RELIGIÓN DEL ORIENTE ANTIGUO (EGIPTO-MESOPOTAMIA)
Babilonia 23 hereda el panteón sumerio y acadio, pero exalta a su
B. RELIGIÓN DE EGIPTO 1 El influjo mesopotámico
63. Cfr Donadoni, A.M: Civilización de los egipcios Las creencias religiosas Milán, 1988.
4. El más allá
4.1. Evolución: textos de las pirámides, de los sarcófagos, y libro de
los muertos
Según la escritura mural de los textos de las pirámides (2.500- 2.300 a.C), tras su inhumación el alma del faraón vuela en dirección al Campo de las Ofrendas, situado en la parte oriental del cielo, en forma de ave, de escarabajo, o de saltamontes, asciende hasta la mansión celeste de los dioses tras superar algunas pruebas, a saber, el paso de un lago en una nave, la realización de todas las purificaciones rituales, la respuesta acertada a un interrogatorio o juicio iniciático mediante fór- mulas mágicas (pues –equiparado a Osisis– no se ve obligado a com- parecer ante él); finalmente ocupa un trono celeste a ejemplo del dios solar, reinando así eternamente sobre su pueblo.
Los textos de los sarcófagos, que son 760 inscripciones encontra- das en el interior de los sarcófagos de madera de las antiguas tumbas reales de las dinastías IX-XIII (del siglo XXII al XVII a.C.), reinter- pretan los datos de los antiguos textos de las pirámides. En ellos Osiris y el juicio de los muertos ocupan un lugar central. A partir de la VIª dinastía, gracias a la descentralización política y a la aparición de potentados locales, se encuentran en las grandes tumbas de las familias nobles y ricas los mismos temas que los textos de las pirámides reser- vaban para la apoteosis del rey, aunque ahora en forma popular.
En una tercera fase, esto mismo se aplicará luego a todo difunto en
el libro de los muertos, cuyo título antiguo es Capítulos de la mar- cha de día, recopilación de rituales funerarios, mitos, conjuros, ensal-
mos, himnos, oraciones, etc., para asegurar al difunto su travesía al más allá. Desde la XVIIIª dinastía (siglo XVI a.C.) hasta la época romana, este libro, colocado en el féretro, suministraba al muerto durante su viaje y juicio los encantamientos precisos, sacados en su mayoría de los textos de los sarcófagos, con algunas reinterpretaciones. Su contenido mágico no ofrecía duda: se creía que tales encantamientos doblegaban a los dioses. Los egipcios lo copiaban sobre un papiro que se colocaba en el ataúd, entre las piernas de la momia: «Y, atiende, dibujarás la ima- gen de todo esto y la iluminarás con colores en una losa de tierra no pisada por cerdos ni otros animales. Y, si pones este libro por escrito, el muerto prosperará, y sus hijos prosperarán, y su nombre jamás será olvidado, y será como quien colmó el corazón del rey y de su príncipe. Y recibirá en el altar del gran dios pan, pasteles, golosinas, vino y tro- zos de carne; y no le será cerrada ninguna puerta en Amentet, y cami-
nará con los soberanos del Bajo y Alto Egipto, y estará en el cortejo de Osiris continua y regularmente».
4.2. El juicio
4.2.1. La realidad antropológica
Aunque Herodoto atribuye a los egipcios la metempsícosis o trans- migración de las almas, no es del todo cierto que la admitiesen.
a. Lo material
La creencia más antigua era que, al morir, el elemento material del hombre (djet) se desdobla: el cadáver tangible permanece en el sarcó- fago, y la proyección impalpable del cuerpo (khat) comienza su estancia en la Duât (región de Orión).
b. Lo espiritual
Además de estos componentes existen tres elementos espirituales en el ser humano, los cuales se separan igualmente del cadáver:
- En primer lugar el ba (alma inferior, individual) se separa pero se queda junto al cadáver a modo de «doble» del cuerpo, pues –aunque separada de él– la necesita para subsistir, por ser un principio inmate- rial capaz de reanimar el cadáver, es decir, de hacerlo salir a la luz bajo la forma deseada por el difunto.
- En segundo lugar, el akh (personalidad eficaz), que sólo el rey posee plenamente en vida, y cuya función es la de iluminar y glorificar al difunto.
- Finalmente el ka (fuerza de vida, espíritu o alma superior de cada hombre) se separa de su cuerpo –el cual vuelve a la tierra, al polvo– y asciende a las regiones celestes, incluídas formas de cataste- rismo o transformación en estrella.
Un elemento singular hay que añadir a esta soteriología, el siguien- te: después de la muerte el ka, que se piensa que reside en la estatua funeraria («estatua de ka»), aguarda al difunto para reunirse con él; de
este modo, el ba puede encarnarse de nuevo y el ka le puede inhalar su principio de vida y hacerlo perdurar gracias a las ofrendas en la tumba, su «casa de eternidad»64. En este mismo sentido hay que entender la
práctica de preservar al cadáver de toda descomposición, mediante el embalsamamiento del cuerpo y los ritos de momificación, así como de mantenerlo vivo por el suministro de alimentos, y operante gracias a las armas, etc., que –reales o decoradas– se situaban junto a la momia.
4.2.2. El proceso judicial
A los difuntos que han vuelto a la vida por la reunificación de sus componentes antropológicos les espera una prueba terrible antes de entrar en el otro mundo, el juicio de sus acciones. Durante el mismo,
Osiris se encuentra sentado en su trono de oro fino y coronado con la
diadema de dos plumas y diciendo la última palabra; Anu, a su izquier- da, juzga ante los dioses del consejo situados en segundo plano; Thoth a su derecha actuando de escriba; y, en medio, la balanza en que se pesan las malas acciones y las buenas.
Así escenificada la circunstancia solemnísima, el capítulo CXXVI del Libro de los muertos, que describe los detalles del juicio mismo, consta de tres partes.
En la primera parte –o Introducción– el difunto llega a la Sala de
las dos Verdades.
El juicio propiamente dicho comienza en la segunda parte, la de su Confesión Negativa, recitada por él ante los cuarenta y dos dioses presentes en dicha Sala; ante ellos, el difunto pronuncia una larga declaración de inocencia compuesta por frases negativas, pues había que conseguir de los dioses que las iniquidades le fueran anuladas y purificadas al pecador:
«1. Salve, el de las largas zancadas, que sales de Annu: no cometí iniquidad. 2. Salve, el abarcado por la llama, que sales de Jer-aba: no robé con violencia. 3. Salve, divina Nariz, que sales de Jemennu: no maltraté a los hombres. 4. Salve, devorador de sombras, que sales del lugar del nacimiento del Nilo: no
hurté.
64. Lévêque, J: Sabidurías del Antiguo Egipto. Ed. Verbo Divino, Estella, 1984,