Es noche de plenilunio.
La linajuda ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato se baña con luz de luna, para que sus embrujados callejones luzcan su belleza escondida.
La campana mayor lanza su quejumbre de bronce anunciando el toque de silencio. Es la hora propicia para que la abuela relate leyendas de fantasmas y aparecidos, y se rece el rosario de las Ánimas.
La ronda pasa por la calle Real, provista de su farol de mecha, y de tiempo en tiempo anuncia las horas de la noche. El silencio es solemne, enmarcado en la pálida blancura de la luna.
De repente, la soledad se llena de música tenue y arrobadora que lanza sus notas armoniosas en el callejón más estrecho de Guanajuato. Un laúd y un salterio se quejan al pie de una ventana llena de tiestos floridos. Una voz varonil canta una endecha, con acento apasionado.
A la luz de la luna se destacan las figuras de tres jóvenes embozados en sus capas, que han ido a ofrecerle serenata a la criolla más hermosa de Guanajuato. Se llama María Teresa, de ojos gitanos, en cuya mirada se despiertan las auroras y se aduermen los ocasos. Sus dieciocho años de vida le dan ese derecho de lucir su belleza con la arrogancia de su coquetería que es natural en toda mujer bonita.
El enamorado que ha ido a cantarle, acompañado de sus dos amigos, se llama Alfonso, es el primogénito de un rico minero que atesora sus caudales de miles de doblones en viejos arcones de hierro. Todas las noches en la solitaria callejuela, se escucha esa música al pie de la ventana de María Teresa, quien la recibe conmovida oyéndola detrás de las cortinas... Música deliciosa que la hace soñar en divinos idilios y dulces esperanzas, que han de trocarse en realidad para cuando tenga la dicha de poder concederle la primera cita de amor.
Pero esa noche, después de que se apagan las notas de la canción, se entreabre la ventana y aparece el rostro angelical de ella. Don Alfonso se le acerca y le declara su cariño... Tantas noches
Ella es huérfana y está amparada con una tía que se desvive por complacerla en todo. Ella se imagina que es a María Teresa a quien le llevan música todas las noches, y desde luego le ha advertido que debe ser cauta para corresponderle a don Alfonso, porque se trata de un hombre rico, y ellas no igualan en fortuna. No obstante eso, las relaciones se formalizan, y noche a noche los idilios se suceden.
A María Teresa la pretende un militar que ha jurado hacerla suya cueste lo que cueste. Se llama Fernando, y es Alférez del Regimiento Provincial que resguarda la Alcaldía de Guanajuato. Pero ella esquiva todo contacto con él, porque no lo quiere.
Un poco más debajo de donde vive la hermosa muchacha de ojos gitanos, habita en un cuartucho una mujer a quien apodan “La Coyota”, porque se dedica a conseguir mujeres fáciles y a llevar y traer mensajes amorosos a quienes solicitan sus servicios. El Alférez la conoce, y desde luego la contrata para que lo tenga al tanto de las entrevistas de don Alfonso y María Teresa, quienes cada día se quieren más. El militar no acepta esos amores, y cuando comprende que es imposible poseer ese cariño, urde vengarse. Le paga con esplendidez a “La Coyota” para que los espíe de día y de noche, mientras él busca la forma de perjudicarlos.
Días después, su padre le ordena a don Alfonso que debe realizar con urgencia un viaje a la Villa de Guadiana de la Nueva Vizcaya, donde también tiene negocios mineros, y su presencia es indispensable. Acuerdan la fecha en que debe partir, y se hacen los preparativos. Hay que salir muy de madrugada, pero ante todo, tiene que despedirse de María Teresa.
La víspera del viaje, ha llovido a cántaros todo el día, y por la noche sigue una lluvia tupida y pertinaz, que no deja transitar a nadie por las calles. Pero urge salir a las tres de la mañana porque así lo requiere el caso. A las doce en punto don Alfonso se encuentra frente a la ventana de su prometida. Va envuelto en una capa española para evitar que el agua lo empape... Se acerca a la ventana y da tres golpecitos en la madera. Enseguida aparece María Teresa, notándole en su rostro resplandeciente de belleza, cierta expresión de tristeza, porque va a marcharse lejos de ella el hombre que es la adoración de su vida.
Los momentos corren deprisa, pero ellos están embelesados con las palabras que se dicen y las caricias que se prodigan... Pero llega el instante de la separación, como son todos los instantes que anteceden a las despedidas: dolorosas y estrujantes.
Por primera vez, don Alfonso le pide un beso, y María Teresa toda ruborosa, se lo concede... Es el primer hombre que la besa en su vida, con un beso divino y fascinante, donde se ha desbordado
todo el amor que se profesan. Es caricia que estalla en estremecimientos, para sellar una pasión eterna.
– Que este beso sea el juramento que me haces, de no querer a nadie más que a mí.. . Prométeme que esperarás mi regreso, para unir nuestras vidas para siempre -, le dice él.
– Te lo juro, por este amor que te tengo y que es ya tuyo -, le contesta ella.
La lluvia sigue cayendo sollozante y monótona...
– Dime adiós con tu mano. Quiero llevarme la caricia de ella impresa en las mías... – y María Teresa la coloca entre las de él, que la llena de besos.
– Entumida de frío por la lluvia está –, le dice. Y la coloca encima de su corazón.
Al separarse, don Alfonso queda esperando que ella cierre la ventana.
