5. Discusión
5.3. Cambios en el proceso terapéutico
En este estudio, tomé como referentes del proceso terapéutico la definición del problema, los objetivos y las hipótesis. La razón por la cual tomé estos elementos, es porque de acuerdo con Fisch, Weakland y Segal (1984), una adecuada definición del problema, unos objetivos conjuntos y una hipótesis con la cual se identifique el consultante, sirven para que éste reconozca a su terapeuta como terapeuta y para conseguir el cambio.
Comenzaré por señalar que al comparar los tres procesos terapéuticos por fases, noté cambios en las tres subcategorías. En cuanto a la definición del problema en el caso de Isabel y de Catalina, en la primera fase no supe cómo hacerlo y por lo tanto trabajé a partir del motivo de consulta. El caso de Milagros fue diferente, porque aunque en la primera sesión no logré hacer la definición del problema, la segunda sesión fue con supervisión en vivo y entonces, mi supervisora llevó a cabo este proceso. Sin embargo, debido a los pocos referentes que tenía para ese momento y a la lógica lineal y reduccionista desde la cual actuaba, no alcancé a comprender la definición que había hecho mi supervisora y luego, cuando yo tomé el proceso por mi cuenta, esta definición se quedó por un tiempo en el olvido. La segunda fase en los procesos coincidió con un seminario sobre terapia breve y con una supervisora formada en el MRI, por lo tanto sentí que la vida me estaba poniendo contra la pared en mi deber de aprender a definir problemas, si es que quería ganarme la vida como terapeuta. Las primeras definiciones que hice fueron informadas por una cibernética de primer orden y más adelante, en la medida que fui fluyendo con la lógica circular y con el comienzo del análisis de la información, pude redefinir los problemas sobre los cuales había trabajado en los tres procesos y este cambio fue muy productivo. Dicha redefinición del problema marca el
inicio de la tercera fase y en ella observo cómo cada vez más me acerco a una definición del problema desde una cibernética de segundo orden; en el único caso en que esto no fue posible hacerlo dentro de la investigación, fue con Milagros.
Fisch y demás autores (1984) dicen que si “el terapeuta no puede realizar una formulación clara y breve que abarque todos los elementos que intervienen en la dolencia actual (quién, qué, a quién y cómo), ello se debe a dos causas: o no posee la información adecuada acerca de dicha dolencia, o bien no ha asimilado lo suficiente dicha información” (p.92). En mi caso, considero que se pueden aplicar ambas situaciones, pero adicional a ellas, añadiría otras situaciones por las cuales un terapeuta no puede llevar a cabo un adecuada definición del problema. A saber: a) la falta de referentes teóricos que impiden comprender el marco de referencia del cliente; b) la dificultad del terapeuta para comprender la situación del cliente si es que emplea la misma lógica de éste en la comprensión de su problemática (lineal); c) la comprensión que el terapeuta tenga acerca de su rol; d) la no conciencia de emociones que dispongan a un rango de acción incompatible al necesario para llevar a cabo una definición del problema; y e) la falta de curiosidad. Todos estos elementos devienen de mi experiencia, se encuentran documentados en la sección de los resultados y los considero como un aporte para quienes forman y para quienes son formados como terapeutas sistémicos.
Mi cambio en el proceso de definir y de seguir los objetivos tuvo el mismo proceso y ritmo que el de la definición del problema. En la primera fase mi único objetivo era solucionar el motivo de consulta y en la segunda fase mis objetivos eran formulados desde una cibernética de primer orden, aunque poco a poco comencé a revisarlos en el transcurso de las sesiones. En la tercera fase, con el inició de la categorización y el análisis de la información, llevé a cabo una reformulación del problema y redefiní los objetivos, pero esta vez en colaboración con mis consultantes.
En la terapia breve estratégica los objetivos representan una exigencia pragmática importante, pues se considera que tienen la función de guiar la metodología del terapeuta (es decir la estrategia) y porque representan una sugestión positiva para el consultante, en la medida que pueden influir en el aumento de su colaboración y en la confianza que éste tenga acerca del éxito del proceso (Nardone y Watzlawick, 1999). Por su parte, las terapias construccionistas también sugieren la utilización de focos en la
conversación (Anderson, 1999). Una conclusión se saco de este estudio, es que uno de los marcadores de un contexto terapéutico es dado por la pertinencia de los objetivos, pues éstos son los motivos que unen al terapeuta y al consultante y metafóricamente hablando, son el norte hacia el cual apunta la conversación. Esto se evidencia en el no cambio de mis consultantes durante la primera y casi la segunda fase donde no tenía objetivos o cuya definición sola era dada por mí. En el momento en el que los objetivos tuvieron un sentido para las consultantes y empezaron a guiar mis conversaciones, comenzaron a darse los cambios más importantes en las problemáticas de mis consultantes.
En la subcategoría de las hipótesis noto uno de los cambios más importantes. Al igual que con la definición del problema y de los objetivos, en la primera fase del proceso tampoco tenía hipótesis que guiaran mis intervenciones. Luego empecé a usar las metáforas como hipótesis, en el sentido de poner mi comprensión del problema en palabras que lo describieran de forma tangencial. Con el paso de las supervisiones y de los seminarios, mis metáforas comenzaron a informarse de la teoría estructural y del ciclo vital y en algunos casos llegué a tomar como referencia mi experiencia. Aunque traer a colación mi experiencia no fue útil, la teoría si lo fue y se convirtió en una fuente de explicación que promovió el cambio en mis procesos. Sin embargo ésta no me incluía a mí como terapeuta y tampoco considera los tiempos y el movimiento. Para el final de la segunda fase del proceso de formación y el comienzo de la tercera algo maravilloso sucedió, mis hipótesis comenzaron a moverse, no sé bien cómo describirlo en palabras, porque siento que la linealidad del lenguaje me estanca, pero con la movilidad me refiero al ejercicio de la circularidad, a la inclusión del tiempo y del contexto, de la incertidumbre y de mí misma en la hipótesis. Más adelante, cuando comencé la categorización de la sesiones transcritas, volví a entrar en duda cuando note que había olvida seguir nutriendo y moviendo mis hipótesis con el tiempo que pasaba entre sesión y sesión; y esto nuevamente las movilizó.
El cambio en mis hipótesis se relaciona con el cambio en los procesos terapéuticos de este estudio, lo cual concuerda la propuesta de Boscolo y Bertrando (1996a), según la cual las hipótesis sirven para organizar los datos confusos anexos a un síntoma que dan sentido al marco relacional de la familia. Así mismo se relaciona con la propuesta de Cecchin (citado en McNamee y Gergen, 1996), para quien las hipótesis
son una forma de conectarse con el sistema y no una forma de descubrir su historia real. Tan pronto como yo estuve incluida en mis hipótesis y comencé a considerar en ellas mi marco de referencia y el de mis consultantes, éstas se convirtieron en mapas prácticos hacia la ruta del cambio. Así mismo fue determinante mi cambio en la comprensión del tiempo como variable condicional de los procesos de cambio y lo noto en los tres ejes propuestos por Boscolo y Bertrando (1996b); a saber: la estructuración de las sesiones, el ritmo del contacto entre el cliente y el terapeuta, y en la meta de intervención que pretende favorecer la armonía y la posibilidad de evolución de los clientes.