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Un buen comienzo en la primera sesión

El énfasis operacional

6. Un buen comienzo en la primera sesión

La primera sesión con la familia de un joven loco y excéntrico no es igual a cualquier otra sesión terapéutica de rutina. Reunirse con una familia de esta índole sin un plan previo es incitar a que sobre­ vengan dificultades y desgracias. No es el mejor de los caminos para el terapeuta esperar simplemente, en actitud exploratoria, lo que ha de suceder.

Si el joven está internado en un hospital psiquiátrico, un centro para rehabilitación de drogadictos o la cárcel, no es necesario averi­ guar cuál es el problema, ya que este es evidente: el joven se halla en un severo trastorno de su vida en la comunidad, y la familia no está funcionando bien, Un supuesto semejante puede hacerse a veces si se trata de un niño: si un chico añoréxico es poco más que un esqueleto andante, lo que importa no es averiguar cuál es el problema sino qué debe hacerse para que el niño no muera de hambre o por una enfer­ medad que sus bajas defensas han causado.

Obviamente, en el caso de un joven internado la meta es que deje la institución en que se encuentra y viva de manera normal, y que su familia y la comunidad profesional superen ese cambio. El terapeuta no tiene que explorar cuál es el problema y las metas, sino hacerse cargo. Al hacerlo, de hecho indagará y reunirá información sobre los pormenores de la situación, pero esa indagación no es lo central de la sesión. En verdad, puede originar dificultades y hacer que la terapia fracase. Por lo común, el terapeuta tendrá que avenirse a trabajar con menos información de la que quisiera tener para poder intervenir en el caso.

Como ocurre en muchas situaciones terapéuticas, cuanto más extremo es el problema, más evidente resulta la estrategia. Si el joven se encuentra bajo custodia, en la primera sesión las cosas pueden ser más claras que si el joven se conduce alocadamente pero aún no ha activado a agentes de control social. Si la internación ya tuvo lugar, eí joven y sus familiares se sentirán confundidos e inseguros, lo cual da pie al terapeuta para operar. Si se trata de una primera interna­ ción, el joven por lo común querrá que lo dejen en libertad, y esto es una ventaja para sus padres y para el terapeuta. A la segunda o terce­ ra internación, el joven ya ha aprendido a sacar partido de esa cir­ cunstancia, o aun de la amenaza de que se produzca, y también la familia. Cuando un niño es separado por primera vez de su familia, ni él ni sus padres saben qué hacer ante esa crisis, y están prestos a se­ guir las directivas que conduzcan a un cambio; pero una vez que la familia ha aprendido a recurrir a la institución para lograr estabili­

dad, el cambio es más difícil. Al solicitar que el joven sea restituido de inmediato a la comunidad, el terapeuta le está pidiendo a la fami­ lia que vuelva a experimentar la inestabilidad y la tensión momentá­ neamente superadas.

Pero del hecho de que el terapeuta y la familia tengan más margen de acción en una primera internación no se desprende que deba ape­ larse a la internación como un modo de facilitar la terapia. El estig- »ma de estar en una institución puede pesar más que cualquier venta­

ja. Por añadidura, una vez activada una agencia de control social, or­ ganización con necesidades y finalidades propias, es imposible prede­ cir si se podrá conseguir que el joven sea dejado en libertad.

Si el joven está internado (y a veces, también cuando no lo está), hay ciertas reglas para lograr la cooperación de la familia. Vale decir, a veces el joven es presentado como problema y es menester que la familia acuda a la terapia, en cuyo caso determinados procedimien­ tos aumentan la probabilidad de que coopere.

Ante todo, hay que pedirles que vengan a ayudar a su hijo o hija, no a hacer “terapia familiar”. Pocas personas quieren verse mezcla­ das en una terapia familiar, sobre todo cuando piensan que se indaga­ rá sobre su pasado, sus problemas y sus culp.as; en cambio, casi todos están dispuestos a ayudar a sus hijos.

El joven loco no es quien ha de resolver cómo se realizará ía tera­ pia; es el especialista y no él, quien decidirá si la familia va a partici­ par o no. En esta etapa del “soltar amarras”, la familia tiene que participar, lo quiera o no lo quiera el joven. A veces este se muestra renuente a mezclar a sus padres porque quiere protegerlos, y sólo al comprobar la idoneidad del terapeuta estará dispuesto a permitir que sus padres se expongan a él.

El terapeuta no ha de esperar que sea el joven quien invite y traiga a la familia; le incumbe al profesional la responsabilidad de tomar contacto con los padres personalmente y solicitarles que acudan a una entrevista con el joven problemático. Si se niegan, se les pedirá, sin criticarlos, que colaboren suministrando información y datos orientadores! Tampoco de una esposa esperaría el terapeuta que tra­ jera a la sesión a su renuente marido, sino que lo citaría a este perso­ nalmente; lo mismo en este caso. Esto hará que todo lo que acontez­ ca en la sesión sea responsabilidad del terapeuta, y no del joven pro­ blemático.

Premisas

Para un terapeuta que emprende la primera sesión, hay ciertas premisas sociales útiles. Cierto es que no son siempre válidas, y que ocasionalmente se presentan excepciones y sorpresas; pero es mejor descubrir la ocasional excepción que andar a tientas en todos los ca­ sos, en medio de la incertidumbre y la falta de planificación.

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1. Se partirá de la base de que la jerarquía familiar está confusa y de que el estancamiento en que se encuentra la pareja conyugal es más grave que lo usual. La forma de iniciar la entrevista, incluso la perso­ na a quien el terapeuta se dirija en primer lugar, será un modo de em­ pezar a corregir la jerarquía.

2. Hay que presumir que la persona problemática es orgánica­ mente sana e inteligente, aunque no lo manifieste. Si está fracasan­ do, lo hace como un modo de proteger a su familia, y hay que apro­ ximarse’ a ella con paciencia y respeto —lo cual no quiere decir que se le permita desorganizar las sesiones—. La expectativa es que podrá desarrollar una vida normal Ubre de medicación. El terapeuta debe expresar este punto de vista para así dejar sentado que la familia es capaz de sobrevivir a la normalidad de dicha persona.

3. El hecho de que el joven abandone a su familia al convertirse en un ser normal que se autosustenta es una seria amenaza para aquella: el terapeuta debe partir de esta premisa por más que los pa­ dres declaren enfáticamente que tal es su voluntad. Hay que reasegu­ rar a la familia que el joven no abandonará su hogar de una manera impredecible e irresponsable, sino bajo la conducción de sus padres.

4. Los padres presentarán como problema al joven, y no a la fa­ milia en su conjunto. El terapeuta aceptará esto, aunque sepa que los padres no ignoran que también la familia en su conjunto está proble- matizada.