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Meditación de dos economías.

7. Pronóstico

¿Será posible llegar un día a una civilización de la sobriedad solidaria, con una economía de comunión y una configuración política de igualdad? No lo sé, y me temo que no. Es la clásica pregunta por la utopía que atraviesa casi todas las páginas tanto de la historia humana como de este libro. Pero sí puedo testificar que, se consiga o no, vivir para eso y luchar por eso es lo que da más sentido a la vida humana y la más autentica sensación de «felicidad»18. Pero eso solo ya me basta para entregarme a esa causa.

Entre las razones por las que veo tan difícil esa otra civilización, quiero citar dos: la primera es que no la queremos nosotros, y ese logro solo será posible si lo quiere la mayoría de los humanos. Y la segunda es que, una vez conseguida, cada generación habría de reafirmar de nuevo esa elección o podría destruirla. La revolución no nacerá «confirmada en gracia» (como decían nuestros antiguos catecismos), sino expuesta al dato, innegable para un cristiano, de que todos los hombres somos pecadores. Y a la hora de concretar un poco esa pecaminosidad, permitidme volver a evocar la frase de la Primera Carta a Timoteo tantas veces citada (1 Tim 6,10): ¿Quién nos librará de esa pasión?...

Sobre la primera razón (no la queremos nosotros) evocaré el libro de Susan George

Otro mundo es posible si..., donde mostraba caminos muy útiles, sin duda, pero olvidaba

el más importante: solo es posible otro mundo si lo queremos entre todos. Y el hecho es que no lo queremos. También cabe evocar la intuición bien certera de Marx: no es posible la revolución en un solo país (y hoy menos que entonces): esta fue una de las razones del fracaso de revoluciones como la rusa o la cubana; y, en tono menor, esa es la razón por la que países que, sin haber hecho una revolución auténtica, han dado pasos importantes de reforma construyendo eso que llamamos «Estado de bienestar», hoy se ven amenazados e invadidos por migraciones, turismos aprovechados, etc.: nos enriquecimos en parte a costa de ellos, y ahora olvidamos eso y no les permitimos venir a participar de nuestra riqueza. Añadamos los mil obstáculos que van sembrando todas las multinacionales y las farmacéuticas, que aspiran a ser los únicos beneficiarios del potencial de riqueza latente en las necesidades humanas (salud, educación, alimentación...). Son obstáculos que hoy amenazan muy seriamente lo que habíamos conquistado de Estado social.

Podría aducir una tercera razón muy personal, y es mi sensación (ojalá me equivoque) de que nuestro mundo parece abocado a una hecatombe ecológica que no me parece muy lejana, vista la increíble irresponsabilidad con que los responsables de la tierra abordan hoy la amenaza ecológica (en parte por culpa nuestra, porque, si la abordaran con responsabilidad, podrían perder las próximas elecciones...).

En la medida en que conozco yo la historia humana, creo que solo una vez, después del horror de la Segunda Guerra Mundial, ha abordado la humanidad su construcción con un sentido ético y responsable (y aún no del todo: ahí está la injusticia del veto en el

Consejo de Seguridad de la ONU, al que de ningún modo quieren renunciar sus propietarios). Y quisiera añadir que aquel horror producido por la hecatombe (primero del holocausto, y luego de la guerra 1939-1945) acabó siendo fuente de una era de prosperidad y de mayor justicia y sentido social en todo el primer mundo en los años 50- 70 del pasado siglo.

¿Hará falta otro infierno como aquel para que nos decidamos a construir en serio un mundo más justo y más igualitario? Porque el dilema final en que nos encontramos hoy me parece que es este: por un lado, hemos de consumir, y mucho, para que funcione nuestro sistema económico; por otro, hemos de dejar de consumir (limitándonos a la sobriedad ya comentada) si queremos salvar a la humanidad y al planeta. Hoy por hoy, no le veo salida a este dilema.

8. Conclusión

Quiero terminar, por eso, haciendo una llamada y una apelación muy serias, tanto a los que me escuchan y son cristianos como a aquellos que, aunque no sean cristianos, comparten lo que cabría llamar «una sensibilidad de izquierdas»: centrada en la igualdad, la fraternidad y la justicia social que brotan de una verdadera libertad.

