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Kristi Gold 9º Serie Multiautor Banco de Bebés

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Kristi Gold

9º Serie Multiautor Banco de Bebés

Juntos a la fuerza (14.01.2004)

Título Original: Marooned with a millionaire (2003) Serie Multiautor: 9º Banco de Bebés

Editorial: Harlequin Ibérica Sello / Colección: Deseo 1270 Género: Contemporáneo

Protagonistas: Jack Dunlap y Lizzie Matheson

Argumento:

Aquella mujer había caído del cielo... directamente en sus brazos.

Nada más ver a la bella Lizzie Matheson en la cubierta de su yate, Jack Dunlap supo que por ella podría sacrificar su soledad. La poco convencional y embarazada pasajera estaba volviendo loco al solitario millonario... incluso le estaba haciendo desear seguir con ella a la deriva durante el resto de sus días. El último sitio en el que Lizzie pensaba acabar era en alta mar con un seductor marinero. Sin embargo, lo que no sabía ahora era cómo iba a poder alejarse de él cuando llegaran a tierra.

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Capítulo Uno

El súbito movimiento del barco sacó a Jackson Dunlap de su ensimismamiento haciendo que se le derramara encima el contenido de la taza. Se levantó de un salto y subió a todo correr a la parte superior por la escalera de cámara manchado de café completamente y soltando improperios.

Llevaba más de un año recorriendo la costa de Florida y durante ese tiempo nada lo había entorpecido en su hacer. No había querido que nadie lo visitara, ni que lo llamaran por asuntos de negocios; no quería más interrupciones que las ocasionadas por las paradas obligatorias para buscar provisiones y arreglar los posibles desperfectos producidos por alguna tormenta. Hasta ese momento.

Al salir a la cubierta, Jack tuvo que hacerse sombra sobre los ojos para protegerse del sol; pensó que algún idiota lo habría embestido o tal vez una ballena miope en medio de la temporada de apareamiento. Lo que no esperaba ver era un globo amarillo y morado que descendía lentamente a medida que iba deshinchándose a pocos metros de donde se encontraba él.

Se acercó más incapaz de comprender lo que estaban viendo sus ojos. Dentro de la barquilla del globo aerostático una persona agitaba las manos como loca hasta que finalmente la barquilla impactó con el agua, volcó y el ocupante cayó al agua.

Jack corrió hacia la plataforma de popa impelido por un brote de adrenalina y una repentina sensación de que aquello ya lo había vivido antes.

—¡Nade! —gritó mientras lanzaba una boya en dirección a la persona, agradeciendo haber bajado las velas esa misma mañana; así al menos el barco estaba quieto, y, afortunadamente, la corriente parecía facilitar al hombre la labor. Desafortunadamente, también estaba ayudando a que el globo y su barquilla se movieran en la misma dirección: hacia su preciado barco.

Jack agarró con fuerza la cuerda de la boya y tiró hacia él arrastrando al hombre a gran velocidad. Entonces, de pronto se dio cuenta de que no era un hombre, sino una mujer. Una mujer con unos enormes ojos almendrados y una media melena rubia que le colgaba, lacia, sobre la cara.

Se preguntó qué demonios estaría haciendo allí. Su intención era hacerle esa y muchas más preguntas tan pronto estuviera a salvo en el barco. Cuando la tuvo al alcance de su brazo extendido, Jack la ayudó a subir a bordo y con ella en brazos, se retiró del borde.

—Puedo andar sola —dijo ella con un tono áspero y algo airado—. Así es que ya puede dejarme en el suelo.

Podría hacerlo, sí, pero no lo haría hasta que se hubiera asegurado de que no estaba herida. La depositó con sumo cuidado sobre la cubierta y se sentó junto a ella no muy seguro de quién de los dos tenía más dificultades para respirar. La respiración entrecortada de él tenía más que ver con los nervios que con el ejercicio ya que aquella mujer realmente pesaba muy poco. Jack imaginaba que la respiración

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dificultosa de ella se debía al tramo que había recorrido a nado, y también algo de miedo, lo cual era lógico.

Cuando al fin pudo recuperar la voz le preguntó: —¿Está herida?

Ella se sentó y lo miró con unos ojos azul-verdoso del color del océano. Abrió entonces la boca y murmuró:

—Yo estaré bien si mi bebé lo está.

¿Bebé? ¿Había un niño con ella en el globo?

—¿Es que había un niño en el globo? —preguntó él con tono moderado luchando por que el pánico no traspasase su voz.

Ella lo miró con detenimiento bajo unas cejas doradas que cubrían unos ojos ciertamente confusos. Entonces se puso una mano sobre el vientre y sonrió.

—Está en esta «barquilla».

Aliviado y sorprendido a la vez, Jack miró la delgada mano que se curvaba en actitud protectora sobre su vientre.

—¿Está embarazada?

—Sí —contestó ella retirándose el pelo empapado de la frente y suspirando lentamente.

Estupendo.

—¿Está segura de que se encuentra bien? —preguntó verdaderamente preocupado—. ¿No tiene dolor ni nada parecido?

La mujer se incorporó un poco más.

—Estoy bien. Un poco cansada, pero bastante bien.

Jack decidió que era evidente que estaba muy bien. Sana, se corrigió. Llevaba unos pantalones capri blancos que dejaban a la vista un vientre aún liso, y una camiseta que se le pegaba a los pechos mojados lo cual hizo a Jack dudar que realmente fuera a tener un bebé.

Estaba claro que su estado no estaba muy avanzado. Tampoco se podía decir que tuviera mucho sentido común, y así se lo diría. Pero ya había tenido suficiente por un día así es que decidió que bastaría con una pequeña reprimenda.

—Vale, déjeme ver si lo entiendo. ¿Decidió salir a dar una vuelta en su globo por encima del océano arriesgándose a causarle algún daño a su futuro bebé?

Ella se abrazó con fuerza las rodillas contra el pecho.

—Para su información, el globo es un medio de transporte muy seguro. Corro más riesgo conduciendo por una autopista en Miami. Y nunca haría nada, nada, que pudiera dañar a mi bebé. Ha sido un accidente.

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Jack se sintió un poco culpable. No tenía ningún derecho a juzgar a nadie si deseaba correr riesgos. Dios sabía que él había corrido muchos y las consecuencias habían sido de distinto nivel de gravedad.

Le sonrió levemente a modo de disculpa.

—Supongo que es como navegar. Cuando lo llevas dentro, no te paras a pensar en dejarlo nunca.

Ella desvió la vista pero Jack pudo notar cierta tristeza en sus ojos.

—En realidad, era mi último viaje hasta después del nacimiento del bebé. Salía de una fiesta en Miami. No estoy segura de lo que ocurrió. Creo que debí desmayarme o algo así. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté aquí, donde quiera que estemos.

—Estamos a unas veinte millas de la costa, cerca de Cayo Largo. ¿Y no pudo regresar a tierra?

—Cuando recuperé la conciencia, el viento se había vuelto muy inestable y empecé a perder altura.

Jack supuso que aquello tenía sentido. A veces los elementos no se podían controlar. Eso lo sabía muy bien.

La mujer le sonrió avergonzada, dejando a la vista una hilera de dientes blancos y relucientes, y un hoyuelo en la mejilla izquierda.

—Tuve suerte de que caer sobre usted ¿eh? —añadió. Jack pensó que eso todavía estaba por ver.

—¿Golpeó la cubierta cuando trataba de aterrizar? —No exactamente.

—Sonó como si hubiera golpeado algo. —Más bien como si lo hubiera rozado. —¿La cubierta?

—El chisme ese largo —contestó ella señalando hacia arriba—. Me dirigí hacia ello para asegurarme de que llamaba su atención.

Definitivamente había llamado su atención, antes y en ese momento. Y tenía que admitir que había sido inteligente por parte de ella el haber obrado como lo había hecho. Le había causado daño al mástil, pero al menos no lo había tumbado. Por el momento no se atrevió a examinar el «chisme», temeroso de lo que pudiera encontrar. Era más importante ocuparse de otro asunto en esos momentos.

Poniéndose en pie le preguntó con aire benevolente: —¿Seguro que está bien?

—Sí. De verdad. Se lo prometo.

—De acuerdo. Voy a ver donde está el globo. En seguida vuelvo. Usted descanse.

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—Gracias. Se lo agradezco de veras —y lo miró agradecida.

Jack decidió que no le diría que lo que le preocupaba era su barco, no el globo, y que esperaba que el maldito artilugio hubiera cambiado de dirección.

Pero no lo había hecho. Se dio cuenta en cuanto llegó a la parte trasera del barco. La enorme tela se había hinchado a babor; la barquilla se había quedado encajada junto a la escalerilla que daba al agua.

