Otra tarea de la primera sesión es reunir cierta información, ya que la estrategia terapéutica dependerá de esta y conociendo dicha información puede evitarse un fracaso. Una pregunta importante es: ¿Hay alguna otra persona afectada en la familia, que no haya concu-
mao a esa primera sesión? Algunos sostienen que una persona por sí sola jamás puede enloquecer a otra; incluso se ha llegado a afirmar que ni siquiera puede hacerlo una sola generación, o sea, que la gene* ración de los padres no basta para enloquecer al hijo, sino que por encima de ellos debe haber otra generación, o nivel de poder, que está confundiendo la jerarquía. Por supuesto, esto depende en parte de la cantidad de personas que el terapeuta incluya al trazar el mapa del territorio.
Inicialmente se pensaba que bastaba con describir a una sola per sona, el hijo problemático- Luego se incluyó a la madre, y más ade lante al triángulo formado por madre, padre e hijo. Hacia fines de la década de 1950 se cobró conciencia del influjo de la familia extensa. Lo que importa no es el número de personas que haya en el consul torio sino en la mente del terapeuta. Por ejemplo, si ei terapeuta ayu da a los padres a que se hagan cargo del joven problemático, pero, mientras ellos ejercen su autoridad, una abuela que vive en otro esta do se confabula con el joven contra ellos, la terapia puede fracasar, por haber soslayado el terapeuta a una persona poderosa en esa situa ción.
Lo mejor es averiguar en la primera sesión qué otras personas sig nificativas hay en la familia. En lugar de preguntar a los padres: “¿Quién interfiere con la autoridad de ustedes? ”, es preferible pre guntarles: “¿Hay alguien más que los ayude a manejar a este jo ven? En lo posible, hay que evitar granjearse enemistades. Deberá averiguarse si están vivos los abuelos maternos o paternos; en caso afirmativo, dónde residen y con qué frecuencia se visitan. Conven dría, asimismo, saber qué clase de apoyo financiero brindan a los pa dres. Tembién importa saber si hay algún tío o tía que pesa en la familia. Si uno de los progenitores se ha casado en segundas nupcias, es vital averiguar si su ex esposo o esposa vive aún, y qué relación hay con él o ella. Padres divorciados pueden continuar librando su batalla a través del hijo.
Al término de la primera sesión, el terapeuta debe disponer de suficientes datos sobre la familia extensa como para decidir la pre sencia de quiénes será necesaria en la sesión siguiente. Si los abuelos ejercen una influencia poderosa, tendrán que concurrir por lo menos a esa sesión, a fin de aprobar el plan terapéutico. Si uno se mete en una tribu primitiva para hacer algo con relación a un aborigen, lo mejor para tener éxito es comunicarle primero sus planes al cacique.
Además de los parientes significativos, es aún más importante que el terapeuta indague acerca de los demás profesionales vinculados al caso. A tal fin, en la primera sesión es preciso preguntar si algún miembro de la familia está sometido a tratamiento en otro lado. Co mo sucede con los abuelos, los profesionales especializados ocupan en la jerarquía un lugar más alto que los padres y por su manera de intervenir pueden confundir la organización. Hay veces en que todos los miembros de la familia están en tratamiento con terapeutas diferen
tes, y es menester que se tome alguna medida al respecto. Por lo co mún, lo mejor es que durante el período de convalecencia del joven loco el terapeuta familiar sea el único. Quizá sea necesario convocar a todos los demás terapeutas para llegar a ese acuerdo. Si el terapeuta comprueba que no puede desprenderse de colegas significativos que obstaculizarán su enfoque, es prudente que les pase el caso a ellos y se ocupe de otra familia.
No es raro que uno se entere antes de la primera sesión de la parti cipación de colegas, pero en ciertos casos esa información sólo surge más adelante. Recuerdo una familia en la que los padres debían exi gir al hijo que buscase un empleo. Como hacia la quinta sesión aún no lo había hecho, el terapeuta inquirió a la madre por qué motivo no obligaba a su marido a que cumpliera el plan. Ella replicó que no podía insistirle, porque también él era un enfermo mental y no esta ba en condiciones de ello, Al explorar esto más a fondo, el terapeuta descubrió que años atrás el marido había iniciado una terapia por un estado depresivo. En la actualidad se lo atendía una vez por mes en “terapia de apoyo” con medicación. El “apoyo” que recibía era sufi ciente para ser tildado de incompetente en su familia. Sin duda, el psiquiatra que lo atendía pensaba que estaba haciéndole un favor, ayudándolo incluso con esas entrevistas mensuales a cobrar el subsi dio por invalidez, pero lo cierto es que esto era una desgracia para la familia. Como ocurre en muchas situaciones parecidas,la información no apareció hasta que se produjo la intervención terapéutica: la presión ejercida sobre los padres para que se hicieran cargo de su hijo problemático. Fue preciso ver al otro terapeuta, pedirle que se retirara del caso, extender al padre un limpio certificado de salud, y retomar el problema de conseguir que los progenitores ejercieran autoridad ejecutiva y una posición correcta en la jerarquía.
A veces está envuelto y tiene peso en la familia un individuo que no es pariente ni terapeuta, pero que debe ser tomado en cuenta; por ejemplo, un amigo íntimo, un novio o novia. En ocasiones, esta per sona puede ser a la vez amigo y profesional; recuerdo un caso en el cual el mejor amigo de la madre era el médico de la familia, quien insistía en ver al hijo problemático todos los días y aun medicarlo sin autorización del terapeuta.
Cuando el terapeuta tomó el caso, indagó acerca de la participa ción de otros psiquiatras, pero de este médico no se dijo palabra.
Finalmente resultó imposible lograr que concurriera a las sesiones o se apartara del caso, y la terapia fracasó.