El anuncio cristiano en tiempos de crisis
1. La buena noticia y su precio
Desde el punto de vista formal, creo que cualquier agente de pastoral habrá de tener muy claro que el cristianismo es una oferta increíble de sentido, pero que pasa por una cierta renuncia a la búsqueda de sentido. Se refleja aquí la clásica dialéctica cristiana entre muerte y resurrección.
Por ahí va lo antes dicho de una oferta de plenitud que pasa por la renuncia a la búsqueda de tal plenitud: anunciamos un «salvador crucificado, escándalo para los piadosos y estupidez para los sabios» (cf. 1 Cor 1). Es crucificado, ¡pero sigue siendo salvador!
Esta dura ley del anuncio cristiano obliga a dos cosas: la primera, no pasar de contrabando, bajo ese escándalo de la cruz, otros escándalos que no brotan de la cruz, sino de nuestro pecado: de nuestro miedo, de nuestra pretensión de poder, de nuestro afán de seguridad, que no soporta verse amenazado, de nuestra pereza para escuchar hasta el fondo los problemas y la situación de cada persona, de cada hora, de cada pregunta... Solo Dios sabe hasta qué punto los anunciadores oficiales del Evangelio hemos caído en ese pecado que pretende justificar, con el escándalo de la cruz, nuestra falta de «parresía» (esa palabra, tan frecuente en el Nuevo Testamento, que significa aún más que «audacia»). Ese pecado que no distingue entre el «temor y temblor» de que hablaba Pablo (el temor a falsificar el evangelio) y el otro miedo a quedar cuestionados nosotros.
Curiosamente, esta difícil contradicción del anuncio cristiano encuentra en nuestra constitución humana un claro «ojal» por donde puede entrar en nosotros. La mejor manera que conozco de formular esa otra contradicción nuestra es la expresiva frase de N. Berdiaeff que me gusta citar: el ser humano tiene que elegir entre libertad con
sufrimiento y felicidad sin libertad1.
Nuestra actual cultura occidental ha optado claramente por la felicidad, tratando de hacernos creer que ofrece una felicidad con libertad y sin dolor. Para ello ha hecho consistir esa felicidad en el consumo y, de ese modo, nos va convirtiendo en «esclavos domesticados»: siervos del consumo que se creen libres sin serlo, porque han pervertido la noción de libertad2.
Esa es la opción de la facilitonería. Y se comprende, porque la otra opción, la opción por la libertad, es demasiado cara: no solo Berdiaeff (que une libertad y sufrimiento); también Dostoievski, Nietzsche, Sartre, W. Benjamin y otros grandes pensadores del pasado, advirtieron contra lo dura que es la carga de la libertad para el ser humano y lo comprensible que es la tentación de venderla por cualquier «plato de lentejas», como hizo el Esaú bíblico...
Esa contradicción humana empalma perfectamente con la otra contradicción del anuncio cristiano y resuelve la antinomia de manera paradójica: es en la entrega de la
vida como se conquista la vida; para encontrar la felicidad hay que renunciar a buscarla; para encontrarse a sí mismo debe el hombre olvidarse de sí mismo; para encontrar el amor hay que renunciar a exigirlo. Y así sucesivamente... Pero dejando muy claro que se trata de una renuncia libremente elegida, nunca de una renuncia impuesta a la fuerza por el decálogo del dios Consumo y de su profeta el Mercado...
Quizá podemos ejemplificar lo que intento decir con una anécdota de hace casi un siglo: Simone de Beauvoir cuenta en sus Memorias su primer encuentro en la Sorbona con Simone Weil, que gozaba ya de una fama de «roja» entre el alumnado, y la breve discusión que ambas mantuvieron. La futura amante de Sartre defendía que había que dar a los hombres, antes que nada, un sentido para sus vidas (demanda comprensible cuando se ha perdido la fe religiosa). Y su homónima, que tampoco era creyente entonces, sostenía que, ante todo, había que darles pan. Ambas se parapetaban en sus posturas... hasta que S. Weil le espetó: «¡Cómo se nota que nunca has pasado hambre...!» La de Beauvoir reconoce que aquello la hirió. Pero lo fundamental para mis reflexiones es que la vida de S. Weil, pese a ser mucho más breve y más difícil, estuvo mucho
más llena de sentido que la de su tocaya y compañera de universidad.
Generalizando, pues: todos los imperativos de felicidad que nos presenta el consumismo son imperativos de insolidaridad; y, a la larga, la insolidaridad no nos hace felices. Mientras que la aceptación consciente de que la felicidad (como la utopía) «no tiene lugar» en este mundo, tanto por la desproporción entre la ilimitación de nuestro deseo y la limitación de las ofertas para satisfacerlo como, sobre todo, porque nadie tiene derecho a ser feliz en una ciudad afectada por la peste..., esa aceptación es la que, a la larga, nos va llenando la vida de unas experiencias de sentido que son la única felicidad posible en esta tierra.
1.2. De indoctrinación a mistagogía
De esa paradoja cristiana brota una segunda obligación, que es la de procurar que la pastoral no sea una mera indoctrinación, sino una mistagogía: una iniciación a la experiencia y un enseñar a vivir, teniendo por ello en cuenta que cada persona es una historia y tiene sus momentos y sus oportunidades.
Parafraseando la vieja expresión de Paulo Freire, habría que decir que, en el futuro, ya no cabe una pastoral o una evangelización «bancaria» (depositar contenidos), sino que toda pastoral es también un acompañamiento. Y aquí hay que evocar también la vieja acusación al cristianismo occidental de haberse convertido en una «gnosis»: una doctrina, más que una vida. A pesar de (o quizá debido a) lo mucho que batalló el primer cristianismo contra el gnosticismo (la «salvación por el conocimiento» y no por la vida), terminó cautivo del mismo por una especie de síndrome de Estocolmo anticipado. Uno de los efectos inesperados (pero importantísimo) del pontificado de Francisco ha sido ir llevando suavemente al cristianismo de la gnosis a la vida.
En relación con esto, insinúo solo (porque ya hablé de ello en otros lugares) que la pastoral del futuro necesita una inmensa, cuidadosa y acertada revolución en su lenguaje. La gran mayoría del lenguaje oficial eclesiástico ha perdido fuerza y capacidad
significante: en el mejor de los casos, no suele «decir» nada; en el peor, transmite una imagen deformada de muchos contenidos cristianos.
Esto vale del lenguaje oral, sobre todo del de buena parte de nuestra liturgia; pero vale también de otras formas y estilos de lenguaje no verbal que pueden transmitir un modo de sentir o de abrirse a la realidad. Es muy difícil, por ejemplo, ver a unos cuantos obispos actuando juntos, con sus capisayos, sus lencerías y sus «chucherías» litúrgicas (que antaño pudieron significar algo, pero que hoy no significan nada), y pensar que aquellos hombres son nada menos que sucesores de los que el Señor Jesucristo eligió como responsables primeros de su mensaje...