Sujetándose a la barandilla de protección sobre el estómago se inclinó hasta que consiguió llegar al aparejo y con las herramientas a mano se puso a trabajar. Desenganchó la barquilla y comenzó a cortar los cables que unían el globo a la estructura donde estaba el quemador. Tuvo que luchar contra la fuerza de la corriente y la espuma de agua salada que le llegaba a la cara, por no decir de la lucha interna contra su desesperación y su impaciencia. Continuó manos a la obra prácticamente sin ver lo que hacía, pero supo que estaba consiguiendo algo cuando la tela se desprendió.

Finalmente, se rompió el último cable. Le dolían los dedos y los ojos le escocían, pero supuso que podía sentirse afortunado de que el globo no se hubiera alojado bajo el barco. Aquello sí que habría sido un desastre.

—¿Qué está haciendo?

No se había dado cuenta de que la mujer se había acercado y estaba detrás de él. Justo detrás.

—He desenganchado el globo —dijo él sin siquiera mirarla, por no decirle que lo había enterrado en el mar.

—¿Y por qué?

—Para que no se enrollara en la hélice.

Tras decir eso se levantó y giró la cabeza para mirarla y lo que se encontró fue la expresión más melancólica que jamás había visto en un rostro femenino. Realmente no podía culparla. Él se había sentido igual cuando perdió su último bote durante una feroz competición con una mar embravecida. En realidad había perdido más que eso.

Al menos la había salvado a ella. Al menos estaba viva, ilesa, conservaba todas sus facultades...

—¿Podría recoger el globo? Podríamos enrollarlo y dejarlo sobre cubierta — dijo ella.

Jack pensó que debía estar loca.

—No a menos que vaya nadando hasta él.

Por toda respuesta, la mujer se abrazó mientras seguía con la vista el globo desinflado alejándose hacia el horizonte.

—Claro, es una estupidez teniendo en cuenta lo que ya ha hecho por mí. Pero ese globo es mi manera de ganarme la vida.

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Ella se encogió de hombros y le sonrió, una sonrisa sorprendentemente vivaz. —Estoy segura de que podré arreglarlo. Ya pensaré en algo.

Estupendo. Era una rubia muy optimista. Optimista y alta, y tampoco le faltaban curvas qué resultaban obvias bajo su ropa. Tenía que admitir que era una mujer muy bonita, aunque un tanto dispersa. Dispersa pero sexy. Estaba temblando.

—Venga conmigo —dijo él dejando a un lado los encantos de la mujer—. Tiene que quitarse esa ropa. Le dejaré algo que ponerse.

Ella obedeció sin protestar y una vez en el salón la miró de nuevo. —Aquí abajo hace algo más calor. Eso debería ayudar —añadió. Jack pensó que él ya tenía bastante calor.

—Gracias —murmuró ella—. Le debo una.

Jack pensó en una forma de pago que no sería la más apropiada ni la más aconsejable. No toleraba a las mujeres, aunque fueran preciosas, y mucho menos a una que había irrumpido en su solitaria y agradable vida. Una mujer embarazada nada menos. Y seguramente sería una embarazada casada.

De pronto algo ocurrió en él, algo que tendría que haber pensado mucho antes.

—Cuando se cambie de ropa, podremos enviarle un mensaje a su marido. —Eso será innecesario porque no tengo.

—¿Novio? —preguntó Jack con curiosidad olvidando toda cautela. —Tampoco —dijo ella sacudiendo la cabeza.

—¿Concepción milagrosa?

—Si pregunta por el padre de mi bebé, no tengo nada que ver con él.

—De acuerdo. ¿Y qué me dice de algún amigo o familiar? ¿Quiere avisar a alguien?

—En realidad, mi tripulación se estará preguntando qué me ocurrió cuando me vieron desaparecer.

—Sin duda —Jack se preguntaba a sí mismo qué le estaba ocurriendo. No podía dejar de mirarle los expuestos lóbulos de las orejas, la preciosa boca, las largas y esbeltas piernas imaginando cosas que no tenía por qué imaginar. ¡Por todos los santos, si ni siquiera sabía su nombre! Con esto último en mente, le ofreció la mano y se presentó.

—Jackson Dunlap, pero prefiero que me llamen Jack.

La sonrisa que cubrió el rostro de ella iluminó el sombrío camarote al tiempo que le daba la mano.

—Elizabeth Matheson, y preferiría tener un nombre completamente distinto. Puedes llamarme Lizzie.

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A pesar de su necesidad de mantenerse al margen, no pudo ocultar una sonrisa.

—Bien, Lizzie, al menos ya hemos dejado claro algo— Desafortunadamente, no lo tenía tan claro. Por absurdo que pudiera parecer, aquella mujer resplandecía aunque no sonriera. Incluso allí empapada y temblorosa tenía un extraño aura que haría que cualquier hombre se fijase en ella. El desde luego lo había hecho. Seguía haciéndolo.

Pero no tenía tiempo para esas cosas. Debía comprobar el estado del mástil y de la vela mayor, para poder regresar a puerto.

—El cuarto de baño está ahí, si necesitas utilizarlo —dijo señalando a estribor. Decidió que su falta de interés por el estado de su barco podría atribuirse a que llevaba meses de celibato.

Ella observó la sala y volvió a sonreír.

—Es un barco fantástico. Probablemente sea más grande que mi apartamento. ¿Quién es el dueño?

—Yo.

—Oh. ¿Y dónde está el resto de la tripulación?

—Yo soy toda la tripulación. Lo prefiero —contestó él volviendo a sentir los viejos remordimientos.

—¿De veras? ¿Tú solo te ocupas de esta preciosidad? Estoy impresionada. También él lo estaba. Demasiado impresionado. Con ella.

—Mientras tú te duchas yo iré a buscar algo de ropa que puedas ponerte — dijo Jack pensando lo placentero que sería pasar con ella las siguientes horas.

—De acuerdo —contestó ella retorciéndose las manos un tanto nerviosa y con una sonrisa luminosa en el rostro—. Supongo que tendré suficiente con una camiseta porque no creo que entre en tus pantalones cortos.

Desde luego aquello no sonaba nada mal. A él le habría gustado que lo intentara. La reacción a un comentario tan inocente y la imagen que se formó en su cabeza accionó una respuesta no tan inocente en sus partes bajas.

—Bien. Una camiseta entonces. Tómate el tiempo que necesites. Pondré el barco en movimiento para dirigirnos a puerto.

Cuanto antes se separara de ella, mejor sería para su cordura y su preciada reclusión.

Jackson Carter Dunlap, magnate hotelero y millonario hecho a sí mismo, no quería que nadie interrumpiera la forma de vida que había decidido llevar durante los últimos doce meses. Y maldecía el hecho de que una mujer caída del cielo, como la Dorothy del Mago de Oz que hubiera perdido el rumbo, lo hubiera distraído. Y tan solo en doce minutos.

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Lizzie no quería saber nada más de agua salada. Al menos en el barco las facilidades eran de primera calidad, pensó para sí mientras se sumergía en la bañera de agua templada.

Apoyó la mano en el vientre y sonrió aliviada.

—Bueno, pequeño Hank, mamá ha estado a punto de estropearlo todo esta vez, pero te prometo que, de ahora en adelante, te cuidaré muy bien. Se acabaron los paseos en globo hasta que nazcas. Demonios, si algún día salgo de este barco, lo más peligroso que haré será cruzar la calle por donde no haya paso de cebra, siempre y cuando no vengan coches.

Teniendo en cuenta que ya no tenía globo, lo de acabar con los paseos en globo no iba a ser muy difícil. Significaba que ya no tenía negocio tampoco. No podía permitirse comprar otro aun contando con el dinero del seguro. No sería suficiente para pagar a la tripulación y a un piloto que la sustituyese hasta que diera a luz.

Lo único que tenía eran unos ahorros limitados que le habían quedado del seguro de vida de su padre, y eran para el bebé. El resto lo había invertido en su negocio con el globo, el negocio que su padre siempre había deseado tener y que nunca consiguió.

Hank Matheson, su querido padre, había criado a Lizzie él solo desde que su esposa murió cuando Lizzie solo tenía cuatro años. La había enseñado a volar. Le había enseñado muchas cosas, la más importante de ellas era que la vida era lo que uno quería que fuera. No importaba lo difíciles que pudieran ponerse las cosas, siempre se hallaría recompensa. Lizzie seguía creyéndolo y probablemente siempre lo hiciera, aunque acabara de perder su negocio.

Suponía que podría volver a trabajar como maquilladora en el salón de belleza. Significaría menos estrés que dirigir su propio negocio, y también menos dinero.

Lizzie jugueteaba con el collar que tenía puesto. De la cadena colgaban sus dos posesiones más preciadas: la medalla de San Cristóbal que había sido de su padre, y el corazón que este le había regalado a su madre en su primer aniversario cuatro meses antes de que ella naciera. Sus dos amuletos de la suerte le recordaban constantemente que todo saldría bien. Después de todo, había sobrevivido a la pérdida de su familia ella sola. También sobreviviría a esta nueva pérdida porque al final no estaría sola. Tendría a su bebé con ella.

