Meditación de dos economías.
6. Conclusión y coloquio En rápido resumen, cabe decir que:
–– En nuestro planeta y nuestra historia luchan una economía divina y una economía mundana (en el sentido joánico negativo de la palabra «mundo»). La primera gira en torno al abajamiento y la inclusión; la segunda aspira al encumbramiento propio y la exclusión de los demás.
–– En consonancia con la tesis rectora de todo este libro, la primera es totalmente utópica: para ella «no hay lugar» en este mundo. Pero solo si se le da vigencia, evitará nuestro mundo autodestruirse. Por ello, el cristiano solo puede estar alineado en la primera, en la medida de lo posible según sus circunstancias personales, pero nunca colaborando con la segunda.
–– Esta segunda convierte al mundo en una «cátedra de fuego y humo» (EE 140), y la otra en un «lugar humilde, hermoso y gracioso» (EE 144). La segunda lleva en germen las crisis constantes, más parciales o más globales, junto con la deshumanización del planeta y la amenaza de su destrucción. Mientras que la primera es inherente al Reinado de Dios anunciado por Jesús.
Desde aquí se percibe la validez de aquella otra profecía atribuida a uno de los grandes cristianos del siglo pasado (E. Mounier): «en el futuro, los hombres no se distinguirán según crean o no en Dios, sino por el lugar que ocupen frente a los pobres y las víctimas de la historia humana». La gran e irreconciliable división entre los seres humanos ya no es la división por razas, por culturas, por naciones, por religiones... ni siquiera la antigua insalvable separación entre judíos y gentiles, deshecha por Cristo, que derribó todos los muros separadores (Ef 2,14), sino que es la división entre quienes escucharán un día la bendición inesperada del «tuve hambre y me disteis de comer...» y quienes, lo supieran o no, escucharán la acusación contraria (Mt 25,31ss).
No cabe cerrar estas reflexiones más que retomando otra vez el coloquio de la meditación ignaciana: «ser tenidos y estimados por locos», por comunistas, por materialistas, por «populistas» y reductores del cristianismo, por promotores de un «magisterio paralelo»... Por los días en que concluyo este escrito, permítaseme una referencia agradecida al obispo semimártir Pere Casaldáliga que encarna mucho de lo que aquí he intentado describir. Y con ella un lamento dolorido porque hoy la Iglesia oficial parece insensible ante los mártires por la justicia, como si esta no fuera la primera obra
de la caridad: se enternece más ante un Kolbe que ante un Romero o ante los incontables mártires latinoamericanos. Y, sin embargo, estos revelaban a Dios tanto como, o quizás aún más que, el otro28. Y en esa deficiencia nos estamos jugando hoy otra deformación de la imagen de Dios, de esas que, según el Vaticano II, han sido causa importante del ateísmo moderno (GS 19).
Todo esto me parece tan decisivo que quizá valga la pena insistir un poco más en esa necesidad de poner en contacto teología y economía. A ello puede aportar algo el capítulo siguiente.
1. «Innumerables demonios» que son remitidos a todas las ciudades y a todo el mundo, «no dejando provincias, lugares, estados ni personas» (EE 141).
2. Ver capítulos 9 y 10. Aristóteles señala como ejemplos de crematística conductas frecuentes en la medicina (donde parece aludir sobre todo a la farmacéutica, dado que la cirugía no estaba entonces tan desarrollada como hoy) y en el préstamo a interés o usura, que considera la más innoble de las conductas
humanas, porque se enriquece a costa de la necesidad del débil.
3. En los tres textos citados, la traducción de la Vulgata como dispensatio (en castellano, disposición) ha hecho perder a la palabra oikonomía ese sentido de gestión o administración, relegándola a una mera voluntad o proyecto inicial. Mateos y Schökel traducen mejor: «cómo se va realizando...»
4. Al revés de Efesios, cuya autoría paulina no se acepta hoy, Colosenses es vista cada vez más como una carta paulina, de la cual Efesios sería un comentario hecho por un discípulo del Apóstol.
