Paz.
Jack había creído que finalmente la había encontrado con Lizzie, aunque solo hubiera sido temporalmente, pero cuando ella no estaba cerca, la tranquilidad se evaporaba y la culpa volvía. Había acumulado más remordimiento aún al ver aquella mirada en los ojos de Lizzie, la mirada que le decía que aquella mujer creía en él, que se preocupaba por él. En realidad, a él también le importaba Lizzie, mucho más de lo que debería.
El océano se extendía ante ellos, y hacía mejor tiempo aunque el mar parecía decidido a tenerlos en moviente. Dirigió el barco hacia la orilla con la esperanza de que se levantara más viento y los arrastrara hacia tierra. El foque se hinchó un poco con la brisa, pero no lo suficiente para hacerlos avanzar. El agua se les estaba acabando, y también la comida, y el tiempo.
Se preguntó si los amigos de Lizzie habrían renunciado a encontrarla, y si alguien se preguntaría por qué él no había aparecido por el hotel para repostar y comprobar los mensajes nuevos. El había dejado claro que no quería que lo molestaran y en ese momento se daba cuenta de que esa decisión podía ser fatal para él y también para Lizzie. Lo único que podía hacer era esperar que alguien llegara pronto.
La puesta de sol lo llenó todo de color, una gama que iba del naranja al azul y pensó en llamar a Lizzie para que subiera a cubierta a verlo, pero se había mostrado extraordinariamente callada durante la cena y le preocupaba que pudiera estar cansada. Había insistido en que se fuera a la cama y le había prometido que él iría después, una promesa que no estaba seguro de si debería cumplir. Era la tentación con forma de una irresistible mujer y si se le metía en la cabeza ponerlo a prueba una vez más, él no podría resistirse.
Jack permanecía de pie tras el timón absorbiendo el sonido de las gaviotas graznando sobre su cabeza y el olor a salitre del mar, sintiendo cómo las olas chocaban contra el barco. Por primera vez en su vida casi le desagradaba la atmósfera. Entonces otro sonido llamó su atención. El motor de una embarcación en la distancia. Esforzó la vista y vio que una lancha se dirigía directamente hacia él. A menos que se hubiera vuelto loco, aquella lancha era la misma del día anterior, que iba pilotada por los supuestos pescadores, lo cual podía significar que iban a ayudarlos o todo lo contrario. Eso significaría que estaban en tremendos apuros.
Cuando llegaron y se detuvieron junto al barco, Jack salió para enfrentarse a los extraños. El delgaducho levantó la cerveza que llevaba en la mano.
—Veo que habéis sobrevivido a la tormenta.
Jack se dio cuenta demasiado tarde de que el grandote había amarrado la lancha a su barco, pero decidió no mostrar su preocupación.
—No oigo ningún motor —dijo el grandote riéndose—. ¿Oyes tú un motor, Harry?
—No, Buck, no oigo ningún motor. No creo que este barco vaya a ninguna parte, al menos no muy rápidamente.
Jack se puso tenso. Todos los nervios de su cuerpo presagiaban el peligro. —¿No han salido de pesca hoy, caballeros?
—Hoy no hemos salido a pescar, al menos no ese tipo de pesca —dijo el llamado Harry rascándose la escuálida mandíbula—. ¿Dónde está tu mujer?
—Se ha ido —mintió Jack—. Volvió a tierra en un barco que pasó por aquí. Estoy esperando a los Guarda Costas de un momento a otro.
—¿Has visto a los Guarda Costas cuando veníamos para acá, Buck?
—No, Harry. Supongo que los Guarda Costas tienen otras cosas más importantes que hacer que ocuparse de dos enamorados perdidos en el medio del mar.
Jack empezó a imaginar cosas al ver que el llamado Buck se metía la mano en el bolsillo.
—¿Qué queréis?
Tal como sospechaba, Buck sacó un revólver que parecía diminuto dentro de su mano gorda.
