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De los evangelios a la historia: Utopía y Punto Omega

La cristología de los cuatro evangelios

5. De los evangelios a la historia: Utopía y Punto Omega

Como ya hemos dicho, amor pleno y libertad plena, junto con una comunidad plenamente realizada, son las palabras que mejor pueden expresar la utopía humana de que hablábamos en el capítulo anterior. De ellos han hablado los evangelios de Lucas, Marcos y Mateo. En esas tres palabras se atisba la máxima plenitud de lo personal junto a la máxima plenitud de lo comunitario. Quizá por eso, los seres humanos enloquecemos de gozo tantas veces en torno a ellas. Y, lo que es peor, en torno a muchas falsificaciones de ellas.

Esto nos lleva a recoger la pregunta que quedó pendiente en el capítulo anterior: aunque no tenga lugar, ¿tiene alguna realidad la utopía?

Una pregunta similar se le planteó desde la óptica científica a un autor antaño de moda y hoy ya enterrado, pero que convendría recuperar en esta época sin motores, pero que ha llegado a la constatación de que nuestra realidad es procesual (evolutiva) y que esa evolución no está concluida.

Ante estos datos, es normal que al científico le brote una pregunta que la ciencia ya no paree poder responder: esa evolución ¿tiene alguna meta?, ¿camina hacia algún objetivo? Pues, por un lado, si la evolución no tiene meta alguna, sino que es un conjunto de azares que tanto se hacen como se deshacen, el empeño por construir y dirigir la historia queda muy privado de fundamento, y la única postura sensata parece ser la del «sálvese quien pueda». Esa es la actitud que parece dominar hoy, y quizá la fuente de muchas experiencias desoladoras de los últimos tiempos.

Por otro lado, parece constatable que la evolución arroja un balance de progreso: con enorme lentitud y a través de mil intentos y mil pasos muy lentos, el universo ha ido moviéndose desde la no-vida a la vida, a la conciencia, a la historia y a eso que Teilhard de Chardin llamó la «noosfera»: al hecho de que, con el ser humano, la evolución ha cobrado conciencia de sí misma. Esta conciencia parece implicar la responsabilidad del hombre sobre la historia. Y aquí vuelve a surgir la pregunta de si esta historia tiene alguna meta.

Ya hemos dicho que esa pregunta no tiene respuesta científica. Pero, con esa pregunta dentro, Teilhard se encuentra con el mensaje de la Resurrección de Jesús tal como lo transmite el Nuevo Testamento: como una realidad que lleva a la historia a terminar trascendiéndose a sí misma en lo que el Nuevo Testamento llama «Dios todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28) y que, hasta llegar a esa meta, ha fecundado nuestra temporalidad mediante una presencia de «Cristo todo en todas las cosas» que hace que ya no haya judío ni griego, esclavo ni amo (Col 3,11).

Este doble testimonio lleva a Teilhard a la apuesta por lo que él denomina «punto Omega»: la evolución tiene una meta, anticipada de algún modo en ella y que la dinamiza. Esa meta es Cristo: la biogénesis y la noogénesis están enfocadas hacia una «cristogénesis». Y ese punto Omega es, a la vez, atractor y colector, es decir: dinamiza y engloba.

Repito que esta ya no es una afirmación científica, sino una respuesta creyente a la pregunta que se le debe abrir a la ciencia. Y lo que Teilhard decía con su vocabulario más científico lo había sugerido en un mundo muy distinto, ya en el siglo II, Ireneo de Lyon. En efecto: las dos palabras clave del sistema de Ireneo son «acostumbrarse» y «recapitulación». La primera concuerda con la visión evolucionista de Teilhard (madurar, crecer...); la segunda, con la función inclusora del Omega: totalizador y suprapersonal. Donde no se trata de un «desaparecer en el Todo», al estilo de algunas filosofías de Oriente, sino más bien de un perderse en el Todo para reencontrarse en el todo.

En cualquier caso, esa es una oferta que nos es dada: sigue ante nosotros como una llamada, como una atracción, como un imán que, a la vez que atrae y mueve, atrae a seres libres y sin quitar la libertad. Ello puede dar razón de las preguntas con que cerrábamos el capítulo anterior sobre la incansable reaparición de la utopía y sobre las posibilidades creadoras de historia que tiene esa utopía que, por otro lado, no está en ninguna parte. Así vivimos los humanos, movidos por un algo que parece estar «ya», pero que «todavía no» está. La utopía puede tomar el nombre de «Dios-con-nosotros» (Emmanuel), por supuesto; pero su carácter utópico nos hará descubrirnos muchas veces como «nosotros sin Dios».

Por eso, y para no dejar nunca la incomodidad de la dialéctica, vamos descubriendo (para sorpresa nuestra) que aquella triple esperanza antes vista, aquella utopía tan anhelada, acaba resultando conflictiva para nosotros. Esa conflictividad brota de que esa utopía nos va abriendo a la infinitud de Dios; y esa infinitud nos descoloca y nos juzga a la vez. Este podría ser el mensaje que sintetiza la cristología de los cuatro evangelios tomados en su conjunto.

Por eso, en los testigos de la utopía que presentaremos después, en la Tercera Parte, solo podremos ver la utopía realizada a medias. Pero, de todos modos, así es como podremos contemplarla mejor: de manera que su luz nos alumbre como la luz del

sol cuando llega a esta tierra tan lejana de él; pero sin que nos ciegue del todo su claridad deslumbradora e insoportable.

Se comprenderá también, a la luz de lo dicho, por qué eso que llaman «Lo Santo» nos asusta a la vez que nos atrae, o por qué, no hace mucho, titulé un escrito como «Miedo a Jesús»: en el fondo, ya los antiguos habían descubierto que solo se llega «per

aspera ad astra»23. Se comprende también por qué tantas veces los humanos nos engañamos a nosotros mismos en la búsqueda de aquello que decimos ser (y queremos que sea) nuestro bien.

Y un último paréntesis: estas reflexiones sirven también para hacernos caer en la cuenta de nuestra pequeñez no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Que somos una partícula, ya lo vamos aceptando a niveles individuales. Pero, a niveles colectivos, cuesta más aceptar que nuestro presente, que tan absoluto se nos antoja, es solo una fracción mínima entre los miles de millones de años que lleva funcionado y moviéndose un universo que todavía no ha llegado a su fin. La historia no acaba con nosotros, pero puede quedar bien encaminada o trágicamente torcida, según lo que ocurra en el segundo fugaz en que aparecemos en ella. Nuestra pequeñez no es una excusa para eludir nuestra responsabilidad, como esta tampoco es una excusa para sentirnos amos del mundo.

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APÉNDICE:

«LA CA RNE» – «DE DIOS»

Ya que antes hemos aludido a experiencias musicales, para evocar esa inmensa armonía de la utopía, permítasenos ahora recurrir a la literatura para «ponerle letra». El mensaje es, a la vez, tan simple y tan hondo que sugiere otro pequeño comentario en forma de apéndice y que no es comentario mío, sino de dos testigos creyentes.

Ha habido dos poetas católicos que fueron particularmente sensibles a uno de esos dos rasgos: la «carne» de Dios y la «divinidad» de la carne: Charles Péguy y José Mª Valverde. Dos poetas que captaron maravillosamente toda la hondura de la encarnación de Dios: el primero, acentuando fieramente la carne y su exaltación. El segundo, ciegamente asombrado por lo que ahí se revela del amor de Dios. No se trata ahora de hacer un estudio sobre ellos, que podría ser larguísimo, sino de ofrecer algunos textos que bien pueden meditarse.