Un aluvión de agua empapó el rostro de Jack que luchaba por izar el foque. Los rayos iluminaban el cielo a intervalos muy breves mientras los truenos retumbaban en sus oídos.
Los recuerdos lo asaltaron con la misma furia con que la lluvia mordía su rostro. Recuerdos de otra época, otra tormenta, cuando se había visto impulsado por la adrenalina y azuzado por el instinto de la competición, llevado por la sensación dé peligro, expuesto en ángulo recto con la quilla, en paralelo a las olas aun a sabiendas de que podría caer... En aquel momento lo único que quería era ganar la carrera, otra carrera, retar a los elementos como un idiota.
La forma en que el agua fustigaba el barco con crueles manos hizo volver a Jack al momento presente. Se maldeciría si dejaba que aquella tormenta ganara la partida.
Regresó a popa para dirigir el timón pensando que su imaginación estaba descontrolada, cuando oyó una voz femenina. Fue entonces cuando vio a Lizzie agarrándose a la pared de la cabina, sin más protección contra los elementos que una camiseta y unos pantalones, el pelo empapado pegado a la cara. Iba gritando su nombre, una y otra vez, por encima del rugido de la tormenta.
—Vuelve abajo —gritó él.
—Quiero ayudar —dijo ella manteniéndose firme. —¡No puedes! Vuelve abajo antes de que te hagas daño.
Una ola gigantesca inundó la proa y el agua se extendió por toda la cubierta al tiempo que Lizzie se escurría hacia el timón. Jack la sujetó por la camiseta, pero se le escapó y en su mano quedó la cadena de oro que llevaba siempre tan cerca del corazón. Lizzie se las apañó para llegar hasta él y este extendió los brazos para sostenerla; en ese momento la cadena escapó de su mano.
Lizzie se agarró a su brazo y él la giró hasta colocarla entre él y el timón, amparando el cuerpo femenino con sus fuertes brazos mientras seguía tratando de mantener el rumbo entre las olas. Trató de envolverla con su chubasquero amarillo, pero el viento era demasiado fuerte.
Con Lizzie refugiada entre sus brazos Jack experimentó una poderosa sensación de protección y la urgente necesidad de mantenerla a salvo.
—Mi cadena ¿dónde está? —gritó ella entre el estruendo. —Desapareció.
—Dios mío —exclamó ella llevándose una temblorosa mano al lugar que siempre ocupara su bienamada cadena.
Cuando salieran de aquello, Jack le compraría una igual. Le compraría cien como aquella. Pero ni cien globos y cien cadenas lo compensarían si algo malo le sucedía a ella.
—Lizzie, piensa en ti y en el bebé —dijo él acercándose al oído de ella—. Tienes que volver abajo.
Un temblor la recorrió por completo antes de girar la cabeza y mirarlo a los ojos.
—No sin ti.
—¡Por todos los santos! No puedes hacer nada. —¿Y tú no puedes dirigir el barco desde dentro?
Sí, claro que podía. Justamente por eso había elegido un barco con una barra de timón interior desde donde lo podría dirigir con malas condiciones atmosféricas. Pero no podía explicarle por qué necesitaba estar fuera. Por qué la culpa que todavía sentía lo obligaba a enfrentarse a la tormenta cara a cara, intentando de esta manera exorcizar por fin todos los viejos demonios.
Otro rayo iluminó el cielo, y también los ojos de Lizzie que mostraban un cerco de rabia, algo que Jack no había visto nunca en su mirada.
—Maldita sea, Jack, no tienes que probar nada, al menos no a mí. Así es que deja de hacer él tonto y ven conmigo dentro.
—Lo haré cuando pueda.
Ella se retiró el pelo mojado de la cara y lo miró.
—Entonces bajaré yo sola, pero solo por el bebé. Si no vienes dentro de poco antes de morir aquí fuera, te mataré yo misma.
