Jack se sentó frente a Lizzie en la mesa donde permanecían después de haber comido una ración de carne enlatada y fría. Fuera, unas tenebrosas nubes de color gris habían cubierto el sol una hora antes y el lejano rumor de la tormenta se dejaba oír en la distancia. Aunque el mar seguía estando liso como un espejo, Jack se dio cuenta de que solo se trataba de la proverbial calma que precedía a las tempestades.
Lizzie retiró su plato y frunció el ceño. —Odio esto.
Jack se recostó sobre la silla y observó el rostro de Lizzie iluminado por el haz dorado de la luz de la linterna. No era más que la sombra de la preocupación, pero era suficiente para aumentar la que él ya sentía.
—Lo siento, Dorothy, pero esto es lo mejor que puedo ofrecerte. Es toda la comida que tenemos y las baterías están agotadas por completo.
—No es la comida, ni la oscuridad. Odio esta espera, el no saber cuándo llegará la tormenta —dijo inclinándose hacia delante al tiempo que adoptaba su familiar sonrisa esperanzada—. ¿Crees que tal vez haya pasado de largo?
—El barómetro ha estado disminuyendo durante la última hora, así es que es probable que la tormenta llegue en cuestión de poco tiempo.
—Sé todo lo necesario sobre barómetros. Una tormenta es lo peor que te puede ocurrir mientras estás a bordo de un globo —dijo ella tamborileando con los dedos sobre la mesa y mirando alrededor suyo hasta que finalmente posó su mirada en él— . Estás verdaderamente preocupado, ¿verdad?
—He vivido tormentas antes —contestó él sin atreverse a decirle que una le arrebató lo mejor de sí.
—¿Podemos hacer algo? —preguntó Lizzie.
—He asegurado las cosas aquí abajo lo mejor que he podido. Lo único que podemos hacer es esperar y ver qué pasa.
Y no perder la esperanza.
—Se me ocurre una manera de pasar el tiempo —dijo ella chasqueando los dedos.
—No empieces otra vez —murmuró él.
—Me preguntaba si tendrías una baraja de cartas —dijo ella apoyando los codos sobre la mesa y sujetándose las mejillas en las manos.
—Sí. ¿Por qué?
Jack miró a Lizzie que jugueteaba con los colgantes de su cadena y de pronto su cerebro se pobló de imágenes que nada tenían que ver con un inocente juego de cartas.
—Supongo que podríamos hacerlo, sí.
Algo con lo que mantener las manos ocupadas. —Bien. ¿Con qué haremos las apuestas?
—Podríamos utilizar esto —contestó él tomando la caja de cerillas.
—No parece un desafío muy grande, pero supongo que es lo único que tenemos —dijo ella sonriendo—. A menos que quieras jugar al strip póquer.
Eso era lo último que le faltaba.
—Creo que podré encontrar algo de dinero suelto.
—Las cerillas están bien —dijo ella lanzando un suspiro—. Recogeré la mesa mientras tú vas a buscar las cartas. Podríamos usar un par de linternas también.
Jack la siguió hasta la cocina y mientras ella tiraba los desperdicios él estiró el brazo para abrir el cajón en el que guardaba las cartas, junto al cubo de la basura. Cuando Lizzie se irguió él le rozó sin querer el trasero; quería pensar que no lo había hecho a propósito, pero sabía que no era así. Su barómetro personal estaba alcanzando cotas muy altas. El tiempo se detuvo en el infinito mientras Jack permanecía detrás de Lizzie, mucho más pegado a sus glúteos de lo que debería. Si no huía de allí terminaría olvidando su promesa y su intención de concentrarse en lo que era realmente importante: la protección de aquella mujer y no su propia satisfacción sexual.
Retrocedió un paso y una vez sentados a la mesa, le pasó a Lizzie una linterna y unas cuantas cerillas de las pocas que quedaban en la caja.
Lizzie barajó las cartas como una crupier de Las Vegas y cuando hubo terminado dejó la baraja en la mesa.
—¿Entonces qué será? —preguntó Lizzie.
Jack decidió entonces que sería una noche muy larga. —Tú hablas —respondió Jack.
—Y exactamente, ¿qué tal lo haces? —dijo Lizzie. —¿Con las cartas? —dijo él.
Si hasta ese momento no se había imaginado en lo que Jack estaba pensando acabó de hacerlo en ese momento.
—Sí, con las cartas —dijo ella con una sonrisa.
Trató de no prestar atención a la presión que sentía bajo los calzoncillos. —Creo que podré aguantarlo.
Lizzie soltó entonces una tremenda carcajada que llenó el camarote. —Yo no voy a tocarte.
—Eso ha estado muy mal —dijo él castigándose mentalmente ante la provocación, pero no pudo contener la exclamación.
