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Capítulo Siete

Fue como si lo tirara por la borda. Nunca, ni en sus sueños más salvajes, habría imaginado Jack que Lizzie le diría algo así. Sintió a la vez una tremenda sorpresa y un estúpido orgullo masculino ante la idea de que fuera virgen.

Pero al darse cuenta Jack se asustó un poco. No solo estaba embarazada, sino que era inexperta, y él estaba muy excitado, apenas podía controlarse, y le preocupaba hacerla daño.

Necesitaba poner algo de distancia entre ambos. Se retiró de ella y tumbado boca arriba, se puso un brazo sobre los ojos.

—Eso no cambia nada, ¿verdad? —preguntó ella con una voz débil y vacilante. Muy impropia de Lizzie.

—No lo sé. Estoy pensando. —Podré aguantarlo, Jack.

Seguro. Pero, ¿podría él? Jack bajó el brazo y la miró. Ella se había puesto de costado para mirarlo y tenía la cara apoyada en una mano, su expresión era muy optimista. Jack podía verle los pechos desde allí, sonrosados y preciosos a la luz de la mañana. No podía evitar que sus ojos se detuvieran en la cadera femenina y en el triángulo dorado que se formaba en el punto donde se juntaban sus muslos. A pesar de la revelación, seguía deseándola con todo su cuerpo y su alma.

Lizzie se inclinó, le dio un beso en el cuello y sonrió.

—Anímate, Jack. No es el fin del mundo. Es solo el fin de mi virginidad. —Pero estás embarazada.

—He leído un montón de libros sobre el embarazo —dijo ella dando un suspiro—. Si de verdad creyera que podría hacerle daño al bebé, no lo haría.

—¿Por qué yo? —preguntó Jack mientras ella se inclinaba un poco más para besarlo en el pecho.

—¿Por qué no?

A él se le ocurrían montones de razones, la primera que probablemente no mereciera el honor. La segunda, que se merecía que su primera vez fuera con un hombre que estuviera dispuesto a quedarse junto a ella. Y también estaba el hecho de que ella...

Era evidente que estaba tratando de torturarlo para que cediera. Jack dejó de pensar cuando Lizzie continuó con sus besos cada vez más abajo, demasiado cerca de su centro de excitación.

—Ya es suficiente —murmuró él. Lizzie alzó la cabeza y frunció el ceño. —¿Por qué?

Porque si continuaba besándolo, su primera vez terminaría en un tiempo récord.

—Hazme caso. No es una buena idea. Ven aquí conmigo. —¿Prometes que no cambiarás de idea?

—¿Qué ocurrirá si no te lo prometo?

Como respuesta, Lizzie le dio otro ardiente beso justo debajo del ombligo. —Supongo que encontraré la manera de mantener a J. J. ocupado hasta que Jackson el Viejo, J. V. para abreviar, cambia de opinión.

Jack se sintió tentado de negarse para hacer que Lizzie «se ocupara» de él, pero aquella tenía que ser una vez especial para ella.

—Te lo prometo. Y ahora, ven aquí.

Ella trepó por el cuerpo de él y él la tomó por el cuello para llevar su boca hacia la de él. La besó apasionadamente. Ella respondió al estímulo del beso con movimientos controlados que casi lo llevaron al límite.

De pronto, Jack la hizo rodar hasta ponerla boca arriba y se arrodilló delante de ella mientras decidía qué quería hacer. Lo que debería hacer. Sabía exactamente lo que él quería: recorrerle todo el cuerpo con la lengua.

Como si ella le hubiera leído los pensamientos le preguntó de una manera endiabladamente sexy:

—¿A qué esperas?

Desde luego no estaba esperando a que ella le diera el banderazo de salida. Ya lo había hecho una y otra vez, pero no podía evitar pensar si hacer determinadas cosas la asustaría.