Y diciendo eso se agachó y pasó por debajo de los brazos extendidos de Jack y se alejó. Este despegó una mano del timón para ayudarla. Lizzie dio un paso para rodear la cabina, siempre sujeta al brazo de él hasta que el único contacto entre ellos fueron sus manos. Ella lo miró suplicante antes de soltarlo finalmente, dejándolo allí solo con la sensación de que se había llevado con ella una parte importante de él.
Tras una larga lucha contra los elementos, Jack tomó una decisión. Si continuaba su lucha contra la naturaleza, podría ponerse en peligro. No tenía ninguna duda de que Lizzie, con su buena suerte y su sentido común, encontraría la manera de sobrevivir sin él, pero estaba comenzando a preguntarse si podría él sobrevivir sin ella. No le importaba reconocer esos sentimientos, tampoco le importaba mostrarse vulnerable ante ella. Pero lo que no podía soportar era la idea de fallarle.
Por Lizzie, cedería a luchar contra la furia de la tormenta y volvería a su lado. Volvería con la mujer que estaba empezando a significar para él más de lo que debería, y eso en sí ya era un peligro, aunque de otra clase.
Lizzie no se molestó en cambiarse la ropa mojada y se acurrucó en un rincón del sofá, abrazada a un cojín. No quería ponerse cómoda sabiendo que Jack estaba fuera bregando contra el mal tiempo mientras ella esperaba con los brazos cruzados a que regresara.
El barco se bamboleaba con violencia en las garras de la tormenta. Mantuvo los ojos cerrados mientras elevaba una oración silenciosa, sintiéndose perdida sin su amada cadena y sin Jack junto a ella. ¿Qué haría si realmente le ocurriera algo malo a Jack?
No. No permitiría que esa posibilidad se hiciera realidad. Jack era un marinero consumado. Sabía lo que estaba haciendo. No dejaría que nada le ocurriera a ella si podía evitarlo. Pero se preguntaba si podría evitarlo. Aun con sus grandes conocimientos de navegación se preguntaba si lograría ganar a la tormenta. Y no dejaba de preguntarse por qué insistía en hacerse el valiente cuando era innecesario. Sospechaba que tenía mucho que ver con los motivos que lo habían obligado a alejarse del mundo para vivir solo en medio del mar.
Lizzie tenía que creer que pronto recobraría la cordura. Y si no lo hacía, tendría que creer que sus ángeles existían y que en ese momento estarían velando por él. De no creer en todas esas cosas, tendría motivos para estar realmente asustada... y sola.
Después de un tiempo, el barco pasó de los bruscos saltos a un balanceo; los rayos comenzaron a ser más infrecuentes y el silbido del viento pareció aquietarse. Tal vez solo estuviera tratando de engañarse para creer que la tormenta estaba pasando.
Lizzie prestó atención al oír los pasos que destendían por la escalera. Percibió la imponente figura que se movía en dirección a ella, y suspiró aliviada cuando notó la presencia de Jack junto a ella en el sofá. Lizzie cambió entonces de postura y se puso de rodillas, junto a él, y le apoyó una mano en el hombro. Él subió la mano y cubrió la de ella y así se quedaron largo rato, en silencio roto ocasionalmente por el crujido del barco y la respiración de ambos, más rápida primero y cada vez más lenta, como si por fin se hubieran dado permiso para relajarse.
—¿Estás bien? —murmuró ella.
Él se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas y la cara entre las manos.
—Se terminó tan bruscamente como comenzó, justo cuando venía hacia aquí. —¿Entonces venías ya para acá?
—Tenías razón —dijo Jack y un sonoro suspiro retumbó en la oscuridad—. Trataba de probar que la tormenta no me ganaría esta vez.
—¿Esta vez? —preguntó ella. Por fin estaban llegando a algún lado. —Lo he pasado peor.
—¿Mucho peor?
—No quiero hablar de ello.
Lizzie quería gritar, pero decidió aplacar su temperamento para persuadirlo de que le contara la historia.