Ella inclinó la cabeza y un brillo malvado chisporroteó en sus ojos azul- verdoso.
—Tal vez deberíamos jugar a la carta más alta en tu honor. —Tienes grandes esperanzas, Dorothy.
—Lo que tengo es un buen instinto, Ahab.
Jack se inclinó hacia delante y dejó la mano a escasa distancia de la de Lizzie. Realmente deseaba tocarla, lo ansiaba, y no solo sus manos. Pero sabía a lo que eso conduciría y por qué tenía que evitar que ocurriera.
—Tal vez deberíamos dejarlo en un juego simple —contestó él y parecía lo más sensato realmente.
Lizzie dejó la linterna en la mesa para dar algo de luz. —De acuerdo. Manos de cinco cartas. Tú cortas yo reparto.
Ahogando un gemido cortó la baraja en tres montones. Lizzie tomó las cartas y comenzó a repartir con concentración. Cuando hubo terminado, clavó en él una mirada de lo más seductora y el pulso se le aceleró a Jack un poquito más.
—Como verás no soy muy buena, a las cartas, quiero decir.
—Sigue mis movimientos —dijo Jack revolviéndose en su asiento. —Ya lo intento.
Tal como sospechaba, Jack no tardó en descubrir que Lizzie tenía mucha suerte y era mejor de lo que decía ser. Ganó cuatro manos y en poco tiempo Jack se dio cuenta de que no le quedaban cerillas. Puso sus cartas boca arriba y se las enseñó.
—Creo que el juego ha terminado.
—Vamos, Jack, lo menos que puedo hacer es darte la oportunidad de que recuperes lo que has perdido —dijo ella haciendo pucheros.
—Solo me queda una cerilla.
—Puedo prestarte unas cuantas —dijo ella barajando de nuevo—. Pero te diré algo: si pierdes otra vez, encontraré la manera de recuperar lo que te he prestado.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó él consciente de sobra lo que la amenaza suponía.
—¿Por qué no miras y juzgas tú mismo?
Ya era bastante estar allí sentado con Lizzie Matheson deseándola más de lo que había deseado a ninguna otra mujer que pudiera recordar. Se debatía entre la responsabilidad de protegerla y su deseo de hacerle el amor sin pensar en la situación tan grave en la que estaban a punto de entrar.
—Eso suena peligroso, Dorothy.
El sentido común le gritaba que rechazara la invitación, pero su libido no quería escuchar.
—Si insistes. —Insisto.
Lizzie repartió otra mano peor que las anteriores. Lo mejor que tenía era una pareja de doces. Lizzie tenía escalera real, y no solo en sus manos. Su sonrisa también era muy real.
Jack la miró y captó el reflejo de algo muy parecido al deseo. —Supongo que he vuelto a perder —dijo.
Lizzie se levantó muy lentamente y rodeó la mesa hasta situarse frente a él. —Tal vez hayamos ganado los dos.
Al ver que Lizzie giraba la silla de Jack separándola de la mesa, este juzgó conveniente elevar una protesta.
—Lizzie, no creo...
—Solo quiero un beso en pago, Jack. ¿Tan desagradable te parece la idea? Él no encontraba nada desagradable en todo aquello, y ese era el problema. —¿Solo un beso?
—Sí. Sabes, creo que los besos están subestimados —contestó ella poniéndole las manos sobre los hombros. A continuación se inclinó hacia él y le rozó la frente con los labios—. Una bonita recompensa, en mi humilde opinión —y a continuación depositó otro beso en su mejilla—. Y en lo que a mí respecta, disfruto mucho con los besos.
Y Jack pareció darse cuenta de que a él le ocurría lo mismo cuando notó los labios de ella ejerciendo una suave presión contra los suyos. Lizzie traspasó toda posible resistencia por parte de Jack con un leve roce de sus labios de la misma manera que traspasó el umbral de los labios de Jack inhibiendo así toda protesta. Mientras Jack se sujetaba con ambas manos a los brazos de la silla para evitar tomarla en sus brazos y sentarla sobre su regazo, Lizzie ponía todo su esfuerzo en besarlo, jugando con su lengua en un continuo vaivén que le hacían pensar en otro tipo de vaivén igualmente íntimo. Pero solo duró un instante porque rápidamente retrocedió y volvió a su silla.
Lizzie se ahuecó un poco la camiseta y se aclaró la garganta. —¿Por dónde íbamos?
Jack solo podía pensar que directos a un grave problema, pero se contuvo. —Creo que ya te he pagado así es que digamos que empatados.
—Todavía no —dijo ella pasando la yema del dedo por una carta de la que acababa de descartarse, alimentando así el fuego que ardía en el interior de Jack—. Creo que me gusta este juego.
Y a Jack también. Y mucho.
