Antigua leyenda tarasca originada en lo últimos años del siglo XV en la región conocida ahora como Cutzamala de Pinzón, que posteriormente pasó a depender de Tenochtitlán.
Eréndira era una bellísima doncella purépecha de larga cabellera negra, dientes pequeños y blancos, sonrisa de sana picardía y andar cadencioso que derramaba a su paso los perfumes de la juventud. Estaba enamorada de un joven llamado Cuautli, originario del poblado de Temazcaltepec. Cuautli también amaba a la hermosa Eréndira y habían formalizado el compromiso. Él construía una casa en su poblado y cultivaba grandes tierras obtenidas con el producto de algunos años de trabajo.
En el cielo, el dios Apatzi estaba celoso de ese amor y deseaba poseer a la bella joven. Apatzi ordenó a Ticatame, rey de Cutzamala, sacrificar a Eréndira en su honor, para así satisfacer su apetito insano. Ticatame tenía que acceder a los deseos de este poderoso dios, pues si le contrariaba podría provocar terribles enfermedades que diezmarían a la población o iniciaría guerras con pueblos vecinos.
Antes de efectuarse el sacrificio, Eréndira bailó una danza desconocida hasta entonces por los habitantes de la región, quienes habían acudido a observar la ceremonia. Los movimientos gráciles de la joven purépecha despertaron la admiración de los espectadores, que arrojaban flores y quemaban incienso para agradecer el sacrificio.
Terminada la danza, el sacerdote encargado de extraer el corazón a la víctima para ofrecérselo al dios Apatzi, pronunció un terrible sermón en el templo. Mencionó que pronto vendría gente de lejanas tierras a someterlos y hacerlos prisioneros. Todos escucharon, pero no con la suficiente atención.
La profec ía se cumplió transcurridos cinco lustros. Les arrebataron sus tierra, sus mujeres y su libertad.
Eréndira fue sacrificada en la piedra que servía para ese fin; Apatzi estaba ahora satisfecho, la hermosa mujer había sido ofrecida en su honor.
Dos noches seguidas, Cuautli lloró ante el cuerpo de su amada, cubriéndola con besos. Al tercer día, cuando la gente fue a la piedra de los sacrificios para darle sepultura a la joven, miró, no sin estupor, que junto a ella crecían abrazados un delicado lirio y un fuerte rosal. No eran más que las almas de Cuautli y Eréndira.
ERÉNDIRA
(LEYENDA DE LOS TARASCOS)
Cuenta la leyenda que hubo en algún tiempo un lugar donde el aire que se respiraba era limpio y donde se mirara se encontraba uno con hermosos paisajes, y aquellos que vinieron al comienzo de los tiempos se maravillaron con aquel lugar y vivieron ahí desde siempre e hicieron su ciudad junto a un gran lago.
Otras culturas llamaron a este lugar Michoacán, que significa”tierra de pescadores”, y a sus habitantes, michoacanos, y vivieron ahí por largas generaciones. Los michoacanos vivían en comunión con su entorno y desarrollaron su cultura, engrandeciendo su país, construyendo día a día su ideología. El tiempo pasó, vinieron monarcas nuevos y monarcas malos, guerras, hambres y tiempos de opulencia, y llegaron noticias con los mensajeros de la Tenochtitlán, de invasores venidos de tierras más lejanas de donde el cielo y la tierra se hacen uno, que hablaban del terror de ver al imperio más grande resquebrajarse frente a sus ojos, cómo el ejército inigualable era vencido y la sangre de una de las culturas más grandes estaba vertida sobre las ruinas que fueran la gran Tenochtitlán.
