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UNA HISTORIA EN CUATRO ACTOS

1. Ficción y realidad

La lectura del capítulo anterior habrá provocado en el lector una pregunta inevitable: ¿qué es ficticio y qué es real en todo esto? Es una reconstrucción basada en los estudios más recientes sobre la Historia deuteronomista.

1.1. En el Acto I

Son reales todos los nombres: Josías, Safán, Acbor, Ajicán, Jelcías, Asaías. Se trata de personajes famosos de la corte, comenzando por el rey. A Safán le he concedido un puesto de privilegio porque era el cronista de la época. Pero atribuirle a ellos esta labor de redactar la historia es pura ficción.

Todos los comentaristas actuales parten del supuesto de que hubo un solo autor, aunque la mayoría admite que su obra fue más tarde ampliada por autores sucesivos. Martin Noth, padre de la investigación posterior, pensaba que la historia deuteronomista la redactó un solo personaje, durante la época del destierro de Babilonia (mediados del siglo VI). Pero no escribió en Babilonia, sino en la provincia de Samaria, entre Mispá y Betel. Aunque los investigadores posteriores no aceptan que la obra fuese redactada de una vez y por un solo autor, ninguno habla de un trabajo en colaboración.

Sin embargo, a la hora de presentar los orígenes de estos libros de forma novelada me resultaba más fácil introducir a diversos personajes para que discutiesen los problemas entre ellos. Y me pregunto si la ciencia bíblica no ha descartado demasiado rápidamente -sin siquiera planteárselo- el hecho de una posible colaboración. Explicaría muchos detalles curiosos de esta obra.

En cuanto al número de ediciones, es cuestión muy debatida. Noth admitía una fundamental, en el exilo, completada más tarde. Cross y su escuela defienden que hubo una primera edición en tiempos de Josías y una segunda en tiempos del destierro, sin descartar tampoco añadidos posteriores. Smend y sus discípulos defienden tres ediciones, todas del exilio o postexílicas. Básicamente he seguido la teoría de Cross.

En cambio, Noth ha impuesto su teoría de que esta obra se basa en una serie de documentos previos, escritos a veces con dos o tres siglos de anterioridad: relatos sobre Josué (Jos 2-11), el “Libro de los libertadores” (Jue 3-4 y 6-9), historia de Samuel y los orígenes de la monarquía, en la que quedó incluida la historia del arca (1 Sam 1-15), historia de la subida de David al trono (1 Sam 16 hasta 2 Sam 7), historia de la sucesión al trono de David (2 Sam 9-20; 1 Re 1-2), historia de Salomón (1 Re 3-10), historias de Elías, Eliseo y otros profetas del norte (ahora en los capítulos que van desde 1 Reyes 17 hasta 2 Reyes 13), los Anales de los Reyes de Israel y de Judá (citados con frecuencia), etc. Naturalmente, se discute a veces la extensión y el mensaje de cada uno de estos documentos, pero la idea básica de su existencia previa la comparten casi todos los autores. (En cuanto a las tradiciones y documentos que cito, todos están documentados. No invento ninguno).

Ultimamente, algunos afirman que esos documentos ya habían sido reunidos antes de Josías para formar una historia seguida. Es la teoría de Campbell y Provan. No sería muy raro, ya que también la época de Ezequías (finales del siglo VIII) fue de gran entusiasmo nacionalista y de reforma religiosa.

También se admite que los autores deuteronomistas no se limitaron a recopilar y empalmar documentos. Les dieron unidad literaria y teológica. Para ello recurrieron a poner discursos en boca de los personajes más famosos de cada época y en momentos claves: Moisés en el Deuteronomio; Josué antes de morir (Jos 23); Samuel cuando cede su puesto al nuevo rey, Saul (1 Sam 12); David en su lecho de muerte (1 Reyes 2,2-9); Salomón al consagrar el templo (1 Re 8). Cuando no disponen de un personaje de relieve sustituyen el discurso por reflexiones personales. Así ocurre al comienzo de la época de los Jueces (Jue 2,6-19) o en el momento de la desaparición del Reino Norte (2 Re 17). Quizá algunos de estos discursos ya estuviesen redactado con anterioridad. Pero ellos los retocaron para inculcar su lucha contra la idolatría y el servicio exclusivo de Dios.

En cuanto a la finalidad de la obra existe un amplio debate. Noth pensaba que su autor sólo pretendía ofrecer un mensaje pesimista: hemos pecado, hay que aceptar el castigo de Dios. Von Rad, en cambio, veía en la liberación de Jeconías un mensaje final de esperanza. Wolff, en línea intermedia entre el pesimismo de Noth y el optimismo de Von Rad, interpreta la obra como una llamada a la conversión. Cross, con su teoría de las dos ediciones principales, habla de finalidades distintas: la primera edición, como dice Wolff, es una llamada a la conversión, sin que podamos olvidar el aspecto de propaganda política; la segunda edición, la del destierro, sí tiene ese matiz pesimista que le atribuía Noth. Habrá advertido que, una vez más, he seguido la opinión de Cross.

1.2. En el Acto II

Podemos aceptar como auténtico que la obra deuteronomista fue completada y actualizada en el destierro. La idea de que culpa del fracaso a Manasés es también de Cross. El dato parece evidente. Para no cansar al lector con excesivos detalles, he supuesto que esta segunda edición la llevó a cabo un solo personaje. No sería muy raro. Pero, como ya he dicho, otros piensan que, durante el exilio, hubo dos ediciones sucesivas, una hecha con mentalidad profética y otra con influjo levítico (Jepsen). De este influjo levítico he hablado al final, sin fecharlo en ningún momento preciso.

1.3. En el Acto III

Aunque lo sitúo en Jerusalén, casi un siglo después de la segunda edición, podría fecharse mucho antes. Resulta evidente que alguien o algunos intentaron añadir tradiciones pasadas por alto en las ediciones anteriores. Tal como lo presento, es algo de mi propia cosecha. No me parece

descabellado y creo que ayuda a comprender la compleja formación de la obra. 1.4. En el Acto IV

La idea fundamental, que el Deuteronomio fue separado de la Historia deuteronomista para que formase parte del Pentateuco, procede de Noth y se admite generalmente. También se acepta que el Pentateuco surge en su forma definitiva en tiempos de Esdras (algunos autores incluso le atribuyen su redacción final) y que, gracias a la autoridad imperial persa, fue admitido por judíos y samaritanos. Por cierto, Maluc existió, y su genealogía es exacta (véase 1 Cro 6,30). Pero lo más probable es que el buen señor no viviese en tiempos de Esdras ni se dedicase al trabajo que le asigno.

Lo que he pretendido con ese sencillo relato es poner de relieve la compleja formación de esta espléndida historia. Si desea conocer más a fondo todo este mundo de la investigación bíblica, no le va a resultar fácil encontrarlo en castellano. Por eso lo ofrezco a continuación, advirtiendo de entrada que es un hueso duro de roer. Si no le apetece, puede pasar al capítulo siguiente.