Los heliotropos y los jazmines exhalan su perfume, como despidiéndose de él.
Al iniciar su regreso, advierte que cuatro sombras se dirigen a su encuentro, estorbándole el paso... Apenas tiene tiempo de sacar su espadín, cuando se le van encima con sus aceros descubiertos, entablándose un duelo desigual. Luchan con violencia. Las espadas al chocar producen un ruido lúgubre de muerte, y al final, rueda un hombre agonizante.
Clarea la mañana. La lluvia ha cesado, pero antes, ha lavado la sangre del empedrado. En el cielo quedan jirones de nubes arropando los tintes de una aurora opalina. Las golondrinas cantan en el alféizar de la ventana donde hubo besos y despedida.
María Teresa ha despertado, su primer pensamiento vuela en pos de don Alfonso, que tal vez a esas horas va galopando por la campiña rumbo a la Villa de Guadiana... A su recuerdo enciende una lamparilla de aceite para que alumbre la imagen de la Guadalupana, que ha de cuidarlo en su camino, y para que lo traiga pronto.
Han transcurrido lentos seis meses, y María Teresa no recibe noticias de su ausente. Tal vez sus ocupaciones no le permiten escribirle, pero abriga la esperanza de que pronto regresará.
dolor y desesperación. Cree que la pena la matará si él no regresa, porque no podrá soportar esa tragedia.
El padre de don Alfonso igualmente recibe la noticia de la muerte de su hijo, y ordena que dos de sus criados más fieles se trasladen a aquella lejana provincia para recabar informes.
La tía le propone a María Teresa que viajen a la capital de Nueva España, para que el cambio de lugar mitigue un poco su dolor. Así lo hacen, y se radican en aquella ciudad durante veinte años, en cuyo transcurso de tiempo muere de tristeza el padre de don Alfonso, sin poder aclarar el misterio de la muerte de su hijo.
Pasados esos años, un día María Teresa y su tía regresan a Guanajuato. Hay en ella cierta resignación. Su cabello pinta canas, y arrugas prematuras surcan su rostro, pero su belleza persiste a pesar de todo lo que ha sufrido.
Don Fernando, el Alférez, al saber el regreso de María Teresa, vuelve a pretenderla; y ante la imposibilidad de recuperar el cariño de don Alfonso, le corresponde al militar. Con este triunfo, él le ofrece matrimonio, y al aceptarlo ella, se fija la fecha de los esponsales.
La noche víspera del matrimonio, cuando María Teresa tiene en su casa el vestido blanco de novia que ha de lucir al día siguiente, llaman a su puerta. Es una mendiga la que la busca. La hace entrar, y en la penumbra de la sala, le confía su secreto. Le relata que, en sus años de pecadora la llamaron “La Coyota”. Que ella sabe quién mató a don Alfonso su prometido. Fueron cuatro soldados del Regimiento que comandaba el Alférez don Fernando. Que una noche lluviosa lo asesinaron a estocadas en ese callejón, después de la última entrevista... Que el cuerpo morib undo de don Alfonso fue escondido en la casa de “La Coyota”, hasta que falleció; habiéndolo sacado después para llevarlo a la mina de Maravillas, donde fue arrojado en el socavón... Que el Alférez fue el autor de ese crimen...
Cuando la vieja mendiga terminó su relato, desapareció en la oscuridad de la callejuela.
Con esa confesión, María Teresa revivió sus momentos de felicidad y sus años de tortura. Volvió a sentir todo el mal que le había hecho el destino y don Fernando. Anonadada quedó en un sillón, con la vista fija en la ventana donde había recibido el primer beso de su vida, y había jurado fidelidad en aquella noche lluviosa...
Sería la medianoche, cuando vio junto a ella una sombra. Creyó que era una alucinación motivada por su estado de ánimo provocado por la impresión del sufrimiento que le renacía. Pero aquella sombra le habló:
– María Teresa, vas a quebrantar el juramento que me hiciste aquella noche al darme un beso, de que no serías de nadie más que mía... Recuerda, que desde la eternidad te sigo amando y no permitiré que seas de nadie. Vengo por ti...
María Teresa quiso detener esa sombra que le hablaba, para irse con ella al más allá, porque reconoció que era don Alfonso que volvía.
Al levantarse del asiento para seguirlo, cayó al suelo, insensible, invadiendo a su cuerpo un temblor que la hacía estremecer.
A la mañana siguiente, cuando la tía fue a despertarla para avisarle que allí estaba su prometido para ultimar todos los detalles del matrimonio que se celebraría ese día enel templo de San Diego de Alcántara, la encontró muerta. La sorpresa que le causó la confesión de “La Coyota”, de que el Alférez con el que se iba a desposar era nada menos que el autor del asesinato de don Alfonso, victimado frente a la ventana de su casa, fue lo que había motivado la muerte fulminante de ella, cuyo secreto se llevó a la tumba.
El paso de los años fue borrando esa tragedia, pero como todos los dramas que trascienden al pueblo, toman el camino de la tradición y laleyenda, los vecinos de ese lugar aseguraban que en las noches de plenilunio del mes de enero, escuchaban una música deliciosa y fascinante, y en las noches lluviosas de junio veían cinco espectros con figura humana que luchaban con sus estoques, y al desvanecerse en las sombras esos fantasmas, quedaba flotando en el ambiente el eco doloroso de un lamento que exhalaba un cuerpo herido.
Después, el silencio de la noche envolvía la callejuela.