Si todos los que tienen esa sensibilidad cristiana o humanista nos uniéramos en una entrega total a esta causa, la más noble de las que se ofrecen al ser humano, veríamos que tenemos mucho más poder del que imaginamos, evitaríamos la amarga soledad en que viven hoy muchos de los que trabajan por esa causa y, si no consiguiéramos cambiar del todo este mundo cruel, quizás evitaríamos que se fuera total y definitivamente a pique.

El sistema capitalista es la antiutopía, justificada con razones de realismo y revestida después de falsas pseudoutopías. El realismo puede tener su parte de razón, y demasiadas veces son las mismas izquierdas las que refuerzan esa razón al dividirse y pelearse entre sí. Pero es vergonzoso que esa razón se utilice como arma en defensa de los intereses de los poderosos y como sostén de un sistema inmoral, irracional e inhumano. A la utopía hay que ver la forma de darle vigencia, a pesar de todo.

[*]. Charla pronunciada en Córdoba el 24 de septiembre de 2014, organizada por la Asociación «Aletheia».

1. J. M. KEY N ES, La teoría general de l’ocupació, l’interés i el diner (Ed. 62, 1987, p. 308). La obra de moda de T. PIKETTY (El capitalismo en el siglo XXI) va en esa misma dirección del capitalismo como generador necesario de grandes desigualdades.

2. Yann MOULIER-BOUTA N G, De l’esclavage au salariat: économie historique du salariat

bridé (PUF, Paris 2006; hay traducción castellana en Akal). Subrayados míos. Tomo la cita de D. GR A EBER,

En deuda. Una historia alternativa de la economía, Ariel 2012, p. 462, quien la aduce sin entrecomillar, como resumen de la tesis de todo el libro.

3. John RA LSTON SA UL en «La Contra» de La Vanguardia, 16.09.14. Ralston es autor de El colapso de

la globalización y la reinvención del mundo.

4. «Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado de las necesidades sociales» (GS 30). Y cita entre esos descuidos «no tener reparo en soslayar los impuestos justos».

5. Ver el Manifiesto del Partido Comunista, que citaremos enseguida.

6. Más allá del capitalismo, Santander 1997, pp. 42-94. El título original de la obra era Against

capitalism.

7. Ver el texto de la película transcrito en El amor en tiempos de cólera... económica, Ed. Khaf, 2013, pp. 270-276.

8. «La monja bulo» fue un titular que le dedicó El País. 9. D. GR A EBER, op. cit., p. 150.

10. Puesta ya en juego por el grupo cristiano de los llamados Focolares, de Chiara Lubich.

11. Resumo ahora un capítulo del libro El amor en tiempos de cólera... económica (ed. Khaf, 2013) titulado «Irrenunciables para una nueva economía».

12. Ver también en el Vaticano II: «salta a los ojos de todos que, en nuestros tiempos, no solo se acumulan las riquezas, sino que también se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en

manos de unos pocos» (GS 69).

13. Ver Boaventura DE SOUSA SA N TOS, El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura

política, Madrid 2005, p. 356.

14. La riqueza de las naciones, Madrid 1961, p. 18. 15. Ibid., pp. 63ss.

16. Ibid., p. 75.

17. Raíces económicas del deterioro ecológico, Madrid 2006.

18. Pongo la palabra entre comillas por todo lo dicho antes sobre la imposibilidad de la felicidad plena y absoluta en esta tierra.

9.

Perdonar y rehacer relaciones

[*]

1. Introducción

Aunque la economía lo condiciona casi todo, no todo es economía. Lo que Jesús, en el Padrenuestro, califica como «el reinado de Dios», y que no es más que el resplandor de la inusitada paternidad-maternidad de Dios, se insinúa rápidamente en las tres peticiones de la segunda parte de esa oración: justicia económica para todos (el pan de cada día), reconciliación y paz entre todos (perdonarnos porque somos perdonados) y conversión personal (liberación del mal y de la tentación). A la primera de esas peticiones hemos aludido constantemente en los capítulos anteriores. Pero resulta imprescindible dedicar también alguna reflexión a la segunda de ellas, porque da la sensación de que vivimos una época de relaciones cada vez más difíciles, deshechas prácticamente en todos los niveles vitales (internacional, nacional, ciudadano, profesional, comunitario, familiar, sexual...)1.

El aspecto que me parece más importante destacar en este amplísimo tema es la

absoluta necesidad del perdón en el campo de las relaciones humanas. Un perdón que

tiene un campo muy amplio y del que se puede decir que comienza ya antes de que las relaciones se hayan dañado: en la aceptación del otro.

