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Tras empaquetar las provisiones que tendrían que durarle al menos un mes, Jack zarpó a bordo de Hannah, solo.

Como le había prometido a Lizzie, había intentado volver al mundo de los vivos durante los últimos dos meses. Había visto a algunos compañeros, asistido a un par de eventos sociales y jugado al golf, pero no se sentía más vivo después del intento, y por eso regresaba a su refugio de nuevo.

El tiempo en Florida estaba claro pero inusualmente fresco para mediados de agosto, y había algo de viento moderado. Un buen día para navegar, pensó Jack mientras pilotaba su barco a través del océano infinito. Con las condiciones atmosféricas favorables y a pesar de que solo llevaba en el mar dos horas, la atmósfera comenzaba a fundirse con él, la sal, la brisa marina, la soledad.

A pocas millas del puerto, Jack izó las velas y fijó el rumbo, conectó el piloto automático y bajó al camarote donde se dejó caer en el sofá. Al meterse la mano en el bolsillo, sacó la cadena que le había quitado sin querer a Lizzie durante la tormenta y la sostuvo en la mano. La policía la había recuperado de los contrabandistas y la había enviado al hotel con un mensajero esa misma mañana.

Jack tenía algo que en realidad debería estar en posesión de su dueña legítima aunque se sentía tentado de guardarla para tener un recuerdo del tiempo que había pasado con ella. Pero eso no sería justo porque ella deseaba recuperar sus amuletos.

Podría enviársela por correo, pero podría extraviarse en el camino. Debería dársela en persona.

¿Por qué no? Así podría comprobar cómo le iba, asegurarse de que Hank estaba bien. Solo tendría que quedarse lo justo para darle la cadena, y ver su sonrisa una vez más.

¿A quién estaba tratando de engañar? Si la veía otra vez, querría tomarla en sus brazos y hacerle el amor durante horas, o días. Además, no estaba seguro de que ella quisiera volver a verlo. Pero la echaba mucho de menos.

Dejó la cadena en la encimera de la cocina y caminó por el barco, escuchando el eco de sus pasos en el silencio remante mientras pasaba de una habitación a otra. El lugar estaba en orden, el hogar perfecto fuera de casa, o al menos lo había sido en un tiempo. En ese momento todo le recordaba que había pasado su vida encerrado en un caparazón protector tratando de escapar de sus responsabilidades, de la culpa y que no había tenido éxito. Tampoco estaba consiguiendo olvidar a Lizzie.

Aunque el interior del barco había sido reconstruido y la fachada cambiada por completo, la veía en todas partes. La veía en la mesa, jugando al póquer, fingiendo no tener ni idea. La veía en su cama, desnuda, con los brazos extendidos hacia él. Oía su risa, sus interminables bromas, y sus últimas palabras: «Te habría amado igualmente...»

El sonido del móvil trajo a Jack de vuelta a la realidad. Soltó todo tipo de maldiciones a los sistemas modernos de comunicación y al hecho de que no estuviera lo suficientemente lejos como para no captar la señal. Por supuesto, lo único que tenía que hacer era ignorarlo. Pero por alguna razón que no podía explicar muy bien decidió contestar a la llamada. Y cuando la conversación hubo terminado Jack se alegró mucho de haberlo hecho.

—Lizzie, tienes un cliente esperando.

Echando un vistazo a su reloj dejó escapar un sonoro gemido y miró a la recepcionista del salón de belleza que llevaba el maquillaje como si fuera pintura de guerra.

—Es sábado, Penney. Se supone que salgo a mediodía y son casi las tres. ¿No puede ocuparse de él otro?

La mujer se puso un lápiz detrás de la oreja y fingió sonreír.

—De hecho, se lo dije pero dijo que no. Además, todo el mundo está ocupado. —Oh, de acuerdo. Pero es el último. Estoy muerta de hambre —dijo mirando hacia la sala de espera repleta de mujeres y niños, pero no vio a ningún hombre—. ¿Dónde está?

—Está en los lavabos. Lila se está ocupando de él. Ahora, es todo tuyo. —¿Cómo se llama?

—No lo sé.

—¿No se lo has preguntado?

Penney miró hacia el techo y se ahuecó el pelo teñido de rojo.

—Por supuesto que se lo pregunté, pero no quiso decirme nada, excepto que ya le habías cortado el pelo antes. No puedes equivocarte porque es el único hombre de ahí atrás. Y es muy guapo, tengo que añadir. Tal vez tengas suerte.

Lizzie no necesitaba esa clase de suerte. Tampoco necesitaba un hombre. Excepto uno y eso era un sueño imposible. Habían pasado dos meses sin recibir noticias de Jack. Demasiado tiempo para creer que volvería a verlo.