5. Epideixis 99 y 100: «la economía de su encarnación».
6. «Por la carne», en traducción literal y dando a esta palabra el tinte negativo que tiene en el cuarto evangelio (Adv. Haer. IV, Prol, 4).
7. Ibid., 20, 7.
8. Cf. M. DOUGLA S MEEKS, «Gott und die Ökonomie des Heligen Geistes»: Evangelische Theologie 40 (1980), 40-58. Meeks es autor también del libro God the economist. The doctrine of God and
political economy, donde ya el mismo título realiza una aproximación de las dos «economías» como la que hemos propuesto aquí.
9. Véanse como prueba los personajes que aparecen en las películas sobre la actual crisis económica, como
Inside Job o Marging Call (cabría citar también El Capital, de Costa Gravas, pero allí, desgraciadamente, los personajes han dejado de ser reales para convertirse en ideas, lo que quita fuerza a la argumentación).
10. H. MÜHLEN desarrolla esa definición en El Espíritu Santo en la Iglesia (Salamanca 1974). 11. De Gen. Ad litt., X,13,23.
12. Ya otra vez evoqué el comentario del payaso de H. Böll: «ni hasta cuando se hace con una prostituta resulta un acto sin significado».
13. Remito al comentario de textos que publiqué en el n. 249 de Iglesia Viva, pp. 109-115. Recogido más tarde en el libro El amor en tiempos de cólera... económica.
14. Berlusconi perdió apoyo popular cuando se hicieron públicos sus escándalos sexuales, pero ganó elecciones cuando era solo «el hombre más rico de Italia», pese a que tal nivel de riqueza solo puede alcanzarse robando a mansalva (aunque sea legalmente).
15. En el capítulo 1 de El amor en tiempos de cólera... económica (titulado «Jesús y el dinero», comenté cómo los evangelios y el Nuevo Testamento han conservado la palabra aramea mamṓn, que deriva de la misma raíz que el verbo creer (hemin).
16. Antígona, 298-302.
17. Sátiras I, vv. 66-67 (hoy quizá sería mejor traducir «Banco» en vez de cuarto, y «billete» en vez de moneda). Y pocos versos más arriba: «nunca hay bastante, porque tanto tienes, tanto eres». Vale la pena ver completa toda esta sátira, llena de sabiduría y de ironía.
18. Según parece, de la mano del propio Ignacio.
19. Significativamente, la película se titulaba The big one: algo así como «yo soy el más grande». 20. El capital en el siglo XXI, pp. 15, 42, 43...
21. Vida, 2,4 y Fundaciones, 10,11.
22. En el capítulo 20 del libro citado: El amor en tiempos de cólera... económica. 23. Remito para esto al texto citado en la nota 15.
24. M. D. MEEKS, artículo citado, p. 43.
25. Carta a los jesuitas de Padua (1547), en Obras completas, Madrid 1963, p. 701.
26. Ibid., p. 58. De la importancia de esos coloquios ignacianos hablaremos más adelante, en el capítulo 13. 27. Discurso al recibir el premio de la fundación Comín en noviembre de 1989, pocos días antes
de ser asesinado.
28. Sobre esto, corregido hoy por la línea pastoral del papa Francisco, escribí un poco más detenidamente en mi comunicación al III Congreso Internacional de Teología en El Salvador, titulada ¿Martires y/o profetas?, que recogeré aquí en el capítulo 16.
6.
Economía y teología
[*]A
nte cualquier reconocimiento hay que dar las gracias. Y la mejor manera de hacerlo es no tomarlo como agasajo, sino como estímulo: «aguijón y caricia a la vez», canta un himno litúrgico castellano. Y aplicado a este momento: reconeixement y encoratjament...Me complace, sobre todo, recibirlo del Instituto Mounier, porque su concepción del personalismo contiene una de las verdades que más necesita nuestro mundo: que la
persona no es solo el individuo, sino la armonía entre lo individual y lo comunitario.
