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Snelling, J: El budismo Edaf, Barcelona, 1992, p 17.

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RELIGIÓN DEL ORIENTE ANTIGUO (EGIPTO-MESOPOTAMIA)

Krishna 68 , Buda y Kalki, avatar que aparecerá al final montado sobre

Y, por si fuera poco, el mundo budista carece de una lengua sagra-

19. Snelling, J: El budismo Edaf, Barcelona, 1992, p 17.

- En la región de los seis cielos del deseo, dos de ellos terrestres aunque invisibles para los humanos, y cuatro celestiales, las deidades experimentan una vida tan paradisiaca, que les lleva a abandonar el esfuerzo por la liberación total.

- Por encima están luego los dieciséis cielos de forma pura, donde residen las deidades de cuerpos de energía pura («cuerpos de

Brahma»), de éxtasis y brillo, siendo precisamente la autocomplacen-

cia su principal obstáculo, pues ella les lleva a ignorar sus anteriores existencias débiles y sufrientes, la circunstancia frágil que les rodea, y su posible futura vulnerabilidad.

- Finalmente están los cuatro cielos carentes de forma, infinitos en todo (espacio infinito, conciencia infinita, más allá de conciencia e inconsciencia, nada absoluta), en donde moran incontables trillones de dioses. Empero, aunque aspiran a la paz más profunda, a lo todavía más sutil y a lo más real y permanecen en este estado períodos de tiempo extremadamente largos, impasibles ante las preocupaciones, seguros en su sensación de haber alcanzado el absoluto, sin embargo se encuentran sutilmente minados por el orgullo y la vanagloria, que son su trampa más mortal, trampa que afecta a mucha distancia pero también afecta a los meditadores. Sólo la comprensión del vacío y de la relatividad de todas las cosas y estados proporcionaría la defensa contra esta debili- dad que amenaza.

b. Reino de los asuras o titanes

Al igual que sus homólogos griegos, son los viejos antidioses beli- cosos. Generalmente provienen del nivel humano, pero han invertido su generosidad, tolerancia y sensitividad en la consecución del poder, que- dando atrapados entre la competitividad y los celos. Les encanta luchar. Habitan en reinos parecidos a los celestiales y constantemente tratan de competir con los dioses, intentando arrebatarles los reinos celestes. Tal vida termina por volverse contra ellos. Incluso el más elevado de los dioses continúa siendo una víctima del sistema, porque su tenencia de privilegios divinos, por muchos eones que dure, llegará un día a su fin y entonces, irremediablemente, habrá de sufrir una caída y recircular por el sistema.

c. Reino de los humanos

La forma de vida humana es considerada un preciado tesoro, un magnífico logro duramente alcanzado a lo largo de extensos periodos

evolutivos anteriores, y por ello no debe ser malgastado inútilmente. Frente a la necesidad instintiva, la vida humana cuenta con libertad, inteligencia y sensibilidad para alcanzar la definitiva libertad y la auténtica felicidad.

d. Reino de los animales

Aquí se acumula la ignorancia, la locura, la estupidez inhábil, la dificultad comunicativa, la reacción involuntaria e instintiva. También estos seres cuentan con almas, también sufren y pueden alcanzar la ilu- minación, pero su situación no es la más adecuada para un intenso desa- rrollo positivo, necesitando de cuidados especiales y de ayuda.

e. Reino de los preta o fantasmas hambrientos

Hambrientos y sedientos insaciables, son seres vivos atrapados en reinos de extrema frustración. La codicia, el deseo de incorporación, el odio, les constituye en seres con enormes estómagos del tamaño de un estadio, estrechas gargantes de kilómetros de largo y del diámetro de un agujero de alfiler. Cuando hallan algo parecido a la comida, les resulta difícil conseguirlo, comerlo y tragarlo, abrasándolos mientras lo hacen, dando paso a un dolor inconcebible en lugar de satisfacer.

f. Reinos del infierno

Los budistas han desarrollado elaboradas descripciones de los ocho

infiernos calientes, los ocho infiernos fríos, los ocho infiernos aplas- tantes, y los ocho infiernos cortantes, extraídos imaginativamente a

partir de las dolorosas experiencias cotidianas.

Como vemos, todo el sistema es preocupante, porque sólo son agra- dables dos de los seis destinos; el resto, terribles. Lo que el Buda busca es una salida, la liberación total (moksha) y definitiva del ciclo de la existencia.