El sonido de un chirrido seguido de una maldición sacó a Lizzie de su ensimismamiento. Estaba claro que el capitán poseía un buen número de palabrotas en su vocabulario, incluso unas cuantas que no había oído nunca. Lo llamaría Ahab, como al capitán del barco en Moby Dick, por tener el mismo genio que él.

Tal vez debiera sumergirse en la bañera hasta que las cosas se calmaran allí fuera. Tal vez fuera ella la causante. La puerta se abrió de golpe y el hombre de las palabrotas entró.

—Aquí tienes la camiseta —dijo tirándola sobre el mueble donde ella había dejado su ropa, incluida la interior, para que se secara.

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Cubierta simplemente por agua clara y bastante ruborizada Lizzie trató de parecer alegre con la situación.

—Esta bañera es el cielo. —Y está llena de agua.

No solo despotricaba como el típico marinero sino que hablaba en clave. —Sí. Eso es lo que normalmente se hace con las bañeras. Se llenan de agua. —El agua potable en el barco es limitada y por tanto hay que dosificarla — contestó él de mala gana.

Jack se acercó más a la bañera y Lizzie pensó que, si no la había visto desnuda al entrar, lo haría en ese momento. Pero no podía hacer nada; no podía taparse y, francamente, tampoco se cohibía al mostrar su cuerpo. Sin embargo el ardor que desprendía la mirada de Jack la hacía desear darse la vuelta y ocultarse de él.

En vez de eso, se puso de rodillas, apoyó los brazos cruzados sobre el borde de la bañera y puso la barbilla encima.

—Me gustaría tener un poco de intimidad, si no te importa.

—No es la primera vez que vea a una mujer desnuda —contestó él recorriéndola con la mirada—. No estoy mirando.

—Gracias por la camiseta. ¿Quieres algo más?

Él se dirigió hacia el mueble y examinó su ropa interior. Lizzie pensó que no le gustaba. Era obvio que no le agradaba que ella estuviera en su baño, o que ella en sí no le agradaba.

—En realidad, sí, hay algo más. Varias cosas. La primera, las reglas sobre los baños en el barco.

—Prometo no volver a hacerlo mientras esté aquí. —Lo dudo.

—Hablo en serio. No acostumbro a bañarme dos veces en un mismo día. —Es que vamos a tardar más de un día en llegar a tierra.

—Creía que no estábamos tan lejos de la orilla.

—Estrictamente hablando, no lo estamos. Pero tenemos ciertos problemas. A juzgar por la dura mirada de Jack, Lizzie no estaba muy segura de querer oír cuál era el problema, pero preguntó de todas maneras.

—¿Qué ocurre?

Él giró el cuello varias veces en actitud dolorida, y tal vez estuviera relacionado con ella.

—Primero fui a comprobar el mástil para ver si había sufrido daños. Cuando icé la vela, salió despedida. El foque debía haberse hinchado con el poco viento que soplaba. Y por si fuera poco, las velas ahora no bajan porque la polea quedó inutilizada cuando chocaste con el mástil.

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—Oh —fue todo lo que pudo decir—. Estoy segura de que los Guarda Costas no tardarán.

—No es muy posible.

—¿Es que no los has llamado?

—Lo intenté, pero la barquilla de tu globo se llevó por delante la antena. —Entonces fue eso —dijo ella frunciendo el ceño.

—Sí, eso fue. No tenemos modo de comunicarnos con nadie.

Seguro que las cosas no podían estar tan mal como él las había pintado. —¿Y este barco no tiene ningún tipo de motor?

—En circunstancias normales, sí, pero está inutilizado porque la hélice se ha atascado con algo. ¿Se te ocurre qué puede ser?

—Cortaste los cables, ¿no? —Sí.

—¿Y qué me dices de los amarres? —¿Amarres?

—Los que cuelgan de la barquilla. Sirven para sujetar el globo cuando está en tierra,

Lizzie deseó que se la tragara la tierra por la forma en que Jack la miraba con el ceño fruncido.

—Estupendo. Gracias por decírmelo —dijo él dirigiéndose hacia la puerta, pero antes de salir se giró y volvió a llamarla—. Tómate el tiempo que necesites, princesa. Puede que sea el último baño que te des en mucho tiempo.

Nadie podía llamarla princesa con aquella insolencia y marcharse tan tranquilo. Lizzie se levantó de pronto sin ningún pudor ante su cuerpo desnudo.

—Ya he terminado, y puedes estar seguro de que no soy una princesa, «Ahab».

Los ojos gris plata de Jack se oscurecieron mientras recorrían el cuerpo de Lizzie, desde las caderas deteniéndose en las partes más íntimas de su anatomía.

—Podría discutirle eso, pero ahora mismo tengo otras cosas en qué pensar. Y diciendo eso se marchó dejándola allí chorreando, desnuda y completamente anonadada. Tenía demasiadas preguntas que hacerle y quería respuestas tanto si él quería dárselas como si no.

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Capítulo Dos

Lizzie tomó la toalla que colgaba de una barra al otro extremo de la bañera y se secó rápidamente. Se puso la camiseta y agradeció que le tapara bastante porque se negaba a ponerse las bragas empapadas. Salió descalza cubierta solo con la camiseta. Si no hubiera perdido sus zapatillas de lona durante el chapuzón le daría una buena patada en el trasero al capitán Ahab.

Mientras salía del cuarto de baño en busca del irritable lobo de mar, trató de convencerse de que comprendía su frustración y su actitud insolente. Él estaba en su barco, sin molestar a nadie, hasta que ella apareció sin previo aviso. Pero ¿tenía que ser tan desagradable? Ella no tenía la culpa de que su barco fuera lo único a la vista cuando tuvo que realizar un «aterrizaje» forzoso. Un buen aterrizaje, además aunque él no lo apreciara. Después de todo podía haber caído en la preciosa cubierta del barco inundándolo por completo y entonces ambos estarían en el fondo del océano en ese momento.

Buscó a Jack por todas partes pero no estaba. Cuando se dirigió hacia una puerta cerrada en la parte trasera del barco el sonido de pasos sobre su cabeza la hizo levantar la vista. Juró que aquel hombre hablaría con ella aunque tuviera que sentarse encima de él. Eso podría ser divertido.

«Lizzie, niña traviesa» se reprendió en silencio al tiempo que se dirigía hacia su destino con paso indeciso, nerviosa al pensar en enfrentarse a la ira de Jack. Pero aquello no podía detenerla. Cuando apreció en la cubierta el sol acababa de ponerse y la luz solo le permitía ver a Jack caminando hacia la parte trasera del barco y que algo plateado pendía de su mano.

¿Sería una pistola? ¿Qué estaría haciendo con un arma? Lizzie corrió hacia él para detenerlo con la esperanza de que no fuera demasiado tarde.

—¡No lo hagas! —gritó cuando llegó hasta él.

—Lo siento, pero no me queda más remedio —murmuró él, y sin girarse, apuntó con la pistola y disparó hacia el agua varias veces.

Lizzie permaneció allí de pie, atónita, preguntándose contra qué habría disparado. ¿Tal vez un pez despistado? Estaba hambrienta realmente, pero no era el momento de pensar en eso.

—Seré hijo de... Maldita sea, directo a... —maldijo dándose un golpe en el costado con la mano libre.

—¿A qué le has disparado? —preguntó Lizzie. —La barquilla de tu globo. No quería soltarse.

Lizzie se puso las manos en las caderas y lo miró furiosa.

—¿Es que molestaba a alguien? Esa pobre e indefensa barquilla ha sido testigo de compromisos matrimoniales, bodas de oro, excursiones de Boy Scouts, y ahora tú la has mandado a las profundidades del océano para que sirva de comida a los peces.

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—Los peces no la tocarán.

—Entonces explícame qué daño hacía prendida de tu barco.

Jack se agachó sosteniendo la pistola entre las piernas abiertas y miró al agua fijamente.

—Probablemente ningún daño importante. —Mírala.

—Hasta que le disparé.

—No comprendo —dijo Lizzie confusa.

Jack se levantó y se metió la pistola en la cinturilla de los vaqueros.

—Oí algo que arañaba y creo que he atravesado la maldita hélice. Se lo tenía merecido.

—No funcionaba. ¿Y no tienes otra?

Lizzie se dio cuenta de que aquello no era lo más apropiado cuando se encontró con la mirada helada de Jack fija en ella. Si no hubiera sido por el bebé, se habría tirado por la borda para tratar de llegar a la orilla a nado.

—Esto no es Oz —contestó él en voz baja—. Aquí no hay magia. Esto es algo serio, Dorothy.

¿Dorothy? No iba a ser él el único gracioso esa noche. Ella también tenía un apodo perfecto para él.

—¿Y por eso has tenido que deshacerte de mi barquilla, Ahab? —Hice lo que tenía que hacer.

