PARTE I: DESDE LOS ORIGENES HASTA AMÓS
LA PROFECÍA DESDE EL DESTIERRO AL FINAL
1. Ezequiel, un profeta entre dos épocas
Hace veinticinco siglos, un judío se hizo famoso entre sus paisanos deportados en Babilonia. La gente acudía en tropel para escuchar a ese “coplero de amoríos, de bonita voz y buen tañedor” (Ez 33,32). Hace pocos años, Ezequiel seguía de moda por motivos muy distintos: psiquíatras y psicoanalistas lo consideraban una personalidad enfermiza, digna de estudio. Cuando los médicos dejaron en paz a Ezequiel, los adictos a los platillos volantes empezaron a considerarlo como uno
de los pocos seres privilegiados que lograron contemplarlos en la antigüedad; un serial norteamericano incluso presentaba el ovni visto por el profeta.
Sin embargo, este personaje que no ha perdido actualidad -aunque por motivos tan superficiales- es uno de los más misteriosos del Antiguo Testamento. Incluso la época y el lugar de su actividad han sido puestos en discusión, a pesar de los datos tan explícitos del libro sobre estas cuestiones.
1.1. La época
Como dijimos al hablar de Jeremías, el año 597 tuvo lugar el primer asedio de Jerusalén y la deportación de un grupo importante. Entre ellos marcha a Babilonia un muchacho que poco después recibirá la vocación profética: Ezequiel. Jeconías, que sólo lleva tres meses en el trono, también marcha al destierro.
Para sustituirlo, Nabucodonosor nombra rey a Sedecías (597-586). Durante nueve años se mantiene en calma, pagando tributo. Pero el 588 se rebela. Nabucodonosor responde con el asedio inmediato de Jerusalén; tras año y medio de sitio, forzada por el hambre, la capital se rinde el 19 de julio del 586. Un mes más tarde tiene lugar el incendio del templo, del palacio real y de las casas; los babilonios saquean los tesoros, derriban las murallas y deportan a un nuevo grupo de judíos (2 Re 25).
Este grupo de desterrados engrosa las filas de los que marcharon a Babilonia el 597. Lo han perdido todo: la tierra prometida, la ciudad santa, el templo, la independencia. Ni siquera les queda la esperanza del retorno o la seguridad de ser el pueblo elegido y amado por Dios. Sin embargo, esta época del exilio será una de las más creativas de la historia de Israel: una “siembra entre lágrimas” que produce “una cosecha entre cantares” (Salmo 126,5). Ezequiel será uno de los protagonistas más activos de estos años, reflejando a través de su mensaje la inminencia de la catástrofe y la esperanza de la restauración.
1.2. La persona
Pocos datos conocemos de la vida íntima de Ezequiel. Sabemos que era hijo de un sacerdote llamado Buzí. Probablemente él mismo fue sacerdote, como lo sugiere su lenguaje, su conocimiento de la legislación sacral y su interés por el templo. De todos modos, al ser desterrado lejos de Jerusalén no pudo ejercer su ministerio.
No sabemos qué edad tenía cuando fue deportado. Según Flavio Josefo era todavía un niño (Ant. X,98); en este caso debió de nacer entre el 610 y el 605. Pero no tenemos seguridad alguna. Otros autores piensan que el año 30 de 1,1 se refiere a la edad del profeta; de ser cierto, habría nacido hacia el 622, cuando se encontró el Libro de la Ley. Sabemos que estaba casado (no hay noticias de que tuviese hijos) y que enviudó poco antes de la caída de Jerusalén.
Frente a esta escasez de datos biográficos extraña la abundancia de indicaciones sobre la personalidad del profeta. Tiene frecuentes visiones en las que actúa y participa. Más que ningún otro profeta realiza acciones simbólicas y mímicas (batir palmas, bailotear). Es propenso al abatimiento, aunque otras veces se muestra casi insensible. Durante un período relativamente largo pierde el habla. Todo esto ha llevado a considerarlo una personalidad enfermiza, aunque los datos no son tan claros como a veces se piensa.
1.3. Actividad y mensaje
No es fácil decidir si la actividad profética de Ezequiel debemos dividirla en dos o tres períodos. En cualquier caso, la caída de Jerusalén marca un rumbo nuevo en la predicación del profeta.
Para comprender el mensaje de la primera etapa es importante conocer algunos datos sobre la situación en Babilonia, donde el profeta y su grupo se encuentran deportados. El 596, Nabucodonosor debe luchar contra un rey desconocido, quizá el de Elam; y un año después se enfrenta a una revuelta interna, debiendo matar “a muchos de su propio ejército”65. Al parecer restableció pronto el orden, ya que ese mismo año fue personalmente a Siria para recibir el tributo de los reyes vasallos. De los años siguientes no sabemos nada.
Pero esto poco que sabemos es muy interesante para comprender la mentalidad de los desterrados. Las amenazas externas y las revueltas internas fomentan en ellos la esperanza de que el castigo enviado por Dios sea pasajero; piensan que el rey Jeconías será liberado pronto y que todos volverán a Palestina. Lo que menos pueden esperar es la destrucción de Jerusalén y el aumento del número de deportados.
Ya el profeta Jeremías se había encargado en una carta a los desterrados de disipar estas ilusiones (Jer 29,5-7). Pero el pueblo, alentado por los falsos profetas, se niega a admitirlo.
