PARTE I: DESDE LOS ORIGENES HASTA AMÓS
BREVE APENDICE DE HISTORIA DE ISRAEL
Mi sobrina Begoña estudia séptimo de EGB. A sus doce años, prefiere la gimnasia rítmica a la historia (“Sociales”, como ahora dicen). No es raro, sobre todo cuando tiene que aprender en quince líneas un resumen de las ideas de Voltaire, Montesquieu y Rousseau. Casi nada. Me ha costado trabajo entusiasmarla con esas cuestiones. Y, mientras le explicaba las ventajas del sistema parlamentario sobre el de la monarquía absoluta, maldecía interiormente a un sistema de enseñanza que obliga a los niños a odiar la historia.
Como nadie puede decir “de este agua no beberé”, me veo ahora obligado a engranarme en ese sistema. En pocas páginas pretendo ofrecerle una visión de conjunto de la historia de Israel.
El tema es delicado, porque hay períodos de los que sabemos muchos y otros que desconocemos casi por completo. Desgraciadamente, cuando tenemos muchos datos, como ocurre en los orígenes y primeros siglos, son muy poco de fiar desde un punto de vista histórico.
Para que tenga una idea clara desde el comienzo le trazo el siguiente esquema: 1. Epoca patriarcal (de los siglos XVIII a XIII).
2. Salida de Egipto y marcha hacia la tierra prometida (mediados del siglo XIII). 3. Asentamiento en Palestina (finales siglo XIII).
4. Epoca de los Jueces (siglos XII-XI).
5. La monarquía unida: Saúl, David, Salomón (1030-931 aproximadamente). 6. Los dos reinos: Israel (norte) y Judá (sur). (Del 931 al 586).
7. El exilio (586-538).
8. La época de dominio persa (538-333). 9. La época griega (332-63).
Una distinción que debe tener muy clara es la de períodos “preexílico”, “exílico” y “postexílico”. Como puede imaginar, el punto de referencia son los 48 años del exilio, a mediados del siglo VI, que cambiaron por completo el curso de la historia de Israel, su cultura, su teología. Lo anterior (las seis primeras etapas reseñadas más arriba), las conocemos como período preexílico (aunque generalmente se piensa en la época monárquica, etapas 5 y 6). Todo lo posterior (etapas 8 y 9) es período “postexílico”.
Otra cuestión capital es la terminológica. Generalmente se habla del “pueblo de Israel”, reflejando la unidad de todas las tribus. Sin embargo, debe tener presente que, desde un punto de vista político, durante los siglos X-VIII, “Israel” era el reino norte, mientras el reino sur recibe el nombre de “Judá”. Es decir, el término “Israel” puede usarse en dos sentidos: religioso (entonces se refiere a todo el pueblo de Dios) y político (se aplica a las tribus del norte o al reino norte).
1. Los orígenes de Israel (etapas 1-3)
La Biblia ofrece una cantidad ingente de datos sobre esta época, contenidos especialmente en los libros del Génesis (patriarcas), Exodo, Números, Deuteronomio (salida de Egipto y marcha hacia la tierra prometida), Josué (conquista de Canaán y reparto del territorio entre las tribus) y Jueces. Sin embargo, estos libros están escritos desde una perspectiva más teológica que histórica, y no podemos aceptar sus datos a la ligera.
Israel tiene su origen en unas emigraciones arameas que, hacia el siglo XVIII a.C., descendieron del norte para establecerse en Palestina. El Génesis nos habla concretamente de Abrahán, primer patriarca, que viene con sus familia desde Ur pasando por Jarán. Con él comienza el período patriarcal, que abarca desde los siglos XVIII al XIII aproximadamente. En esta época no podemos hablar todavía de un “pueblo” de Israel, mucho menos de nación. Se trata de grupos seminómadas, que se trasladan con sus rebaños de ganado menor (ovejas, carneros, etc.), buscan pastos apropiados y mantienen relativo contacto con las ciudades por las que pasan, aunque sin llegar a establecerse en ellas.
