Meditación de dos economías.
3. El mundo que irrita a Dios
–– Cada tres segundos muere alguien de hambre.
–– También cada tres o cuatro segundos un hombre escapa de la persecución o del hambre buscando refugio.
–– Doscientos millones de niños esclavos.
–– Innumerables niñas engañadas con la promesa de un trabajo y entregadas a la prostitución. Mujeres que, cuando reclaman igualdad de sueldos con los varones, son despedidas.
–– Número de guerras actual: más de 13 conflictos bélicos y unos 20 de los llamados «de baja intensidad», con un balance de más de 3 millones de muertos en un mundo que se considera en paz.
–– Obesos e infraalimentados. Estos dos términos contradictorios constituyen uno de los mayores desarreglos sanitarios de nuestro mundo. Y solo entre los primeros, unos lo son por exceso de comida, y otros por alimentarse de «basura» (bollería, etc.). Todo en amargo contraste con la gran cantidad de comida aprovechable que cada día va a la basura.
–– 70 millones de seres humanos poseen más riqueza que los restantes 6.300 millones. –– Hay quien gana un millón de dólares por ser consejero de algún banco, y quien gana
425 euros por deslomarse trabajando al sol unas 50 horas a la semana.
–– Según Intermon-Oxfam, grandes empresas multinacionales sacan de África con artimañas 40.000 millones, de modo que «la riqueza que generan los países pobres no se queda en el pueblo».
–– Fracaso de los objetivos del milenio: se ha reducido a la mitad el número de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día (y estamos ahora en 700 millones), que no es para presumir... Pero ni se da la enseñanza primaria universal; ni el empoderamiento de la mujer en lo que hace a cobrar lo mismo que el varón es una realidad; ni se acaba con la mortalidad infantil por dolencias previsibles y fáciles de tratar, como las diarreas; ni se mejora la salud materna ni se evitan las muertes por parto; ni se reduce la propagación del VIH; ni se consigue la sostenibilidad del medio ambiente; ni se establece eficazmente la alianza mundial para el desarrollo (con el famoso 0,7)... Simplemente, se quieren conseguir esos objetivos sin privar a los más ricos de nada superfluo. Ahí está la estupidez de los tatuajes como ejemplo de gasto absurdo de dinero, allí donde los futbolistas se nos han convertido en ejemplos de vida...
–– Aunque moleste, hay que tener valor para gritar que es sencillamente inhumano el que, en plena crisis económica, se vayan 7.000 bilbaínos a Manchester, más de 20.000 barceloneses a Berlín (16 aviones), y no sé cuántos miles de sevillanos a Varsovia, solo por ver un partido de fútbol de su equipo. Que eso se nos haya convertido en una necesidad resulta escandaloso en un país que es el segundo de Europa en pobreza infantil, con 840.000 niños por debajo del umbral de la pobreza, y donde esa pobreza «dejará efectos indelebles en la salud de los niños a lo largo de su vida», según informe de la SESPAS4, mientras que la mitad de ellos podrían salir de su situación con solo mil euros por año. Lo menos que se podría decir de todos esos hinchas locos es aquello del poema del Cid: «¡Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor!».
Y ante todos esos datos, y otros más de este calibre:
–– Acusación de populista o marxista o de amenaza «muy preocupante» para todo aquel que intente poner eso cada día encima de la mesa humana, o que llame a poner algún remedio serio que no sean meros remiendos «electoralistas» cuando se acercan unas elecciones.
Por supuesto, sé que también hay multitud de estrellas de bondad casi desconocidas en la tiniebla de esta historia. ¿Cómo no voy saberlo? He tenido la gran suerte de conocer a bastantes gentes cuyo ejemplo me ha ayudado a resistir. Por suerte, hay más de diez justos en esta Sodoma de hoy. Pero creo que eso no es una excusa para quedarnos tranquilos, sino tan solo un poco de luz que nos ayuda a movernos en la noche oscura del mundo. Porque lo innegable es que caminamos en la noche.
En conclusión: este mundo es sencillamente horrible, y el género humano no tiene
voluntad de arreglarlo. Por eso valen las palabras citadas de Nolan: «Dios está
Jeremías 31,20: «por amor a mi hijo se conmueven mis entrañas», concluyendo con el teólogo japonés K. Kitamori: «el dolor de Dios es su amor triunfando sobre su ira».
Permitidme ahora un paréntesis, ya que no somos solo justicia, sino también cristianismo. Sé que, ante todas esas aberraciones, algunos proclaman: «la única excusa que tiene Dios es que no existe». OK. Yo, que intento creer profundamente en Dios, no tengo inconveniente en aceptar ese argumento. Solo que, entonces, debemos reconocer que la tarea recae sobre nosotros: de lo contrario, no tenemos derecho a quejarnos. Mantiene su vigencia la pregunta del no creyente Camus: ¿tiene un hombre derecho a ser feliz en una ciudad invadida por la peste? Si la no existencia de Dios permite responder afirmativamente a esa pregunta, hacemos el peor favor posible al ateísmo. Porque, si ese ateísmo se convierte en excusa para nuestra indiferencia, entonces los que no tenemos excusa somos nosotros.
Y si ese argumento vale para los ateos, ¡cuánto más para quienes creemos en Dios! Porque las bienaventuranzas de Jesús nos permiten entrever una respuesta novedosa a la pregunta de Camus: en una ciudad invadida por «la peste» se puede ser feliz
dedicándose al servicio de los apestados.
Ciertamente, no existe un Dios milagrero al que reclamar intervenciones constantes para que haga Él lo que deberíamos hacer nosotros. Pero, si Dios existe y le importa este mundo, no puede sino estar profundamente indignado por su estado actual. Exige arrepentimiento y conversión a los que creemos en Él. Y avisa que, por la senda que llevamos, podemos acabar destrozándonos a nosotros mismos.
¿Exagero si digo que todo eso debe llevarnos a un serio examen de conciencia? Pues entonces vamos a intentarlo.