Meditación de dos economías.
2. Dar el perdón
2.1. En primer lugar, perdonar no es ser derrotado, como algunos creen. Solo lo sería si concebimos el perdón como un desconocimiento de la gravedad de los hechos, como una rendición o una privación del placer de «contemplar el dolor del victimario como forma de compensación de la víctima». Pero perdonar no es nada de eso: es, más bien, una sanación interior y una liberación de esas cicatrices del alma que tantas víctimas arrastran siempre. Porque la aspiración del perdón no es exactamente la impunidad del otro, sino la reconstrucción de las relaciones, en el sentido antes dicho. Y de esa relación también yo formo parte.
Solo quien de veras ha conseguido perdonar podrá dar testimonio cumplido de esto. 2.2. Pero, en segundo lugar, perdonar tampoco es vencer: como si sustituyéramos el placer de ver al otro sufriendo por el de verle postrado y humillado ante nosotros, pidiéndonos perdón. Tampoco es eso, sino, más bien, renunciar a una razón y a un «derecho» que se cree tener, para introducir en unas relaciones deterioradas «otra lógica» (que ya no es de odio ni de reivindicación), con la que se aspira a cambiar al
otro, no precisamente a humillarle de tal modo que quede claro quién es el bueno y quién
Jesús no contó la parábola del pródigo presentando a un padre que argumenta desde su butaca: primero, que me pida perdón ahí, fuera de casa, y luego ya veré si lo recibo. Es más bien al revés: es el padre quien sale de casa, se adelanta al encuentro del hijo que regresa y ni siquiera le deja pronunciar su discurso de petición de perdón. Lo que busca esa otra lógica es que cambie también el perdonado. Así se evita que el odio de uno engendre odio en el otro, en un círculo diabólico sin salida, porque ya es sabido que, en las relaciones humanas, lo peor del uno suele sacar afuera lo peor del otro.
Estas dos observaciones me parece que se vuelven perceptibles en el testimonio, irreprochable y admirable, de Ana Arregui (mujer del ertzaina Jon Ruiz Sagarna, asesinado por la barbarie etarra): «me juré que nunca construiría mi vida en función del resentimiento. Me di cuenta de que el odio se podía interponer entre nosotros y los demás y decidí vivir sin él».
2.3. El perdón, pues, no es una derrota ni una victoria. Demos ahora un paso adelante añadiendo una nueva reflexión: el perdón total solo pueden darlo las víctimas, hasta el punto de que una petición de perdón como la de Jesús («perdónalos, porque no saben lo que hacen») sonaría muy distinto si la oyéramos en labios de otros, pero refiriéndola a lo que le estaban haciendo a Jesús.
El peligro anterior de convertir la petición de perdón en una victoria propia se agudiza cuando alguien se arroga derechos de perdonar (o de que le pidan perdón) en nombre de las víctimas. Este peligro puede ser frecuente en la política, a veces por el afán de acabar rápidamente los procesos, o porque las víctimas muchas veces «ya no están presentes», por desgracia. Y creo que late también en peticiones de la sociedad a nuestra Iglesia para que pida perdón (lo cual, por supuesto, es algo muy distinto de que la Iglesia necesita ser perdonada por bastantes páginas de su historia). Pero parece que, por detrás de esas peticiones, lo que se busca no es tanto dar el perdón, sino que me den la razón a mí...
2.4. Aparece así otra figura en la complicada red del perdón y la justicia: lo que cabría llamar «allegados», que tienen para con las víctimas unas obligaciones a las que no pueden renunciar, como la víctima renunciaba a sus derechos en la frase de Jesús antes citada, porque no son meros derechos suyos, sino auténticos deberes para con las víctimas. Esos deberes son, en primera lugar, la verdad y, en segundo lugar, un mínimo de justicia (que ahora no cabe determinar en qué puede consistir). Solo después de cumplir este deber para con las víctimas, pueden perdonar los allegados. Y esto lo hemos vivido últimamente en casos como el de las madres de la Plaza de Mayo en Argentina, el de los compañeros de los jesuitas asesinados en la UCA de El Salvador, o el caso de la Nobel de la Paz (1992) Rigoberta Menchú, cuyo padre murió cuando la policía guatemalteca incendió la embajada española, donde estaban refugiados unos 37 indígenas.
2.5. Y aún queda un último grupo de intervinientes en esta reflexión sobre el perdón: aquellos que no son allegados, pero se han visto implicados por alguna razón (v. gr., porque han sido testigos). Estos no parecen poder otorgar directamente el perdón; pero, precisamente porque tienen menos intereses personales en aquella causa, deben
mantener viva la memoria; y hacerlo más desde la compasión que desde el afán de
linchamiento, también para que no les ocurra a ellos (ni a nadie más) aquello de lo que ellos han sido testigos...
Cerramos aquí este segundo apartado. Con todas estas distinciones, espero quede claro que el perdón no es lo mismo que determinadas amnistías políticas: estas pueden brotar del corazón (¡ojalá!), pero pueden también buscar impunidad o ser dadas por quienes no podían perdonar. Muchas veces aspiran a evitar parálisis, corriendo un velo sobre situaciones que pueden seguir actuando negativamente y buscando crear una situación en la que «se parta de cero», en vez de partir de una situación envenenada. Es decir, pueden ser un mal menor (a veces quizá comprensible), mientras que el perdón siempre aspira a un bien mayor.