Algunos de estos grupos se volvieron sedentarios y comenzaron a practicar la agricultura, especialmente los que se habían establecido en el norte, cerca del lago de Galilea. Otros, establecidos en el centro y en el sur, debieron de seguir dedicados básicamente al pastoreo, con una vida más movida. Así se explica que, en un período de hambre, muchos de ellos bajasen a Egipto en busca de mejores pastos junto al delta del Nilo. Es lo que nos dice la historia de Jacob y de sus hijos, y no existe motivo para dudar de la historicidad de este dato.
Según el relato bíblico, las cosas fueron bien al comienzo. Al cabo de los años, cambiaron. Quizá fueron los faraones Seti I y Ramsés II los que obligaron a los israelitas a trabajos forzados para llevar a cabo la construcción de grandes palacios y graneros. En este momento de opresión surge un personaje fundamental, Moisés, a quien Dios encarga liberar a su pueblo.
Después de la marcha por el desierto (donde el acontecimiento capital es la alianza del Sinaí), se llega a la estepa de Moab, frente a la tierra prometida. Allí muere Moisés, y Josué toma
el relevo. Tras cruzar el Jordán y conquistar Jericó, en tres rápidas campañas se apodera del centro, sur y norte de Palestina, repartiendo luego la tierra entre las tribus.
Esta presentación esquemática sigue los datos bíblicos. Pero hay que matizar algunas cosas. La idea de que todos los futuros israelitas proceden de Abrahán carece de fundamento histórico. A Palestina bajaron grupos muy distintos, en épocas diversas. Remontar el origen de todos ellos a Abrahán es un recurso para expresar la unidad de todas las tribus.
Como consecuencia de lo anterior, podemos decir que no todos los antepasados de Israel bajaron a Egipto. Muchos se hallaban instalados en el norte (Galilea) y en Transjordania, y no se movieron de allí. Algunos historiadores piensan incluso que estos grupos fueron los más numerosos.
El asentamiento en Palestina de los grupos procedentes de Egipto se produjo más bien de forma pacífica, estableciéndose en territorios desocupados o estableciendo alianzas con los habitantes cananeos. Aunque debieron de darse conflictos locales, no se trató de una gran campaña militar, como dice el libro de Josué. La Biblia ha dado un tinte épico a este momento.
2. La época de los Jueces (hacia 1200-1020)
Tres rasgos caracterizan a este período. Primero, la falta de cohesión política, ya que cada tribu se organiza independientemente y resuelve como puede sus problemas. Segundo, un profundo cambio en la forma de vida, al menos en los grupos procedentes de Egipto, ya que se sedentarizan y se convierten en agricultores; este cambio tendrá graves repercusiones sociales, económicas (posesión y reparto de la tierra cultivable) y religiosas (difusión del culto cananeo a Baal, dios que garantiza la fecundidad de la tierra). Tercero, la continua amenaza de los pueblos vecinos; unas veces se trata de bandas madianitas que arrasan el territorio, destrozan los sembrados y roban cuanto encuentras; otras, de conflictos con Edom o Moab, que les imponen fuertes tributos. Pero la principal amenaza la constituye un pueblo joven, que se ha establecido en la costa poco antes, los filisteos. Aunque pequeños en número y con un territorio muy reducido, su perfecta organización política y militar, junto con su elevado grado de industrialización para aquella época, le permite atacar y dominar continuamente a Israel. Esta amenaza filistea culmina el año 1050, con la derrota de los israelitas en Afec y la destrucción del santuario de Silo.
Por una reacción típica, es precisamente esta derrota la que marcará el futuro de Israel. Las tribus caen en la cuenta de que es imposible defenderse de este poderoso enemigo si no se unen y organizan de forma nueva. En el espacio de pocos años se va a producir un cambio fundamental, la instauración de la monarquía.
3. La monarquía unida (hacia 1020-931)
Los comienzos de la monarquía son difíciles, porque muchas personas, defensoras a ultranza de la tradición, piensan que esta institución significa un atentado contra Dios, único rey de Israel, y se oponen decididamente a ella. A pesar de las oposiciones, Saúl es elegido rey y libra al pueblo de la amenaza filistea, al menos temporalmente. Más tarde, obsesionado por la idea de perseguir a David para que no le usurpe el trono, descuida los auténticos problemas del gobierno, permite que los filisteos se refuerzen, y terminará derrotado por ellos en la batalla de Gelboé, suicidándose ante la derrota inevitable.
