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Véase el capítulo titulado “The Growing Edge”, en J Haley y L.

La modificación de la jerarquía

1 Véase el capítulo titulado “The Growing Edge”, en J Haley y L.

Hoffman, Techniques of Family Therapy, Nueva York: Basic Books, 1967.

darles mi apoyo. Pienso que lo importante es lo que ustedes dos decidan ahora.

(Más adelante, en la misma sesión, luego de haber surgido algunas dificultades entre los miembros de la familia.)

Madre: ¿Nos dará el hospital una recomendación sobre lo que más conviene hacer, una vez que lo hayan estudiado? ¿Sobre cuál sería la mejor situación?

Terapeuta: No. En un plano importante, ya hicieron una recomenda­ ción y por eso ustedes están hoy aquí. Esta es su derivación básica. La semana pasada hablé en varias oportunidades con el médico y la asistente social que atendieron a Annabelle. Hemos estado en es­ trecho contacto. Así que ya nos hemos formado la idea básica en cuanto al seguimiento y todo eso.

Habiendo dejado bien establecido que el caso le ha sido derivado a él, el terapeuta pasa entonces a discutir el regreso de la chica a la escuela, etcétera.

4. Otra variante es que los padres se rehúsen a hacerse cargo de­ jando la decisión en manos del joven, pese a la evidente incapacidad

de este. Es lo que sucede típicamente cuando los padres se hallan en la incertidumbre, y es esto lo que confiere al joven mayor autoridad que la de sus padres. No corresponde que un padre pregunte a su hijo de qué manera tiene que ser disciplinado, o solicite el consejo de su hija adolescente sobre la manera en que esta debe conducir su vida sexual. Ni siquiera se debe actuar así con un joven de más edad, que normalmente puede o debe participar en muchas decisiones vincula­ das con su vida (o tomarlas él mismo por entero), cuando este se halla en la situación anormal de haber sido encarcelado a raíz de su irresponsabilidad en la adopción de decisiones sensatas. Si los padres no vuelcan su autoridad en el joven, suele suceder que este insista en hacerse caírgo y en tomar las decisiones por su cuenta. Veamos un ejemplo:

Terapeuta: Una de las cosas es que Annabelle va a volver a casa bien temprano, y creo que todos ustedes tendrían que planear qué hará ella, y cosas por el estilo.

Annabelle (a los padres): ¿Ustedes harán planes para mí? Padre: Qué raro es esto...

Annabelle: ¿Por qué no puedo planear mis cosas yo misma? Padre: Creo que al decir nosotros, te incluyo a ti.

Según este enfoque, el igualitarismo del padre no es adecuado. El terapeuta lo corregirá sugiriendo que los padres se encarguen de pla­ near el futuro inmediato de la hija, dado que a esta hubo que hospi­ talizarla por conducirse de modo irresponsable y obligar a otros a

que se hicieran cargo de ella. Es frecuente que los jóvenes pongan objeciones a esto, y el terapeuta debe encontrar la forma de impedir que ejerzan autoridad sin granjearse su antagonismo.

Si el joven es algo mayor en edad, el problema se agudiza. Un drogadicto dijo a sus padres: “Nadie va a fijar regla alguna para nin­ gún muchacho o chica de veintiséis años”, que puede traducirse: “Ningún progenitor fijará reglas a un joven de veintiséis años”. En otros casos, la estratagema empleada por el joven para hacerse cargo es más sutil, como en el ejemplo siguiente. Están en et consultorio los padres con su hijo; el terapeuta dice unas breves palabras inicia­ les, y el joven le contesta.

Terapeuta: Me gustaría que tuviéramos este tipo de encuentros más o menos una vez por semana. Yo me encargaré de darte la medica­ ción, y entre ambos decidiremos la dosis. Estaré en contacto con la gente del hospital de día para ver cuánto tiempo te has de quedar. Ya veremos eso. Veo mi papel como el de... quiero que recobres la normalidad, que vuelvas a tu vida normal.

