La vecina más simpática y más amable que vivía en la torcida callejuela que formaba una encrucijada y que se perdía entre los vericuetos de otros callejones que subían hasta el cerro, era una viejecita dulce y cariñosa que subsistía de la caridad pública.
El único familiar que la acompañaba en la soledad de su vida y que para ella era un tesoro, era su nietecito, un chiquillo de seis años, vivaracho y juguetón, que siempre estaba a su lado, en los recorridos que hacía para pedir su limosna, y en las noches cuando se entregaban al reposo.
Como ella, el niño andaba descalzo, pero a veces le hacían el regalo de algunos zapatos que le quedaban muy grandes, y en ocasiones chicos; pero él se sentía feliz porque con ellos el sol no le quemaba las plantas ni los guijarros desgarraban su carne, y sobre todo porque siempre iba de la mano de la abuela que lo llenaba de cariño, de ternura y de todo lo mejor que le daban las gentes caritativas para entretener su hambre.
Los dos vestían ropa desgastada, llena de parches y remiendos, pero muy limpia, donde no se notaba ningún lamparón; y eso les hacía ganar la voluntad y la estima de quienes los socorrían. Los dos vivían en una pequeña casa donde sufrían fríos espantosos en invierno por no tener con qué cubrir sus cuerpos minados por los diarios ayunos. Ella lo acunaba en su regazo para que allí durmiera con menos frío.
– Abuelita, - le decía el niño en las noches heladas y sin luz en el cuarto -. Abuelita, no quiero que te mueras ni te vayas de mi lado porque nadie como tú, me quiere... – y pasaba su mano por el rostro de ella, y al llegar a sus ojos, sentía que se le humedecían sus dedos.
– Abuelita, se me figura que estás llorando. ¿Acaso es por lo que te digo que no te mueras? ¿Por qué estamos solos o te espanta la negrura de la noche?
Y la viejecita de cabello nevado y de sonrisa dulce, le decía a su nieto que estaba rezando.
– Entonces, rézale a mi mamá y a la virgen para que me la traiga otra vez; para que nos socorra y te deje vivir a mi lado muchos años.
En las noches, cuando el frío los despertaba y oían el aullido lastimero de los perros, el niño le preguntaba:
– Oye los perros abuelita, tienen hambre y frío como nosotros, o tal vez vean pasar la muerte.
La anciana no le contestaba, porque su pensamiento estaba lejos, fijo en la idea dolorosa de que si ella moría, ¡qué sería de su nieto!; y lo arrullaba estrechándolo en su corazón.
Una noche sintió que la fiebre abrasaba el cuerpo de su muchachito; su aliento quemaba y su respiración era fatigada. En los desvaríos pronunciaba el nombre de ella.
– Abuelita, no me dejes morir; no quiero dejarte sola... ¡Abrázame! Y la anciana invocaba a todos los santos de su devoción, para que le hicieran el milagro de que su niño viviera.
– ¿Por qué, Señor, te quieres llevar al único tesoro de mi vida que tanto quiero? Dile a la Muerte que se lleve a los niños que son maltratados por sus padres; a los de los ricos que jamás han recibido una caricia; a los que están solos en el mundo y no tienen quién los quiera; pero que me deje al mío, que es todo mi encanto y mi alegría...
La Muerte que rondaba allí cerca, con intenciones de llevárselo, se le apareció a la viejec ita, diciéndole:
– Tus ruegos me han conmovido. Yo venía por él, pero voy a dejártelo porque sé que sufrirás sin él... A cambio de esta dádiva que te hago, te voy a imponer una condición... ¿Aceptas?
– La que sea, te la cumplo, - le contestó la abuelita.
– Oye lo que te voy a exigir: a cambio de la vida de tu nieto, desde mañana no volverás a ver la luz del sol, porque quedarás ciega para siempre. ¿Lo aceptas?
– Estoy conforme con lo que me exiges. Lo único que me atormentará estando ciega, es no volver a ver a mi muchachito...
Y en el amanecer del nuevo día, el niño había recuperado su salud, y la pobre anciana había quedado ciega para siempre.
Para salir a la calle, el chiquitín tuvo que servirle de lazarillo a la abuela que se sentía muy feliz. La gente al notarle la ceguera, se compadecía de los dos pobres seres que iban solos por el mundo,
La anciana se quedaba con sus ojos abiertos, mirando con la luz del alma las tinieblas de la noche de su destino eterno. Le pedía al niño que se le acercara, con objeto de recorrer con sus manos los contornos de su carita y su cuerpo, para volver a saber cómo era él.
El niño ignoraba que la viejecita estuviera ciega, hasta que un día se dio cuenta que al caminar chocó con una pared y cayó al suelo, mientras él la había dejado sin apoyo por correr a recibir una limosna que le habían arrojado de un balcón. Entonces comprendió que estab a ciega, y se puso muy triste y lloró en silencio...
Pero como toda felicidad y todo dolor tienen su final, ella enfermó, tal vez por lo vieja que estaba y por los padecimientos sufridos.
El chiquitín no llegó a separarse de su lado, porque era mucho lo que la quería...
– Abuelita, dime a quién le rezo para que te alivie pronto. No te mueras y me dejes solo...
Y por los ojos de la viejecita, cubiertos de sombras y empañados por el hálito de la muerte, brotaban cristalinas lágrimas, y se le hacía un nudo en la garganta oírlo hablar.
La anciana hizo un esfuerzo, y le contó algo de su vida.