A Saúl le sucede David. Su nombramiento como rey revela un hecho interesante. Primero es elegido rey del sur; sólo al cabo de siete años le piden las tribus del norte que reine también sobre ellas. Esto demuestra que la unión conseguida en tiempos de Saúl era bastante superficial y no había eliminado las tensiones entre estos dos grandes bloques.
De cualquier modo, la amenaza filistea pudo más que los antagonismos y las tribus volvieron a unirse. La primera decisión de David refleja gran inteligencia política. Necesita una capital para gobernar. Si escoge una ciudad del sur, los del norte se ofenderán; si la elige del norte, molestará a los del sur. Decide conquistar una ciudad cananea, que no pertenece a ninguna tribu, Jebús, conocida después como Jerusalén. A partir de este momento será la capital del reino unido y la ciudad personal de David.
Su obra posterior podemos sintetizarla en dos puntos. Primero, termina de conquistar todas las ciudades cananeas existentes en territorio de Israel y las anexiona a su reino. Segundo, lleva a cabo una política expansionista, conquistando y sometiendo a una serie de pueblos vecinos. Así consiguió formar el imperio más poderoso de Siria-Palestina durante el siglo X a.C.
La sucesión de David está marcada por una serie de intrigas y derramamiento de sangre entre sus propios hijos. Le sucede Salomón, que reina cuarenta años (971-931). Este reinado es uno de los momentos más gloriosos de la historia de Israel. Abandonando las guerras exteriores, se dedica casi por completo a construir grandes edificios, como el templo de Jerusalén y su palacio; asegura la defensa nacional mediante la construcción y restauración de fortalezas; organiza el ejército y aumenta notablemente el número de carros de combate y la caballería. Pero, sobre todo, fomenta el comercio, controla el paso de las caravanas árabes, construye una flota para traer de Africa productos exóticos. La riqueza aumenta de forma inesperada, las ciudades crecen, y se produce un fuerte fenómeno de inmigración.
Pero, sin darse cuenta, Salomón está poniendo piedra a piedra el fundamento de la división y la catástrofe. Sus grandes empresas constructoras le obligan a utilizar abundante mano de obra y exigen mucho dinero. Los primeros en tener que trabajar son los cananeos; luego obliga también a treinta mil israelitas a trabajos forzados. Y los impuestos crecen día a día. El pueblo comienza a cansarse de esta prosperidad conseguida a base de los más pobres; se harta de trabajar para mantener una burocracia absurda y al montón de parásitos que pulula por la corte.
Las tribus del sur, que ven en Salomón un rey de su propia sangre, no protestan demasiado. Pero las del norte no están dispuestas a soportar esta situación. Estalla la revuelta, capitaneada por Jeroboán, jefe de las brigadas de trabajadores del norte (algo así como un enlace sindical de nuestros días). Salomón tiene fuerza suficiente para dominar la rebelión, y Jeroboán debe refugiarse en Egipto.
Pero, a la muerte de Salomón, la situación no ha cambiado. Cuando su hijo Roboán acude a Siquén para ser aceptado por las tribus del norte como nuevo rey, éstas le plantean claramente el problema: “Tu padre nos impuso un yugo pesado. Aligera tú ahora la dura servidumbre a que nos sujetó tu padre y el pesado yugo que nos echó encima, y te serviremos”.
Roboán, dando muestras de soberana estupidez e ineptitud política, les responde: “Si mi padre os impuso un yugo pesado, yo os aumentará la carga; si mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con latigazos”. La respuesta de las tribus del norte no se hace esperar: “A tus tiendas, Israel”. Que el descendiente de David se las arregle como pueda. En este momento del año 931 se
rompe la obra comenzada por Saúl. La monarquía unida ha durado menos de un siglo. A partir de ahora existirán dos reinos, el del norte, Israel, y el del sur, Judá.