Hijo: Muy bien, puedo entender eso.

Terapeuta: Podemos trabajar todos juntos en pos de ese objetivo. Hijo: Francamente, no creo que lleve tanto... creo que llevará menos

tiempo de lo que tal vez piensan mi madre y mi padre.

Terapeuta: Ya chariaremos sobre eso a medida que avance la te­ rapia...

A veces es el propio terapeuta el que pone a cargo al joven proble­ mático. Nervioso e indeciso frente a los padres, el terapeuta se vuelve al joven para preguntarle qué piensa acerca del alta u otras cuestio­ nes. Quizás entonces el joven se haga cargo de una decisión que en rigor corresponde a los padres, y esta reversión de la jerarquía habrá sido provocada por el terapeuta.

De hecho, cuando este pide al joven que asocie libremente o que “ventile” todo lo que tenga que decir, le está entregando las riendas de la terapia al hacer que determine él qué acontecerá en la sesión. El nervioso terapeuta y los nerviosos padres pueden así verse aliviados de responsabilidad y, además, contarán con alguien a quien echar la culpa de lo que suceda en la terapia.

5. Por lo regular en un momento posterior de la terapia y no en la primera sesión —cuando el joven problemático se está normalizan­ do debido a que los padres reafirman con éxito su posición ejecuté va—, interviene un hermano protestando de que los padres están ma­

nejando mal la situación, de que ellos no entienden a la nueva gene­ ración, etc., y haciéndolos a un lado se hace cargo. En cualquier mo­ mento que esto ocurra, el terapeuta debe impedirlo ratificando que son los padres quienes están al frente de la familia y deben tomar las decisiones.

una riña que evita que ejerzan su autoridad en forma conjunta. El terapeuta debe impedirlo solicitándoles que lleguen a un acuerdo y decidan. En otras familias, los padres son tan negativos o violentos que el terapeuta queda convencido de que no son capaces de hacerse cargo de su hijo, de que no son idóneos para la función parental. Pero aun en estos casos el terapeuta simplemente debe insistir en que los padres concuerden y se hagan cargo, dejando otros problemas pa­ ra ser debatidos cuando el joven ya se valga por sí mismo.

Estas seis formas en que los padres eluden su propia autoridad pueden presentarse con muchas variantes en las primeras etapas. Cuando el terapeuta les hace asumir esa autoridad, los padres la dele­ gan en él, en otros especialistas, en el joven problemático, en un her­ mano de este, o bien sufren un colapso o se atacan mutuamente de un modo que pone en evidencia su falta de idoneidad. El terapeuta ha de aclararles con paciencia y pertinacia en quién recae la responsa­ bilidad de la situación, destacando, en especial, que en definitiva el problema recaerá sobre ellos, ya que las demás personas —incluidos los especialistas— solamente ejercerán una autoridad temporaria. Los padres seguirán siendo padres de su hijo durante todo el resto de su vida.

A veces el desquicio causado por el hijo facilita que los padres se desentiendan del asunto y con un gesto de impotencia declaren que nada pueden hacer. Veamos un ejemplo típico, tal como se dio en un caso tratado por Salvador Minuchin.2 A los padres de una joven que

padece anorexia nerviosa se les dice que deben responsabilizarse de que su hija aumente de peso; para ello, se programa una comida en la sesión, en la cual tendrán que obligar a su hija a ingerir alimento. También se puede planear qué harán en su hogar de allí en adelante. Ante la vacilación de los padres sobre sus posibilidades de influir así en su hija, esta empieza a gritar protestando y diciendo que abando­ nará la sesión, con lo cual estimula a sus padres a sentir que real­ mente el problema los desborda. Se les menciona entonces la muerte eventual, o se les insiste en que una internación es una alternativa sólo temporaria, ya que la hija volverá a estar en idéntica situación cuando, al salir del hospital, se rehúse nuevamente a comer. Se les destacará una y otra vez que, a la larga, algo tienen que hacer... ¿por qué no hacerlo ahora? De esa sesión saldrá un plan relativo al peso que debe aumentar cada semana, quién se encargará de controlarlo, quién preparará la dieta con ella, etcétera.