Cuando tú naciste, murió tu mamá, y desde ese momento estos brazos que ya no sirven para nada, te arrullaron todos los días y te estrecharon a cada momento. De pequeño eras muy llorón y desde luego me imaginé que te faltaba el calor y el cariño de tu madre, porque nadie puede reemplazar esos afectos.
Cuando fuiste creciendo y diste los primeros pasos, me llené de alegría y de felicidad, y fui todavía más dichosa cuando tu primera palabra que pronunciaste fue MAMÁ. Cómo recuerdo ese momento, y por ello hubo fiesta en mi corazón porque todos los pobres que no tenemos dinero, hacemos nuestras fiestas acá adentro, donde guardamos el tesoro de nuestros sentimientos y el caudal de nuestras pequeñas alegrías...
Todos los días al hacer mi recorrido por las calles para pedir mi caridad, te llevaba en mis brazos para que me acompañaras. Cuando sentía cansancio, nos sentábamos afuera del mercado, y allí seguía yo recibiendo la limosna bendita de la gente... Un día, una señora elegante te regaló muchos centavos y una canasta con dulces y fruta. Cuando recibí la dádiva, me dijo:
– Cómo se parece su niño al que se me murió hace un año. Démelo para que viva a mi lado, y los quito de pobres. Pero yo no te quise dar, porque tú valías para mí, más que todo el oro del mundo... Fui egoísta con ella y contigo porque al darte la hubiera hecho muy feliz y a ti no te hubiera faltado ya nada. Obré en esa forma porque yo no quiero que te separes de mí, y me hubiera muerto al no volver a verte todos los días, después me arrepentí, pero ya no volví a verla...
Dame tu mano para tenerla entre las mías. Quiero dormirme un rato porque me siento cansada, pero muy dichosa porque estás a mi lado...
La viejecita se quedó dormida, su respiración era fatigada. El nieto también se quedó acurrucado, con sus manecitas enlazadas a las de su abuelita, para que la muerte no se la fuera a llevar de repente.
En el sueño, ella volvió a ver a la Muerte. Allí estaba de nuevo con su ropaje negro y su figura siniestra y amenazadora.
– Ahora sí, vengo por ti. El término de tu vida está llegando a su fin. Te faltan muy pocas horas para que concluya tu viaje por este mundo. Resígnate a morir. Estás muy vieja; tu tristeza y tu dolor necesitan ya descansar eternamente. Has vivido muchos años sin ninguna alegría, porque siempre has sido pobre, y en la pobreza no se encuentra nunca la felicidad...
– ¡No, por Dios! No me lleves todavía. Espera que mi nietecito crezca más. ¿Qué va a ser de él sin mi cariño y mis cuidados? ... Si me llevas no volveré a verlo jamás...
– Puedo dejarte la vida más tiempo, pero con una condición. – Dime ¿cuál?
– Cegándole los ojos al niño...
– Eso no lo acepto. No quiero verlo sufrir. A mí sométeme a todas las torturas y dame todos los castigos que merezca para conservar mi vida unos años más... Pero a él no quiero que le hagas ningún daño.
– ¡Ah! Ya pensé lo que debo hacer. Como no quieres morir y dejarlo solito en el mundo, ni aceptas que lo haga ciego, me los puedo llevar a los dos, para que en la otra vida sean muy felices, estando juntos para siempre.
– Trato hecho, - contestó la Pálida Enlutada, y extendiendo sus descarnados brazos arropó los dos cuerpos con su negro manto, para llevarse sus almas a lugares ignotos, donde la resurrección a la vida eterna es un enigma para la vida terrenal.
La anciana y el niño quedaron silenciosos, con esa quietud resignada de los que se alejan de este mundo, sin haber tenido jamás un momento de felicidad...
Quienes permanecieron despiertos después de la media noche, escucharon un doble misterioso de campanas, cuyo toque no se parecía a las de la parroquia, ni a ningunas otras de los demás templos de la ciudad. Enseguida oyeron un canto lejano, que se fue perdiendo poco a poco en el infinito del cielo...
Cuando amaneció, las gentes madrugadoras se dieron cuenta que en el cuartucho habitado por la anciana mendiga, yacían dos cuerpos tendidos en el suelo, sin mortaja y sin velas. Eran los de ella y su nieto que habían muerto tal vez de hambre y de frío.
Y como no hay nada oculto sobre la tierra, alguna de las vecinas propagó la versión de que la pobre vieja le había pedido a la muerte que se los llevara a los dos juntos al mismo tiempo, para quitarse de padecer. Que la muerte accedió a su ruego, y por eso murieron en el mismo momento. Al saberse esa noticia, el cuarto que les sirviera de habitación, fue visitado constantemente por todos aquellos desesperados de la vida, que deseaban al morir llevarse a sus seres queridos, para no dejarlos abandonados a su suerte, porque para los pobres es muy doloroso dejar huérfanos.
De vez en cuando, la Muerte hacía su aparición en ese lugar. Su presencia la delataba el aullido de los perros callejeros en las noches oscuras y lluviosas. Las gentes que pasaban a esas horas por el cuarto en ruinas que habitara la anciana, advertían una sombra que les causaba espanto y horror, y eso los hacía apresurar el paso, para alejarse de esa aparición.
El paso de los años fue borrando ese suceso, y en el mismo sitio donde estuvo el cuartucho que habitaron la anciana mendiga y el niño, los vecinos mandaron construir una capilla, donde empezaron a venerar una imagen a la que le pusieron por nombre Señor del Buen Viaje, en recuerdo de aquel rama conmovedor en que la miseria estrujó dos vidas anónimas.