Los jóvenes michoacanos estaban dispuestos a luchar sin tregua a defender su suelo, el país que les pertenecía, en donde los hombres eran libres y las águilas volaban, mas ¿de qué servía un ejército resuelto a morir por su patria si el rey temblaba frente al enemigo? Tzimtzicha era considerado un monarca débil y cobarde, por esto la confusión reinaba en el país. ¿Repetiría Tzimtzicha el error del débil Moctezuma y se rendiría frente a los invasores? ¿O seguiría el ejemplo de Cuauhtémoc y los combatiría? Hernán Cortés había oído hablar de las riquezas que había en Michoacán y mandó a sus mensajeros a hablar con el monarca michoacano, persuadiéndolo a rendirse y reconocer al rey de Castilla. Tras realizar la misión que les fuera encargada, los mensajeros regresaron con la repuesta de Tzimtzicha, quien ofrecía su amistad y obediencia a Hernán Cortés, y un cargamento de presentes para éste, a cambio de un enorme perro lebrel, propiedad de un español llamado Francisco Montaño. En Michoacán se sentía en el ambiente la desolación, la duda se reflejaba en todos los rostros, en los jóvenes ardía el patriotismo, y los viejos estaban resignados pues sabían que un rey como Tzimtzicha, sin ambiciones,
los llevaría a un fin catastrófico como el de los mexicanos. Pero en medio de la confusión hubo una mujer que se alzó por su coraje, ya que guardaba dentro de sí un amargo odio hacia los españoles. Ésta era la hija de Timas, el principal consejero del rey: “Y la llamaron Eréndira, que significa risueña, pues su constante sonrisa imprimía un sello de malicia y burla”. Muchos guerreros codiciaban a esa hermosa virgen morena, mas ninguno conseguía de ella mas que una sarcástica sonrisa. Uno entre ellos, Nanuma, el jefe de todos los ejércitos, estaba enamorado de ella, y la amaba con el amor más puro, no sólo porque fuera bella, sino por la gran inteligencia e ingenio de ésta. Pero Eréndira no amaba a nadie y esto era debido a que tenía un amor más grande que cualquier otro: amaba los llanos, amaba las montañas de su Michoacán, amaba su aire y su cielo, sus lagos y sus campos. Nanuma le hablaba de amores:
– Dime, ¿Por qué no comprendes que soy quien más te ama en el mundo? – Porque no quiero tener dueño – respondía la doncella con su sonrisa irónica.
– ¡Oh siempre desdeñosa, siempre con esa eterna sonrisa altiva en los labios! – contestaba Nanuma.
Mas ¿cómo podía pertenecerle a alguien más de lo que le pertenecía al viento y a los árboles?, ¿para qué jurarle a alguien un amor eterno si ya le había jurado a su patria defenderla?, ¿cómo entonces podía olvidarse de esa tierra que tanto amaba?
Días después un acontecimiento hizo al pueblo olvidarse de las dudas, aunque según el pidecuario, ritual de los sacerdotes tarascos, no había ninguna fiesta por esas fechas; se celebraría un acto solemne a Xaratanga, vengativa e inexorable diosa de la luna, en el gran templo. Llegó entonces la hora que los tarascos llamaban Inchantiro, la hora en que el sol desaparece debajo del horizonte, y la luna se levantó como un gran disco hasta llegar a su lugar debido y se presentó entonces en todo su esplendor. Mientras, las quiringuas dejaban oír su melancólico canto. La gente se apiñaba en silencio, cuando el rey y su comitiva hicieron su entrada y tomaron asiento, un sacerdote entró en el santuario. Un grito jamás oído antes desgarró el silencio de la noche, llenando los corazones de todos los presentes de terror, los discordantes alaridos resonaban intermitentemente. El sacerdote volvió a salir y le seguían cuatro guerreros que llevaban
hocico vertía espuma, cuando la luna se ostentaba ya arriba del horizonte cesaron los ladridos y pusiéronle los sacerdotes en la piedra de los sacrificios; el sacerdote pálido sacó su cuchillo labrado de obsidiana y jade, lo hundió en el pecho de la bestia y rápidamente sacó su corazón.
Eréndira se volvió hacia Nanuma y le dijo:
– ¡Hoy es la bestia y mañana serán los españoles los que mueran así!, entonces yo seré tu esposa.
