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LOS INFORMES GENEALÓGICOS LA CONSTRUCCIÓN DE LA MEMORIA INMATERIAL

1.4. EL VALOR DE LA RECIPROCIDAD SERVICIOS-GRACIA

1.5.1. Los Boïl del Sobrarbe

La Crónica de Martí de Viciana retrotrae el origen de la Casa Boïl al siglo VIII, a los años de la invasión musulmana26. Afirma que proceden de los cristianos que, en aquél contexto, huyeron hacia el norte, hacia los Pirineos, y los remite concretamente al tronco que construyó la independencia del condado de Aragón, los condes Aznares. El cronista Escolano también creía en el origen aragonés de la Casa de Boïl, retrocediendo incluso hasta la dinastía carolingia para buscar sus raíces. Así, afirma que “estos cavalleros se tiene por tradición, que traen su origen de la casa real de Francia, por un ramo de los antiquísimos Aznares, condes de Aragón; y lo reconocen aquellos reyes siempre que llega por allá alguno del apellido Boyl”27. No era gratutita la conexión con la casa real franca. Estuviera o no fehacientemente comprobada, era intencional el modo de engrandecer los orígenes familiares.

No todos los genealogistas defienden esta tesis. El autor de la historia familiar que hemos localizado en la Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, escrita por encargo en el año 1721, afirma que la familia procede de una antiquísima rama segundogénita de la Casa de Navarra, concretamente de Fortún Garcés “el monje”, casado con doña Oria, que fue rey de Navarra entre los años 882 y 905. Para demostrarlo va estableciendo comparaciones con las teorías de otros autores de crónicas, historias y genealogías de Aragón y Valencia como Pellicer, Blancas, Briz Martínez, Garibay, el padre Larripa, el padre Joseph Moret, Ambrosio de Morales, el conde de Guimerá o el propio Zurita, método que siguió aplicando al texto de todo el documento28.

26 R. Martí de Viciana, Libro segundo de la chrónyca de la ínclita y coronada ciudad de Valencia y de su Reyno. Edición de 1882, pp. 89-93.

27 G. J. Escolano, Décadas de la historia de la insigne y coronada ciudad y reino de Valencia,

Segunda Parte, Terraza, Aliena y Compañía editores, 1878, libro VII, p.131.

28 Resultan muy atractivas, aun con todos los errores que pudieran cometer, las observaciones que

estos historiadores hacen acerca de su propio trabajo. La consulta y referencia de fuentes y el contraste y la comparación entre ellas, dio lugar, en su momento, a debates históricos muy interesantes, aunque este no sea el lugar para analizarlos. De hecho, el autor hace hincapié en las manipulaciones de las que

62 “[…] que los authores que deducen la nobilíssima y anciana familia de los cavalleros Boyles del conde don Aznar del Sobrarbe o Aragón, se halla la invencible oposición de no ver en esta ilustre línea continuado el patronímico de Aznares con el de Boyl, haviendo reconocido y visto tantas escripturas como estamparon Yepes, don Fray Prudencio de Sandoval; y como anotaron Esteban de Garibay, Ambrosio de Morales, Pedro Gerónimo de Aponte, Alonso Téllez de Meneses; y en nuestros tiempos, don Joseph Pellicer, don Luis de Salazar, el padre maestro fray Phelipe de la Gandara, el padre fray Francisco de la Sota y otros que han escrito diferentes casas nobles de Castilla, Aragón, Valencia, Cathaluña y diferentes provincias de estos cathólicos dominios […]”29.

En los siglos IX y X, en los tiempos de la consolidación de la independencia de los núcleos pirenaicos respecto del reino franco, ni la nuestra ni, en general, las familias nobiliarias, aparecen en las crónicas de las que disponemos, concienzudamente inmersas en explicar el desarrollo de estas construcciones políticas. Sólo el autor de la genealogía Boïl del XVIII dedica enormes esfuerzos a reconstruir, miembro por miembro, la evolución de las Casas de Navarra y Aragón, relacionarlas con los Boïl y justificar con ello la herencia de sangre.

Sería ocioso reproducir todos los lazos que este autor estableció entre cada miembro de las primeras dinastías de los reinos navarro y aragonés y de los condados del entorno pirenaico, con las familias supuestamente descendientes de aquellos troncos originarios. Nos quedaremos con los Boïl, refiriéndonos solo a algunos aspectos que consideramos puntualmente interesantes, aunque puedan parecer colaterales.

eran objeto muchos documentos para conseguir demostrar lo que en rigor no se podía. Dice a propósito: “[…] no escusamos el repetir que estas más perniciosas que eruditas cuestiones no han servido en los siglos antecedentes de otra cosa que de substraer muchas escripturas, como e instrumentos públicos, para poder desapropiar y borrar muchas memorias de justo derecho que algunos ricos-hombres de sangre y naturaleza (como fueron los Boiles, Corneles, Alagones, Garceses, y los de la antigua familia de Atarés) tenían, así a la Real Corona de Navarra, como también vemos en las Historias y Chrónicas de España, ha sucedido en otros Reinos y Dominios subordinados a esta Cathólica Monarquía, que por ser tan público y notorio no las advertimos”. AHN, Sección Nobleza, Fondo Fernán Núñez, C. 1609/11, fol. 21.

63 Por ejemplo, el autor incluye en el relato la fundación de varios monasterios de patrocinio nobiliario, en el entorno del Pirineo aragonés, durante el siglo X y principios del XI –véase los de Alaón, San Martín de Albelda, San Victorián, San Juan de la Peña o Nuestra Señora de Vallarán– erigidos como expresión de gratitud al cielo. Estos monasterios desempeñaron una función insustituible de registro y custodia de documentos y escrituras familiares, aparte de su labor fundamental como núcleos religiosos y culturales. No pocos de los textos que ilustran los movimientos de la familia Boïl en los siglos XI y XII estuvieron guardados durante mucho tiempo en San Juan de la Peña y dan fe de la estrecha relación que mantuvo la familia con los miembros del cenobio.

Asimismo, el documento de referencia remite al año 931 la construcción de los castillos de Boïl y de Atarés por mandato del rey García Sánchez I, tras unificar Navarra y Aragón, al contraer matrimonio con la condesa Andregoto Galíndez. Ambas fortificaciones formaron parte de la materialización de una política defensiva en las montañas de Jaca, frente a los ataques del Califato cordobés. Sin embargo, otros autores, como Viciana o Zurita, defienden que el de Boïl fue el primer castillo arrebatado a los moros en Aragón, con lo que dejan sentado que su construcción fue obra de los musulmanes 30. De hecho, hablan de las correrías de los moros instalados en Boïl, contraatacadas por las de los cristianos refugiados en la zona de San Juan de la Peña, si bien es cierto que el condado de Sobrarbe, por su geografía más abierta, experimentó hasta la caída del Califato, un mayor número de incursiones musulmanas. En cualquier caso, el acontecimiento es clave, ya que la futura posesión de este castillo por parte de la familia determinó el gentilicio que les identificaría secularmente.