En el principio de la edad, los ho mbres eran vio lentos y no tenían una lengua co mún como hoy. Desconfiaban los unos de los otros y se hacían la guerra entre ellos. Así aconteció durante muchos siglos. La muerte y el dolor reinaban en la tierra. Los dioses eran sanguinarios y los sacerdotes eran brujos que practicaban ritos terribles. Una y varias veces acabaron los dioses con la tierra y cada edad terminó por un elemento.
Por fin, tras cuatro destruccio nes, reconstruyeron todo y nació el quinto so l. Reinó por un tiempo un cierto equilibrio entre los poderes del cielo; y la tierra floreció. Los hombres salvajes no entendían las cosas de los dioses ni sabían có mo servirlos. Eran demasiado limitados y aún se inclinaban mucho del lado animal, luchando una terrible y co nstante batalla por la supervivencia.
Fue ento nces, cuando ya la edad estaba muy avanzada y los ho mbres comenzaban a desear dejar de sobrevivir, cuando nació un ho mbre que había de cambiar todas las cosas. Vino al mundo en la ciudad de Tula, la patria de un pueblo antiguo anterior y padre de muchos otros que habrían de venir después, llamado Tolteca.
Al niño le llamaron Ce Acatl, y desde la infancia se mostró un ser superior, diferente a los demás, dotado de conocimientos que nadie le había enseñado y que aso mbran a todos. Era como si el cielo le hablara con una voz que solo él podía escuchar. Además, su piel era clara, sin llegar a ser albino, y sus ojos azules como el cielo, lo cual, unido a los demás, se consideró un signo de favor de los dioses.
En la cuna, las mariposas y las abejas revoloteaban a su alrededor como para hacerle reír, sin que jamás le dañase animal alguno ni sufriese ninguna enfermedad. Sus manos eran capaces de sanar cuando niño, cosa que hacía co n naturalidad cuando veía que alguien o algo sufría.
Cuando creció, se hizo un hombre hermoso y fuerte. Era más alto que los de más y su piel se había mantenido más clara y sus o jo s eran de un co lo r azul co mo jamás se había visto en la
tierra. Era incansable. Estudiaba la naturaleza y aprendía de ella para después aplicar esta enseñanza en beneficio de todos. Las plantas le contaban sus secretos y decían que los espíritus de las piedras le hablaban de la memoria de las edades anteriores, incrementando su sabiduría a cada día que pasaba.
Cuando murió el antiguo Señor, que era hombre valeroso pero que celebraba co nstantes sacrificios humanos a los dioses para congraciarse con ellos, el pueblo pensó en Ce Acatl, que aún era muy joven para sucederle en el poder.
Muchos trabajos notables fueron realizados en Tula bajo su mandato. Creó la escritura, construyó embalses y canalizó las aguas para así poder regar las tierras y no depender del agua de los cielos; construyó su casa en piedra, en lugar del tradicio nal barro, y erigió las primeras pirámides, enseñando a su pueblo el oficio de tallar la piedra. Y sus manos seguían siendo capaces de sanar a los que eran afligidos por alguna enfermedad.
Su fama se fue extendiendo allende los límites de la ciudad. Muchos venían a ver al soberano poderoso y las obras y los templos de Tula, para vo lver después a sus ciudades asombrados y contar lo que habían visto. A los veinte años, el Consejo de Ancianos lo no mbró Señor “Portador de la Palabra”. Era un ho nor inmenso que aceptó, y suponía, de hecho, que, en delante, su palabra sería ley para los toltecas.
La noticia recorrió el valle de Anáhuac con rapidez. Los habitantes de las ciudades vecinas decidieron ir a Tula y pedir a Ce Acatl que también les enseñara a ellos. A cambio le rindieron pleitesía co mo Señor.
Todas las ciudades comenzaron a aprender la lengua tolteca, que, desde entonces, sería el vehículo de co municació n de toda la tierra. Muchos fueron los trabajos que emprendió en los años siguientes. La hacía con alegría, y co n su poder creciente fue guiando y cultivando los espíritus de los hombres del valle, que eran cautivados por su palabra florida y su saber.
Ento nces, Ce Acatl co menzó a adornarse con grandes penachos de plumas preciosas. Amaba las aves, y sus plumas eran para él el mayor regalo de los dioses. Enseñó a su pueblo a trabajar la pluma y de sus manos salieron los primeros tapices de arte plumario que asombraron a todos por su increíble belleza.
