El énfasis operacional
5. La primera etapa
Lo más adecuado es concebir la terapia con un joven problemáti co dividida en etapas. La primera etapa consiste en disponer un buen regreso del joven desde la institución en la que estuvo internado a su hogar, a fin de que no tenga que volver a ser colocado de inmediato bajo custodia. En los casos en que no ha habido internación, la pri mera etapa consiste en lograr que la familia supere la crisis y el joven recobre la situación normal.
En la segunda etapa se aborda la crisis generada por las inevitables “recaídas” del joven. Tal vez la palabra “inevitable” suene muy de terminista, ya que a veces no se produce recaída alguna; sin embargo, en el curso habitual de los acontecimientos, pocas semanas después de haber recobrado la normalidad, el problema del joven vuelve a hacer erupción. La cuestión consiste en contener la erupción dentro de la familia sin recurrir a la custodia. Si la erupción origina un retor no a la institución de custodia, la terapia debe empezar de nuevo como si nada hubiera pasado. En esta situación reviste extrema im portancia impedir una segunda internación. (Esto no constituye una contrariedad tan grande si el problema del joven es crónico y ha esta do internado en varias oportunidades.) Evitar que se instaure el ciclo de sucesivas internaciones y altas es el objetivo principal de la segun da etapa.
La tercera etapa de la terapia consiste en desenganchar al joven de su hogar, quizá consiguiendo que se mude a otra casa. Si bien es posi ble desenganchar al joven del triángulo familiar aunque siga viviendo bajo un mismo techo y concurra a su colegio o su trabajo, el traslado físico asegura el cambio.
En el sistema del joven loco y la familia se generan dos ciclos re petitivos, el primero dentro del propio seno de la familia, y el segun do en la relación entre la familia y la comunidad. Dentro de la fami lia, la secuencia típica es que los progenitores (o bien otras dos per sonas adultas, como la madre y la abuela) amenacen con separarse, ya sea porque pretendan divorciarse o porque uno de ellos sufre un colapso y debe ser internado en un hospital u otra institución de cus todia. Ante esta amenaza, se produce en el joven la erupción de un comportamiento alocado o alguna acción extrema, que exige a los demás integrantes permanecer juntos para hacer frente al trastorno. Por lo general, lo que hacen es internar al joven. Cuando este retorna al hogar y reinicia una vida normal, aquellos vuelven a amenazar con separarse, el joven tiene otra erupción de locura y de nuevo crea difi cultades.
Este ciclo repetitivo adopta diversas formas en cada familia. En al gunas familias los padres hablarán expresamente de divorcio, mien tras que en otras la madre dirá meramente: “Me gustaría tomarme unas vacaciones sola”. Ante esto, el joven reacciona en forma exage rada, como si su vida dependiera del estado de los padres o de su matrimonio. Con sus trastornos, o al quedar incapacitado para aban donar el triángulo, el joven estabiliza a sus padres. Todo amago del joven hacia la normalidad, en el sentido de retomar sus estudios, su trabajo o sus relaciones íntimas, provoca una nueva amenaza de sepa ración, que a su vez lleva a un fracaso estabilizador.
La conducta perturbadora del joven que estabiliza a la familia hace entrar en escena a la comunidad en la que viven. Los agentes de control social ponen manos a la obra y lo internan, hasta que des pués de un tiempo se le da el alta y vuelve a casa. La estabilidad continúa en tanto y en cuanto al joven se lo rotula como incapacita do, ya sea por la medicación que se le da o por la internación misma. A fin de que este ciclo se perpetúe deben participar todos los familia res, con la asistencia de los agentes de control social. La tarea del terapeuta radica en poner fin al ciclo dentro de la familia y entre esta y las instituciones de la comunidad.