Lizzie sabía lo que quería hacer: pegarle un puñetazo. Pero ella odiaba la violencia, las pistolas, así es que se decidió por un ataque verbal muy directo.

—Ojalá hubiera traído conmigo a mi perrito, Toto, para que me protegiera, claro.

—No necesitas protección frente a mí —contestó él con el ceño más fruncido aún—, te lo aseguro. Nunca antes había tenido que usarla —dijo alzando la pistola—, pero tienes que llevar una cuando estás solo en el mar. Desafortunadamente, he gastado todas las balas que tenía.

—Por un momento pensé que deseabas terminar con las desgracias de tu maltrecho barco o con tu vida —dijo ella poniéndose la mano en la frente en actitud teatral.

—Pensaste mal —dijo girándose hacia ella y mirándola largo y tendido—. Lo que hiciste antes, perseguirme sabiendo que estaba armado no fue muy inteligente. No sabías nada de mí y podía haber intentado hacerte daño.

—De haber sido así no me habrías salvado hace un rato, pero lo hiciste. Así es que me imaginé que no ibas a matarme aunque hayas asesinado vilmente a mi pobre Bessie.

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—¿Bessie?

—Mi globo. Y eso tampoco fue muy inteligente. —Es un objeto inanimado, Dorothy.

—Un objeto inanimado con tanques de propano, Ahab. Podrías habernos enviado de vuelta a casa.

Un esbozo de sonrisa se dibujó en el rostro de Jack. —Tienes razón. No lo pensé.

—Y yo tampoco pensé mucho cuando eché a correr detrás de ti sabiendo que tenías una pistola. Lo único que sabía era que no quería que te hicieras daño.

—¿Por qué? —preguntó él acercándose a ella.

—Porque todo el mundo merece vivir, aunque estén de mal humor. Jack se acercó aún más.

—¿Mal humor?

Lizzie no podía rectificar sin parecer demasiado obvia, y por alguna razón tampoco quería hacerlo.

—Sí. Mal humor. No digo que no tuvieras razones para estar un poco molesto —se miró los pies desnudos, incapaz de mirarlo a él directamente, no teniéndolo tan cerca que podía contar los pelos de su barba y las arrugas que tenía alrededor de los ojos—. Lo siento. De veras. Agradezco mucho todo lo que has hecho por mí y por el pequeño Hank.

—¿Hank?

—Mi bebé —contestó ella alzando la vista hacia él sonriendo.

Él la miró como si acabara de anunciarle que iba a dar a luz a una mofeta. —¿Vas a llamar Hank a tu hijo? Por todos los santos, ¿por qué?

—Mi padre se llamaba Hank. Murió hace casi dos años. Nunca he conocido a un hombre tan fuerte y tan adorable como él.

Lizzie vio un brillo de culpa en los ojos de Jack que en ese momento le miraban el vientre.

—¿Entonces ya sabes que es un niño?

—No. Esta misma mañana me he enterado de que estoy embarazada, así es que es demasiado pronto para asegurarlo —«y vaya forma de celebrarlo: en medio del mar con un marinero con malas pulgas»—. Pero espero que sea un niño. No es que no me gusten las niñas. Es solo que siempre me he llevado mejor con los hombres.

Los rasgos de Jack se suavizaron.

—Es bueno saberlo teniendo en cuenta que yo soy un hombre y tú una mujer, y vamos a pasar bastante tiempo juntos, y en un espacio bastante reducido.

(14)

Aquello había sonado como una promesa sexy y pecaminosa. «Para nada. De ninguna manera. ¿Él y ella juntos?»

—Entonces es cierto que estamos...

—Inmovilizados. Juntos —contestó él con una leve sonrisa—. Tú y yo, preciosa, hasta que alguien pase por aquí.

Primero la había llamado princesa, y después preciosa. Jack tenía mucho que aprender sobre las cosas que no le gustaban a Lizzie.

—No quiero que me llames preciosa, y ¿de verdad que nadie sabe dónde estás?

Cualquier esbozo de sonrisa por parte de Jack desapareció en ese momento. —Llevo un año sin hablar con nadie, excepto con la gente del puerto, y ahora contigo.

Llevaba un año sin una mujer. La idea de que su virtud pudiera estar en peligro cruzó por la mente de Lizzie durante un momento, y sí, de alguna manera la excitó, pero aquel hombre no parecía mostrar una actitud muy amorosa. Exceptuando su proximidad, y sus ojos. Seguía mirándola de una manera que le ponía la piel de gallina, y era incluso agradable. De hecho, imaginárselo haciéndole el amor hizo que su cuerpo comenzara a arder lentamente. Pero era una tontería pensar algo así. Era evidente que había sido por culpa de las hormonas.

Lizzie bajó de la nube.

—Estoy segura de que Walter enviará a alguien en mi búsqueda.

Finalmente, Jack se decidió a poner distancia entre ellos. Y entonces Lizzie pudo recuperar la calma.

—¿Quién es Walter? ¿Tu coche? —Ha, ha. El jefe de mi tripulación.

—¿Y vio que descendías sin control? —preguntó Jack con una mirada esperanzada.

—Por lo que sé, sí lo hizo. Cuando recobré la conciencia, traté de contactar con él, pero no pude captar nada en la radio. Eso me hace pensar que me salí del trazado mucho más de lo que imaginaba.

—¿Tienes una radio?

—Tenía. En este momento debe estar en el fondo del mar.

—Entonces supongo que tendremos que confiar en tu buena suerte. —O en la tuya.

—Parece que mi buena suerte se terminó hace mucho tiempo —dijo él con una mirada seria y pesarosa.

(15)

Lizzie no se atrevió a preguntar qué lo había llevado a meterse en un barco, solo, durante meses, alejado de la humanidad. Ya había causado suficiente daño por un día.

—De acuerdo. Tengo bastante suerte la mayoría de las veces.

—Bien, porque la última vez que consulté el pronóstico del tiempo, vi que una tormenta se dirigía hacia aquí. Por eso me dirigía hacia el puerto.

—Hasta que yo caí del cielo.

—Sí. No hay que confiarse. Siempre y cuando sepas a lo que te enfrentas. La tormenta puede ser muy fuerte.

En ese momento una enorme sonrisa llenó el rostro de Jack quitándole muchos años de encima.

—Estoy segura de que todo irá bien.

—¿Crees que podrás con ello? —insistió Jack.

—Sí, claro. ¿Qué puede hacer un poco de viento y lluvia? Un poco de movimiento antes de ir a dormir.

«Alto ahí, Lizzie».

—Mientras tanto —dijo él acercándose un poco más—, tendré que enseñarte lo que tienes que hacer si la situación lo requiere.

La mente de Lizzie se pobló de imágenes en las que Jack la «instruía» en los aspectos más sensibles del arte amatorio. Sí que podía llamarse a aquello una tormenta. Pero podría pensar en ello más tarde. Primero tenía que comer algo. Su estómago le reclamaba con unos ruidos tan espantosos que podrían despertar al monstruo del Lago Ness.

—Tal vez no sea el mejor momento pero, ¿tienes algo de comer? Me muero de hambre.

—Yo también, Dorothy. Yo también —contestó él con una sonrisa maliciosa y muy salvaje.

Jack estaba muy hambriento gracias a la mujer que se afanaba en buscar comida por todos los armarios. Debería haberlo pensado dos veces, diez, antes de entrar mientras ella estaba en la bañera. Debería haberse dado la vuelta y haber salido del baño. Debería dejarla a lo suyo en ese mismo momento antes de que hiciera una tontería como acercarse a ella y recorrer con sus manos sus muslos desnudos, una y otra vez...

Tenía que conseguir mantener su libido bajo control lo cual no era fácil. No tenía ni idea de lo que su relación con aquella mujer podría durar, ni el control que podría ejercer sobre sí mismo a medida que fuera pasando tiempo con una mujer que poseía una voluntad de hierro, una boca de lo más seductora y un cuerpo que bien merecía la pena investigar. Una boca realmente atractiva que había deseado cerrar a fuerza de besos a lo largo del día. También en ese momento. Pero estaba embarazada

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del hijo de otro hombre, y no le interesaba un rollo así, por muy tentado que se sintiera. Tenía más que suficiente con preocuparse de su malherido barco.

—¿No tienes nada más que carne enlatada? —preguntó cerrando un armario y abriendo el frigorífico.

—A mí me gusta la carne enlatada. Es práctica y no está tan mala cuando te acostumbras.

Cerrando la puerta del frigorífico, Lizzie se apoyó de espaldas contra él. —¿No hay ensalada?

—Por el momento no.

—No son buenas noticias —dijo Lizzie mordiéndose el labio inferior—. Soy casi vegetariana aunque a veces coma carne de ave.

—Entonces tal vez tengas que considerar la posibilidad de bucear para buscar algas.

—Eres realmente divertido, Ahab —dijo ella mirando al techo.

—Di lo que quieras, pero no hay nada mejor que un buen filete poco hecho. —¿Poco hecho?