Miró la expresión expectante de Lizzie y se recordó inmediatamente que se trataba de la mujer que no se lo había pensado dos veces antes de ir detrás de él, aunque estuviera armado. Una mujer que no se dejaba intimidar por nada cuando quería algo desesperadamente. Una mujer que acababa de mostrarle su lado más sensual esperaba impacientemente a que él quisiera seguirla.

Lizzie se tomaría bien cualquier cosa que él decidiera hacer con ella en ese terreno y probablemente lo haría muy bien. Él tan solo tenía que ser cuidadoso.

—Estoy expectante —dijo Lizzie dándole unos golpecitos con los dedos en el hombro—. Dame lo mejor que tengas.

Él se sentó a los pies de la cama y, tomando una de las kilométricas piernas de Lizzie, se la colocó sobre los muslos. A continuación la levantó y examinó los dedos de los pies. Sus pies eran tan bonitos como el resto del cuerpo.

Lizzie por su parte se colocó las dos almohadas detrás de la cabeza y lo miró. —¿Es que vas a hacerme la pedicura?

—No. Estoy pensando qué voy a hacer para que esta sea la mejor experiencia de tu vida.

—Estoy intrigada.

—Te aseguro que quedarás algo más que intrigada —contestó él sonriendo. —Promesas, solo promesas.

Jack le dio un beso en la planta del pie entonces y ella profirió una risilla nerviosa.

—¿Tienes cosquillas, Dorothy? —Unas pocas, Ahab.

Le besó la pantorrilla entonces y Lizzie volvió a reír aunque intentaba parecer seria.

—Lo siento. Supongo que soy más sensible de lo que creía.

Jack sonrió para sí al imaginarse cómo reaccionaría cuando la besara en otro lugar mucho más sensible. Lizzie inspiró profundamente y dejó escapar el aire lentamente.

—De acuerdo. Sigue.

Jack le dio un beso muy suave en la rodilla y ella tuvo que ponerse una almohada sobre la cara para no estallar en una risita incontrolada.

—Lizzie, me lo estás poniendo difícil.

—Lo dudo mucho —dijo ella bajo la almohada.

Cuando se detuvo a besarle la rodilla con más énfasis, las risas entrecortadas se convirtieron en carcajadas. Normalmente, algo así habría detenido a Jack pero en este caso solo sirvió para encenderlo más. Abrió entonces las piernas y se tumbó entre ellas para empezar a recorrer con pequeños besos la cara interna de los muslos.

Lizzie se quitó la almohada de la cara. Ya no se estaba riendo.

—Así es que no tienes cosquillas ahí, ¿eh? —preguntó él recorriendo con los nudillos el camino que antes recorriera con los labios.

—Ah, no —contestó ella con apenas un hilo de voz.

Jack se alegró de haber encontrado la manera de hacerla callar, al menos de hacer que dejara de reír. Pero no la quería totalmente silenciosa cuando se pusiera manos a la obra.

Pensando en ello, deslizó la lengua por el interior de un muslo pero sin detenerse. Continuó hasta la abertura de su sexo que escondía el punto exacto que le arrancaría un gemido. Lizzie le agarró la cabeza mientras él lamía laboriosamente hasta que la hizo arder. En ese momento introdujo un dedo en su vagina, después dos, imaginado sin problema lo que sería experimentar su calor rodeándolo a él.

Levantó la mirada y se encontró con que Lizzie lo miraba con los ojos muy abiertos por la sorpresa, y llenos de deseo. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración mientras él seguía explorando su interior con la lengua, sin darle tregua. Jack sintió que Lizzie se ponía tensa y oyó un suave gemido, pero él no se detuvo hasta que hubo cedido el último espasmo de placer de su orgasmo.

Entonces Jack se puso encima de ella arrebatado por la urgente necesidad de penetrarla. En vez de ello, le quitó el pelo de la cara y la besó con suavidad.

—¿Estás lista ahora?

—Creo que sí —contestó ella cerrando los ojos.