—¿Esa es la razón de que te hicieras al mar solo? ¿Ocurrió algo durante aquella tormenta?
—He dicho...
—Ya sé lo que has dicho —lo interrumpió ella—, pero tengo que saberlo, Jack. Tengo que saber qué te pasa.
—¿Por qué?
—Porque... —«me estoy enamorando de ti»—, porque no puedo soportar verte tan triste y solo.
—Te he dicho que prefiero estar solo.
—Oh, prefieres estar solo pero no creo que te guste realmente. Estás solo porque te estás castigando por algo. ¿Por qué te castigas, Jack?
—Es agua pasada. Se terminó.
—No se ha terminado —continuó ella exhalando un suspiro frustrado—. Sea lo que sea lo que ocurriera, todavía está fresco en tu memoria como si hubiera ocurrido ayer —añadió apretándole el hombro cariñosamente—. Tienes libertad para contármelo. Te prometo que no te juzgaré por algo que ocurrió hace mucho tiempo.
—Ocurrió hace un año. —¿Qué ocurrió?
Jack se quedó sentado un rato sopesando sus palabras.
—Estábamos en una carrera. Una importante, o eso creía yo. Una tormenta nos sorprendió en la costa de Australia. Perdí a toda mi tripulación.
—Y ahora te sientes culpable porque tú sobreviviste. —Sí.
—¿Acaso no era arriesgado y tu tripulación lo sabía?
—Mi tripulación dependía de mí y yo les fallé, y todo por culpa de una estúpida decisión por mi parte al permitir que alguien que no tenía nada que hacer allí viajara con nosotros.
—¿Otro amigo? —Mi prometida.
¿Prometida? ¿Jack estaba comprometido? O tal vez incluso... —¿Estás casado?
—No. Nunca ocurrió. Ella consideró que había tenido suficientes aventuras. Rompió el compromiso y comenzó una nueva vida con alguien menos activo.
Lizzie no se había equivocado al asumir que Jack seguía sufriendo por un desengaño amoroso, que se sentía deshecho por la pérdida. Ella podía entenderlo después de perder a su padre, pero nunca se habría desentendido de la vida. Su padre no lo habría aprobado. Y ella tampoco.
De pronto Jack se puso en pie, se quitó el chubasquero y lo tiró en el sofá y después le tendió una mano a Lizzie.
—Vamos —dijo.
—¿Adonde vamos? —dijo ella levantándose.
—A quitarnos esta ropa mojada y a meternos en la cama.
En la cama con él, justamente lo que Lizzie había querido hacer desesperadamente solo unas horas antes. Pero en ese momento lo que quería eran respuestas.
—Jack, tenemos que hablar.
—No quiero hablar más, Lizzie. Quiero tenerte conmigo, en la cama. No espero nada más.
—Bueno, eso sí podemos hacerlo. Pero, ¿qué pasa con la tormenta? —Lo peor ya ha pasado.
Tomó la mano que le ofrecía y lo siguió hasta el dormitorio bañado en la suave luz de la luna que, sorprendentemente, había hecho su aparición en el cielo claro, y se colaba por las pequeñas ventanas. Lo peor de la tormenta había pasado efectivamente. Lizzie sintió un verdadero alivio al verlo, pero seguía triste al pensar en el dolor que Jack estaba sufriendo, un dolor del que no quería hablar. No importaba. El estaba con ella en ese momento y necesitaba encontrar algo de serenidad, aunque fuera en el abrazo de ella. Y eso sí podía dárselo.
Se quitaron la ropa mojada, prenda por prenda, y la fueron echando encima de una silla. Lizzie vaciló un instante al llegar a la ropa interior que no estaba muy segura si debía quitarse. Pero cuando vio que Jack se bajaba los calzoncillos y los echaba a un lado, ella hizo lo mismo con sus braguitas. Allí estaban, completamente desnudos y listos para meterse en la cama juntos. Lizzie se recordó que solo iban a infundirse serenidad y apoyo.