—Sí, cuanto más crudo mejor.

Lizzie se llevó de pronto la mano al vientre, la cara tan pálida como la encimera.

—Dios, creo que voy a vomitar.

Jack corrió a su lado y la llevó hacia la escalera. Ella se quitó la mano de la boca lo justo para preguntar:

—¿Adónde vamos?

—A la cubierta —dijo él—. Tengo reglas aquí, y una es que si alguien se marea mejor es que esté en cubierta y vomite por la borda.

—Probablemente sea el malestar matutino propio de las mujeres embarazadas —murmuró ella con la mano sobre la boca.

Jack pensó que podría ser una posibilidad si no fuera por que ya había anochecido, pero supuso que las náuseas debían ser normales. Después de todo, él no sabía nada de mujeres embarazadas. Ni una palabra. Tenía la sensación de que iba a aprender más de lo que nunca hubiera imaginado.

Cuando llegaron a popa hizo que se inclinara por la barandilla y la sujetó por la cintura desde atrás.

—Vamos.

—No puedo hacerlo si me estás mirando —contestó ella mirándolo por encima del hombro.

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—Pues tendrás que hacerlo porque no voy a dejarte sola. Si te caes, tendré que tirarme por ti. Y pienso que esa es muy mala idea, preciosa. Regla número dos: tienes que permanecer a bordo.

Sus palabras hicieron que se diera la vuelta entre sus brazos. —Te he dicho que no me llames preciosa.

—Y yo no soy Ahab.

—Pues eso o el capitán Garfio ya que parece que nos estamos guiando por personajes de cuento.

—Mis manos están intactas.

Y eso era evidente porque había notado las dos manos de Jack descendiendo por sus caderas.

—En eso tienes razón, así es que Ahab.

—De acuerdo, Dorothy —contestó él sin poder evitar la sonrisa—. ¿Te encuentras mejor ahora o sigues teniendo ganas de vomitar?

Lizzie inspiró profundamente y sus pechos rozaron el torso de él. Jack pensó que eso era lo último que necesitaba.

Ya no tengo náuseas, solo hambre. Necesito comer algo.

Lo que él necesitaba era besarla, desesperadamente, pero no podía hacerlo en ese momento, ni en cualquier otro. Retrocedió un paso sin soltarle la cintura por si se le ocurría desmayarse.

—Escucha, tengo tallarines con verduras. ¿Te parece mejor? —Perfecto —contestó ella sonriendo.

Parecía fácil agradarla. Jack se preguntó si sería así también en la cama, pero se obligó a ahuyentar esos pensamientos de su cabeza y a soltarle la cintura.

—Pues vamos a darte algo de comer entonces. —Ya Hank —añadió ella.

Aunque fuera lo último que quería hacer, Jack se rió. Por primera vez en meses.

El hombre no dejaba de mirarla. Intentó no ser tan indiscreto, pero ya lo había pillado cuatro veces mirándole los labios. Lizzie se llevó la mano a la boca pensando que tal vez tuviera algo de comida pegado, pero no encontró nada. Por si acaso tomó una servilleta y se limpió la boca.

El levantó la vista de su plato y esta vez sus ojos se posaron en el pecho de Lizzie. Esta bajó la vista inmediatamente esperando encontrar una mancha en la camiseta prestada. Siempre se le escapaba algo a pesar de tener una boca grande.

Pero no había mancha. Solo se veía la tela de algodón, demasiado transparente y no podía ocultar el hecho de que todavía sintiera algo de frío.

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Lizzie pensó si sería eso en lo que Jack parecía haberse fijado. Bueno, simplemente tenía que taparse. Apoyó la espalda en el respaldo y cruzó los brazos.

—Ya me encuentro mucho mejor.

—Bien —dijo él bajando la vista de golpe hacia su plato.

—No me opongo a la carne por completo, a menos que sea vaca. Me encantan las vacas. Mi abuelo puso a su rebaño los nombres de sus nietos. Un día tuvimos a mi primo Bernie en casa de cena, y así fue literalmente. Bueno, no exactamente. Quiero decir que se sirvió a la vaca de nombre Bernie para cenar. Y ese fue el momento en que decidí no comer más carne de vaca.

Jack murmuró algo que Lizzie no pudo oír bien. Evidentemente no quería entrar en la conversación, pero eso no la detendría.

—Hay un montón de sustitutos para la carne de vaca. ¿No has probado otras carnes?

Él alzó la vista un momento y volvió a mirar su plato para comer los restos de comida.

—Por supuesto.

—Entonces supongo que estarás de acuerdo conmigo en que no hay gran diferencia entre comer vaca o pollo.

—¿Pollo? ¿Me estabas hablando de la carne de pollo? —Sí, ¿de qué te creías que estaba hablando...?

Lizzie se dio cuenta de pronto.

—Espera un momento, pensabas que te estaba preguntando por tu vida sexual... —no pudo terminar la frase ni contener la risa.

Jack no se reía ni parecía divertirse con aquello. —Es evidente que te he malinterpretado —se excusó.

—Evidentemente. ¿De verdad pensaste que se me ocurriría preguntarte por tu vida sexual?

—Ha sido un error.

Lizzie se echó hacia delante y apoyó la caía en la palma de la mano. —Bueno, y dime, ¿cuál es el revolcón que recuerdas con más cariño? Jack retiró la vista y Lizzie se dio cuenta de que se sentía incómodo. —No quiero meterme en ese terreno.

Pero Lizzie sí quería. Quería saber más cosas de él ya que iban a pasar juntos bastante tiempo.

—Imagino que un hombre como tú tiene ciertas necesidades que satisfacer y me imagino que habrá muchas mujeres haciendo cola para ocuparse de satisfacerlas. Ya sabes, una mujer en cada puerto.

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Jack retiró su plato a un lado, entrelazó las manos y la miró fijamente. —Piensa lo que quieras, pero no me interesa hablar de mi vida sentimental. —Entonces tienes una vida sentimental.

—No es nada importante.

Parecía lamentarse de haberlo admitido. Lizzie se alegraba de que lo hubiera hecho. Al menos ya no se sentía la única célibe.

—Te comprendo —dijo ella—. Mi vida sentimental es prácticamente inexistente.

Aquello llamó de nuevo la atención de Jack.

—Es obvio que en algún momento has tenido algo porque si no, no estarías embarazada.

Si él supiera la circunstancia que rodeaba a su embarazo... Una no podía salir a cenar con un tubo de ensayo.

—Tienes razón, no entremos en ese tema.

—Oh, vamos, Dorothy. Tú has empezado —dijo él sonriendo maliciosamente. —Pues ahora digo que se ha terminado, Ahab —dijo ella levantándose de la mesa.

Las luces parpadearon cuando Lizzie se disponía a llevar los platos al fregadero. Se detuvo y miró al techo.

—¿Qué ha sido eso?

Se giró y vio a Jack con la cabeza agachada, con los dedos a ambos lados del arco de la nariz como si le doliera la cabeza. Y entonces dio un largo y profundo suspiro.

—Las baterías se están agotando. Es cuestión de tiempo que nos quedemos sin luz por completo.

—¿Nos quedaremos a oscuras?

—Sí —contestó él levantando la cabeza. —¿No tienes velas?

—Tercera regla. Nada de velas en el barco, lo que significa que tendremos que ahorrar energía.

Lo ideal para crear una atmósfera romántica. —¿Linternas?

—Un par, pero no me quedan pilas. Solo tengo una lámpara de queroseno que podremos utilizar hasta que se nos acabe el combustible.

Lizzie se apoyó en la encimera. Aquello era genial. —¿Significa eso que tendremos que comer comida fría?

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—Sí.

—¿Y darnos duchas frías a oscuras hasta que alguien nos rescate?

—Sí. Pero yo ya había planeado hacerlo así de todos modos —dijo él, y poniéndose en pie se dirigió a las escaleras—. Hasta que se acabe el agua.

—¿Adonde vas? —preguntó Lizzie yendo tras él por si acaso decidía dispararle a algo más.

—A encender unas bengalas. —¿Puedo ayudarte?

—Puedes mirar —contestó él deteniéndose y mirándola a la cara. —Estoy hablando en serio. Preferiría participar.

—¿De veras? —dijo él acercando la cabeza.

—Sí. ¿No crees que es más productivo cuando dos personas trabajan juntas? —Depende de lo que hagan.

En un ataque de locura femenina, Lizzie se retiró el flequillo de la frente y trató de poner una mirada tímida y coqueta.

—¿Tienes algo en mente?

Un halo de misterio y absoluta sensualidad oscureció los ojos gris plata de Jack.

—Bengalas, Dorothy. Vamos a encender bengalas.

Pero algo se había encendido ya. Algo dentro de Lizzie que antes no estaba. Algo combustible que tenía que ver con la química, y no con la que estudió en secundaria precisamente. Se trataba del fuego que ardía entre un hombre y una mujer. Entre Ahab y Dorothy.