Más que como un dogma, el budista lee en su vida los signos de las vidas pretéritas por las que ha ido pasando, y vive todo esto como una hipótesis que cada cual puede verificar si desarrolla sus facultades extrasensoriales. Conocer bien el mecanismo del renacer es necesario para atravesar la perplejidad, esa impureza mental que es la duda

(vichikicha). El discípulo que, progresando en sus capacidades interio- res, llega al estado de arhat, alcanza finalmente las tres ciencias (tevi-

ja), que permiten constatar cómo las gentes mueren y siguen renacien-

do una y otra vez (chutupapata-ñaña)20.

Lo que mantiene en perpetuo girar la rueda de la existencia cíclica (el samsara) es básicamente la sed, el ansia, el anhelo (trishna), no sólo en sus formas más burdas de querer lo deseable y no querer lo inde- seable (no se olvide que el no querer por querer lo contrario es también un querer), sino también en las extremadamente sutiles, como, por ejem- plo, el soterrado y básico instinto de perseverar. Trishna surge sobre la base ilusión/ignorancia (avidya), que no es precisamente una bendita ignorancia, sino una especie de ceguera deliberada que se niega a enca- rar la verdadera realidad de un universo en cambio y sufrimiento cons- tantes. La ira/odio (dvesha en sánscrito) se une a trishna y a avidya para formar una terna atroz llamada con frecuencia los tres fuegos o

venenos.

3.3. Renacer sin un Yo 3.3.1. Sin un Yo

Ahora bien, como ya hemos dicho, el budismo niega categórica- mente la existencia de un yo permanente que transmigrase de una vida a la otra. No se corresponde, por lo tanto, con la reencarnación del hin- duismo, vinculada esencialmente con la transmigración de las almas. El budismo utiliza un término más prudente, y habla de un fenómeno de

volver a ser (punabbhava)21. En efecto, a menudo se piensa que los

budistas suscriben la idea de la reencarnación, pero no es la verdad estricta. Reencarnación presupone que hay alguna clase de alma o esen- cia permanente, algo personal e inmutable que cambia de cuerpo en cuerpo con el correr de los días. Pero Gautama Buda negaba la exis- tencia de cualquier alma que pudiera reencarnar; lo que él admitía era algo ligeramente distinto, algo a lo que podemos llamar renacimiento, una conexión causal entre una vida y la siguiente. En esa transacción no se transmite nada, la vida siguiente es completamente nueva, aunque la forma que adopte vendrá condicionada por la precedente.

20. Wijayaratna, M: El budismo en el país del Theravada. In Delumeau, J: «El hecho religioso». Alianza Ed, Madrid, 1995, p. 447.

Hablando estrictamente, morimos y renacemos en cada momento. Estamos tratando perpetuamente de romper la danza dinámica del mundo, que es una unidad, en ‘cosas’ separadas para luego intentar con- gelarlas en el hielo del pensamiento. Pero la danza del mundo se resis- te tenazmente a permanecer fragmentada y congelada, se hace remoli- nos, cambiando a cada instante y riéndose de nuestros patéticos esfuer- zos por organizarla y controlarla»22.

Numerosos textos considerados como exponentes de la enseñanza original del maestro ponen en duda la idea brahmánica de la persisten- cia de una idéntica realidad personal, de un sí mismo o yo (atman), o, dicho de otro modo, la estabilidad de una realidad personal subsisten- te. Por otra parte, sin embargo, parece defender la existencia de un yo (que podríamos denominar «funcional») a modo de constelación de acontecimientos momentáneos y pasajeros que tienen relación de causa efecto entre sí, lo que permite hablar de una cierta permanencia aunque sea móvil, los llamados khandas, cinco: forma física corporal (rupa),

sensacion o sentimiento (redana), percepción (samma), volición

(shankara), conciencia (viññana). Sea como fuere, Buda tiene por «completamente insensata» la afirmación «después de la muerte yo seré esto, que es permanente, que subsiste, que dura, que no cambia, y como tal existiré por toda la eternidad»23, así que meditando sobre la

irrealidad de la persona cree Buda destruir el egoísmo hasta en sus mis- mas raíces, pues

«sólo existe dolor, y no hay doliente. No existe el agente, sino sólo el acto. El Nirvana es, pero no aquel o aquella que lo busca. La Vía existe, pero no

aquel o aquella que avance por ella»24

.

Las oportunidades de tener un renacimiento humano (el único desde el que se puede escapar al samsara), no sólo de volver a ser como éste que soy ahora mismo, sino ni siquiera de volver a aparecer

22. Snelling, J: El budismo. Edaf, Madrid, 1992, pp. 70-71. 23. Majjhima-Nikaya I, 138.

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