Entonces Dios, entre los desterrados, elige a uno de ellos para transmitir el mismo mensaje. La vocación de Ezequiel (c.1-3) tiene lugar el año 593; el texto, cargado de adiciones posteriores, describe el encuentro del profeta con la gloria de Dios. A partir de entonces, Ezequiel deberá hablar a un pueblo rebelde y transmitirle un mensaje duro y desagradable.
Los capítulos 4-5 revelan su contenido. En tres acciones simbólicas (asedio, hambre, muerte-deportación), anuncia la catástrofe de Jerusalén frente al optimismo y esperanza de los deportados. Pero no es sólo la capital la que se verá afectada; también los montes de Israel sufrirán las consecuencias (c.6). Recogiendo el famoso tema del “día del Señor” proclama a toda la tierra prometida la llegada del fin (c.7).
)Por qué este mensaje de condenación? Los motivos no quedan muy claros. Se habla en líneas generales de “rebelión contra las leyes y mandatos del Señor” (5,6), de “abominaciones” (5,9), idolatría (5,9), insolencia y maldad (7,10s). Los capítulos 8-11 concretarán algo más las causas del castigo insistiendo en las diversas formas de idolatría (c.8) y en las injusticias y crímenes que inundan el país (9,9).
Pero a Ezequiel no le preocupa sólo el estado actual del pueblo. Influido por Oseas y Jeremías, toda la historia pasada surge ante sus ojos llena de pecado. Así lo dmuestra el c.20. En cuatro etapas, que abarcan desde Egipto hasta la tierra prometida, quedan contrapuestos los beneficios de Dios (liberación, ley, sábado, tierra) y la rebeldía continua de los israelitas. Toda la historia de Israel es una historia de pecado, que provoca el castigo. En este contexto hay que considerar otros dos capítulos de los más famosos del libro (16 y 23). También en ellos se echa la vista atrás, se arranca de los orígenes y se denuncia el olvido continuo de Dios, que ha dado paso a la prostitución con egipcios, asirios y babilonios. Se alude con esto a las alianzas entabladas por Israel y Judá con las grandes potencias de la época; tales pactos suponen una desconfianza en
Dios, una búsqueda de seguridad en lo terreno, ofender al esposo y entregarse a los amantes. Poco a poco, Ezequiel va desarrollando su mensaje. A veces mediante acciones simbólicas y pantomimas; otras con parábolas e imágenes; otras con exposiciones más teóricas y cansinas. Pero todo gira en torno al mismo tema: el castigo de Judá y Jerusalén, justificado con un espectro cada vez más amplio de acusaciones: sincretismo, injusticias, alianzas con extranjeros.
Prescindiendo de otros textos, el profeta cierra este primer período de actividad con la acción simbólica más trágica (24,15-24). Repentinamente va a morir su esposa; pero no puede llorar ni hacer duelo, deberá afligirse en silencio. Igual que los israelitas cuando pierdan el santuario.
¿Qué pretende Ezequiel con su mensaje de esta primera época? Según muchos comentaristas, anunciar la caída inevitable de Jerusalén, eliminar entre los deportados las falsas esperanzas. Bernhard Lang ha propuesto una interpretación más política: el profeta intenta que Sedecías no se rebele contra Nabucodonosor66. A distancia, desde Babilonia, cumple la misma tarea que Jeremías en Jerusalén. Es difícil decidirse en una u otra línea, que no se excluyen necesariamente.
La caída de Jerusalén abre una etapa completamente nueva en la predicación del profeta. Una vez ocurrida la catástrofe, denuncia con mayor claridad a los responsables de la misma. En 22,23-31 aparecen cinco grupos (príncipes, sacerdotes, nobles, profetas, terratenientes) que acumulaban crímines en Jerusalén. El c.34 responsabiliza a los reyes (pastores) y a los poderosos. Pero precisamente este capítulo nos abre el camino para una visión nueva. Después de acusar a los responsables del rebaño y a los miembros más fuertes, Dios anuncia que él mismo apacentará a sus ovejas, las buscará siguiendo su rastro (34,11-16).
Y esto dará paso a un mundo nuevo. El c.36 habla de la renovación de la naturaleza. Los mismos montes sobre los que se abatió la espada y la destrucción (c.6) escuchan ahora una palabra de consuelo (36,25-28).
Sin embargo, el pueblo no se halla en situación de escuchar tales promesas. Sólo piensa: “Nuestros huesos están calcinados, nuestra esperanza se ha desvanecido” (37,11). Pero este pueblo que se considera muerto, sin futuro, escucha un conjuro que lo devuelve a la vida (37,1- 14). En esta nueva existencia quedarán superadas las antiguas tensiones regionalistas; como indica la acción simbólica de las dos varas (37,15-24), “no volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías”. Pero hay algo más importante: Dios establecerá entonces una nueva alianza y habitará permanentemente con su pueblo (37,26-27).
Así llegamos al punto culminante. El castigo más duro que Dios podía infligir a Israel era la destrucción del templo y la desaparición de su Gloria. Así lo decía la visión de los cc.8-11. Ahora, cuando todo ha cambiado, se construirá un nuevo templo (c.40-42), al que volverá la Gloria del Señor (43,1-5).
El paso de la condena a la salvación se encuentra en todos los profetas. Pero en Ezequiel es especialmente claro. A partir de ahora la profecía tomará un matiz más consolador, como lo demuestra el ejemplo posterior del Segundo Isaías.
2. Deuteroisaías, profeta del consuelo (Is 40-55)