Mostrándose firme y persistente, aunque también reconfortante, el terapeuta hará que los padres resuelvan sus desavenencias y se ha­ gan cargo. La confianza que él les demuestra los alentará a intentarlo y los absolverá de culpas respecto del pasado.

2 S. Minuchin, B. L. Rosman y L. Baker, Psychosomatic Families: Anore­ xia Nervosa in Context, Cambridge: Harvard Universtty Press, 1978.

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La organización de la comunicación

Para poder hacer su formulación orientadora y prever la posible reacción, el terapeuta debe organizar la sesión y la forma en que se trabajará en ella. Además de negarse a ocupar la posición que les compete en la jerarquía, los miembros de la familia pueden impedir que esa formulación se concrete o bien responder a ella de un modo tan caótico, con tantas interrupciones, que sea imposible hablar de nada. El terapeuta debe tomar los recaudos para que nadie se vaya del cuarto, cada cual hable a su turno y no se desarrollen conversa­ ciones paralelas o simultáneas. A veces el caótico comportamiento de la familia obedece a que no ha tenido experiencia en cuanto a hablar de a uno por vez. Para muchas personas, esta puede ser una experien­ cia novedosa, y requerirla de ellos exige cierto adiestramiento.

Un problema corriente de la primera sesión es que el joven loco procura salvar a sus padres conduciéndose en forma inapropiada y desquiciando la reunión. Recuerdo un caso notable, sucedido mu­ chos años atrás. Habíamos puesto en marcha un proyecto de investi­ gación sobre familias locas cuando nos visitó una psiquiatra japonesa describiéndonos las familias de los pacientes internados a los que ella estaba tratando en su país; su similitud con las familias norteamerica­ nas era tan grande que resolvimos incluir en la muestra a una familia japonesa-norteamericana en la que los padres apenas hablaban inglés y tres hijos adolescentes que apenas hablaban japonés. La joven psi­ quiatra que trataba a la familia debía enfrentar este problema lin­ güístico además del comportamiento desquiciador del hijo problemá­ tico. Era un muchacho de dieciocho años, de un metro ochenta de altura (poco común en un japonés), que había sido internado en di­ versas ocasiones. Cuando surgía una situación de tensión entre los padres, se tiraba al suelo del consultorio con todo el largo de su cuer­ po, gruñendo de vez en cuando para que no se dejara de advertir su presencia. Los padres intentaban seguir dialogando con el terapeuta al par que urgían al muchacho para que se incorporase; el terapeuta, a su vez, hac ía como que lo ignoraba y procuraba tocar algún tema impactante para los padres.

En situaciones como esta, el terapeuta debe proceder con firmeza y paciencia, ayudando a los padres a organizar a la familia, de modo de continuar con su tarea de planificación de las próximas activida­ des de su hijo. Esta organización de la comunicación importa más que todo lo que se diga. Lo que hay que modificar es este proceso actuado en el consultorio, típico de la vida familiar. El terapeuta no sólo debe aclarar que cada integrante del grupo tiene que hablar por turno y que los padres deben estar a cargo, sino ademas que el joven debe manifestar respeto hacia sus progenitores... lo cual no es nada fácil cuando los propios padres no insisten en que se los respete.

Recuerdo una experiencia de Salvador Minuchin en una sesión con un padre y tres hijos adolescentes que lo trataban en forma ruda

y agraviante. (Según el padre, el problema era la madre, que estaba internada en un hospital psiquiátrico.) Minuchin dijo a los jóvenes que en esa habitación no les estaba permitido faltar el respeto a su padre; que lo hicieran en su casa era otro asunto, pero allí eso estaba vedado. Los jóvenes comenzaron a hablarle a su padre con más respe­ to, y en un momento en que una hija lo hizo con lenguaje descortés, el padre exclamó: “ ¡Eso no está permitido en esta habitación!”.

