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QUETZALCÓATL

In document LeyendasTomo II (página 75-82)

Hace como mil años que apareció entre los antiguos indios de nuestro país un personaje misterioso cuya procedencia jamás se supo de un modo verdadero, pues la única noticia que de él se tuvo fue que apareció por el mar.

Era, pues, un extranjero. Las crónicas antiguas lo pintan diciendo que “era hombre blanco, crecido de cuerpo, ancha frente, los ojos grandes, los cabellos largos y negros, la barba grande y redonda”.

Se presentó en una ciudad llamada Tolan (Tula), siendo muy bien recibido por el rey y los vasallos.

Quién sabe cómo se llamaría. Pero él adoptó el no mbre de un dios antiguo, llamándose Quetzalcóatl, que quiere decir “culebra de plumas de quetzal”. Con este nombre indígena ha pasado en la tradició n y en las crónicas hasta nuestros días.

Era un hombre muy inteligente y entendido en muchas artes y ciencias, por lo cual muy pronto lo tuvieron los toltecas (así se llamaban los habitantes de Tolan) en grande y merecida estima.

Era enemigo de los sacrificios humanos. Apenas si consentía en que mataran en los altares de los dioses culebras y mariposas; pero decía que la mejor ofrenda a la divinidad co nsistía en pan, flores y perfumes.

Era modelo de buenas costumbres. Su vida toda se nos presenta como un dechado de pureza y ho nradez.

Tanto le respetaban y veneraban, que hasta los enemigos del reino iban en peregrinación a visitarlo y co nsultarle.

Cuentan que él enseñó a los toltecas el oficio de la platería y a labrar las piedras preciosas.

Acumuló inmensas riquezas.

Tenía casas de plata, de esmeraldas, de turquesas, de concha, de corales y de plumas finas. En ellas oraba, ayunaba y hacía penitencia.

Llegó a ser un sacerdote, un pontífice.

Su permanencia en Tolan marca una época de prosperidad para todo el reino. Fue la edad de la abundancia. Las calabazas eran muy gordas, de una braza en redondo, las mazorcas eran tan grandes que una sola tenía que llevarse abrazada. Las verdolagas crecían co mo árboles. El algodón nacía de todos colores. Y había aves de todas clases, de pluma rica, y de cantar dulce y melodioso.

Quetzalcóatl, al oponerse a los sacrificios humanos, no hacía más que co mbatir la religión nacio nal. Tuvo muchos discípulos que adoptaron sus doctrinas, creyendo en él; pero se concitó también muchas enemistades: los sacerdotes estaban en su contra y le odiaban.

No se presentaba en público, pues casi siempre se hallaba en silencio y retiro, bien guardado en las sombras de sus casas de oració n, en donde había puesto, para evitar lo distrajeran, a unos pajes y lacayos que tenían especial cuidado en abrir y cerrar las habitaciones y salas de oficios.

Sin embargo, los dioses antiguos, viendo en él a un enemigo formidable que estaba ganando mucho terreno, procuraron perturbarlo y hacerlo pecar como Yappan. Si nada habían logrado hasta ento nces, de debía a que no habían puesto toda su diligencia en la lucha.

Congregados en lo alto de los cielos, discutieron el plan de campaña.

– Tú, - le dijeron a Tetzcatlipoca -, te encargarás de mortificar, burlar y escarnecer a ese sacerdote extranjero llamado Quetzalcóatl.

Tetzcatlipoca bajó ento nces a la tierra por el hilo de una araña y se presentó disfrazado de forastero en una de las casas de retiro de Quetzalcóatl.

– Comenzaré por burlarme de él –, se dijo para sí el dios.

Y se anunció pidiendo audiencia.

– Decid al gran sacerdote que aquí está un forastero que desea hablarle. Agregad que traigo un retrato suyo que enseñarle.

Después de dos recados logró ser introducido a presencia del sabio.

– ¿De dónde vienes, forastero? – Vengo de Nonoalco.

– ¿Estarás muy cansado? Siéntate; bienvenido seas. ¿Cuál es mi imagen? Muéstramela para que yo la vea.

Tetzcatlipoca sacó un espejo y se lo presentó diciéndo le:

– Reconócete, señor.

Quetzalcóatl se contempló un instante y arrojó con espanto el espejo. Se había visto la cara toda llena de arrugas y llagas.

– ¿Cómo es posible que me vean los toltecas con calma? ¿No deberán con razón huir de mí? ¡Mi figura es espantosa! ¡Ya nadie me verá; aquí permaneceré encerrado para siempre!

Tetzcatlipoca, al oír esto último, se desconcertó un poco, pues comprendió que no logr aría que en esas fachas se presentase en Tolan, que era su propósito, pues quería escarnecerlo.

Llamó a unos artistas muy hábiles, y en un santiamén lo transformaron en todo un buen mozo. Concluido el aseo, le presentaron el espejo y sonrió de satisfacció n. En co nsecuencia decidió mostrarse en público.

Y se encaminó a Tolan.