Tal vez el capitán Jack no quisiera reconocerlo, pero lo haría si Lizzie se proponía que lo hiciera. Estaban inmovilizados en medio del océano y tenían que encontrar una manera de pasar el rato. La vida era corta, y nadie podía predecir el futuro. Se trataba de aprovechar una oportunidad que podría no volver a darse. La oportunidad de que un marinero fuerte y perturbador le hiciera el amor. Un hombre muy viril, un hombre de verdad por primera vez.

Cuando regresara a su vida se llevaría con ella la experiencia vivida para que le hiciera compañía en las noches que se sintiera sola.

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Capítulo Tres

Jack prendió dos bengalas. Guardaría las otras dos para más adelante si no conseguía que vieran las primeras.

—¡Vaya!

Miró a Lizzie que observaba maravillada el cielo estrellado como si se tratase de fuegos artificiales.

—Son tan bonitas —dijo mirándolo con una sonrisa reluciente—. Recuerdo que pensé lo mismo cuando vi Titanic.

—Santo Dios. No creo que tengamos que ponernos en esa circunstancia tampoco, Dorothy.

—Vamos. Es una peli muy romántica si pasas por alto el hecho de que el barco se hunde.

—A eso es a lo que me refiero. Preferiría no hablar de barcos que se hunden. —Supongo que tienes razón —contestó ella.

Retirándose de la barandilla de protección, su sonrisa se desvaneció, pero no le restó belleza a sus cautivadoras miradas. Los candidos ojos de color azul-verdoso enmarcados por el pelo rubio revuelto, a veces le daban un aspecto aniñado. Aunque mirando su cuerpo uno no lo atribuiría al de una niña. La mirada de Jack automáticamente descendió hasta sus pechos turgentes cuyo perfil se dibujaba a través de la delgada tela de la camiseta.

Volvió a mirarla a la cara intentando desesperadamente ignorar que estaba prácticamente desnuda, pero viendo que solo llevaba puesta una camiseta de él y seguramente nada más debajo, sus intentos fueron inútiles. Sin embargo, para su alivio ella no parecía notar nada.

—¿Crees que alguien nos encontrará? —preguntó Lizzie vividamente aunque no pudo ocultar el tono de preocupación de su voz.

—En algún momento —contestó él, pero ella pareció preocuparse más a pesar de su sonrisa—. En un día o dos.

Jack no se atrevió a romper en pedazos el optimismo de Lizzie, ni tampoco deseaba causarle más ansiedad.

—Probablemente —dijo ella.

Si alguien acertaba a pasar junto a ellos. Si se hubiera notificado a los Guarda Costas su desaparición. Si la tormenta no dificultaba el rescate. Y con suerte, aún tenían veinticuatro horas por delante hasta que ocurriera alguna de esas cosas.

—Mira, aún nos queda mucha comida. Claro que tendrás que olvidar tu régimen vegetariano por el momento —dijo Jack decidido a inyectar un poco de esperanza.

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—Lo haré por el bien de Hank. Necesita alimento —dijo arrugando la nariz—. Aunque se trate de algún tipo de estofado de aspecto dudoso.

Jack admiraba lo comprometida que se mostraba aquella mujer hacia su futuro hijo. Admiraba su habilidad para ver siempre la parte positiva de las cosas. Deseó poder ser tan optimista y confiado pero, estaba demasiado harto de todo, a pesar de su éxito en los negocios.

Las olas agitaron el barco. Lizzie perdió el equilibrio y, afortunadamente, Jack estaba cerca para evitar que cayera, lo suficientemente cerca para poder oler el femenino aroma mezclado con el aire de mar cuando la tomó entre sus brazos.

—Cuidado Dorothy.

—Lo siento. Supongo que mis piernas todavía no se han adaptado al balanceo de las olas.

—¿No es necesario tener buen equilibrio para volar en globo? —preguntó Jack sorprendido al oír el tono vacilante de su voz y al notar la rápida reacción de su cuerpo ante la cercanía de ella. También lo sorprendió el hecho de que no quisiera dejarla ir, porque no tenía nada que ver con un acto de cortesía.

—En realidad no —contestó ella con cierta nostalgia—. Apenas notas el movimiento allí arriba. Es como si estuvieras parado y tu contacto con el mundo a tus pies se fuera desvaneciendo.

—Suena genial.

—Lo es —dijo ella suspirando, los ojos clavados en él, los brazos alrededor de su cuello—. Es increíble.

Jack decidió que ella sí que era increíble. Su actitud lo era. También sus ojos, sensatos e inocentes; sus pechos que en ese momento presionaban contra su cuerpo; y su boca. Aunque aquello no tuviera sentido, quería conocer aquella boca más íntimamente. Y lo quería hacer en ese preciso instante.

Y no dudó en hacerlo. Simplemente fue por ello, como siempre había hecho en su vida. No había conseguido el éxito sin correr riesgos, y por la forma en que Lizzie respondió a su exploración, su lengua acariciando levemente la de ella creando una ola de calor que abrasó su cuerpo, esa atracción hacia ella era más que arriesgada.

Como si literalmente se hubiera quemado, Jack quitó los brazos que Lizzie tenía alrededor de su cuello y los puso sobre la barandilla para afianzarla. Desafortunadamente, él no se sentía nada seguro, y no era porque no estuviera acostumbrado a los embates del mar.

—No sé por qué he hecho eso.

—Yo sí lo sé —dijo ella tocando sus labios con unos dedos asombrosamente largos y delgados.

—¿De veras? ¿Y te importaría explicármelo?

La sonrisa de Lizzie tuvo la fuerza de un torbellino.

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No podía negarlo. Tampoco podía negar que la deseaba con urgencia, pero no podía responder a su impulso. Tenía que recordar que ella estaba embarazada y que necesitaba mucho más de lo que él podía ofrecerle, emocionalmente hablando. Tenía que recordar que, en unos días, ella se habría ido de su vida, y él podría seguir con su existencia solitaria sin más preocupaciones que su propia seguridad.

—Lo siento —dijo él—. No volverá a ocurrir.

Con una mano apoyada en la barandilla, deslizó la otra por el costado, hasta la cadera, y subió otra vez a la cintura, donde se detuvo como para mostrar sus curvas. ¡Y qué curvas!

—Parece que estás muy seguro de ti, Ahab.

—Lo estoy. Y ahora, vamos. Es hora de ir a la cama —contestó él, aliviado porque, al menos, había dado la impresión de seguridad en sí mismo.

—¿Justo ahora?

—Sí. Tú puedes dormir en mi cama y yo lo haré en el sofá.

—¿Y no hay sitio suficiente para los dos en tu cama ? Es lo bastante grande — preguntó ella con tono seductor.

—Probablemente acabaría encima de ti. Doy muchas vueltas. —¿Y tan terrible te parece la idea?

Aquella mujer no tenía piedad. No parecía darse cuenta de lo que le estaba provocando con cada palabra. Pero lo sabía muy bien. Por alguna extraña razón, había decidido jugar con él, en el sentido estricto de la palabra. Pero por muchas ganas que tuviera él de jugar con ella, no lo haría. No podía.

Una mujer como Lizzie necesitaba estabilidad, no un hombre que había pasado toda su vida buscando aventuras. Necesitaba algo sólido y seguro, un hombre en quien pudiera confiar.

La prioridad de Jack era mantenerla a salvo hasta que llegaran a la orilla aunque lo estuviera pasando realmente mal tratando de evitar la fantasía de hacerle el amor.

Lizzie nunca había prestado mucha atención a sus fantasías, al menos en lo que a hombres se refería. Sin embargo, todas las noches desde que decidió quedarse embarazada, había fantaseado con el padre de su bebé. Lo único que sabía era que la clínica de fertilización le había encontrado un candidato: ascendencia germánica, veintitantos años, metro noventa, pelo y ojos castaños, recientemente licenciado en la universidad con matrícula de honor. Esto último le gustaba mucho. No era que ella no estuviera orgullosa de sus logros personales. El hecho de que simplemente hubiera elegido un camino creativo en vez de una carrera universitaria no significaba que no fuera inteligente. Después de todo, había sido la primera en su clase de cosmética, la mejor en toda la escuela de hecho. Tenía un don para transformar a las mujeres en lo que estas deseaban ser, al menos superficialmente.

Desafortunadamente, nunca había sido capaz de transformarse a sí misma, aunque tampoco lo había deseado nunca realmente. No utilizaba maquillaje. ¿Quién

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necesitaba de verdad retocarse la máscara de pestañas y el lápiz de labios cada hora? Tal vez no poseyera una belleza rotunda, pero sabía quién era y lo que quería en la vida. Había ahorrado mucho para probar suerte montando su negocio con el globo aerostático. Tras la desaparición de Bessie parecía lejos el momento de poder empezar otra vez.

Pero no era problema. Seguiría teniendo a su pequeño. Solo esperaba que su hijo heredara la creatividad de su mamá y el cerebro de su papá. Una buena mezcla.