4. Los dos reinos (931-586)
Es imposible sintetizar estos años, que recuerdan en parte al estudio de la Reconquista española, con sus reinos paralelos de Castilla, León, Navarra, etc. Son años difíciles, con escasos momentos de esplendor en ambos reinos y con frecuentes épocas de decadencia y de grandes conflictos internos y externos. En estos siglos es cuando alcanza su cumbre el movimiento profético.
La suerte de ambos reinos no corre paralela. El de norte, Israel, desaparece de la historia el año 722, cuando Salmanasar V de Asiria lo conquista. En sus 209 años de existencia, Israel tuvo nueve dinastías distintas y 19 reyes, de los cuales siete fueron asesinados y uno se suicidó. Algo así como la época de los godos en España. Un desastre.
En cambio, Judá, que consiguió sobrevivir hasta el 586, en sus 345 años de existencia sólo tuvo una dinastía (la de David) y 21 monarcas. Esta estabilidad se debe a un hecho importantísimo. En el sur, la dinastía davídica cuenta con el respaldo ideológico de la religión oficial, formulado en la promesa de Natán a David de que su dinastía duraría eternamente. Por otra parte, los judíos siempre parecen más estables Ctambién menos creativosC que los israelitas.
La información bíblica sobre este período se encuentra en los dos libros de los Reyes. Son una fuente muy especial, ya que omiten intencionadamente los datos de tipo político, económico y social, para centrarse en una visión teológica. De todos modos, son esenciales para conocer la época.
En el capítulo 15 de este libro, cuando hablo de los profetas que van desde Amós (siglo VIII) hasta el destierro, doy una panorámica sobre los distintos problemas que se plantean, tanto a nivel interno como de política internacional.
5. El destierro (586-538)
Sin embargo, los judíos también sucumbirán a la tentación de rebelarse contra la gran potencia militar de finales del siglo VII, Babilonia. El año 597 tiene lugar la primera deportación. Pero los acontecimientos más graves ocurrirán en el 586, cuando Nabucodonosor conquista Jerusalén, la incendia y deporta a numerosos judíos a Mesopotamia. Entonces comienza el período del exilio, el momento más triste, semejante al de la opresión en Egipto.
El pueblo queda dividido en tres grandes grupos: los que han quedado en Palestina, campesinos pobres; los que han marchado a Babilonio; los que han huido a Egipto. El más importante, por formar la élite intelectual y religiosa, es del de Babilonia. El Salmo 137 nos recuerda los sentimientos de los deportados, emigrantes forzosos en tierra extraña: “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar, acordándonos con nostalgia de Sión”. Pero es también una época de gran creatividad desde el punto de vista literario.
6. El período persa (538-333)
La pesadilla del destierro termina el año 538, cuando Ciro, rey de Persia, conquista Babilonia y promulga un decreto liberando a los cautivos y permitiéndoles volver a Palestina.
Un grupo de judíos se pone en marcha hacia Jerusalén. Cuando llega a la tierra prometida, el panorama no puede ser más desalentador. Ciudades en ruinas, campos abandonados, murallas derruidas, el templo incendiado. El pueblo sigue sin libertad política, dominado por nuevos señores del mundo antiguo, los persas. Pero Judá va cobrando poco a poco nueva vida, y el año 515 se termina de reconstruir el templo de Jerusalén. Los años siguientes, casi un siglo, son muy oscuros y no tenemos casi ninguna noticia de ellos.
Sólo podemos añadir que hacia el 445 llega a Jerusalén Nehemías, que termina de reconstruir las murallas y lleva a cabo una reforma social, corroborada más tarde por la reforma religiosa de Esdras, en el 428.
Después de estos dos grandes personajes pasa otro siglos del que tampoco tenemos datos, hasta que el año 333 Alejandro Magno conquista Palestina.
7. Epoca griega (333-63)
Este período abarca desde la conquista de Palestina por Alejandro Magno hasta la conquista de Jerusalén por Pompeyo. Los datos que sobre él tenemos están repartidos de forma muy desigual; son escasos los referentes al siglo III y muy abundantes los del II (gracias a los libros de los Macabeos y a Flavio Josefo).