Tetzcatlipoca se fue a un pueblo y mandó cocer quelites, tomates, chiles, ejo tes y elotes; mandó sacar pulque de unos buenos y finos magueyes y guisar una sabrosa y apetitosa co mida.

Dirigióse también a Tolan, aco mpañado de algunos dioses.

Llegados allí, suplicaron les permitieran ver y hablar a Quetzalcóatl. Después de cuatro recados consiguieron entrar.

Lo saludaron y le ofrecieron galantemente la co mida que llevaban preparada.

El sacerdote comió con gran co ntento. El chile estaba muy picoso, pero sabroso.

– Bebed pulque –, le dijeron los visitantes.

– Estoy enfermo y me puede hacer daño –, respondió él.

– Tomad aunque sea un poquito, señor. Está muy fresco y agradable. – ¡No, no! Me puede hacer perder el juicio y hasta matarme.

– Todo lo contrario, ¡oh sabio sacerdote! Probad aunque sea con el dedo; veréis qué delicioso es y cuan fortificante; os dará ánimo y restaurará vuestras fuerzas.

Quetzalcóatl probó al fin co n el dedo.

– Es verdad que está bueno – dijo –. Servidme, pues, un poquito.

Tomó y vo lvió a to mar, y así hasta por cinco veces. Se sintió lleno de vigor y alegría, imaginándose joven.

Ellos to maron y se embriagaron todos.

– ¡Oh sacerdote sabio! – dijéronle –. Cántanos un cantar.

Quetzalcóatl, que estaba beodo, cantó de esta manera:

Dicen que voy a dejar mis casas de plata y oro ¡Bah! ¡Yo nunca mi tesoro he pensado abandonar!

En medio de la borrachera y el placer, se acordó de una bella señora, amiga suya, y la mandó llamar.

Llegó ella y también bebió pulque hasta embriagarse.

Quetzalcóatl, cada vez más entusiasmado, volvió a levantar su canto diciendo:

¡Este sabroso licor bebamos, esposa mía! ¡Él aumenta mi alegría, él reverdece mi amor!

Perdida ya la razón, los dos hablaron y cantaron disparates.

Cayéronse al suelo sin sentido y se durmieron.

Pero al día siguiente, al despertar, recordaron los dos las torpes escenas de la víspera. Se pusieron tristes y su corazón se comprimió de vergüenza y de pesar.

Quetzalcóatl dijo: “Me he embriagado, he delinquido: nada podrá borrar la mancha que ha oscurecido mi nombre y mi sacerdocio”.

Y se puso a entonar un canto de profunda tristeza.

Sus remordimientos fueron muy grandes, su angustia no tenía límites. Nadie se atrevía a consolarlo ni a alentarlo. Lloró amargamente.

– Es preciso que yo me vaya de Tolan – dijo un día –. Aquí no puedo vivir más.

Mandó hacer un sepulcro y se acostó en él por cuatro días como un muerto. Melancó licos pensamientos le acompañaron en aquel fúnebre retiro: quería tener la imagen de la muerte.

Salió y dispuso su viaje.

Enterró sus riquezas, quemó sus casas, dio libertad a los pájaros y precedido de músicos flautistas para entretener la pena, se alejó para siempre de la ingrata ciudad.

¡Había vencido Tetzcatlipoca!

Por el camino iba obrando prodigios. Tiró piedras a un árbol y las hundió en el tronco. Se sentó en una piedra y dejó en ella señalado su cuerpo y manos. Disparó una flecha a un pochote (ceiba) y atravesó el tronco con ella. Jugó pelota y rayó el suelo; la raya se convirtió en barranco.

Al pasar por la Sierra Nevada, por entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, se le murieron de frío sus compañeros y discípulos.

Se detuvo veinte años en Cholula. Pero también de allí se fue triste y desalentado.

Llegó al mar, y vio en el agua su imagen, que tadavía era hermosa.

Encendió una grande y poderosa hoguera.

La hoguera estaba en toda su fuerza con altas llamas.

Y en ella se arrojó valerosamente para morir...

Las aves más hermosas acudieron a presenciar el sacrificio de aquel hombre misterioso y bueno, de aquel sacerdote sabio que había huido de Tolan, la ciudad ingrata...

Allí estaban los pajaritos rojos, los azules, los tornasolados, los verdes, color de esmerald a, y los amarillos, color de oro. Acudieron también los pajaritos cantores, y gorjearon de tristeza...

Luego que en la hoguera no quedaron más que llamas, cuando Quetzalcóatl quedó completamente consumido, las cenizas de su corazón se agitaron, se removie ron con un temblor extraño y se abrieron suavemente para dar salida a una cosa que resplandecía, ¡a una estrella!

¡Su espíritu se había convertido en astro!

La estrella subió, subió majestuosamente como un globo de diamante y se pegó en el cielo.

¡Aquella estrella fue el lucero de la tarde!

Así acabó su vida aquel extranjero misterioso que vivió entre los toltecas y que dejó esta profecía:

– “Andando el tiempo, vendrán por la mar, por donde sale el sol, unos ho mbres blancos y barbados como yo, derribarán los dioses y serán los señores de estas tierras”.

In document LeyendasTomo II (página 75-82)