Tumbada boca arriba en la cama de Jack dejó que las olas la mecieran sumiéndola en un placentero descanso, pero no podía dormir. Podría tratar de imaginarse al hombre que había contribuido a su embarazo.

Pero solo veía a Jack Dunlap.

Deseó poder quitárselo de la cabeza, pero ¿cómo? El hombre estaba durmiendo en la habitación contigua vestido con Dios sabía qué. Tal vez desnudo. Y la idea hizo que una riada de escalofríos recorriera su cuerpo.

Había sido una ingenua al pensar que podría seducirlo. Estaba claro que en la escuela no la habían enseñado a hacerlo. Era ridículo pensar que bastaría entornar los ojos para meterse en su cama. La idea de que ni siquiera consiguiera seducir a un hombre que llevaba sin ver a una mujer muchos meses era realmente deprimente, así es que decidió no pensar en ello.

Pero no podía dejar de pensar en él, en sus atractivos rasgos, su porte sobrio, sus ocasionales sonrisas que hacían que le flaquearan las rodillas, por no mencionar sus fuertes brazos cuando la habían sostenido un rato antes en la cubierta. Y olía tan bien. También sabía bien. Y sabía besar.

A pesar de no haber aceptado su propuesta de dormir juntos, había mostrado ciertas señales de vida cuando, por razones desconocidas para ella, había decidido besarla. Tal vez lo había hecho para que se callara.

Lizzie se puso de lado, encogida en posición fetal intentando entrar en calor. Pensar en los dulces labios del capitán ayudaba un poco, pero siempre podía ponerse otra manta. Podía ir a decirle buenas noches al capitán Ahab aunque hiciera más de una hora que se hubieran despedido. No le gustaba estar sola.

Con ello en mente, se deslizó fuera de la cama y entró en la habitación contigua. Allí no había luz, el barco continuaba meciéndose y por accidente chocó contra el brazo del sofá.

Trató de ahogar el deseo de gritar de dolor por miedo a despertar a Jack y que este saliera corriendo en busca de más balas.

—¿Estás despierto? —susurró Nadie respondió.

—¿Ahab? —dijo un poco más alto. De nuevo, nadie respondió.

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Adaptada ya de alguna forma a la poca luz, fue palpando el sofá convertido en cama para comprobar si Jack estaba allí tumbado, lo cual era una agradable perspectiva. Pero no estaba allí.

Decidió que lo más probable fuera que estuviera en el cuarto de baño y cambió de dirección cuidadosamente. Al no encontrarlo allí tampoco, se dio cuenta de que había dos posibilidades: que estuviera arriba en la cubierta, o que hubiera abandonado el barco.

Dispuesta a despejar su preocupación se dirigió hacia la cubierta y respiró aliviada al ver que estaba allí, apoyado en la barandilla de espaldas a ella, congelado como si fuera un iceberg. Las nubes que cubrían el cielo dejaban ver la luna menguante a intervalos. No se veían estrellas y el viento estaba extrañamente calmado.

Se aproximó a él con pasos silenciosos. —¿Estás bien?

El cuerpo de Jack se tensó al oír la voz de Lizzie. Había estado tenso desde que la besara, todo él. Y para ser sinceros, en ese momento estaba muy lejos de estar bien, especialmente después de que ella hiciera otra de sus inesperadas apariciones cuando él la consideraba metida en la cama, dormida. En «su» cama.

Dándose la vuelta, agradeció que no hubiera estrellas para no ver más allá de la silueta de la mujer. Lo último que necesitaba era volver a ver el aspecto que tenía con aquella camiseta ultrafina y corta que dejaba a la vista las largas piernas y el contorno de sus abundantes pechos. Aunque aquello no importaba demasiado porque él se sobraba para imaginar lo que habría debajo del diminuto atuendo.

Ahuyentó las imágenes de su cabeza y se aclaró la garganta.

—Pensé que podía vigilar un rato por si alguien hubiera visto las bengalas. —Supongo que no ha habido suerte —dijo ella acercándose más a él.

—No, no ha habido suerte. Pero esta noche hay bastante niebla —contestó él pensando que el clima se complementaba con el estado brumoso de su mente.

—Tal vez llegue alguien pronto —dijo ella abrazándose con fuerza al tiempo que se acercaba un poco más. .

Jack no podía retroceder porque tenía la barandilla detrás. Él no quería hacerlo en realidad, pero tal vez sería lo mejor antes de que hiciera alguna otra tontería como besarla de nuevo o tumbarla en la cubierta y hacerle el amor allí mismo.

—¿No puedes dormir? —preguntó Jack consciente de que— él no podía aunque la supervivencia de su barco dependiera de ello.

—Lo he intentado, pero tengo un poco de frío. Pensé que podrías darme otra manta.

Jack estuvo a punto de ofrecerse a darle calor él mismo. A punto. —Claro. En el armario que hay junto a la cama. Estante superior.

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Lizzie dudó un momento antes de hablar y el silencio era tan espeso como la niebla.

—¿Vendrás pronto? —En un momento.

—¿Yeso cuánto tiempo es?

Ella no iba a hacerle ninguna nueva proposición. Si lo hiciera, él podría sentirse tentado de aceptar la oferta a pesar de saber que no debería hacerlo.

—No lo sé. Unos minutos más, supongo. ¿Por qué?

Ella miró hacia un lado dejando así que Jack se deleitase con un perfil perfecto. —¿Si te lo digo prometes no reírte?

Jack tenía ganas de hacer muchas cosas, pero reírse no era una de ellas.

—Trataré de contenerme —dijo él. Un sólido consejo que debería tomar al pie de la letra en lo concerniente a ella.

—Vas a pensar que soy una gallina.

Teniendo en cuenta que no había mostrado miedo después de lo que le había ocurrido en el globo, y había elegido criar ella sola a un hijo, sinceramente podía asegurar que nunca había conocido a una mujer tan valiente.

—Lo dudo mucho. —Sí que lo harás.

—Ponme a prueba —dijo él deseando que fuera en el sentido literal de la palabra.

—No me gusta estar sola —dijo ella lanzando un suspiro.

Jack pensó que aquello era muy irónico porque a él le encantaba la soledad. —¿No vives sola?

—No... sí. No lo hacía hasta hace una semana. Mi compañero de piso, Ian, se mudó.

—¿Tenías un compañero de piso? —Somos muy amigos.

—¿Solo amigos? —preguntó él sin saber muy bien por qué. Y lo que era peor, su tono parecía celoso.

—Sí. Pareces sorprendido. Lo estaba. Y mucho.

Personalmente, para mí sería muy difícil vivir con una mujer durante bastante tiempo y que nuestra relación no trascendiera el nivel platónico.

—¿No tienes ninguna amiga? —preguntó ella realmente atónita. —No, supongo que no.

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—Realmente deberías probarlo —dijo ella y Jack pudo ver el destello de sus blancos dientes y supo que estaba sonriendo—. Eso te ayudaría a entrar en contacto con tu lado femenino.

A él personalmente le interesaba más entrar en contacto con el lado femenino de ella.

—Entonces, ¿ese lan y tú estabais muy unidos?

—Sí, podrías decirlo así. Hasta que encontró al amor de su vida.

A juzgar por su tono, Jack se preguntó si Lizzie había sido sincera. Tal vez había sentido algo por aquel tipo en algún momento. No era asunto suyo, pero tenía que preguntar.

—¿Es él el padre de tu hijo?

—Oh, no. No éramos pareja. Trabajábamos juntos en un balneario y salón de belleza, antes de que abriera mi negocio con el globo.

—¿Es gay?

—No todos los hombres que cortan el pelo son gays —dijo ella frunciendo el ceño.

—No quería decir eso. Quería decir que me resulta extraño que él y tú no tuvierais nunca... ya sabes, sexo.

—No habría funcionado —dijo ella desviando la mirada—. A lan siempre le han atraído las mujeres hermosas. Su nueva novia es modelo. Así es que ya sabes por qué yo nunca podría ser su tipo.

Jack pensó en semejante puntualización durante un momento. Era evidente que ella subestimaba su atractivo, una belleza sencilla que iba más allá de unas cualidades físicas, que también las tenía. Tal vez ella no se viera como una modelo, pero Jack se había fijado, vaya si lo había hecho, en todos sus puntos más atractivos, y tenía más de uno. Además estaba llena de sorpresas. Teniendo en cuenta su voluntad férrea, nunca se le habría pasado por la cabeza que le diera miedo estar sola.

—Personalmente creo que no es tan malo estar solo. Así tienes menos problemas. No tienes que acostumbrarte a los hábitos de otra persona.

—Ian era el compañero de piso perfecto —dijo Lizzie con firmeza—. Siempre disponible cuando lo necesitaba.

—Pero ya no, ¿eh?