Lo comunitario pertenece a la esencia de la persona tanto como lo individual, sin que lo uno pueda crecer a costa de lo otro.
Eso contrasta claramente con nuestra atmósfera cultural, la cual nos hace respirar un individualismo de corte norteamericano, corruptor de esa noción de persona. Tal deformación ha llegado a reflejarse incluso en la ética: ya el Vaticano II criticaba un individualismo ético1, que hoy podría derivar incluso en un «individualismo místico».
Mounier, en cambio, sostiene que el tú (y, con él, el nosotros) precede al yo o, al menos, lo acompaña. Por eso denunciaba «una tendencia permanente a la despersonalización en nuestra sociedad». Ese modo de ver le llevó a una crítica muy seria de nuestro sistema económico, radicalmente anclado en un individualismo excluyente y que él veía estructurado en torno a una triple primacía injusta: primacía de la producción sobre el hombre, primacía del dinero sobre el trabajo y primacía del provecho sobre cualquier otro móvil de la actividad económica2.
Ese sistema predica impávidamente que el egoísmo es fuente de beneficios sociales. Y así acaba produciendo «ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres» (Juan Pablo II). Mounier decía algo parecido en el texto antes citado: «el capitalismo defiende la iniciativa y libertad de unos pocos mediante el esclavizamiento de la mayoría». O, con una frase bíblica que no ha perdido actualidad: «el rico ofende y, encima, se ufana; el pobre es ofendido y, encima, pide perdón» (Eclo 13,3).
En ese antipersonalismo de nuestro sistema, anidan muchas de las grandes calamidades que ensombrecen nuestro presente; quizá por eso sostiene Francisco que «nuestra economía mata» (EG 53).
Ello me lleva a proponer lo que considero como gran necesidad y gran tarea para nuestro futuro: la confrontación y el diálogo entre economía y teología. Si estamos en un sistema que mata, resulta absurdo que los teólogos intenten hoy dialogar o confrontarse con Einstein, Plank o Darwin, pero ni pretendan ni sepan encararse con
Marx, Keynes o Walras. Y, sin embargo, como escribe con razón un economista de moda, «el asunto de la distribución de la riqueza es demasiado importante como para dejarlo en manos de los economistas»3.
Pero el sistema asesino ha sabido inmunizarse haciéndonos creer que en la economía se trata solo de unas matemáticas muy abstractas que nos imponen respeto, haciéndonos sentir analfabetos y ocultándonos que la economía es, ante todo, una
antropología. De ahí ha brotado un oculto y caudaloso filón de ateísmo, como intentaré
mostrar ahora con un único ejemplo. Lo cual es otra razón para el encuentro entre economía y teología.
Y ese ejemplo es el siguiente: a la tradición cristiana, ya desde los Padres de la Iglesia, se le planteó repetidas veces el problema de que la mera existencia de los pobres
es un argumento decisivo contra la providencia de Dios (entonces se hablaba solo de
providencia: hoy se hablaría de existencia). La respuesta unánime de la tradición es que esa objeción solo valdría si no constara claramente, como expresa voluntad de Dios, que todo aquello que sobra al rico, una vez satisfechas sus necesidades de manera sobria y digna, deja de pertenecerle ipso facto y pasa a pertenecer a los pobres de la tierra.
Dios, por su inaudito respeto a la libertad humana, asume el riesgo de no intervenir en esta historia repartiendo Él las riquezas que son suyas. Pero, una vez aceptado esto, debe quedar igualmente claro que la voluntad de Dios es que el ser humano haga aquello mismo que Él renuncia a hacer para no interferir con nuestra autonomía. De ahí el axioma de los Padres de la Iglesia: nadie es propietario de los bienes que posee, sino
solo administrador.