—Queremos ver lo que tienes oculto en este barco tuyo.
—No tengo nada que pueda interesaros —contestó Jack apretando los dientes. —Ahí te equivocas —dijo Buck al tiempo que subía al barco. Jack avanzó hacia él hasta que oyó el gatillo de la pistola—. No te muevas, capitán. Ahora déjanos subir y echar un vistazo.
Jack no se movió mientras el otro subía al barco. No podría proteger a Lizzie si dejaba que le disparasen. Tal vez encontraran algo de interés y se marcharan con ello. Consideró la posibilidad de negociar con ellos, algo en lo que era endiabladamente bueno, pero dudaba mucho que pudiera negociar con dos contrabandistas que tenían entre los dos la inteligencia de un botijo. Buck le dio la pistola a Harry y Jack pensó que eso podría darle una oportunidad porque Harry era la mitad que él en estatura y corpulencia. Si se presentaba la oportunidad de pelea con él, Jack vencería sin problemas. Pero no era el momento aún.
—Bueno, echemos un vistazo —dijo Buck agachándose junto a la barandilla y levantándose con algo en la mano. Cuando se acercó más Jack se dio cuenta de que eran los amuletos de la suerte de Lizzie y deseó que funcionaran esa vez.
—¿Algún otro tesoro por aquí? —preguntó Harry apuntando con la pistola al pecho de Jack.
—Date una vuelta, Buck —dijo Harry—. Yo bajaré con el capitán a ver qué más podemos encontrar. Llévate todo lo que esté a la vista.
—Claro, Harry.
—Andando, capitán —dijo Harry.
Jack obedeció y sintió el cañón de la pistola en su espalda. Comenzó a bajar los escalones muy despacio rezando por que Lizzie estuviera bien metida en la cama.
—¿Tienes caja fuerte a bordo? —preguntó Harry mientras bajaban los escalones.
Jack pensó en mentirle, pero después lo pensó mejor considerando que si le daba el dinero el tipo se quedaría satisfecho, pero la caja estaba en un armario dentro del mismo camarote en el que estaba Lizzie. Dudó si aprovechar la oportunidad. Tal vez si hablaba muy alto podría advertirle del peligro y podría encontrar un sitio donde esconderse que no fuera en el armario. Lo único que podía esperar era que comprendiera lo que estaba sucediendo.
El salón principal estaba prácticamente a oscuras algo que podría ser una ventaja para Jack y Lizzie.
—Por aquí, Harry —dijo Jack en voz alta y tono sarcástico—. Está en el camarote. ¿Los billetes de cien o más pequeños?
—El dinero es dinero.
—¿No habéis pensado en ganaros la vida de forma honesta, chicos?
—No es momento para hacer bromas, capitán. He matado por mucho menos —contestó Harry empujándole con la pistola.
Aquello no reconfortaba a Jack mientras abría la puerta del camarote. Igual que en el salón, había poca luz. Jack se dirigió directamente a la cama agradecido de que estuviera vacía. Lizzie era buena chica. Se dirigió torpemente hacia el armario y abrió las puertas.
—No veo nada, Harry. Se me han agotado las baterías y no tengo luz. —No hay problema.
Jack oyó el botón de contacto de una linterna y al momento su luz iluminaba el suelo por donde se accedía a la caja fuerte. Tal vez Buck y Harry no fueran tan estúpidos.
Jack se arrodilló y giró la rueda con los números de la combinación, abrió la caja y sacó dos fajos de billetes que le pasó a Harry por encima del hombro.
—Tengo algunas otras cosas que os pueden interesar en el salón —dijo Jack. —Después de ti, capitán.
Jack salió del camarote suponiendo que Buck estaría esperándolos, pero no había nadie. Solo esperaba que Lizzie permaneciera escondida y rió hiciera nada que la delatara.
Cuando pasaron junto a la escalera de cámara, un ruido proveniente de arriba hizo que las paredes se zarandearan. No tenía ni idea de lo que estaría haciendo Buck. Jack pensó que tal vez hubiera resbalado y estuviera en ese momento tumbado inmóvil panza arriba.