Un silencio incómodo sobrevino mientras ambos ocupaban extremos opuestos de la cama. Jack tiró del edredón y lo mismo hizo Lizzie.
Permanecieron boca arriba mirando el techo bajo a tan solo milímetros del cuerpo del otro. Lizzie odiaba no saber qué decir, ni qué hacer. En ese momento notó que Jack estaba temblando.
—¿Tienes frío? —susurró Lizzie. —No. Más bien tengo miedo. —¿De qué? —¿Jack tenía miedo? —De tocarte.
Era evidente que la consideraba sexualmente insaciable. Si supiera que el comportamiento de antes había sido totalmente ajeno a ella... Solamente tenía que convencerlo de que podía estar con él sin esperar que le hiciera nada.
Se puso de lado y apoyó la cabeza y un brazo en el pecho de él. El edredón quedó hecho un montón entre ellos lo que evitó que sus cuerpos se tocaran, pero Lizzie podía sentir el calor que emanaba de él, y también su titubeo.
—¿Lo ves? —dijo Lizzie—, no pasa nada, es solo un simple abrazo. —Nada en ti es simple, Dorothy.
—Te equivocas, Ahab. Soy una simple chica que no exige nada la mayoría de las veces.
—Sí, supongo que tienes razón.
—Apuesto a que a ti no te gustan las mujeres simples. —Como ya te dije antes, no quiero complicaciones.
—Nada de complicaciones esta noche, Ahab. Solo dormir, ¿de acuerdo? —No creo que pueda dormir.
Lizzie lo miró y le dio un beso en la mejilla.
—Claro que puedes. Cierra los ojos y cuenta ovejas, o botellas de ron, o lo que sea que cuenten los marineros. También podríamos dar las gracias por haber sobrevivido.
—Sí, pero nos hemos alejado más y seguimos sin saber cuándo nos rescatarán —dijo él suspirando.
—No quiero oír nada de eso —contestó ella mirándolo—. Alguien nos encontrará pronto. Estaremos de vuelta en tierra en menos que canta un gallo.
—Si tú lo dices, Dorothy —dijo él —Puedes estar seguro, Ahab.
Y Lizzie se dio cuenta de que cuando volvieran a la civilización todo se acabaría, aunque ella no quisiera que se terminara. Pero incluso si Jack desaparecía de su vida, seguiría teniendo a su bebé... y un hueco enorme en el corazón que solo el tiempo podría cerrar.
En ese momento lo que tenía que hacer era concentrarse en cerrar los ojos y guardar en la memoria esos agradables momentos en los fuertes brazos de su marinero... en caso de que nunca volviera a ocurrir.
Jack seguía sin poder dormir mucho después de que Lizzie lo hubiera conseguido. Se había movido un poco hasta que finalmente le puso una pierna por encima del muslo. Él se quedó inmóvil como un muerto, una descripción bastante precisa ya que el rigor mortis se había asentado en una parte muy sensible de su cuerpo. Era mejor eso que moverse entre el edredón y besar las largas piernas de Lizzie, deslizando su boca por todo su cuerpo para averiguar si estaba tan cálida como la notaba contra su muslo.
Pero no podía hacerlo. Ella estaba embarazada y necesitaba descanso. Necesitaba mucho más de lo que él podía ofrecerle, mucho más que una increíble noche de sexo y placer. Y es que estaba seguro de que sería increíble, igual que estaba
seguro de que ella se despertaría por la mañana con la misma sonrisa deslumbrante con la que estaba derrumbando cada vez más la fortaleza emocional que se había construido.
Se acomodó para abrazarla con más fuerza consciente de que cuando todo aquello terminara, se dirían adiós para siempre. Ella regresaría a su vida y a su bebé. Y él volvería al mar, solo.
