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Echinus es un pececillo marino, pero muy inteligente, pues es capaz de prever la tempestad De inmediato, toma una piedra y la lleva consigo, como si se tratase de un ancla, y la lleva para resistir

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a la fuerza de las tormentas; por eso, se fijan a menudo en él los navegantes.

Brunetto, 130 (L130)

del mar' pero no hay nada que pueda compararse con lo que diremos a continuación, y que haya engendrado mayor terror o espanto a los que han investigado los secretos más íntimos del océano. Este animalillo que ha espantado asi a todo el mundo, es llamado Echeneis por los griegos y Rémora por los latinos, y le impusieron tal nombre porque detiene las naves, tal como diremos con más amplitud más adelante. La escasez de este pez es la causa de que no coincidan las descripciones que de él hacen los autores. Opiano y Ellano escriben que le gusta la alta mar, que mide un codo de largo y es de color pardo, semejante a una anguila. Plinio lo hace similar a una babosa grande, k y lo demuestra por el testimonio de los que vieron el pez que detuvo la nave del príncipe Cayo César. En el libro IX, Plinio cita varias opiniones de autores diversos en lo tocante a este pez, aunque los filósofos discrepan en su descripción, pero coinciden todos en que existe, y en que tiene poder de parar los navíos: Aristóteles, Plinio, Eliano, Opiano, Plutarco, y casi todos los que han tratado de la naturaleza de los animales. Hay, además, varios filósofos modernos que han viajado y peregrinado por diversos puertos de Asia y de África, y que dan testimonio de haberlo visto disecado, y de haber considerado sus prodigíosos efectos. Pues es algo extraordinario o monstruoso, el hallar en la naturaleza un animal acuático del tamafi de una babosa, que tenga el poder, por una oculta propiedad natural, de parar en seco el más pesado navío o

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galera que se encuentre en el mar, pegándose a él. Plinio, colmado de admiración por ello, exclama: «íOh, cosa extrafia y prodigiosa, que soplen todos los vientos de todas las partes del mundo, que se alcen las más furiosas tempestades en el mar, que desplieguen, redoblen y refuercen sus embates contra un barco, y que un pececillo del tamaño de una babosa los gobierne, reprima su furor, ponga freno a su ira y, a pesar de todos sus esfuerzos, obligue al navío a permanecer quieto e inmóvil, cosa que toda la violencia del mundo, con sus anclas, cordajes y máquinas, no podría hacer! Y no es menos cierto que este pececillo retuvo la nave de Antonio en la guerra de Actiurn» [Nota al margen: Otros leen 'en la mar de Actium']. Adamus Lovicerus, en su libro De aquatilibus, confirmando lo que había dicho Plínio, maravillado y casi atonito ante un pez de tan extrafia naturaleza, suda, se esfuerza, y se emplea con todas sus energías para averiguar la causa natural de ello; al fin, sucumbiendo ante el peso de tal labor, y no pudiendo salir de ese laberinto, confiesa abiertamente que no puede darse explicación alguna del fenómeno, diciendo: «¿Quién es tan estúpido o tan obtuso para no sentirse preso de gran admiración al contemplar con detenimiento los poderes de este pececillo? Sé bien, dice Lovicerus, que el imán tiene el poder de atraer el hierro, que el diamante suda si se le acerca a los venenos y ponzoñas, que la turquesa se empaña cuando acecha algún peligro a quien la lleva. Sé que el pez torpedo es tan venenoso, que con su mirada infecta al durmiente y sin embargo, de todas estas cosas extrañas puede darse alguna explicación; pero no tenemos nada que podamos indagar sobre el maravilloso y extraño poder de este pececillo: pues vive en el agua, se alimenta en el agua como los otros peces, y no ejerce sus poderes sino en el agua. Su pequeño tamaño da testimonio de que no puede cansar gran violencia, y sin embargo no hay poder que pueda igualarse con el suyo, ni fuerza que le resista. No hay energía impetuosa ni máquina que pueda mover el navío, una vez que el pez se ha aferrado a él, aunque todos los vientos del mar aunados soplaran en las velas; y sin embargo, en cuanto se arranca del barco, éste comienza a bogar como antes. Los hombres han de confesar pues, por fuerza, que no puede atribuirse a esto ninguna razón natural, y sin embargo se advierte en este pececillo algún presagio fatal, y parece que quiera anunciarnos los males y peligros que han de acontecernos. ¿No retuvo acaso el navío de los embajadores de Periandro? ¿No retuvo el barco de Cayo César, que fue muerto muy poco después en Roma, de suerte que parecía que se hubiese apiadado de la desgracia que le estaba destinada?». He aquí, en suma, lo que escribe Adamus Lovicerus. Sé que Aristóteles, Plinio y otros le han atribuido también otras propiedades aparte de las anteriores, como las de servir a los amoríos, atraer a las criaturas fuera del cuerpo de las mujeres y otras cosas semejantes, que dejaré por miedo a aburrir al lector [Nota al margen: Aristóteles, sin embargo, atribuye esto más bien a opiniones ajenas, que a la suya propia]. Plutarco, en Symposiacis, z, probl. 7, busca el motivo por el que este pez detiene a los barcos. Algunos autores modernos han escrito varias otras cosas extraordinarias sobre este pez, que, me parece, son indignas de este lugar.