Aunque hablamos de época griega, recuérdese que el imperio de Alejandro se dividió a su muerte en cuatro partes. Las que afectan a los judíos son Egipto (gobernado por los Ptolomeos) y Siria (dominada por los Seléucidas). Palestina, dada su excelente posición estratégica y comercial, será víctima de las envidias y luchas entre estas familias por poseerla. Durante el siglo III dominan los Ptolomeos; durante el II los Seléucidas.
Precisamente contra éstos últimos tendrá lugar el gran levantamiento de los Macabeos. Aunque al principio las relaciones con los sirios fueron buenas, la situación cambió por completo el año 175, cuando subió al trono Antíoco IV Epifanes. Este rey, gran entusiasta de la cultura griega, se propondrá como meta la helenización de su reino. Este hecho, y el despojo continuo de los tesoros para subvencionar sus guerras, harán que los judíos se les enfrenten enérgicamente. Ya el año 169, volviendo de una campaña contra Egipto, saqueó el templo de Jerusalén, apoderándose de los utensilios y vasos sagrados y arrancando incluso las láminas de oro de su fachada. Pero la gran crisis comenzará el 167, cuando decida llevar a cabo la helenización de Jerusalén.
Como primer paso, su general Apolonio atacó al pueblo, degollando a muchos y esclavizando a otros; la ciudad fue saqueada y parcialmente destruida, igual que las murallas. Luego, viendo que la resistencia de los judíos se basaba sobre todo en sus convicciones religiosas, prohibió la práctica de esta religión en todas sus manifestaciones. Fueron suspendidos los sacrificios regulares, la observancia del sábado y de las fiestas, mandó destruir las copias de la Ley y prohibió circuncidar a los niños. Cualquier transgresión de estas normas era castigada con la muerte. No contento con estas medidas represivas, Antíoco IV levantó al sur del Templo una ciudadela llamada el Acra, colonia de paganos helenizantes y de judíos renegados, con constitución propia; la misma Jerusalén era considerada probablemente como territorio de esta “polis”. Además se erigieron santuarios paganos por todo el país y se ofrecieron en ellos animales impuros; los judíos fueron obligados a comer carne de cerdo bajo pena de muerte y a participar en ritos idolátricos. Como coronamiento de todo, en diciembre del 167 fue introducido dentro del templo el culto a Zeus Olímpico.
Los judíos piadosos no podían soportar estas ofensas continuas a su religión y se negaron a obedecer estas normas. Antíoco respondió con una cruel persecución. Y entonces es cuando estalla la rebelión de los Macabeos. La pone en marcha el anciano Matatías, apoyado por los Asidim (los “piadosos”, de los que descienden los fariseos y los esenios). Cuando muere, al cabo de pocos meses, le sucede su hijo Judas (166-160), y más tarde los hermanos de éste Jonatán (160-143) y Simón (143-134). La dinastía Asmonea se completa con Juan Hircano I (134-104), Alejandro Janneo (103-76), Salomé Alejandra (76-67) y Aristóbulo II (67-63).
La presentación anterior sigue el informe de 1 Mac 1,10-64. Pero conviene dejar claro que la visión de 2 Mac 3-6 resulta mucho más interesante y menos simplista. La culpa inicial no es de los sirios, sino de las profundas tensiones existentes dentro de la sociedad judía, especialmente por motivos económicos y por las ambiciones de ciertos personajes (Jasón, Menelao, Lisímaco).
Los datos que poseemos sobre esta rebelión de los Macabeos son tan abundantes que resulta difícil sintetizarlos. Además, están profundamente relacionados con la política interna de Siria. Esto hace que se acumulen fechas, acontecimientos y nombres que difícilmente se pueden retener. Por eso me limito a recordar algunos detalles importantes.
1. La revuelta de los Macabeos significa una lucha dentro del pueblo judío, un enfrentamiento entre dos grupos claramente delimitados: el de los partidarios de la tradición y