—¿Puedo hacer algo más, Penney? ¿Limpiar el suelo? ¿Lavarte el coche? —Eso es todo. Que te diviertas.

Sí claro, se iba a divertir mucho, pensó Lizzie mientras se dirigía hacia el fondo de la sala más allá de peluqueros y clientes que no paraban de charlar.

Cuando llegó a los lavabos, encontró al hombre sentado en una silla en la esquina, una pierna con unos pantalones informales de color azul marino cruzada sobre la otra, y unos mocasines caros. Tenía una toalla blanca alrededor del cuello y la cara. Evidentemente no quería que el agua cayera sobre su preciosa chaqueta. O eso o era un tipo raro que quería jugar al escondite con la peluquera. Si se le ocurría tocarle el culo, lo abofetearía.

—Ya estoy con usted, señor. —Eso espero, Dorothy.

Si Lizzie no hubiera tenido la pared para apoyarse en ella, habría caído al suelo al oír aquella voz profunda.

Jack se quitó la toalla lentamente dejando a la vista su sonrisa, sus preciosos ojos y su cabello húmedo que no necesitaba un corte.

Paralizada Lizzie solo podía mirar a Jack llena de sorpresa aunque de buena gana se tiraría sobre él allí mismo. Desde su despedida, había pensado en él unas cien veces al día y en ese momento estaba allí, en carne y hueso, pero ¿por qué? ¿Y por qué no podía hablar?

Jack se puso en pie, todo él un ejemplo de masculinidad, y su familiar aroma se extendió levantado recuerdos de noches apasionadas en el mar, el frescor de las sábanas, las caricias suaves y los besos embriagadores.

—¿Cómo has estado este tiempo? — preguntó Jack. —Muy bien, ¿Y tú?

«Sola, miserable, enferma de amor por ti...» —Bien.

—Me alegro.

Con las manos en los bolsillos, permaneció allí de pie sin saber qué más decir. Lizzie no podía aguantar el silencio incómodo, cualquier tipo de silencio con él.

—Me alegro de verte, Jack.

—Yo también —Jack dudó un momento antes de seguir—. Y te he mentido. —¿No te alegras de verme?

—No, quiero decir sí, me alegro de verte. Te mentí cuando me preguntaste cómo había estado durante este tiempo —contestó él con una lánguida sonrisa.

—¿Qué te pasa?

—Bueno, supongo que podría decir... —Perdón.

Una de las peluqueras pasó junto a Lizzie con un cliente tras ella que fue a sentarse un poco más adelante. De pronto la habitación parecía atestada de gente.

Lizzie hizo un gesto a Jack para que saliera al pasillo. —¿Qué me estabas diciendo?

Entonces, un niño llegó corriendo por el pasillo y se detuvo junto a Lizzie a quien agarró por la camisa.

—Me hago pis.

—Ahí está el cuarto de baño, cariño. Todo recto.

El niño salió corriendo otra vez y cerró la puerta tras él.

—¿Hay algún sitio por aquí donde podamos hablar? —preguntó Jack. —Podemos intentarlo en el salón del descanso.

Pero la sala de descanso estaba ocupada por Penney que se estaba comiendo una pizza de peperoni. La recepcionista miró a Jack con una sonrisa aduladora.

—¿Puedo hacer algo por ti? —No, gracias, Penney.

Lizzie suspiró cuando llegaron de nuevo al pasillo. —Lo siento. Los sábados el salón es una locura. —¿Cuándo terminas?

—De hecho ya me iba cuando has aparecido tú —y todavía no sabía por qué lo había hecho—. ¿De verdad has venido a cortarte el pelo?

—No —dijo Jack pasándose una mano por el pelo—. Tengo algo que enseñarte algo, si tienes tiempo.

—¿Dónde está?

—Tendremos que ir en coche.

Lizzie se mordió el labio inferior. Quería ir con él, lo deseaba de verdad, pero su compostura se había ido abajo en el momento en que lo había visto. Cuando volviera a marcharse, le dejaría el corazón destrozado.

—No sé, Jack. Tal vez no sea una buena idea.

—Mira, creo que merecerá la pena —dijo él dando un suspiro.

Estaría loca si aceptara. No era la primera vez en lo que concernía a Jack. Y después de todo, le había dicho que la llamara si necesitaba una amiga. Y en ese momento parecía que eso era exactamente lo que necesitaba. Ella podría ser su amiga por el día aunque desease mucho más.

—De acuerdo, confiaré en ti esta vez, Ahab.

—Te prometo que no lo lamentarás, Dorothy —contestó él sonriendo satisfecho.

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