—¿Y qué pasará si vuelvo a perder? —No lo sé. Todavía tengo que pensarlo. Cuando Lizzie hubo terminado de dar las cartas, Jack se encontró con que tenía tres reyes y dos ases. Incapaz, de resistirse al atractivo de Lizzie, tiró sus cartas y dijo:
—Una mala mano, de nuevo, y no tengo nada para apostar.
Lo que no tenía era sentido común, y tampoco razones de peso que apoyaran su voluntaria pérdida de control.
Ella se levantó y volvió a acercarse a él con la mano extendida esta vez. —Dámela.
—¿Que te dé qué? —preguntó él confundido. —Tu camisa.
—Pensaba que no íbamos a jugar al strip póquer.
—Yo nunca dije eso y me la debes. Estoy cobrando lo que he ganado.
Jack se levantó consciente de que era inútil tratar de ignorar a Lizzie con aquella forma de hablar y un cuerpo que incitaban a la lujuria. Se sacó la camisa por encima de los hombros y se la dio.
—¿Estás contenta?
Lizzie por su parte examinó con detalle el pecho desnudo de Jack y finalmente fijó la vista en la bragueta del pantalón.
—Parece que nuestro capitán está un poco contento esta noche. —¿Un poco?
—Lo siento. He elegido mal las palabras —dijo ella poniéndose la mano en el pecho en actitud melodramática—. El Joven Jackson, J. J. para abreviar, figurativamente hablando. No quise insultar tu hombría.
Su «hombría» estaba muy lejos de sentirse insultada. —No me he sentido ofendido.
En ese momento ella alargó el brazo en ademán de tocarle el pecho, pero él la detuvo tomándola por la muñeca.
—Si me tocas Lizzie, no soy responsable de mis actos.
—No estoy pidiendo que lo seas. Soy mayor y también responsable de mis propios actos. Y ahora lo que deseo es tocarte.
—Creo que no comprendes lo que me estás haciendo.
—Bueno, yo creo que sí —contestó ella deshaciéndose de él sin mucha dificultad, probablemente porque realmente no estaba tratando de sujetarla.
Jack quedó petrificado cuando Lizzie le recorrió el pecho con sus suaves manos y dejó escapar el aliento entrecortado cuando esta se detuvo a estudiar sus
pezones, exhalando por completo cuando Lizzie comenzó a descender con su mano hasta el estómago de él tenso ante el ataque frontal de Lizzie.
De nuevo la detuvo por las muñecas. —No es necesario que lo hagamos.
—Tal vez yo sí lo necesite, Jack —contestó ella mirándolo llena de frustración—. Tal vez necesite olvidar a lo que es probable que tengamos que enfrentarnos. ¿Te has parado a pensarlo desde ese punto de vista?
Lo único en lo que se había parado a pensar él era que aquella mujer estaba derrumbando su fortaleza, poco a poco. No se había parado a considerar que ella también tuviera necesidades y que él podía satisfacerlas, aun en el caso de que no hubiera planeado haberlo para satisfacer las suyas.
Jack despejó la mesa con el brazo. Cerillas, linternas y cartas volaron en todas direcciones. Cuando llegó a la lámpara, tuvo un poco más de cuidado y la posó en la encimera.
Lizzie entreabrió los labios sorprendida cuando Jack la sentó en el borde de la mesa y le quitó la camiseta para tirarla a continuación al suelo encima de todo lo demás. A continuación le abrió los muslos y se hizo hueco entre ellos, consciente de que había perdido el control por completo; que en cuestión de segundos iba a hacer lo que se había prometido no hacer.
Admiró los delicados hombros, los montículos de los pechos. Trazó con un dedo el camino que llegaba a la cadena y tomó en la mano los dos colgantes.
—¿Recuerdos especiales? —Amuletos.
Jack soltó los colgantes y se dedicó a estudiar el perfil del sujetador. —¿Y te traen suerte?
—Eso está por ver.
Sin pensar más en las consecuencias, y sin pensar en la tormenta inminente, Jack comenzó a depositar suaves besos a lo largo de la mandíbula de Lizzie y se detuvo en el cuello, exactamente en el punto en que sentía el latido de su corazón, y desde allí trazó un húmedo recorrido que lo condujo hasta el valle que se abría entre sus pechos.
Pero no se conformaba con mirarla, ni con tocarla. Quería escuchar los gemidos de ella cuando él probara su sabor. Pero primero lo primero.
Poniendo sus brazos alrededor de ella le desabrochó el sujetador y a continuación deslizó los dedos bajo los tirantes haciendo que la mínima prenda cayera por los brazos lentamente, dudando incluso un momento antes de retirarlo por completo.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Lizzie? —Sí, esto es lo que quiero.
