Hace muchos, muchos años –comenzó-, no había iglesia en Huitzilac y los fieles tenían que acudir a los pueblos de alrededor para ir a misa los domingos, así como para bautismos y confirmaciones. Solo muy de tarde en tarde se dejaba ver un sacerdote por la aldea, fundamentalmente cuando lo llamaban para dar la extremaunción a algún enfermo y le daba tiempo a llegar. Aun as í, a pesar de esto, había bastantes personas con una gran devoción que rezaban juntas todas las semanas, reuniéndose en casa de alguno de los vecinos. Cuando terminaba la oración, a veces se quedaban hablando. Todos lamentaban profundamente que su pueblo careciese de templo, pero nadie ponía remedio a la situación.
Entre las personas más piadosas destacaba una mujer por encima de las demás, que era ciega y se llamaba doña Guadalupe, a quien su desgracia había enriquecido mucho interiormente. Desde que sus ojos dejaron de ver, cuando era niña, su espíritu creció y se fortaleció en la fe, aceptando mansamente el destino que Dios le había enviado. Pero no por ello se sentía una inútil, ni se compadecía de sí misma. Tenía una inmensa habilidad con las manos y hacía primorosas obras de ganchillo que luego vendía; tenía su casa siempre bien arreglada y llena de plantas con flores olorosas que le gustaban mucho, y acudía con su lazarillo, un jovencito que la guiaba a todos lados, a visitar enfermos. Cuando iban a visitarla, acogía a la gente con calor y era de probada discreción y siempre tenía palabras amables y buenos consejos para quienes acudían a ella con sus cuitas. En su vida plena, no tenía más tristeza que la falta de iglesia en Huitzilac.
Tanto pidió por ello y con tanta fe, que el Señor debió oírla, y entonces aconteció lo que sigue: Un día que su lazarillo no la acompañaba, por estar enfermo, paseaba la señora sola por las faldas del monte por el que a ella le gustaba mucho caminar. Entonces, la sorprendió una voz que la llamó por su nombre y que parecía salir de todos sitios y de ninguno al mismo tiempo. Siendo ciega, su oído se le había agudizado mucho y le sorprendió no ser capaz de localizar la procedencia de la voz. Pero no se asustó. Supo en su interior que era una llamada de lo alto. Mientras así cavilaba, la voz volvió a hablarle:
– Hija mía, mucho has pedido una iglesia al Señor –dijo-. Pues vengo a decirte que el pueblo la tendrá pronto, si tú mantienes tu voluntad, pero tú no llegarás a pisarla. Tu hora está cerca, y antes de que termine junio tendrás que entregar la vida.
– Estoy preparada, criatura divina. Desde siempre he aceptado la voluntad del Señor. Él me dio la vida y al Señor pertenece.
– Así será, hija, así será. Yo mismo he de llevar tu alma amorosa con el Padre Eterno y tus ojos volverán a ver y a disfrutar de las grandezas del Paraíso que tanto te has merecido, pero antes de partir, queda un último trabajo. Gracias a tu fe y la de los demás, Hitzilac tendrá su patrono, que será San Juan Bautista, el santo del día que tú naciste. Ahora te dejó aquí, protegida por mi bendición y te convoco a otro encuentro en este mismo lugar el día de tu cumpleaños.
– Aquí estaré puntualmente. – Queda en paz, hija. – Así sea, ángel del Señor.
La señora no se asustó ante la revelación que había recibido, ni se lo dijo tampoco a nadie en un primer momento, más que a su fiel lazarillo, que fue quién me contó a mi toda la historia. Si cabe, podría decirse que la llenó una alegría nueva que se irradiaba desde su rostro. Había vivido en paz, aceptando la vida como un don y se sentía preparada para morir cuando el Señor la llamase.
Luego, cuando se fue acercando el día, decidió comunicárselo a sus amigos, pues quería despedirse de ellos. Todos se condolieron mucho, pero ella no les dejó seguir por ese camino. Sentía que su tiempo estaba cumplido y as í se lo comunicó a los que acudieron a su llamada. Para ella era un privilegio poder ir preparada al momento de su tránsito.