El tema de las relaciones reconciliadas es, además, absolutamente central en el mensaje cristiano y en los textos cristianos fundacionales2. Y, en mi modesta opinión, eso está intrínsecamente relacionado con la importancia mayor del tema del perdón en los textos cristianos, comparados con los de otras religiones. Ello puede ayudarnos a comprender que, en contra de lo que muchos parecen creer, el perdón, la justicia y la misericordia se encuentran íntimamente interpenetrados.

De entrada, esa afirmación extraña, pues tendemos a concebir la justicia como la reparación de un «orden» de las cosas o del ser, que ha sido quebrantado por el mal o el pecado. Es una visión muy extendida, desde el clásico «ordo» de los medievales (latente en la «teoría de la satisfacción» de san Anselmo) hasta el famoso «karma» del hinduismo (que está en la base de la visión hindú de la reencarnación).

De aquí brota espontáneamente la idea del castigo como justicia: el dolor infligido al malhechor rehace ese desorden implantado en el ser. El peligro de esta visión es aquello que decía irónicamente Gandhi: «ojo por ojo... y al final todos ciegos».

Esa visión del «ordo» objetivo y exterior a nosotros empalma con una concepción de la ultimidad del ser como substancia (o subsistencia), lo cual, a niveles superiores de

ser, lleva a una concepción de la persona como «sujeto». El sujeto es lo último, y luego ese sujeto puede tener relaciones. Por eso, en el lenguaje escolástico, la relación siempre será un accidente respecto de lo fundamental de cada ser, que es la subjetividad.

La gran intuición, antes comentada, del personalismo de E. Mounier es que la persona no es exactamente eso, por mucho que sea la máxima potenciación del individuo. ¿Y por qué? Pues porque Dios no es así, y el cristianismo confiesa que todo ser humano es una «imagen de Dios». En Dios, en la Tri-unidad divina, confesamos que la relación es el constitutivo de las Personas, no un accidente que les sobreviene ulteriormente.

Hoy en día resulta sorprendente que, desde la moderna visión evolutiva del mundo, la ciencia parezca decirnos algo parecido. La reflexión teológica sobre la evolución (D. Edwards, Schmitz- Moorman, Polkinghorne) acaba diciéndonos que el constitutivo último del ser parece ser más bien la relación, no la substancia. La masa no es (como parece a nuestros sentidos) algo más último que la energía, o distinto de esta, y que puede poseer energía o no poseerla. Eso es lo que parece a nuestros sentidos; pero hoy, para la ciencia, masa y energía acaban confundiéndose, y la masa sería más bien algo así como «energía condensada». De modo que el universo estaría mejor descrito como una inmensa red de energía que como un gran conglomerado de masas.

Esto enlaza fácilmente con que, en el ámbito personal, la relación no es algo ulterior a la persona, sino tan originario en esta como la subjetividad. De este modo, y según la frase querida a Teilhard de Chardin, en el universo material se prefigura ya «de un modo oscuramente primordial» el universo personal.

Pues bien: esta cosmología no es ajena a nuestro mundo del perdón, porque, si las cosas son así, el «ordo» aquel lesionado por lo que llamamos «maldad» o «pecado» no es un universo exterior a nosotros, sino más bien una red de relaciones. Y lo que la justicia restaura no es una especie de balance financiero, con sus haberes y sus debes, sino más bien unas relaciones rotas. No un cuadro exterior, sino un universo que es tan interior como exterior.

Por tanto, recomponer una relación no es eliminar a uno de los sujetos de ella (porque entonces sería la relación lo que quedaría anulado), sino, más bien, volver esa

relación a su mejor calidad. Hacer justicia no es, entonces, eliminar al injusto, sino

reconstruirlo y, de ese modo, recomponer la relación. Algo de eso es lo que quiere decir la Carta de Pablo a los Romanos y lo que Barth formuló magistralmente en sus comentarios a la misma: los hombres hacemos justicia destruyendo al injusto. Dios hace justicia «justificando» al impío: volviendo justo al injusto.

Y es aquí donde –parafraseando al salmista– «la justicia y el perdón se encuentran». Pero también se ve entonces que ese encuentro es posible porque Dios es misericordia

(Ex 34; 1 Jn 4) y, en su relación con esta creación, ha decidido comportarse como la fuerza del amor y no como la fuerza del poder.