—Bueno, él siempre estará ahí, pero no de la misma manera. Trataré de encontrar otro compañero de piso cuando llegue a casa. O tal vez sea mejor esperar hasta que nazca el bebé.

—¿Otro hombre?

—Probablemente. Pero hasta entonces me las arreglaré bien. —¿Entonces cuál es el problema esta noche?

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—Supongo que estoy así porque este es un lugar extraño para mí, con sonidos extraños, y eso. Me sentiré mejor sabiendo que estás en la habitación de al lado.

Él se sentiría mejor teniéndola en el país de al lado, solo así dejaría de tener esa incómoda sensación debajo de la cintura. En ese momento eso era lo mejor que podía hacer para no tocarla, y borrar su preocupación a fuerza de besos, y hacerle el amor hasta el amanecer, o tal vez más tarde del amanecer.

No sabría decir muy bien por qué quería hacer todas esas cosas con ella. Apenas la conocía. Aún tendría que pasar otras veinticuatro horas con ella. Y, además, estaba embarazada. Pero tenía que admitir que en el momento en que había puesto los ojos en ella, había deseado poseerla de una forma desenfrenada y primaria.

Lujuria pura y simplemente, no paraba de repetirse Jack, aunque no pudiera recordar la última vez que una mujer lo había afectado tan poderosamente. Admitía que había deseado a varias mujeres nada más conocerlas, pero nunca había pasado de ser una especie de atracción animal.

Con Lizzie era diferente. Ella era especial. No le dejaba concentrarse y probablemente seguiría haciéndolo mientras estuviera en el barco.

—Tienes frío —dijo él al darse cuenta de que estaba temblando.

—Sí, hace un poco de fresco aquí, sobre todo cuando no llevas mucha ropa encima.

No necesitaba oírlo ni pensar en ello, pero lo hizo. Muy vividamente. Su velamen se izó por completo, y no precisamente el del barco. Aunque probablemente ella no pudiera ver su estado, Jack se giró y le dio la espalda.

—Bajaré en unos minutos. Te lo prometo.

—De acuerdo. Estaré bien hasta entonces. Asoma la cabeza por la puerta para que sepa que estás.

Él querría hacer algo más que eso. Querría subirse a la cama con ella y hacerla entrar en calor con sus manos y su boca.

—Lo haré —prometió él sin dejar de pensar que podría hacer más, pero que no debía.

Agarrado a la barandilla, Jack exhaló el aire que había estado conteniendo cuando oyó los pasos alejándose de él.

—Una cosa más, capitán. —Si.

—Tienes un barco muy bonito. —Gracias.

—Y tu trasero tampoco está nada mal.

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De ninguna forma cometería Jack, por segunda vez, el error de entrar en el baño donde estaba ella.

—¿Qué es qué?

—El recipiente de plata que hay detrás de la puerta del baño. Parece un trofeo. Así era, en efecto. El último que había ganado antes de que sucediera la tragedia. La última gran carrera.

—Lo uso como tope para la puerta.

Lo cual no era totalmente cierto. No quería tener a la vista los recuerdos, así es que lo había escondido cuando el pasado se había vuelto insoportable. Su intención había sido olvidar que lo tenía ahí.

La puerta del baño crujió al abrirse y Jack se preparó mentalmente para la aparición de Lizzie. Con suerte se habría vuelto a poner su ropa.

Toda esperanza se desvaneció cuando esta apareció delante del sofá donde él estaba sentado tomando café y con ella el deseo urgente de besarla. Se había puesto un polo amarillo de él que le llegaba a los muslos, pero al contrario que la camiseta, tenía unas aberturas laterales que le permitían ver la curva de sus nalgas y la ropa interior que llevaba puesta, afortunadamente, aunque esto tampoco le importaba mucho. Podía llevar una gabardina y pijama de franela y no habría diferencia para la reacción que estaba teniendo lugar en las partes bajas de Jack.

—Espero que no te importe que anoche registrara un poco tus cajones —dijo ella con una sonrisa como siempre.

—¿Qué cajones?

—Los del cuarto de baño, buscando un cepillo de dientes. Encontré uno y lo utilicé. Espero que no te importe.

Lo único que le importaba era que ella era demasiado bonita para ser ignorada.

—Está bien.

Se quitó la toalla que llevaba enrollada en la cabeza como un turbante, se dobló hacia delante y se sacudió con fuerza el pelo rubio.

—Estarás orgulloso de mí. Apenas he usado agua. Lo justo para estar presentable.

Jack se limitaba a disfrutar del espectáculo: sus pechos desnudos quedaban a la vista a través del cuello desabrochado del polo. Trató de retirar la vista, pero era como si sus ojos estuvieran pegados con silicona a aquellos pechos. Cuanto más se sacudía el pelo, más se agitaba su cuerpo, y cuanto más se agitaba, más se retorcía él.

Cuando por fin terminó, se incorporó y lo miró detenidamente. —¿Te pasa algo?

Sí. Sus partes estaban duras como una barra de hierro y sin alivio a la vista. —No dormí mucho anoche —dijo él, gracias a ella.

(30)

—¿Sabes lo que necesitas?

Oh, sí que lo sabía. Sabía exactamente lo que necesitaba: quitarle las pocas prendas que le cubrían el cuerpo y ponerse manos a la obra,

—No. ¿Qué es?

—Un corte de pelo. Y un afeitado tampoco te vendría mal. —Ya me he afeitado esta mañana temprano.

—Tienes una barba muy fuerte, entonces —dijo ella entrecerrando los ojos y estudiándolo como lo haría un artista evaluando su futura obra—. Si tienes por ahí unas tijeras, te lo corto.

—No estoy seguro de si puedo confiar en ti para algo así.

—Pues deberías. Era peluquera antes de abrir mi negocio del globo. Y bastante buena, por cierto.

Apostaría a que sí lo era.

—Tal vez me guste mi pelo como está.

Lizzie se sentó en el sofá frente a Jack dejando a la vista sus encantos femeninos, y se llevó las piernas hasta el pecho.

—Solo sanear un poco las puntas.

Desde luego aquella mujer era muy cabezota.

—Si te dejo que lo hagas, ¿me dejarás tranquilo para que pueda trabajar en el barco?

—Desde luego. Yo iré a tomar el sol.

—La última vez que miré el cielo no había nada de sol.

—¿Estás seguro? —preguntó ella saltando del sofá y acercándose a la ventana—. Pues a mí me parece que eso es sol.

Cuando Jack pudo, por fin, dejar de mirarle las piernas y miró hacia la ventana, se dio cuenta de que tenía razón. Él habría apostado su fortuna a que seguiría nublado. Tal vez no debería sorprenderlo. Si Lizzie quería sol, tendría sol. De hecho, estaba seguro de que muy pocas veces se le habrían negado deseos a esa mujer.

—Será mejor que salgas rápido a la cubierta —dijo él—. Dudo que el sol se mantenga así mucho tiempo.

—Primero tu pelo —respondió ella girándose.

Jack llegó a la conclusión de que no tenía ningún sentido discutir con ella. —De acuerdo. Las tijeras están en la cocina, tercer cajón a la izquierda del fregadero.

—Iré a buscarlas mientras tú te sientas ahí. Quítate la camisa y ponte esto alrededor de los hombros —le dijo tirándole una toalla.

(31)

—¿Algo más, comandante?

—Eres la segunda persona que me llama comandante, solo que la otra vez fue seguido de las palabras «eres una pelma» —dijo ella riéndose.

Jack se levantó del sofá y se quitó la camisa.

—¿Es siempre tan difícil decirte que no a las cosas, Dorothy?

—En realidad no, Ahab. Simplemente soy de las personas que saben lo que quieren y hacen todo lo posible por conseguirlo.

No como él. Él siempre se había dejado llevar. Y en ese momento parecía que Lizzie quería algo de él, algo dulce y seductor, a juzgar por la forma en que miraba su pecho desnudo. Lizzie abrió muchos los ojos y sonrió ampliamente.

—Estás en una estupenda forma física. ¿Entrenas a menudo?

Él tenía en mente otro tipo de entrenamiento, pero no tenía nada que ver con levantar pesas.

—Hago ejercicio con las labores de mantenimiento del barco.

—Supongo que naciste con un cuerpo así —dijo ella acercándose más.

—Y hablando de trabajar —comenzó a decir Jack tratando de recuperar el control de su cuerpo—, voy a intentar que funcione el motor. El alternador carga la batería y así podremos tener luz.

—No me importa estar a oscuras siempre y cuando tú estés cerca —dijo ella sacudiéndose el pelo de forma muy sexy.

Jack no era tonto y sabía lo que aquella mujer quería hacer con él. Lo había estado haciendo desde que llegara. La pregunta era si él tendría el valor de negarse a hacerlo.

Un día antes habría podido decir que sí sin vacilación, pero ya no estaba tan seguro. Lo único que sabía era que Lizzie Matheson estaba rompiendo la vida que se había fabricado y estaba empezando a gustarle.

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