—¿Qué estás haciendo, idiota? —gritó Harry asomándose.
La presión de la pistola sobre la espalda, de Jack disminuyó un poco y este vio la oportunidad que estaba esperando. Se giró y se la quitó a Harry de las manos y de un golpe lo puso sobre el suelo. Ambos rodaron por el salón y en cuestión de minutos Jack tenía al otro acorralado, con el brazo atorándole la garganta para que no hablara.
—Veo que no eres tan fuerte sin el arma, amigo.
—Buck te matará con sus manos —dijo Harry entrecortadamente.
Eso no pasaría si Jack conseguía encontrar la pistola. Tanteó los alrededores en su búsqueda sin quitar la rodilla del pecho de Harry. La linterna había salido rodando y había chocado contra el sofá. El sonido de pasos por las escaleras aumentó su prisa. Cuando Harry trató de moverse, Jack le puso el brazo alrededor del cuello.
—¿Buscas esto?
Jack alzó la vista y vio la figura de Buck al pie de la escalera apuntándole con la pistola a la cabeza.
—Deja que se levante y túmbate tú boca abajo —continuó Buck entre dientes. Jack se puso rabioso al darse cuenta de que estaba en inferioridad de condiciones. No podría proteger a Lizzie porque en unos minutos estaría muerto.
No tenía miedo a morir, nunca lo había tenido, pero temía lo que pudiera ocurrirle a Lizzie. Volvía a fallarle a una mujer solo que esta significaba para él más de lo que podría expresar.
Buck se acercó y se inclinó hacia ellos. —He dicho que lo sueltes.
Jack se sintió tentado de aplastarle la garganta a Harry y podría hacerlo por la furia que sentía. Antes de que pudiera responder a la orden de Buck un ruido horrible retumbó en la habitación y Buck cayó al suelo como un coloso.
—Toma esa, gordinflón.
A Jack le costó un minuto asimilar que Lizzie estaba detrás de Buck con el trofeo que usaba como tope de la puerta del baño en la mano. Se agachó y lo dejó en el suelo y a continuación tomó la pistola en sus temblorosos dedos y apuntó a Buck que estaba en el suelo inmóvil.
Jack le dijo que se la diera y Lizzie lo hizo tomando a cambio la linterna. —¡Oh, Dios mío! ¿Lo he matado?
Jack se puso de pie y señaló el revólver que Harry tenía en la mano. Este gruñó y también Buck.
—No está muerto, pero apuesto que tendrá un buen dolor de cabeza cuando despierte —dijo Jack mirando a continuación a Harry—. Si decido dejarlos con vida.
Harry levantó los brazos y los puso detrás de la cabeza al tiempo que gemía. —No me dispares. Todo fue idea de Buck.
—¿Qué dices tú, Dorothy? —dijo Jack mirando a Lizzie—. ¿Los dejamos con vida?
La sonrisa de Lizzie iluminó la habitación.
—Podrías dispararles en un punto que les dejara voz de falsetto, aunque probablemente sea difícil acertar en un sitio tan pequeño.
Harry se llevó las manos a los genitales mientras Jack y Lizzie reían.
—Supongo que deberíamos encontrar algo con lo que atarlos —dijo Lizzie acercándose a las cortinas y desatando las cintas—. Esto servirá.
—Bien pensado, Dorothy —dijo Jack de buen humor aunque lo que en realidad sentía era alivio. Lizzie era muy inteligente. Y lo más importante, estaba a salvo.
Lizzie se sentó en el sofá del salón con la única luz de la lámpara. A pesar de estar vestida por completo y cubierta con una manta no podía dejar de temblar. Jack estaba en la cubierta hablando con los Guarda Costas a los que había llamado por la radio de la lancha de los contrabandistas y que habían llegado una hora antes. Se los habían llevado prisioneros y Lizzie esperaba a que Jack volviera y le dijera lo que tenían que hacer a continuación.
