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El buda y los budas

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RELIGIÓN DEL ORIENTE ANTIGUO (EGIPTO-MESOPOTAMIA)

Krishna 68 , Buda y Kalki, avatar que aparecerá al final montado sobre

Y, por si fuera poco, el mundo budista carece de una lengua sagra-

2. El buda y los budas

2.1. Las ocho etapas del buda Siddharta Gautama

Buda, término genérico de origen sánscrito, que significa ilumina-

do, se aplica a todo ser humano o celeste que ha llegado a la ilumina-

ción, por lo cual existen varias clases de budas. El buda Siddharta Gautama no se declara profeta, ni enviado de algún dios, ni dios. Para él, el mundo no es creado, sino eterno y eternamente modificado por los actos buenos o malos de los hombres; mientras aumentan la ignorancia y los pecados, no sólo decae la vida humana, sino que el universo mismo se degrada.

La piedad popular de la tradición extremo-oriental señala ocho eta-

pas en el devenir de Siddharta, incansablemente ilustradas por la ico-

nografía. Son varias las representaciones de Buda: en la postura de loto (sentado con las dos piernas cruzadas, una sobre la otra), de pie, echa- do sobre un lado, haciendo con las manos el dharmachakra mudra (hacer girar la rueda de la ley), etc. La verruga en la frente simboliza la sabiduría, y las diversas posturas de las manos expresan la derrota del mal, la consecución de la iluminación, la predicación de la doctrina. Resulta extremadamente difícil, y hasta imposible incluso, descubrir entre los miles de sermones, preceptos y leyes que la tradición atribuye a Buda, los que verdaderamente pertenecen al autor, y distinguirlos cla- ramente de los inventados por sus discípulos6. Miles de leyendas se

entrelazan con las artes plásticas sobre el origen de Buda7. He aquí,

pues, las ya citadas ocho etapas:

a. Descenso del cielo de los dioses satisfechos

La existencia terrestre de Siddharta, aquella en la que alcanzará su meta, es en realidad la terminación de una muy prolongada serie de renacimientos anteriores a través de los cuales ha ido progresando en la

6. Cfr. Bareau, A: El budismo indio. In Puech, H: «Las religiones en la India y en Extremo Oriente». Ed. Siglo XXI, Madrid, 1978, p. 187.

7. Cfr. Thomas, E.J: The life of Buddha as legend and history, Londres, 1952; Bareau, A: Recherches sur la biographie du Bouddha. 3 vol. París, 1963, 1970, 1971; Foucher, A: La vie du Bouddha d’aprés les textes et les monuments de l’Inde. París, 1949.

vía de la liberación, y que dará lugar al buda escatológico que ha de venir en el futuro, Maitreya, no sin haber escogido antes cuidadosa- mente el tiempo, el lugar (un pequeño reino de lo que sería el sur del Nepal actual, y cuya capital era Kapilavastu) y la familia (el clan de los

Shakya, de la familia Gautama, no de la casta de brahmines, sino ksa- triya) que verán su último renacimiento.

b. Entrada en el seno materno

En el año 624 a.C. entra en el seno de su madre dormida, que lo ve en sueños bajo la forma de un elefante blanco de seis colmillos. Él mismo lo habría elegido así cuando era aún un dios en el cielo.

c. Nacimiento

Nace del costado derecho de la madre, sin ninguna molestia, mien- tras Maya se paseaba por el parque de Lumbini, a 25 km de Kapilavastu, siendo saludado su nacimiento por una eclosión de júbilo en la naturaleza; las imágenes de los dioses se alzan de sus lugares y caen a sus pies cantando un himno en su honor al nacer; el recien naci- do declara solemnemente su supremacía sobre todos los seres.

d. Salida de la casa

Los adivinos presagian que no cumplirá la conducta de su casta ksatriya: será emperador universal, o buda. El padre quiere evitarlo, y para ello lo aísla en medio de una vida de placer, crece en la despreo- cupación pese a la muerte de la madre pocos días después del alumbra- miento, se casa, e incluso tiene un hijo. Pero los dioses velan para que su destino religioso se realice: a sus veintinueve años, al salir de uno de sus palacios acompañado por su cochero, experimenta sucesivamente los «cuatro encuentros» decisivos: primero con un viejo abandonado por los suyos; luego con un enfermo; más tarde con un cortejo fúne-

bre; finalmente con un renunciante. Es de noche, abandona el palacio.

Tras cabalgar largo tiempo, echa pie a tierra, devuelve su caballo a casa, se rapa la cabeza, se viste con hábitos groseros, y se dirige en busca del Despertar: «Yo era mimado; estaba muy mimado. Sólo me ungía con sándalo de Benarés, y sólo con telas de Benarés me vestía. De día y de noche me hallaba resguardado por un girasol blanco. Poseía un palacio para el invierno, otro para el verano, y otro para la época de las lluvias.