Aun así, nunca lamentaría haber pasado un tiempo con ella, por breve que hubiera sido. Nunca lamentaría que hubiera caído del cielo sobre su barco y su vida.
Lo que sí lamentaba era no poder ofrecerle seguridad y permanencia, no tener el valor para abrirse a las posibilidades. Pero ambos tenían aún tiempo por delante; con suerte no más de uno o dos días por el bien de Lizzie.
En cuanto a él, trataría de ser fuerte, resistirse a su cuerpo, resistirse a lo que tan dispuesta había estado a ofrecerle.
Y eso podría ser lo más duro que había tenido que hacer en toda su vida. Lizzie se despertó sin saber cuánto tiempo había estado durmiendo. Sabía que sus brazos se sentían vacíos porque Jack no estaba en la cama. Levantó la cabeza y lo encontró mirando por la ventana que le llegaba a la altura del pecho. La luz del amanecer iluminaba el cielo fuera del barco cubriéndolo de un tono rosa-azulado, y le permitía admirar la increíble espalda de Jack. Descendió con la mirada por los brazos que colgaban a sus costados, pero cuando llegó a los codos, se detuvo en examinar la espina dorsal y la cintura estrecha. Por debajo de esta, una visión que podría parar en seco un coche de carreras: unos glúteos firmes y tersos que parecían hechos para proveer horas y horas de entretenimiento a un par de ávidas manos femeninas. Sus manos, para ser exactos.
Aun sabiendo que Jack no era de los que se quedaban mucho tiempo en un sitio, Lizzie no podía evitar desearlo tanto como lo había hecho desde el principio. Pero, ¿seguiría deseándola él? Solo había una manera de saberlo.
Lizzie saltó de la cama y se acercó a él. En un ataque de valentía traviesa, se pegó bien a él y deslizó las manos por su cintura.
—Te has levantado pronto —dijo.
Jack dejó escapar una risa irónica y apoyó las palmas de las manos a ambos lados de la ventana.
—No lo sabes tú bien.
Ella deslizó sus manos hacia abajo, pasando por su estómago liso. —Parece que J. J. está muy despierto.
Él le tomó las manos y las subió hasta el pecho, pero no la obligó a retirarse de él.
—Probablemente debería comprobar cómo ha quedado el barco. Asegurarme de cuáles son los desperfectos.
—¿Por qué no vuelves a la cama un rato? —No tengo ganas de dormir.
—Yo tampoco.
Jack se puso tenso al oír aquello, pero no se dio la vuelta. —Si vuelvo a la cama contigo, los dos sabemos lo que pasará. —Me hago a la idea.
—Yeso sería lo único que quedará entre nosotros cuando esto termine. —No espero nada más, Jack. Te lo prometo.
—Pero yo no puedo prometerte nada.
—Podrías prometerme que vas a dejar de pensar y simplemente vas a actuar. Tú sabes que lo deseas, y yo también.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jack y Lizzie se dio cuenta de que estaba a punto de ceder.
—Pero estás embarazada. No quiero hacerte daño. —No lo harás. No si tienes cuidado y sé que lo tendrás.
Entonces él se giró y, tomándola por sorpresa, inclinó la cabeza y la besó. Sus labios, y sus lenguas se unieron. La tomó por las caderas y la apretó contra su cuerpo. Su erección elevó la excitación de ella haciéndola sentir una oleada húmeda entre los muslos.
Jack la llevó de vuelta a la cama y Lizzie no se atrevió a preguntar qué le había hecho cambiar de opinión. Lo único que sabía era que estaba allí, besándole el cuello, los pechos, preparándola para darle lo que ella, y aparentemente también él, necesitaba.
Tal vez aquello fuera todo, deseo primario, al menos para Jack. Ella probablemente necesitar mucho más de él, pero no quería pensar en ello. Tenía que decirle algo importante.
En el momento en que la mano de Jack descendía por su cadera en dirección a la cara interna de sus muslos, Lizzie lo detuvo tomándolo por la muñeca.