A Jack le preocupó el tono vacilante de ella y le acarició los brazos suavemente. Lizzie apretaba los puños con fuerza.

—Relájate, Lizzie. —De acuerdo.

Aquello no iba a funcionar, no si estaba tan tensa. Jack regresó al lado de Lizzie y le pasó los dedos levemente por un pecho, después por el otro y después deslizó la mano entre los muslos de ella justo por el mismo lugar donde poco antes había estado su lengua.

Lizzie abrió de golpe los ojos.

—Jack, de verdad que no tienes por qué...

—Quiero hacerlo —dijo él acariciándola con mucha suavidad, insistentemente. Cuando vio que estaba a punto de llegar a un nuevo orgasmo, retiró la mano, abrió las piernas con su muslo y se puso encima de ella. Consiguió penetrarla un poco, pero vio que Lizzie lo miraba con cierta aprensión.

El cuerpo de Jack clamaba por penetrarla pero su cabeza le decía que se lo tenía que tomar con calma. La besó en las mejillas.

—¿Estás bien?

Lizzie asintió y le pasó un dedo por la mejilla. —Estoy bien. ¿Tú estás bien?

—Sí.

—Pareces estresado.

No era estrés lo que le hacía apretar los dietes. Era la urgente necesidad de estar dentro de ella por completo.

—Nunca he hecho esto antes —dijo él sin que pudiera evitarlo. Cuando se dio cuenta, había sonado bastante estúpido.

—¿Eres virgen? —preguntó ella totalmente sorprendida.

—Nunca lo he hecho sin protección —contestó él riéndose aunque sin alegría. —¿Nunca?

—Nunca. Quiero que sepas que estoy sano, que no tengo ningún tipo de... Ella lo hizo callar poniéndole un dedo en los labios.

—Confío en ti.

—Eres demasiado confiada, Lizzie.

—Sé que no me pondrías en peligro. Sé que no me harías daño a propósito — dijo haciendo un gesto de dolor cuando Jack empujó un poco más.

—Te estoy haciendo daño —dijo él deteniéndose. —Dicen que hay que sufrir para ganar.

—Diablos, Lizzie. No quiero hacerte daño —dijo él deslizando la mano entre las piernas de ella y acariciando el vértice del erótico triángulo—. Quiero que te sientas bien.

Tan bien como se sentía él, tan ansioso como lo estaba él.

Ella volvió a abrirse al tacto de él, respondiendo de la misma manera dulce en que lo había hecho antes. Lizzie comenzó a elevar las caderas instándole a que penetrara en ella hasta el fondo hasta que alcanzó un nuevo orgasmo. Con los dedos en el interior de la húmeda abertura disfrutó del placer de ella y trató de acercarla a él lo más posible. Se detuvo un instante en un esfuerzo por que aquel momento durara eternamente.

—Jack —susurró Lizzie—. ¿Algo va mal?

—Nada va mal. Es solo que estás muy tensa —contestó él enterrando el rostro en el cuello de ella.

—¿Yeso es malo?

—Es bueno. Demasiado.

—Nada es demasiado bueno —contestó ella tomando la cara de él entre sus manos.

Pero Jack no pensaba igual. En ese momento obedeció las órdenes que le daba su cuerpo. Tenía que reconocer que hacía mucho tiempo que no se había sentido tan potente, si era posible que alguna vez lo hubiera sentido. Lizzie no desvió la mirada de él ni un momento mientras él se encaramaba sobre ella y comenzaba a acoplarse con todo el cuidado del que era capaz. No tardó mucho en adaptarse al movimiento rítmico que él marcaba, sus ojos llenos de expectación pero no miedo, solo placer.

En breve, Jack supo que no podría resistir mucho antes de alcanzar él mismo el orgasmo. Su cuerpo se sacudió con la explosión y mientras trataba de recuperarse, Lizzie lo mantuvo unido a ella, acariciándole la espalda con sus manos sedosas.