Nanuma difícilmente podía creer lo que había escuchado. Eréndira se encargó de infundir valor a las princesas y a los capitanes del ejército burlándose de los españoles, sembraba en cada persona que la escuchaba, el patriotismo que ardía en su ser. En una ocasión que pudo hablar con Nanuma le dijo:
– Tú eres el que derrotará al ejército de los invasores y cuando regreses victorioso, yo seré tu recompensa.
– ¿Y si fallo? – preguntó el guerrero.
– Iré a llorar sobre tu sepulcro y sembraré en tu yácata las más hermosas flores de nuestros campos.
Esta idea hizo temblar a Nanuma.
– No te preocupes entonces, que yo lucharé hasta morir.
– No nos rendiremos, porque somos más grandes y fuertes, ¿No nos han protegido los dioses siempre? ¿No vencimos con ingenio las dos veces que los mexicanos quisieron conquistar este país? ¿No es verdad acaso que Curícaueri al principio de los tiempos hizo el hombre de barro, mas éste se desbarató al entrar al agua, no lo reconstruyó entonces de ceniza pero queriendo que tuviera más consistencia, no formó a nuestros hombres de metal? ¿No son tus guerreros de metal, Nanuma? ¿No se convertirán en mujercitas al enfrentar a los invasores? No tengas piedad entonces Nanuma cuando estés allá en el campo de batalla, pues sé que eres tú el más valiente de los guerreros y llevarás a nuestro ejército a triunfar sobre los invasores y resguardarás la grandeza de nuestro imperio.
Una mañana marcharon las tropas del ejército michoacano por las calles de Tzintzuntzan, a la vista de Tzimtzicha, quien estaba inquieto por el resultado de la guerra que aquel
ejército estaba a punto de iniciar. Hernán Cortés envió a su ejército a encontrarlos, comandado por su más valiente capitán Cristóbal de Olid. La guerra se desencadenó en la ciudad de Taximora que había sido tomada por el ejército tarasco, quienes c aían valientemente frente al hierro del enemigo. Aquellos que no se sacrificaban en la lucha desigual quedaron mudos de espanto al oír los disparos de los españoles y emprendieron una vergonzosa fuga para lograr su salvación.
Nanuma y otros nobles fueron los mensajeros de la vergonzosa derrota. Eréndira decepcionada se volvió sin evitar que dos lágrimas se derramaran sobre su mejilla. En vano quiso Nanuma hablar con Eréndira.
– Dime entonces, ¿qué debía hacer?
– ¡Morir!, los españoles te enseñarán pronto el oficio de los hombres que no saben morir por su patria.
Timas habló entonces a los hombres que lo rodeaban, y aquellos que estaban decididos a defender su patria hasta la muerte, juraron hacerlo y armándose de hondas y flecha fueron al templo. A las mujeres y a los niños se les ordenó huir a los montes, mientras tanto ellos esperaban la venida de los invasores. Cristóbal de Olid y su ejército entraron a la ciudad, mientras que un millar de hombres comandados por Timas esperaban en el templo, Tzimtzicha se había rendido ya ante Olid cuando el grito de guerra se oyó en toda la ciudad. Heróicamente lucharon Timas y los defensores del templo, mas el enemigo era por varios miles más numeroso. Cristóbal de Olid envió al combate a todas sus huestes que barrieron con todo lo que quedaba de los purépechas, algunos lograron escapar huyendo hacia el monte. El ejército de Cristóbal de Olid revisaba los cuerpos buscando los cadáveres de los españoles. El manto de la oscuridad se fue disipando hasta la llegada de la luz, que dejaba ver la ruina. El suelo estaba tapizado de muertos en su mayoría de purépechas, junto con mexicanos y tlaxcaltecas que venían con los españoles y los cadáveres de estos últimos; había llegado el ocaso de una de las culturas más grandes de América, tras la muerte valiente de los michoacanos. Quizás en algún futuro, los descendientes de aquellos valientes hombres conocerían la razón por la que perdieron la vida por un pedazo de tierra donde vivían libres, quizás sabrían de la grandeza de
Estado del centro, limita con el Estado de México y el Distrito Federal al Norte, con el estado de Guerrero al Suroeste, y con el de Puebla al Sur y al Este. La capital es Cuernavaca, con 338 706 habitantes. La población total del estado es de 1 555 296 habitantes (2000).