Durante los cuatro meses de las lluvias no me movía de mi palacio, y me hallaba rodeado de mujeres que tañían instrumentos musicales. Aunque era muy mimado, tuve este pensamiento: a pesar de que el hombre común y de mentalidad mundana está también él mismo some- tido a la vejez, a la enfermedad y a la muerte, no obstante experimenta repugnancia cuando otra persona envejece, enferma o muere. Lo mismo siento yo. Pero esto es indigno de mí. Al reflexionar sobre estas cosas, se esfumaron para mí la alegría de la juventud, de la salud y de la vida. Entonces pensé: ¿y si después de haber conocido el mal de la vejez, de la enfermedad y de la muerte, emprendiera la búsqueda de lo que está exento de estos males, la búsqueda de la paz suprema, del nir- vana? Y entonces, joven, de negros cabellos, me hice rapar la cabeza y la barba. A pesar de las lágrimas de mis padres, vestí el hábito de color azafrán de los ascetas, y abandoné mi hogar para siempre».

En adelante, desde entonces tal comportamiento se convierte en arquetipo para quienes desean entrar en la vida monacal budista.

e. Sumisión de los demonios

Y es así como Siddharta durante seis años se convierte en asceta itinerante bajo el nombre de Gautama. Durante este tiempo se encuen- tra con varios maestros ascetas, él mismo se convierte en maestro de otros cinco discípulos fieles. Pero ahora el ascetismo extremo que asume a partir de ese momento le lleva hasta el límite de la muerte, el mismo extremo de un mismo desequilibrio, «el celo excesivo conduce a la vanidad, y la falta de celo a la indolencia», así que se retira: «emer- ge de su concentración y toma algo de comida; sus discípulos ven en ese cambio una señal de debilidad y los cinco le abandonan. En la leyenda se desliza en este momento un episodio de apariencia anodina, y no obstante muy significativo: arroja al río el tazón en el que tomó su primera comida, y éste remonta la corriente para llegar a una caverna donde ocupa su lugar al lado de los tazones arrojados de la misma manera por los budas de las eras precedentes. Así, el Despierto, desde los tiempos más antiguos del budismo, no es un individuo único, sino el actor de un escenario que se repetirá indefinidamente mientras sub- sista un mundo que hay que salvar: nos encontramos muy lejos del carácter de exclusividad de las personalidades mesiánicas y proféticas de este lado de Eurasia.

El dios que gobierna el ciclo infinito de las muertes y de los rena- cimientos, el príncipe de este mundo, Mara (de la misma raíz que la

palabra muerte), comprende que esta vez su poder sobre los seres corre el riesgo de verse abolido. Somete por lo tanto a Gautama a pruebas y tentaciones cada vez más frenéticas y desesperadas, que son victorio- samente vencidas»8.

f. Despertar

Sumido ya en la contemplación, alcanza la iluminación o desper-

tar (bodhi), pasando así de bodhisattva (aspirante al estado de buda), a la de buda («iluminado, despierto»), recordando todas sus

existencias anteriores, así como el de las pasadas, presentes y futuras de los otros seres; sobre todo, comprende el juego de causas y condiciones del existir, y la vía de la liberación definitiva. Es la conclusión de numerosas existencias dedicadas a ganar esta búsqueda.

g. La rueda de la ley

Es también, por ello, la toma de conciencia de que no volverá a nacer: «Podría consagrar el resto de sus días a disfrutar de esa certeza en solitario, porque comprende lo difícil que sería entregar a los hom- bres el contenido de su experiencia y cuántos malentendidos podrían suscitar sus explicaciones. Si se hubiera contentado con quedarse en silencio, no habría sido un buda, sino un pratyeka-buddha, un des-

pertado para sí, como aparecen a veces en el mundo, que acceden

ciertamente a la liberación, pero cuya realización sigue siendo estéril. Un buda no es sólo un despertado, sino también un despertado que, mediante su predicación, enseña a los otros a su vez a acceder al des- pertar. Ante las súplicas repetidas tres veces por el dios Brahman, aquel que es desde entonces buda por pleno derecho se decide a predicar. Reúne en el Parque de los ciervos, cerca de Benarés, a los cinco discí- pulos que lo habían abandonado, y les comunica en varios sermones lo esencial del conocimiento que ha experimentado, lo que se convertirá en la base de la enseñanza del budismo.

Esta primera predicación recibe el nombre de rueda de la ley (dharmachakra pravartana), palabra de la misma raíz que chakra-

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