Tenía ya un gran prestigio en todo el valle y, para darle gusto, los señores de otras ciudades le enviaban desde los cuatro confines de la tierra las más preciosas plumas de los pájaros más hermosos. Él siempre iba tocando con las más preciosas, de guacamaya y de garza, de faisán y de loro. Tan hermosa y viril, tan majestuosa y magnífica era la imagen de Ce Acatl, que los otros señores lo imitaron y también co menzaron a llevar grandes penachos..
Un día le llegó la voz de que, en un lugar selvático del sur, muy lejos del valle, habían entrevisto un pájaro del plumaje sin par. Decían que era de tamaño pequeño, pero que su cola era muy larga y la totalidad de sus plumas, verde tornasolada, tenía una belleza inigualable.
Ce Actal escuchó con atenció n y, sin perder un instante, decidió enviar al sur un escogido grupo de los mejores cazadores de la Confederación para que comprobara la veracidad del relato y le trajeran las hermosas plumas que ya deseaba, más que ninguna otra cosa.
La expedició n salió de Tula hacia el lejano sur. Pasó mucho tiempo sin que tuvieran no ticias de ellos. Cuando volvieron, seis meses después, confirmaron a su Señor la existencia de la mítica ave que los había eludido.
El Señor de Tula se sonrió, al saber que sus mejores cazadores habían sido engañados por una simple ave. Esto no le cuadraba. Era la primera vez que le fallaban. Ce Acatl los animó y les dijo que seguramente debería haber una razón que explicara el porqué de su fallo.
Por otra parte, en ese tiempo, su deseo y su curiosidad por ver el ave maravillosa habían crecido. Ella le llevó a organizar otra explicación, poco después, aún mejor pertrechada que la anterior.
Partieron para la selva sin tardanza, llevando las bendicio nes de su Señor. Tras un largo y penoso viaje, y después de muchos intentos de apresarlo, consiguieron vislumbrar su esquiva presa, en medio de un tupido bosque impenetrable, para después perderla de vista.
Cuando llegaron a Tula con las manos vacías Ce Acatl se encolerizó. Les llamó incapaces y malos servidores, y ellos inclinaro n la cabeza avergonzados y se retiraron de su presencia.
Cuando clamó su furia, meditó sobre lo extraño del hecho de que dos expedicio nes de verdaderos maestros en el arte del acecho hubieran fracasado en una tarea, que no parecía difícil. Sintiendo que en ello podía haber algo sobrenatural, acudió al templo y decidió buscar, con la ayuda de su voz interior, la solució n a este misterio.
Para llevar a cabo su empeño, se preparó concienzudamente. Ayunó durante un día entero y después acudió de nuevo al templo. Subió con facilidad y ligereza las empinadas escaleras de piedra y entró en el recinto sagrado. Se sentía bien allí. Era un lugar do nde se respiraba paz y donde siempre le había sido fácil entregarse a la co ntemplació n interior y al silencio profundo que abre las puertas al verdadero conocimiento.
Encendió un brasero con carbones pequeños y luego echó encima unos granos de resina de copal, que llenaron el ambiente de humo aromático. Saludó a los cuatro rumbos del universo, al cielo y a la tierra y al lugar central, do nde todo co nfluye, y después se sentó sobre su estera, dejando la mente en blanco.
Pasó mucho tiempo inmóvil y en silencio interior. Ento nces, sintió que se abría su conciencia a la visió n y se dejó ir. Vio ante él un ser cuyo contorno brillaba con luz propia. Tenía un rostro radiante y majestuoso y estaba tocado de brillantes, largas y desconocidas plumas, mo ntadas sobre un maravilloso penacho de oro, con incrustacio nes de jade tallado, de una belleza deslumbrante. En su pecho, llevaba co lgado un caraco l de oro de una cadena, cuyos eslabones era pájaros tallados en el mismo metal, con los ojos de turquesa.
Ce Acatl lo contempló admirado, esperando oír sus palabras.
– “Soy tu guardián” – dijo el hermoso ser –. Y acudo a tu llamada para ayudarte a co mprender el prodigio de que ningún cazador haya sido capaz de capturar esa preciosa ave que tanto deseas, hasta quitarte el sueño.