Ocupa parte de la vertiente sur de la sierra Volcánica Transversal, descendiendo hacia el sur hasta las primeras estribaciones de la sierra Madre del Sur. El relieve está escalonado, entre alturas que van de los 5 400 m, en el extremo norte, a los 800 metros en los valles. Esto hace que haya grandes diferencias climáticas, desde el frío intenso de las montañas del norte hasta el subtropical de las tierras más bajas. Las lluvias no son abundantes y las temperaturas medias son de 15 grados en Cuernavaca y 22 grados en los valles. Abundan los bosques de coníferas en las sierras del estado.
La economía depende básicamente de la agricultura, con cultivos de arroz, caña de azúcar, maíz, trigo, hortalizas, frutales y café, flores para exportación. También tiene importancia la ganadería (bovinos, porcinos, ovinos y caprinos). La industria se desarrolla lentamente; lo más relevante es el sector textil, los ingenios azucareros, los productos químicos, sector automovilístico y el cemento. Hay numerosos balnearios termales y su capital es visitada por el turismo nacional y extranjero.
EL TEPOZTECO
A pocos kilómetros de Cuernavaca, Morelos, se encuentra el pueblo de Tepoztlán. Lo ampara un cerro abrupto y alto cortado a tajo, de una conformación geológica muy imponente por su elevación y por el aspecto de sus peñas, que simulan torres de castillos ruinosos, estalagmitas enormes y columnas fantásticas, sobre cuyos vértices tejen las nubes sus algodones cardados y transparentes que vienen y van.
Existe una leyenda indígena sobre aquel paisaje espléndido en la que se combina la magia y el milagro de sus personajes.
En los adoratorios que en la cima del monte existían en la antigüedad, había hace unos mil años una doncella nativa encargada de atender un teocalli consagrado a uno de los dioses de los Náhoas.
La joven india era distinguida y pura, ya que sólo se admitía allí a mujeres de cierta alcurnia como la misma hija de Moctezuma.
A aquella virgen selecta, estando un día activa en tales menesteres, se le rompió un collar y de él se le desprendió una cuenta que recogió en seguida introduciéndosela en la boca mientras acababa sus labores y reparaba el collar. Pero en un descuido se tragó la cuenta, y por obra de gracia y predestinación, al poco tiempo se sintió encinta.
Preocupada por su honor de tal manera comprometido, y no queriendo ser víctima de la maledicencia, pues era una muchacha incorruptible, pensó cómo haría para librarse de la vergüenza que la esperaba. No atreviéndose a matar al hijo cuando nació, lo fue a depositar en un hormiguero cercano; pero las hormigas, lejos de devorar al recién nacido, lo atendían y alimentaban solícitas, lo cual sorprendió a la madre cuando fue a ver al hijo afrentoso al otro día de haberlo depositado allí. Lo tomó entonces en brazos y lo llevó a su casa; lo metió en una caja de madera y lo llevó a una barranca, esperando que al llover aquella noche, el hijo fuera arrastrado por la corriente. Mas no llovió y la caja amaneció seca a la orilla del arroyo. Un matrimonio indígena que subía a buscar leña escuchó en el
fondo del barranco los llantos del pequeño y se alegraron de aquel hallazgo, porque la pareja deseaba tener un hijo y los dioses se los habían negado.
Cargaron con el niño y lo llevaron a su casa, recreándose en verlo crecer. Cuando empezó a hablar, el hijo adoptivo no quiso llamar padres a sus protectores, sino que, inexplicablemente, les decía abuelos en la lengua nativa; es decir, coltzin al señor cohtzin a la señora. Interrogado de por qué les llamaba así, el prodigioso niño les contestó, como si adivinase, que ellos no eran sus padres, que ellos lo habían recogido en una barranca donde su madre lo arrojara y que, por lo mismo, les daba título de abuelos, en son de gratitud.