Por fin llegó el día de san Juan. Como siempre, los amigos acudieron a felicitarla y a celebrarlo con ella, pues carecía de familia. Por la mañana hubo una misa en la casa de la
Llegada la tarde, sus amigos decidieron acompañarla, cuando se preparaba para acudir a la cita con la voz. Mientras se arreglaba, sintió que algo especial iba a acontecer. Se dejó fluir, sabiendo que todo sería como debía serlo.
Fue una auténtica comitiva la que la siguió hasta la falda del monte. La acompañaron varios matrimonios, dos amigas viudas que la llevaban del brazo y su fiel lazarillo. Cuando llegaron al borde del sendero que subía al cerro, de nuevo escuchó la voz que le ordenaba subirlo sin temor.
Las personas que la acompañaban no oyeron nada. Ella se desasió de sus dos amigas y de la manos de su lazarillo subió por la empinada pendiente con una velocidad y una firmeza que asombró a sus acompañantes, que la siguieron con dificultad. Era como si viese, pues sus pies eludían todos los obstáculos, guiada como lo iba por su ángel guardián.
Cuando llegaron a la mitad del cerro, donde los caminos se bifurcan, ella tomó el de la izquierda, guiada por la voz. En el aire comenzaron a sentir algo extraño y súbitamente un repicar de campanas resonó por las laderas, asombrado a la comitiva. Fue como una señal. La anciana se desasió de la mano de su lazarillo y siguió adelante, a mayor velocidad sin tropezar, de modo que en escasos minutos dejó a todos atrás, guiada como iba por la fuerza del Señor. Las campanas siguieron repicando mientras todos se internaban en lo profundo del bosque, siguiendo a su amiga.
Por fin la volvieron a ver a lo lejos. Se había detenido ante lo que parecía un antiguo altar prehispánico, encima del cual pudieron ver que algo resplandecía como el oro. Se quedaron paralizados por el misterio. Cuando el resplandor cesó y se sintieron capaces de acercarse, vieron el cuerpo de su amiga doña Guadalupe tendido a los pies del altar donde había aparecido una preciosa imagen de San Juan Bautista.
Piadosamente, se arrodillaron todos y rezaron por el alma de su amiga que había partido hacía otro plano de conciencia. Algunos creyeron oír una risa suave en lo alto y supieron que era ella. Con devoción, recogieron la estatua y colocaron en unas andas hechas de ramas de los árboles el cadáver de su amiga para darle cristiana sepultura.
Cuando los moradores del lugar se enteraron de lo ocurrido, decidieron de mutuo acuerdo levantar una iglesia en el pueblo en la que poder honrar al santo. Dentro de ella, en un lugar discreto, como ella lo hubiera deseado, sus fieles amigos enterraron a doña Guadalupe. Desde entonces, nadie ha sido capaz de volver al lugar donde se encontró al santo, pero cada 24 de junio, desde cualquier parte del cerro puede escucharse por algunos elegidos el tañido de una campana que viene del interior del bosque.
Estado de la región del Noroeste que incluye el archipiélago de las Islas Marías. Limita con los estados de Sinaloa y Durango al Norte, de Jalisco al Sur y al Este, y el Océano Pacífico al Oeste. Su capital, Tepic, tiene 305 176 habitantes. La población total del estado es de 920 185 habitantes (2000). Hay numerosa población indígena huichol y cora.
La sierra Madre Occidental cubre el sector este, y las primeras montañas de la sierra Volcánica Transversal el sur (volcán San Juan, 2 300 m). La zona de la costa presenta un relieve llano, bastante amplío salvo en la mitad sur, donde las montañas llegan casi hasta el litoral. El clima es cálido y húmedo en la costa, templado en el interior y frío en las montañas. El principal río es el Santiago, que ha formado un profundo cañón.
La base de su economía es la agricultura. Los principales cultivos son el tabaco y el plátano; también hay cultivos de caña de azúcar, maíz, café, frijol y frutales. Existe ganado bovino y porcino en los valles. La industria está poco desarrollada, y sólo destacan los ingenios azucareros de Tepic y Tecuala y la producción de harina, hilados y tejidos de algodón, fibras artificiales, calzado y bellos encajes. Hay pesca de mariscos y cría de camarón. Todo el litoral tiene instalaciones turísticas.