Un axioma que se prolonga en toda la tradición cristiana, hasta llegar a esta triple tesis de F. Ozanam: «Dios no hace a los pobres...; es la libertad humana la que hace a los pobres...; [y] calumnia a Dios quien dice que las clases sufrientes son las responsables de sus males»4. Ahí se fundamenta un principio fontal para toda la enseñanza social de la Iglesia: que el único derecho primario en cuestiones de propiedad es el destino común de los bienes de la tierra. La propiedad privada es un derecho secundario, y solo es derecho en la medida en que sirve para la realización de ese objetivo primario, dejando de ser derecho cuando lo obstaculice5.
Es entonces moralmente intolerable, por más legal que pueda ser, que un señor Soros gane mil millones de libras en solo seis meses a base de especulación financiera: en lenguaje clásico, se trata de un grave «pecado mortal». Y si nuestra economía permite eso, hay que gritar que esa economía permite el robo a gran escala. Del mismo modo que es un pecado mortal intolerable el que, durante esta crisis, se haya dado a los bancos 75.000 millones de dinero del pueblo, la mitad de los cuales no se recuperará, y de la otra mitad solo se han recuperado unos 3.000 millones. Entretanto, los Bancos, como el personaje de aquella parábola evangélica de los dos deudores, van desahuciando a pobres
gentes que pensaron que el derecho a la vivienda que proclama nuestra Constitución era una verdad. Pero a esos Bancos que no pagan sus deudas nadie los desahucia: ellos mismos son su propia «plataforma antihipotecas», como expresa el dicho inglés «too big
to fail» (demasiado grande para que pueda caer).
¿Cómo podemos los teólogos pretender seguir hablando de Dios si no hablamos de ese «Dios crucificado»? ¿No se vuelve diáfana ahí la célebre frase de Nietzsche: «Dios ha muerto, y lo hemos matado nosotros»? Lo extraño, y lo escandaloso, es que los cristianos no nos hayamos quedado roncos de gritar que todo eso es absolutamente intolerable. Y no importa en estos momentos si, como sostienen algunos para tranquilizarse, esa solución era «inevitable». En este caso es todavía peor: porque cuando el crimen es inevitable, es la mejor prueba de que estamos ante un sistema «que mata»; y, por tanto, es imprescindible acabar con él.
¿Por que mata? Pues porque en nuestro sistema económico la providencia divina ha sido sustituida por la presunta mano invisible de un mercado omnisciente y todopoderoso que lo arregla y lo resuelve todo. El mercado se convierte así en Dios. Pero esa mano invisible, cuando Adam Smith acuñó la expresión, era simplemente el rostro bien visible de los dos interlocutores que constituyen el verdadero mercado, y ambos se conocen y a ambos les interesa dejar contento al otro. Pero eso ya casi no existe hoy y ha sido sustituido por un enorme sistema anónimo que ya no merece el nombre de «mercado» y que encarna aquella frase latina que citaba Hobbes: «la lucha de todos contra todos». Es natural que la lucha de todos contra todos sea un sistema que mata, como decía Francisco. Un sistema que convierte en mercancía todo aquello que es sagrado y sacraliza todo lo que es mera mercancía. No vendría mal recordar que los burdeles también son mercados, porque ello nos llevaría a preguntar si eso que hoy llamamos inocentemente economía «de mercado» no es en algunos casos economía prostituida. Véanse, si no, estas palabras de un obispo católico anteriores a El Capital de Marx:
«La gran mayoría de los hombres de los estados modernos está expuesta a las oscilaciones del mercado... para la supervivencia de sus familias y para resolver el problema cotidiano del pan necesario... No conozco nada más digno de acusación que ese estado de cosas... Ese es el mercado de esclavos de nuestra
Europa liberal, configurado según el patrón de nuestro liberalismo ilustrado. Hemos de preguntarnos qué es lo que ha convertido el trabajo en una mercancía de mercado y qué es lo que hace bajar su precio hasta el último peldaño. Y la razón es que el salario del trabajador se determina por la oferta y la demanda. Y (como las otras mercancías) la oferta y la demanda se regulan en función de la competencia»6.