Todo eso quizá resulte fácil de aceptar desde un mero análisis conceptual, por muy específicamente cristiano que sea. Es, por ejemplo, lo que muestra nuestra Constitución cuando establece que el objetivo primario de las cárceles ha de ser la rehabilitación del delincuente, más que su castigo. Pero el problema es cómo puede ser llevado a la práctica o qué vigencia puede tener en un mundo como el nuestro, donde los humanos no somos Dios y nuestra misma imagen divina está «empañada por la culpa», como poetizó el gran amigo J. L. Blanco Vega. De hecho, si es cierto que hemos asignado a nuestras cárceles como objetivo primario la rehabilitación del delincuente, es todavía más cierto que ese objetivo se ha convertido en una utopía que carece prácticamente de lugar, y que la mayoría de nuestras prisiones son, por desgracia, universidades de la delincuencia.

¿Cómo podemos entonces (si es que podemos) caminar en la dirección de lo que acabamos de decir, de modo que la utopía tenga vigencia y que la identidad entre perdón y justicia sea como un horizonte o una meta, quizá nunca asequible, pero que, no obstante, marca el sentido de nuestra marcha?

Además de esa pregunta fundamental, habrá que tener en cuenta que la relación no es algo exclusivamente particular o individual, entre solo dos sujetos, sino que hay toda una red de relaciones (que a veces, incluso, no por parecer anónimas dejarán de ser relación) y que nos ha hecho acuñar el término «estructuras» y expresiones como «pecado estructural», «cambio estructural», etc. De esto segundo no hablaremos aquí, pero convenía citarlo para saber que queda pendiente la necesidad de crear unas estructuras nuevas que posibiliten relaciones óptimas, con todo el cambio estructural que ello reclama.

En cambio, sí conviene destacar y subrayar aquí que el tema del perdón no es algo que ahora se haya puesto de moda porque, v. gr., se habla de él a propósito del final de ETA o cosas así. El tema del perdón llega hasta lo más grande, lo más profundo y lo más serio de nuestro ser humano. Por esta razón bien sencilla: el perdón está relacionado con el mal y el sufrimiento: dos dimensiones muy serias de nuestras vidas que piden una palabra breve antes de cerrar esta Primera Parte.

a) Respecto del mal, cabe decir que el peor de todos los males es el odio (lo más opuesto

al amor). El odio saca lo peor de nosotros, lleva fatalmente a la venganza y provoca otras reacciones agresivas que aumentan más nuestro odio, encerrándonos así en un círculo diabólico y sin salida.

b) A su vez, el sufrimiento es causado muchas veces por el odio o, al menos, por el

desprecio. Pero también existe otro sufrimiento, causado por la propia culpa, que es insoportable, que engendra complejos neuróticos y que acaba llevándonos a huidas

hacia delante para salir de él: negando la culpa o segregando falsos mecanismos de disculpa e incurriendo así en una culpa mayor... Hay aquí otro círculo diabólico que Metz describió hace años así:

«¿Qué sentirá aquel que se despierta una mañana, echa una ojeada a su vida y, al hacerlo, descubre que en la cuneta del camino de su vivir no quedan más que ruinas: ruinas de hombres a los que él mismo ha destrozado con su egoísmo? ¿Qué sentirá quien, ante tales experiencias, no empieza enseguida a segregar reflejos compulsivos para quitarles importancia? ¿No irá a dar a un abismo que tiene toda la profundidad de su desesperación o de su necesidad de perdón? ¿A quién dirigirá sus quejas cuando estas lleguen a ser algo más que un vago lamento impreciso? ¿A quién puede dirigirlas si no van en la dirección de Aquel a quien llamamos “Dios”?»3.

Aquí puede revelarse la importancia del perdón recibido: o somos seres perdonados o vivimos en la mentira. El sabernos perdonados es un impulso hacia el compromiso por cambiar esta realidad; pero un impulso que nunca nos llevará a actuar como «redentores» ni salvadores de nadie (eso es lo que ha torcido tantas empresas liberadoras), sino como más obligados, simplemente por ser más privilegiados.

Esta experiencia del perdón recibido es la que (como en el Padrenuestro) nos lleva a decir unas palabras sobre el perdón otorgado: el que nosotros debemos ofrecer como consecuencia de reconocer que solo somos unos perdonados. Y, sin embargo, aquí las dificultades son hoy grandes en nuestra sociedad no cristiana y en nuestra cultura anticristiana. Por eso conviene atenderlas un poco más.