Boaistuau, 104107

LA SERRA

IN2

(11.7)

Esta bestia [el prion] tiene largas alas, y cuando ve un barco navegando, las levanta en alto y se pone a bogar, compitiendo celosamente con la nave. Sin embargo, cuando ha recorrido solamente veinte o treinta estadios, se cansa, pliega sus alas sobre ella misma, y deja que las olas la lleven al lugar donde antes se encontraba.

Puede tomarse el barco como una imagen de los apóstoles y de los mártires que, después de haber viajado a través de las olas tormentosas, es decir, las dificultades de la vida, se han refugiado en el puerto seguro, o sea, el reino de los cielos. Pero la bestia representa a aquellos que, después de haber empezado a servir a la ascética, han retornado a su primitiva conducta, a la vida mundana.

Phys. griego: Carlill, 203

204; Peters, 4041

La serra es una bestia marina que tiene alas para volar, cabeza de león y cola de pez. Cuando ve una nave en alta mar, alza sus alas en alto y causa gran perjuicio a la nave, pues avanza ante el viento, reteniéndolo, de forma que ella no recibe nada, y la nave mientras tanto no puede avanzar en absoluto. Cuando la bestia ha obrado así, repliega sus alas; cuando ya no puede adelantar a la nave, la deJa ir, y a continuación se zambulle en el mar para devorar los peces. La nave, a la que estaba causando daño, y lo demostramos con las figuras

prosigue su navegaci que aquí están pintadas.

En esta vida, la serra representa al diablo; la mar, a este mundo; la nave, a las gentes que viven en él, y por el viento entendemos al Espíritu Santo. Cuando la serra sorprende a la nave, le quita el viento; así, el diablo quita a las gentes el hálito del Espíritu Santo; cuando oyen sermones y predicación, no quieren escucharlos, sino interrumpir; esto les hace el demonio: les quita al Espíritu Santo. Por eso, dijo Dios en verdad a los judíos: «Quienes pertenecen a Dios escuchan la palabra de Dios». Pues no hay hombre mortal que no piense en buenas y en malas acciones; cuando ha pensado algo malo, es que la serra lo ha agarrado*; cuando el hombre se refugia en el bien, la serra no puede hacerle daño. Cuando la bestia no puede

Seré=agarrado; juego de palabras entre «serra» y el verbo «serer,, (=aferrar, cerrar, encerrar).

tentar a un santo varón, ni empujarlo al mal, entonces se sumerge en el mar para devorar peces. Cuando el demonio entra en el mundo, atrapa y confunde a los hombres que encuentra sumidos en el mal, en criminales pecados, como la serra a los peces.

PT, vv. 1681~'737

El pez serra es llamado así porque tiene una cresta en forma de sierra, y nadando por debajo de los barcos, los corta.

Cambridge, 201

La serre es un animal marino de extraordinario tamaño, que posee alas y plumas de asombrosas proporciones; gracias a ellas, se lanza por encima del mar, más aprisa que un águila grande

[alerions] que vuela en persecución. de una grulla, y sus plumas son cortantes como navajas*. Y

esta serra de la que os hablo se embriaga con su velocidad hasta tal punto, que cuando ve un barco surcar velozmente las aguas, lucha con él para poner a prueba su rapidez, y vuela )unto a la

nave rivalizando con ella en celeridad, con las alas extendidas, en distancias de cuarenta y hasta cien leguas, de un solo tirón. Pero, cuando le falta el resuello, la serra se avergüenza de ser derrotada: no renuncia entonces a la lucha poco a poco, esforzándose por tratar de alcanzar al barco; por el contrario, apenas ha sido rebasada por la nave, por poco que sea, repliega sus alas y se deja caer de golpe hasta el fondo del mar.

RF, 7879

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