No creas que ha sido por azar, por lo que fracasaron. Fue por designio del Gran Poder que rige sobre todo y sobre todos. Esa ave no puede ser aprehendida por nadie sino por ti. Ha nacido como símbolo de su complacencia co ntigo y co n tu trabajo en la tierra de Anáhuac a favor de la paz y de la civilizació n.
Este pájaro se ha de llamar en adelante Quetzal –pájaro precioso-, pues es un regalo del cielo y no debe ser matado jamás por mortales. Sería un sacrilegio y sobrevendrían grandes calamidades en la tierra si esto aconteciera. En su plumaje está el reflejo de todos los co lores bajo el verde dominante, que se pueden co ntemplar cuando los rayos del sol caen en ángulo sobre ellas.
Pero, más aún, su vida supo ne la alianza del cielo co ntigo y con tu linaje espiritual, que será siempre el de los Señores de Anáhuac. Nadie que no lleve tu sangre ni porte la semilla de luz de tu regio espíritu ha de llevarlas en tu tiempo, salvo tú mismo. Después, solo los legítimos señores de esta tierra que tanto amas tendrán el derecho a portarlas, cuando, con sus hechos, demuestren ser dignos de este supremo honor”.
Dicho esto último, el hermoso ser se retiró de la visión de Ce Acatl y este retornó a la realidad súbitamente. Estaba sorprendido y ano nadado por el hermoso regalo con el que el cielo le favorecía. No consideraba ser digno de tanto favor.
Con humildad, avivó el fuego del sahumador soplando los carbo nes y de nuevo echó copal sobre las brasas. Se levantó y dio las gracias al Poder que tanto lo había favorecido, saludando de nuevo a los cuatro rumbos del universo, al cielo y a la tierra. Después, dejó el sahumador ante el altar y, de espaldas, salió del recinto sagrado.
El sol brillaba en lo alto del cielo y Ce Acatl levantó sus manos abiertas en ho menaje al astro. Luego descendió las escaleras y se dirigió a su palacio.
No perdió un instante. Después de dejar arreglados los asuntos de la administració n de la ciudad, organizó una nueva expedició n, con los mismos cazadores que habían participado en las dos anteriores, para mostrarles que seguía considerándo los los mejores y que su fracaso no les había hecho perder su favor.
Tras muchos días de viaje, llegaron por fin a las selvas del sur. También allí había llegado su fama de ho mbre justo y sabio y los Señores y sacerdotes de las ciudades mayas lo recibieron con ho nores. De estos Señores, versados en la ciencia y la matemática, recibió grandes enseñanzas.
Cuando sintió que era el tiempo de iniciar la búsqueda del quetzal, se despidió de sus nuevos amigos, que le dieron porteadores y guías, y se dirigió al paraje selvático donde el pájaro precioso había aparecido por primera vez. Estaba lleno de confianza.
Acamparon en un estrecho claro de selva, Ce Acatl se retiró en soledad y silencio durante tres días y se purificó, orando en lo profundo de su ser para ser digno de recibir el hermoso don de ver el ave sagrada.
Cuando salió de su retiro, su rostro reflejaba una paz y una armo nía que hizo que los suyos se inclinaran en ho menaje ante él. Sin pronunciar palabra, se adentró en la espesura. El lujur iante verde, en sus miles de to nalidades, le invadió los ojos y llenó su espíritu, mientras avanzaba, guiando por una profunda intuició n
Llegó a un minúsculo claro del bosque, donde había un pequeño cenote, un pozo de agua dulce y cristalina que venía de las profundidades de la tierra. Allí se detuvo. Se sentó, cerró los ojos y dejó que la música de la selva lo llenara por completo.
Pasó un tiempo indeterminado, mientras escuchaba los sonidos de la vida. Estaba en medio del verde esmeralda. Él era verde. El cántico que fluía de todos lados era verde de vida; subió por su columna esa energía verde, desde el suelo mismo, llenándolo co mo si se hubiera abierto desde su base un canal nuevo de intenso verde. La luz era verde y maravillosa y sus ojos se cerraro n sintiéndose mecido por ese océano de verdor que lo acogía y lo amaba.