—Nunca imaginé algo así —dijo Lizzie en un tono reverencial que hizo bajar a Jack de la nube.

Él la besó como si nunca fuera a cansarse de hacerlo. Le maravillaba la forma en que aquella mujer sentía el sexo, disfrutaba con su risa, admiraba sus ganas de vivir.

En ese momento Jack se dio cuenta de que el proverbio que habla de que el camino estaba sembrado de buenas intenciones era realmente cierto. Nunca había creído que pudiera quedar prendido de una mujer, y mucho menos de Lizzie

Matheson, una mujer capaz de traspasar la barrera que se había construido a su alrededor.

Tampoco podía olvidar que cuando todo aquello terminara, volvería a ser el Jack de siempre, avergonzado de sus errores. Tendría que seguir llevando la vida que había elegido y eso no incluía a Lizzie como una pieza permanente. Pero sabía que incluso después de que ella desapareciera de su vida, dejaría una huella indeleble en su alma.

Lizzie despertó y se encontró sola otra vez. Extendió los brazos por encima de la cabeza y rápidamente se dio cuenta de que era mucho más tarde de lo que en un principio había creído, a juzgar por la luz del sol que se colaba por la ventana.

Se bajó de la cama y se puso en pie aunque las piernas no parecían responderle demasiado. Por lo demás, se encontraba bastante bien teniendo en cuenta el ejercicio que había hecho recientemente.

Tomando una camiseta de Jack de un cajón del mueble, se la puso encima y se dirigió a la cocina con la esperanza de que Jack estuviera allí. Al ver que no estaba supuso que estaría en la cubierta comprobando el estado del barco. Preferiría que comprobara de nuevo el estado de ella.

Poco imaginaba Jack que había creado en ella una máquina sexual insaciable; Incluso en ese momento, tan hambrienta que podría comerse una langosta viva, olvidaría con gusto la comida para dedicarse a los placeres que se disfrutaban bajo las sábanas.

Pero tenía que recordar que estaba Hank. Su bebé necesitaba comida. Ya se bañaría más tarde, y después ya vería qué hacer con los sentimientos hacia Jack que se estaban amontonando en su corazón, consciente de que este probablemente no sintiera por ella lo mismo.

Lizzie abrió un armario y sacó una rebanada de pan rancio aunque sin moho, y se lo comió acompañado de una lata de melocotón en almíbar y una botella de agua. No era mucho sustento, pero tendría que conformarse hasta que regresaran a la orilla. Y cuando eso sucediera, iría en busca de una suculenta hamburguesa de pavo, por supuesto, y se daría un baño de verdad. Disfrutaría de Jack un día más antes de que sus caminos volvieran a separarse. Aprovecharía todo lo que pudiera compartir con él.

Cuando hubo terminado de comer fue al cuarto de baño, se aseó y cuando salió del baño su incondicional marinero seguía sin aparecer.

Subió a cubierta y se puso la mano a modo de visera mientras miraba en busca de Jack. Se sentía algo cohibida. ¿Qué se decía la mañana después? Bueno, mejor dicho el mediodía después porque el sol estaba en el centro del horizonte. Buen día, Jack. ¿Alguna señal de los Guarda Costas, Jack? ¿Hay alguna posibilidad de que pueda convencerte para que bajemos a otro revolcón?

Antes de llegar a una conclusión apropiada, Lizzie había llegado a la popa donde se encontró a Jack de rodillas en la plataforma exterior del barco, la piel bronceada reluciente bajo el sol. Toda la piel. Estaba en una posición en la que Lizzie

solo podía ver un lado de su cuerpo: parte de su pecho desnudo y un muslo cubierto de vello que escondía otros atributos que ella ya conocía íntimamente. Tenía una pastilla de jabón en una mano y una toalla en la otra y Lizzie sintió escalofríos a pesar del calor asfixiante.