Mencionemos al pasar que la decisión de internar a un miembro de la familia puede parecer arbitraria; aveces, en este estadio del de sarrollo de la familia, se resuelve internar a uno de los progenitores o a otras personas adultas. Cuando el terapeuta inicia su intervención en la crisis, puede pensar que todos, los miembros de la familia se conducen de manera suficientemente extraña como para tomar algu na medida. Suele suceder que se elija internar al joven, en cuyo caso los padres y otros parientes parecerán más normales, y el joven, más anómalo, de modo tal que la resolución adoptada sonará lógica. El motivo de que sea el joven el elegido tiene, empero, una explicación sociológica. Si todos están trastornados pero sólo se puede declarar fracasado a uno de ellos, el más vulnerable es el joven porque es el que menos esencial le resulta a la familia. Con frecuencia, el padre es quien provee al sustento de esta, y debe conservar su trabajo; la ma dre también es necesaria en la casa, ya sea porque trabaja, o porque cuida de los otros hijos, o por ambas cosas. El joven no cumple nin guna función práctica y es por ende prescindible. Una vez que se lo ha escogido a él, continúa su nuevo “trabajo” dentro de la familia con su incapacitación.
El terapeuta que aborda esta situación problemática no debe sub estimar el poder del triángulo. Es como si tres planetas se mantuvie ran unidos en sus órbitas respectivas por lazos invisibles: si uno de ellos se sale de órbita, se quiebra la unión entre los otros dos y tam bién empiezan a desorbitarse. Todo ocurre como si la alternativa an te la existencia del triángulo fuera la destrucción total. No es raro pasar por alto estas ligazones distrayéndose con lo que la gente dice. El joven dirá que está harto de los padres y quiere irse de una vez.
Los padres dirán que anhelan que el hijo se aleje de ellos y se baste ft sí mismo. Los diálogos sobre los deseos de separarse nada tienen que ver con las acciones emprendidas. Ante un joven que fracasa conti nuamente y no sabe independizarse, los padres protestarán que ya están hastiados de él y prefieren que se vaya o que se muera. Sin embargo, esta protesta se exterioriza al par que el joven incapacitado sigue bajo el mismo techo. La reacción es muy distinta si el joven avanza en pos de la normalidad y el autosustento.
El triángulo clásico con un joven problemático es el constituido por un progenitor que, cruzando las fronteras generacionales, se alia con el hijo contra el otro progenitor. Otra alternativa es que un abue lo cruce las fronteras y se alíe con el nieto contra un progenitor. Este “triángulo patológico,, es típico de los niños con problemas. Frente
a esta coalición trasgeneracional, el terapeuta recurre por lo corriente al procedimiento de coligarse con la persona más periférica en primer término, consiguiendo que establezca una ligazón con el hijo. Por ejemplo, si la madre está aliada al hijo contra el padre, el terapeuta hará que padre e hijo se unan en alguna empresa común que deja afuera a aquella. La madre objetará entonces lo que hace el padre con el hijo, o la forma en que lo hace, y el terapeuta cambiará de foco, pasando a ocuparse de la batalla entre los progenitores. En ese momento el niño queda libre de su síntoma y el terapeuta empieza a tratar a la pareja.1 Esta clase de intervención puede emplearse con
los problemas rutinarios de los niños y también con los problemas graves que presentan los jóvenes excéntricos (como en un caso de adic* don a la heroína que comentaremos luego). No obstante, en lasfami* lias que poseen una gama más amplia de habilidades, como las que tie nen un miembro loco, esta concepción del triángulo resulta simplista.
Si en la familia hay un joven lo suficientemente loco como para exigir la atención de la comunidad, no basta presumir que el triángu lo está conformado por la unión de uno de los progenitores con el hijo contra el otro progenitor periférico: aquí se comprueba que los dos progenitores se alian con el hijo para enfrentarse entre sí, en un “doble lazo” [double bond]. La madre establece una estrecha coali ción con el hijo contra el padre, pero este por su parte establece otra estrecha coalición con el hijo contra la madre. El terapeuta no puede entonces, simplemente, hacer que uno u otro de los progenitores se haga cargo del joven, sino que debe centrarse en lograr el acuerdo de aquellos acerca de lo que este tiene que hacer. Esto mantiene activa mente comunicados a los padres en torno del hijo y sus problemas, lo mismo que antes, pero en el nuevo contexto de concordar acerca del cambio que debe sobrevenir en el hijo. Dejan de quejarse de su mal comportamiento y pasan a planear lo' que debe hacer.