Jack no vio ni un ápice de protesta en los ojos de Lizzie, tan solo el brillo del deseo. Aunque Jack no esperaba que fuera a detenerlo justo entonces. Ella había dejado claro desde el principio que eso era lo que quería, aunque él no pudiera comprender por qué, y analizar las razones de ella era lo último en lo que quería pensar mientras quitaba el sujetador por completo y lo lanzaba al suelo.
La había visto desnuda en más de una ocasión, pero esa era la primera vez que tenía la oportunidad de mirarla a pesar de la escasez de la luz que lanzaba sombras en los detalles más importantes. Tenía unos pechos turgentes, redondos y hermosos, y en el centro resaltaban unos pezones rosados. Casi podía sentirse satisfecho mirándolos. Casi.
Jack se preguntaba si el corazón de Lizzie estaría latiendo tan deprisa como el suyo en ese momento, si tendría idea de lo mucho que deseaba tocarla, estar dentro de ella.
Como ya no encontrara satisfacción con solo mirarla, agachó la cabeza y le mordisqueó un pezón. Era consciente a medias de estar acariciándole el pelo, masajeándole el cuero cabelludo, atrayéndola más y más hacia él, y todo eso lo animaba a querer saborearla más y más. Apenas si se daba cuenta de que el viento aullaba fuera del barco y este se balanceaba y cobraba cada vez más velocidad. Jack solo podía prestar atención al zumbido que tenía en sus oídos, el huracán carnal que invadía su mente ahogándolo todo a su paso excepto los sonidos dulces que Lizzie dejaba escapar y el sabor de toda ella en su lengua.
Después de ocuparse por igual de ambos pechos, deslizó los labios en sentido ascendente de nuevo hacia la garganta para llegar finalmente a los labios. Lizzie se abrió a él y lamió su lengua en respuesta, llevándolo al límite de la locura. Casi con desesperación presionó con sus caderas hacia delante al tiempo que la atraía hacia su cuerpo donde pudo saborear plenamente la sensación de los pechos desnudos contra su cuerpo y las zonas húmedas allí donde la había lamido. Necesitaba de veras esa proximidad, saber más de ella, y sabía que esta lo necesitaba todo de él a juzgar por la manera en que cerró las piernas acorralándolo contra ella y lo rodeó con sus brazos mientras frotaba su pelvis arriba y abajo contra sus ingles.
Él maniobró entre las piernas de ella y bajó la cremallera de sus pantalones, pero no había sitio suficiente pues apenas podía mover los dedos en la abertura.
En algún lugar recóndito en su mente, Jack sabía que sería mejor para Lizzie si la llevara a la cama, pero allí no sería capaz de dejarlo todo en un magreo.
Separándose un poco, le quitó los pantalones y las bragas dejándola completamente desnuda. La miró mientras deslizaba los dedos hacia el hueco oscuro entre sus muslos, y se aventuró en el interior de la cálida y húmeda cueva con uno de ellos.
Ella dejó escapar un suspiro entrecortado y un suave gemido que él acalló con un nuevo beso. Jack fue moviendo el dedo con una lentitud deliberada y sin dejar de besarla. Le encantaba verla así, la manera en que respondía a sus caricias elevando las caderas, urgiéndolo a que entrara en ella.
Solo cuando notó los temblores del cuerpo de Lizzie al alcanzar el orgasmo, y solo entonces, Jack rompió el beso y se detuvo a mirarla. Ella inclinó la cabeza y cerró los ojos hasta que él la tomó por la barbilla con su mano libre y le alzó la cara.
—Mírame, Lizzie.
Abriendo los ojos, Lizzie lo miró ansiosa. Le temblaba el labio inferior y dejaba escapar el aire entrecortadamente.
Jack pensó que estaba preciosa en ese momento y se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos esa clase de intimidad, no solo en los últimos meses sino en todas las relaciones que había tenido a lo largo de su vida y que no habían significado nada para él. Y allí estaba, acariciando a una mujer que había conocido hacía muy poco tiempo, una mujer que había conseguido poner del revés su mundo en cuestión de días.
—Jack —susurró Lizzie un poco temerosa por lo que estaba ocurriendo. —No pasa nada, Lizzie. Esto es lo que necesitas.
Lizzie se vio atrapada entre el deseo de dejarlo ir y el de que nunca terminara aquello que habían empezado. Los tiernos movimientos de Jack dentro de ella la hicieron olvidar toda lucidez y autocontrol. Saboreaba cada sensación maravillada ante la forma en que Jack la hacía subir sabiamente hasta cotas en las que ella nunca antes había estado, con tan solo unos leves toques en los lugares precisos.
Contuvo dolorosamente el aire en el pecho cuando el clímax sobrevino en forma de pulsaciones fuertes y firmes, que fueron cediendo poco a poco en el momento de lograr el orgasmo. Relajada, apoyó la cabeza en el ancho pecho de Jack mientras saboreaba la sensación placentera que la invadía.