Sabía que el barco se estaba balanceando un poco, lo que era buena cosa. También sabía que debería darse la vuelta y dar a Jack un poco de intimidad, en vez de quedarse allí como si fuera una vulgar mirona, pero era como si tuviera los pies pegados al suelo de la cubierta. Separó ligeramente los labios mientras observaba la forma en que sus músculos se contorsionaban y húmedas gotas de agua resbalaban por el cuello, pasando por su increíble pecho y por su abdomen plano en dirección a... ¡Lizzie pensó que daría lo que fuera por ser la toalla!

Inclinó la cabeza y aprovechó las gotas que saltaban de las olas para lavarse el pelo y aclarárselo. Se enderezó y se pasó las manos por el pelo y a continuación levantó la cara hacia el sol. Vio cómo doblaba la toalla y la dejaba sobre un cubo que tenía al lado y metía el jabón en su caja y por fin se levantó dando a Lizzie la oportunidad de disfrutar con la visión de su espléndido cuerpo.

Pero no el tiempo suficiente ya que se puso rápidamente unos pantalones cortos. Se giró y vaciló un instante. Entonces sus ojos se encontraron y una mirada de complicidad brilló en sus pupilas grises.

Lizzie lo saludó con la mano tratando de aparentar serenidad aunque lo que en realidad le apetecía era echarse encima de él.

—Hola.

Él le dedicó una media sonrisa que causó estragos en ella, la mano en la bragueta.

—Veo que ya te has despertado —dijo. —Sí.

—¿Estás bien? —preguntó subiéndose la cremallera lentamente.

—Estupendamente—, «electrificada, ansiosa y lista para el sexo. He desayunado. Me vendría bien un baño. Y un beso, y muchas otras cosas».

—Ahí tienes un poco de agua mineral y una esponja —dijo Jack señalando el cubo—. La he sacado aquí fuera para que se calentase. No lo está demasiado pero podrá bastar. Puedes meter el cubo en el baño y lavarte allí.

—Podría hacerlo como tú —dijo señalando la plataforma en la que se había estado lavando él.

—Créeme, Lizzie, el agua salada no es tan agradable.

—De acuerdo —contestó ella encogiéndose de hombros mientras tomaba el asa del cubo.

—Dentro, Lizzie —dijo Jack en tono de advertencia—. Tendrás más intimidad. Haciendo caso omiso de la sugerencia, se quitó la camiseta quedando totalmente desnuda.

—Nunca me he bañado desnuda al aire libre. Es agradable.

Jack no se movió, ni dijo una palabra mientras ella enjabonaba la esponja y la deslizaba por todo su cuerpo deteniéndose en los pechos. La mirada de Jack siguió las burbujas de espuma que iban rodando por el estómago de Lizzie y más abajo.

De pronto subió la vista y ella notó un indiscutible ardor en sus ojos. Se le antojó entonces ofrecerle la esponja para que la ayudara a lavarse.

—¿Quieres nacerlo tú?

—¿Realmente crees que es una buena idea? —preguntó él mirando hacia otro lado.

—Creo que es una idea maravillosa. Estoy segura de que harás una limpieza a fondo.

—Pensaría que tienes otras ideas en la cabeza. —¿Qué otras ideas?

—Lo que haremos cuando salgamos de aquí.

—No tiene ningún sentido preocuparse por lo que uno no puede controlar, ¿no crees? —dijo ella poniéndole la esponja en la mano.

—Pondrás mi autocontrol a prueba si haces que te ayude a bañarte —dijo él pasándose la mano libre por el cabello.

—Eso es lo que espero.

—Lizzie, me estás volviendo loco.

—Jack, me estoy poniendo muy caliente —dijo ella besándolo en la barbilla. —No me sorprende. Debe haber más de veinticinco grados aquí fuera.

—No quería decir eso y lo sabes —dijo ella tomando la mano de él y guiándola hacia sus pechos—. Me refiero a esto.

Se detuvo un tiempo en ellos, después le lavó el estómago y después se

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