Varios factores contribuyen a que los padres se hagan cargo. Uno de ellos es la autoridad que les trasmite el terapeuta, el especialista que goza de poder a causa de que se ha activado el control social. Si él escucha a los padres con respetuosa atención y los inviste de auto­ ridad, los jóvenes siguen el mismo camino. El poder pasa entonces de un experto a otros. La presencia de hermanos incrementa el efecto, ya que los hijos tienden a imponerse mutuamente limitaciones cuan­ do ven que es eso lo que se espera de ellos. Así, puede ser más senci­ llo tratar a una familia muy numerosa que a una pareja con un solo hijo. Otra manera de imbuir de poder a los padres es dejar en sus manos la decisión sobre el alta; si se quiere que la persona problemá­ tica salga de la institución en que está internada, los padres deben ser persuadidos a dar su consentimiento y a aceptar de vuelta a su hijo' en el hogar. Dentro de la jerarquía establecida por esa autoridad, el hijo comenzará a orientarse como corresponde.

Una de las cosas que más convence a un joven de que debe coope­ rar en la sesión es ver que el terapeuta comprende las dificultades de sus padres y que hará algo por ellos. Si el terapeuta se muestra idó­ neo en su manejo del joven, este lo sabrá capaz de manejar bien a sus padres. Por consiguiente, es importante que el terapeuta, sin decla­ rarlo expresamente, haga notar al joven que él ayudará a sus padres, que los tratará con respeto y no los trastornará de manera irresponsa­ ble. Viendo ésto, el joven no sólo cooperará, sino que no tendrá mo­ tivos para dejar de hacerlo.

En unas sesiones conducidas por Don D. Jackson hace muchos años podrá apreciarse la habilidad de un terapeuta para tratar con tino a los padres y a una joven a la vez. La chica, de dieciocho años, había sido llevada a su casa y luego hospitalizada por su proceder extraño en la facultad. Su conducta violenta en el hospital —había llegado a golpear a una enfermera— hacía prever que la sesión sería turbulenta. En ella, el doctor Jackson le dejó decir a la chica que ella y sus padres conformaban el “eterno triángulo” y que su comunica­ ción estaba bloqueada. Luego se volvió hacia el padre:

Jackson: ¿Qué piensa usted de esta idea, de que hay un bloqueo en la comunicación?

Hija: Lo hay.

Padre (simultáneamente): ¿Me habla a mí? Jackson: Ajá. (Pausa.)

r

Jackson: No, ahora le tienes que dar una oportunidad a tu padre. (Se

^ nej

Padre: No estoy enterado de ningún bloqueo en la comunicación. Este. .. Yo siempre, durante muchos años, pensé que. .. este... Sue era una buena chica, y... este... fui muy liberal con ella, y... este...

Hija: Ajá, sí.

Padre: . . . y su madre, para compensar mi liberalidad, este.. . era excesivamente estricta con ella.

Hija: ¡Espera un momento, papá! Padre: . . . y.. . este. .., entonces.. . Hija: Espera un momento. Padre: . .. algunas veces tú...

Hija: Necesitaba que me impusieran disciplina.

Jackson (interrumpiendo a la hija, le hace un gesto que indica la con­ fianza que hay entre ellos, y dice): Por cierto que consigues tu opor­ tunidad (ríe) de refutar, pero conseguimos lo que estamos buscando. Padre: Hay dos a la vez aquí.

Hija (superponiéndosele): Continúa.

El diálogo prosigue y la hija escucha al padre sin interferir, aun­ que él está hablando sobre una desavenencia con su esposa. Cuando el padre termina, la hija toma la palabra, pero Jackson la aquieta y se vuelve hacia la madre pidiendo su opinión.

Jackson era muy diestro para lograr que el joven problemático no entorpeciera la sesión, y en cambio se sumaba a él a fin de abordar con eficacia los problemas parentales.