Oyó los pasos de alguien bajando por las escaleras y el corazón le dio un vuelco al ver que era Jack. Se sentó con ella en el sofá y la rodeó con un brazo.
—Te arriesgaste mucho esta noche, Lizzie.
—No tuve más remedio. No podía dejar que esos idiotas se salieran con la suya —dijo ella encogiéndose de hombros.
Jack cambió de postura para mirarla y le tomó las manos. —No sé cómo pudiste tomarnos la delantera y llegar al baño.
—Bueno —comenzó ella con una tímida sonrisa—, de hecho estaba depilándome las piernas.
Jack intentó aparentar que estaba enfadado. —¿Con mi cuchilla?
—Lo siento. Olvidé mi bolsa de aseo.
—Supongo que puedo perdonarte esta vez teniendo en cuenta que salvaste nuestras vidas.
—De todas formas, ya iba a salir cuando te oí hablando con Harry y decidí quedarme un poco más para ver qué podía hacer. Entonces me acordé del trofeo. Pude agarrarlo bien, pero era más pesado de lo que imaginaba.
—Y tú tienes muchos más recursos de lo que imaginaba —dijo él besándola en la frente.
—Y todo en un día de trabajo, capitán —dijo ella saludando marcialmente. El sonido de un motor llegó desde la parte superior. Lizzie no podía contar las veces que había rezado por oír ese maravilloso sonido en los últimos días. Y en ese momento la hacían sentir muy triste.
—Creo que nos están esperando fuera —dijo Jack mirándola fijamente.
—Supongo que sí —respondió Lizzie tratando de ocultar su tristeza—. El final del camino amarillo, podríamos decir.
—De hecho, he arreglado las cosas para que nos remolquen el barco y pasaremos la noche en Cayo Largo. Mañana alguien te llevará a Miami.
Mañana. Lizzie no quería que llegara. El final de su relación con Jack, pero todavía les quedaba una noche.
—¿Adonde exactamente vas a llevarme?
—A un pequeño lugar que conozco —contestó él poniéndose en pie y ofreciéndole la mano.
Pequeño era el adjetivo menos apropiado para describir el Residencial Las Arenas. Lizzie no podía creer que su primera noche en tierra incluyera la estancia en un lugar digno de una diosa.
Mientras caminaban por el enorme vestíbulo de mármol y oro, Lizzie se sintió muy poca cosa con aquella ropa desastrosa, despeinada con la cara cubierta de salitre. Cuando un elegante señor con el pelo plateado y vestido con un elegante traje se acercó a ellos, pensó en esconderse detrás de la palmera que tenía a su derecha aunque no fuera a darle mucho cobijo.
—Señor Dunlap, qué agradable sorpresa —dijo ofreciéndole la mano a Jack. —Señor Brevard, esta es Elizabeth Matheson, mi invitada especial esta noche. —Encantada de tenerla aquí, señorita Matheson —dijo y a continuación volvió su atención a Jack—. La suite de lujo está lista. Haré que alguien le suba los mensajes. ¿Puedo hacer algo más por usted?
—Para mí lo de siempre —dijo Jack—. Y para la señorita, comida vegetariana. —¿Champán? —preguntó Brevard.
Jack miró a Lizzie antes de hablar.
—No, nada de champán esta noche. Solo mucho agua. —Muy bien, señor.
—¿Algo más, Dorothy? —preguntó Jack mirándola.
Lizzie notó inmediatamente la nota de sorpresa en la expresión de Brevard. Era más que probable que pensara que tenían una cita secreta y que ese fuera el verdadero nombre de la chica.
—De hecho, Ahab, me apetece un helado de vainilla cubierto de caramelo por encima.
—Estoy seguro de que no haya ningún problema —dijo Jack. —Por supuesto —contestó Brevard todavía más confuso que antes.
—Y quiero almohadas de espuma, si es posible —dijo Lizzie—. Soy alérgica a las plumas.