Todo ello se agudiza cuando el mercado pasa a ser, no ya de mercancías, sino también de servicios, con su «letra pequeña» en los contratos y todos los abusos de que oímos hablar cada día. Pero lo que nos importa constatar ahora es que nada de eso
merece el nombre de mercado, en el sentido dialogante que le daba Adam Smith. Este
sistema nuestro no es un absoluto que se autorregula a sí mismo; es un Moloch que exige sacrificios humanos. Y a la teología le toca recuperar la lucha de todo el Primer Testamento bíblico contra los falsos dioses7.
Desde estos presupuestos, la economía no puede ser reducida a meras matemáticas:
es, ante todo, antropología y psicología. Y a partir de antropologías muy incorrectas y
poco cristianas se justifican verdaderos asesinatos estructurales8. Si se me permite parafrasear el viejo refrán: «aunque el robo se vista de matemáticas, robo se queda».
Por eso, y volviendo a la pregunta que afrontó toda la tradición cristiana, en el tema
de la economía nos jugamos la posibilidad de afirmar la existencia y la verdadera identidad de Dios. Como mínimo, hay que proclamar en voz bien alta que todos esos
multimillonarios que pretenden ser religiosos y afirman creer en Dios (desde la derecha republicana de EE.UU. hasta muchos políticos españoles del PP) creen en realidad en un dios falso y, si no son ateos, son algo peor: idólatras.
Y permítaseme rescatar otra lección de la cita de B. Maris que acabo de hacer: nuestro sistema económico ha renunciado a toda utopía: la doctrina cristiana de la propiedad, que acabo de exponer, carece para él de todo lugar y de toda vigencia. Pero, al negar vigencia a la utopía, no cae en el realismo objetivo, sino en otras quimeras: la quimera de la competencia perfecta y del mercado autorregulado de que hablaba Maris. Cuando lo que significa «Dios» ya no tiene vigencia, florecen los ídolos; cuando se niega vigencia a las utopías, aparecen las distopías.
Por eso no debe resultar extraño que reivindiquemos confrontación y diálogo entre economía y teología. Ojalá nuestra Iglesia dedicara más energías a formar verdaderos economistas que conozcan no solo el «pensamiento único económico oficial» que se enseña en casi todas las escuelas, sino la totalidad de la historia y las distintas corrientes de la economía.
Además, también en esto nos precede la mejor tradición cristiana: como he intentado mostrar en el capítulo anterior, la palabra «economía» está llamativamente presente en todo el Nuevo Testamento y en muchas páginas de los Padres de la Iglesia; y solo nuestra increíble capacidad para manipular el evangelio en provecho propio nos ha hecho creer que esa palabra tenía antaño otro sentido, distinto del que tiene ahora. Pero recordemos que, tanto en los textos originarios del cristianismo como hoy, la economía no significa más que administración de esta tierra y esta creación que Dios ha puesto en nuestras manos. Las diferencias, decíamos, no están en el significado de la palabra, sino en el modo de concebir esa gestión: si algún día los hombres nos cargamos este planeta, como parece cada vez más probable, la culpa será toda de nuestra economía, aunque entonces trataremos de echarle la culpa a Dios.
Tras esa rápida alusión, permítaseme ahora reforzarla con una evocación de la palabra de Jesús en los evangelios: el anuncio de Jesús que demandaba conversión no fue la mera existencia de Dios, sino la cercanía del reinado de Dios. En la conversión exigida por ese anuncio se juega el hombre su juicio definitivo. Y ese juicio se concreta en dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo y visitar al preso (tantas veces preso por haber robado bienes de esta tierra que él no tenía)...
Así pues, muchas de las conductas descritas por Jesús como materia del juicio definitivo tienen un tinte claramente económico que antaño podría resolverse solo mediante donaciones y limosnas, pero que hoy, cuando el hombre ha conquistado la
capacidad de crear riqueza sin esperar a que se la produzca la tierra, debe resolverse