad o malignidad en relación con los animales, y ello por la buena razón de que son «ellos misrnos», de que realizan sin dificultades la totalidad de su ser, actitud que en el hombre no llega ni a ser una aspiración, al relegar lo inconsciente, es decir, lo instintivo, lo oscuro y vergonzoso. El animal, dice Focillon, refiriéndose naturalmente al representado en las artes plásticas medievales (187), es «un posible ilimitado»; tan ilimitado que los textos, como se ha visto, lo componen a su gusto, lo colorean caprichosamente, le prestan en ocasiones órganos o miembros supernunierarios, le inventan si es preciso un nombre: buen número de obras, fundarritntalmente novelas francesas, hablan en efecto de bestias que ostentan denominaciones caprichosas, asociadas en general a características fantásticas. El ingenio de editores y críticos dispone aún de campo para averiguar qué animal auténtico se oculta tras las «berbioletes» de Erec, «dindialos» de
Troie, «azelvre» de
199