Jack le puso la mano en la espalda invitándola a caminar. Probablemente estuviera tentando a su suerte, pero tenía otro deseo.
—¿Podría traerme una guía de teléfonos de Miami, señor Brevard? —añadió. —Claro. Se lo haré llegar todo en un momento.
—Fantástico. Tengo que hacer algunas llamadas —dijo Lizzie agradeciéndoselo con su más radiante sonrisa.
—Y señor Brevard —dijo Jack—, ¿podría hacer que el doctor Jacobs viniera a la suite dentro de una hora?
La expresión de Brevard pasó de estar confusa a estar preocupada. —¿Está usted enfermo, señor?
—Me gustaría que examinara a la señorita Matheson.
—No es necesario —dijo ella mirándolo—. Estoy segura de que el bebé está bien.
—¿Es todo? —dijo Brevard aclarándose la garganta. —Sí, es todo —dijo Jack apesadumbrado.
Tomó a Lizzie por el codo y la condujo por el vestíbulo hasta el ascensor de cristal. Eran los únicos ocupantes lo que era bueno porque Lizzie tenía muchas cosas que decirle.
—Puedo esperar a ver a mi médico, Jack. Cuando llegue a Miami pediré cita. —Me sentiría mejor sabiendo que estás bien antes de que te marches. Tan pronto como el barco esté reparado volveré al mar.
De vuelta al mar, y ella de vuelta a su vida.
—Estoy segura de que Hank está perfectamente —dijo ella dándose unos golpecitos en la tripa—. Teniendo en cuenta que está flotando todo el tiempo dentro de mi barriga dudo mucho que haya notado el vaivén del barco.
—Estoy seguro de que estás bien, pero hazlo por mí, ¿de acuerdo? —De acuerdo.
Las puertas se abrieron en la cuarta planta y una pareja joven entró. Lo más probable era que fueran recién casados a juzgar por la forma en que se miraban y los besos que se daban ocasionalmente. Ella y Jack permanecieron en los lados opuestos del ascensor fingiendo no darse cuenta, pero Lizzie se daba cuenta por más que intentara no hacerlo.
Sintiéndose un poco triste, Lizzie se dio la vuelta para mirar por el cristal mientras seguían subiendo. En circunstancias normales, estaría disfrutando de la vista de los jardines acuáticos que rodeaban el vestíbulo principal y la estatua de bronce de unos delfines, un paraíso para recién casados. Pero Jack y ella no estaban recién casados, ni siquiera cerca de estarlo. Aquello era el final de su relación no el principio.
La pareja siguió a Jack y a Lizzie por el pasillo del último piso en el que había un restaurante muy exclusivo al que los enamorados se dirigieron. Del restaurante salían unos olores suculentos que hicieron que el estómago de Lizzie se contorsionara y rugiera de hambre. Estaba segura de que Jack no tenía la intención de detenerse en el restaurante para cenar. Llevaba puesta la misma ropa de hacía tres días cuando cayó sobre el barco y unas chanclas de Jack, vestimenta totalmente impropia de un lugar en el que seguramente habría que respetar un protocolo.
Afortunadamente, Jack le dijo que la siguiera por el pasillo alfombrado a lo largo de cuyas paredes colgaban numerosos espejos en los que prefirió no mirarse. Si viera el aspecto que debía tener terminaría por deprimirse.
Lo único que quería era darse una ducha y cenar antes de meterse entre las sábanas, a poder ser con Jack pero eso estaba por ver. Tal vez ya no hubiera más sexo.
«Hasta la vista» Lizzie. Ha estado bien, Lizzie. Adiós, Lizzie».
Llegaron por fin al final del pasillo. Allí, tras unas enormes plantas con unas hermosas flores naranjas y rojas, se veía otro ascensor. Jack utilizó una tarjeta para abrirlo y ambos entraron. Era evidente que no habían llegado al ático, pensó Lizzie al