No salían los adoptivos padres de su sorpresa y observaban cuidadosamente al niño inquietante, cuando se reveló el segundo prodigio de su vida, en que ya se presentaba, de hecho, lo maravilloso.
En el entonces reino de Xochicalco, próximo a Cuernavaca, había un monarca furibundo que era antropófago, y que exigía cada año un anciano a cada pueblo de los alrededores para devorarlo. Habiendo tocado al abuelo del niño el turno de aquel sacrificio, cuando era precisamente la autoridad de Tepoztlán, el bravo chico se indignó, y pidió al abuelo que no se preocupase, que él iría en su lugar a ver al rey, a ver si se lo comía. Al otro día el muchacho partió a conocer al rey antropófago de Xochicalco, encargando al abuelo al despedirse que se fijara bien desde el cerro, al declinar el sol, si aparecía en el cielo una nube negra o blanca. Si negra, sería señal de que el rey lo había devorado; pero si la nube era blanca, podía estar seguro de que había ganado la partida al terrible monarca, salvándose de su voracidad.
Al atardecer los abuelos vieron una enorme y consoladora nube blanca.
El muchacho había hecho algo increíble: cuando se presentó frente al rey lo retó a que lo devorara. El poderoso señor se enfureció ante tal audacia, diciendo que era poca cosa para él y que necesitaba más carne, más hombre para saciar sus apetitos. Y tanto le irritó el desplante del joven, que lo mandó a echar vivo a una enorme olla para que lo cocieran.
veces, pero el chico se transformaba en diferentes animales: serpiente, tigre, etcétera. Era imposible acabar con él. En un arrebato de coraje, el rey lo tomó por debajo de los brazos y lo ingirió desnudo en unas cuantas tarascadas, al volver travieso y provocativo de sus transformaciones. Pero el muchacho, una vez en el vientre del tirano, le causó tremendos dolores, y sacando una punta de obsidiana que llevaba oculta en la mano cerrada, rasgó las tripas y la piel del déspota y salió riéndose, sin que nada le aconteciera mientras el rey moría de las heridas y sus cómplices y favoritos echaban a correr espantados.
La hazaña del niño de Tepoztlán fue sabida por los indígenas de las comarcas inmediatas, y ellos empezaron a tenerlo por taumaturgo maravilloso y terrible mientras él, victorioso, volvía al lado de sus abuelos.
Como al llegar a su casa vio que en ella faltaba qué comer, pidió al abuelo un arco, requirió unas flechas, que en náhuatl tienen un bonito nombre, mitl y apuntando a la cercanía disparó y empezaron a caer venados, liebres y aves; con ello hubo abundancia de provisiones en el hogar.
Los abuelos quedaron pasmados del poder mágico del niño cazador.
También dice una leyenda que con sólo verter el agua de su calabozo, el muchacho tepozteco abrió la barranca de Guadalupe en Cuernavaca a fin de cortar el paso a sus enemigos que lo perseguían, entre los cuales iban los gigantes de Oaxtepec.
Las otras dos barrancas profundas que rodean a este caluroso estado de Morelos también fueron abiertas, según las creencias, por él, con orinar en otra ocasión que le perseguían, huyendo hacia los cerros, desde donde desencadenó una tormenta que barrió a sus enemigos. Esto sucedió cuando salió del palacio de los caciques de Cuernavaca robándose un teponaztli que había en la puerta, después de insultar a los asistentes a un banquete. Él se había presentado en ese banquete disfrazado de mendigo, por lo que no fue aceptado; entonces se cambió de indumentaria y se le recibió como caballero, hecho que reprochó a los comensales, diciéndoles que rendían tributo a la vestimenta y no a la persona. Invitado a comer, se echó en la ropa el pulque –que él