Ento nces percibió un suave aleteo verde cerca de él. Ce Acatl no se inmutó. Sintió có mo unas breves patas se posaban en sus ho mbros y luego cómo las cabecitas de las dos aves rozaban su cuello. Sonrió y abrió los ojos. Allí estaban sus quetzales. Eran de cuerpo pequeño y grácil, con plumaje verde tornasolado y una pequeña cresta en la cabeza, de pico corto. Sus ojos redondos lo
Se irguió y los pájaros siguieron posados en su ho mbro. Para verlos mejor, les ofreció gentilmente su mano derecha. Estos aceptaron sin miedo la invitación. Extasiado por el prodigio, comenzó a andar, casi sin darse cuenta, rumbo al campamento. Los quetzales no se inmutaron. Irían con él a cualquier lugar que los quisiera llevar. La selva los había hermanado.
Cuando sus hombres y los mayas lo vieron llegar iluminado por intensa luz que aún emanaba de su cuerpo y con preciosa carga, se hizo un silencio reverente. Nunca un signo tal de favor del poder del cielo se había visto en la tierra. Los Señores mayas, al conocer el prodigio, lo respetaron aún más y recogieron el hecho en sus códices para que perdurara en la memoria de los pueblos.
Ce Acatl regresó a Tula co n las aves sagradas. Allí les hizo un recinto con árboles y plantas que había traído de tierras mayas, para que los quetzales pudieran vivir como acostumbraban.
Al año siguiente se produjeron, para maravilla de los to ltecas. Desde entonces, los quetzales surtieron con las plumas de sus mudas, cada año, a Ce Acatl. Este decretó que las aves no podían ser matadas, por ser un regalo del cielo, y el decreto fue aceptado incluso por los lejanos Señores mayas que, en adelante, también veneraron su vida. Matar un quetzal hubiera sido un crimen imperdonable, un rechazo a la luz que brilla sobre los cielos de Anáhuac y al poder que rige los destinos de los mortales.
Estado del centro, limita al suroeste con el océano Pacífico, al Noroeste con el estado de Nayarit, al Sur con los de Colima y Michoacán, al Este con el de Guanajuato y al Norte con los de Zacatecas y Aguascalientes. La población total del estado es de 6 322 002 habitantes (2000). La capital, Guadalajara, tiene 1 646 319 habitantes (2000).
El territorio, montañoso, es atravesado por la sierra Volcánica Transversal y por la sierra Madre Occidental; al noreste se hallan las últimas mesetas de la Altiplanicie Mexicana; al sur del Cabo Corriente hay una pequeña franja de llanuras litorales. El clima es cálido y seco en la costa, con temperaturas medias de 20 grados, y templado en el interior.
Se realiza explotación forestal, es importante la producción de garbanzo, maíz, frijol, arroz y alfalfa, caña de azúcar, cítricos, aguacate y café. La ganadería se concentra en el norte: porcinos, vacunos, caballar. Hay minas de plata y de manganeso. Destacan las industrias textiles y de alcoholes, y el sector alimentario. El turismo es significativo en Puerto Vallarta.
LA APUESTA
Ya saben ustedes cómo son los muchachos, les encanta hacer apuestas, aunque en ello, por desgracia, algunas veces se les vaya la vida, o la razón.
Remontémonos al siglo XIX, época de duelos, crinolas y escenas de terror y de locura. Un grupo de jóvenes aspirantes a médico del Hospital Civil, platicaban sobre mil boberías. Uno de ellos, un avispado y valiente estudiante, apostó a sus compañeros que entraría y saldría del campo santo como “Juan por su casa”, y sin sufrir daño. Se internaría completamente solo al antiguo panteón de Belem a las ocho de la noche y clavaría un clavo, como señal de su estancia entre los muertos.
¿Y por qué precisamente a las ocho de la noche? Porque a esa hora se daba el toque de ánimas, cuando los difuntos salen de sus sepulcros.
La campana del Templo de Belem repiqueteó una y otra vez, hasta cumplir las ocho campanadas. El joven, tan pronto escuchó el primer campanazo, brincó la barda caminando con paso firme. En su mano llevaba un martillo y un clavo. Tan pronto llegó al oscuro corredor cumplió con su promesa. Ya podía regresar, sano y salvo a su casa. Había ganado la apuesta.
Sin embargo, alguien lo detuvo. Sus pies no le respondían. Quiso gritar y carecía de fuerzas. Presa del terror, sufrió un desmayo.
Sus compañeros, impacientes por su atraso, penetraron en el sacrosanto recinto. No podían creerlo: su compañero se encontraba tendido en el suelo, pero sujeto a la pared con la capa clavada.