Lizzie pensó que aquel hombre tenía un pelo maravilloso, igual que el resto de su cuerpo. No le gustaba cortar el pelo seco, pero no se atrevía a pedirle que se lo humedeciera teniendo en cuenta que el agua era un bien preciado en el barco. Comenzó por la parte de atrás, quitando un poco aquí y capeando un poco allá. Le estaba costando mucho mantener la atención en la tarea, especialmente cuando se puso frente a él y vio el espléndido torso desnudo.
Los mechones de pelo caían sobre la toalla que le cubría los anchos hombros, oportunidad que Lizzie aprovechaba para tocarle con la excusa de retirar el cabello cortado. Era consciente de que cada vez que sus dedos rozaban el pecho o el estómago de Jack se le tensaban los músculos. Desde luego nunca lo había pasado tan bien cortando el pelo a un hombre.
—¿Te queda mucho? —preguntó Jack con un tono que estaba entre el quejido y la súplica, las primeras palabras que había dicho desde que empezara.
—Paciencia, Ahab. Tienes mucho pelo.
—Hasta que pusiste tus manos en él —murmuró él.
Podría seguir cortando durante una hora y aún seguiría teniendo trabajo. —Sabes una cosa, tu barco necesita un nombre.
—Tiene un nombre —contestó él mirándola con cierta irritación.
Lizzie deslizó los dedos por el cabello de Jack, disfrutando de la textura suave en su mano.
—¿Y cuál es? —Hannah.
Un nombre de mujer. Lizzie probablemente no debería sorprenderse en absoluto, ni tampoco debería estar celosa. Pero tenía que admitir que lo estaba. Ponerle a un barco el nombre de una mujer era algo tan íntimo como llevarlo tatuado en el cuerpo. Se preguntó sí, realmente, Jack llevaría tatuajes en partes de su cuerpo que ella aún no había visto. Tal vez debería hacer una exploración más a fondo, pensamiento delicioso que la hizo temblar de placer.
—¿Es Hannah alguien especial? —preguntó ella con una voz aguda y nerviosa.
—Sí, lo era.
¿Era? Lizzie cayó en la cuenta de que tal vez esa Hannah, que no le gustaba nada, hubiera roto el corazón de Jack. Tal vez fuera esa la razón de que se hubiera hecho a la mar, solo. Tal vez todavía tuviera esperanzas de recuperar a esa bruja.
Razón de más para mantener la nariz fuera de los asuntos de Jack. Claro que él tampoco había colaborado mucho. De alguna forma, ella elaboraría un plan para convencerlo de qué tenían que aprovechar bien el tiempo que tuvieran que pasar
juntos. Dudaba mucho que pudiera haber algo duradero entre ellos así es que pensó que sería algo temporal. Un rollo.
Ella nunca había tenido un rollo antes y tal vez fuera esa la razón de que le sonara tan frío. Sin embargo, si solo iba a ser eso, tendría que mantener las emociones bajo control. No tendría problema. Después de todo, estaba muy orgullosa de su sólida estabilidad emocional. No tenía nada que ver que se emocionara con las películas y suspirara con las canciones de amor. Se prometió mantenerse estable emocionalmente. Y no solo eso. Había que tratar de mantener el equilibrio mientras el barco se balanceaba, subiendo y bajando. Se cayó sobre Jack y sus pechos prácticamente fueron a parar a su cara.
Él la hizo enderezarse, sujetándola con firmeza por las caderas, y mirándola intensamente con sus ojos gris plata.
—Eres peligrosa, Dorothy.
Ella se afianzó sobre los hombros de él, sólidos y fuertes bajo sus manos, e intentó sonreír tímidamente.
—Se me han caído las tijeras detrás de la silla. No estoy armada.
—Sí lo estás —contestó él mirándole los pechos—. Tu cuerpo debería estar registrado como arma letal.
El cuerpo de Lizzie era como una pequeña granada lista para explotar si Jack la tocaba íntimamente. Ella deseaba que lo hiciera. Deseaba que se desprendiera de esa resolución férrea y le hiciera ver durante un minuto que era una mujer deseable.
Como si él hubiera adivinado el deseo de ella, trazó con un dedo, muy lentamente, una línea a lo largo del valle que se abría entre sus pechos, que el cuello de la camiseta demasiado grande dejaba a la vista. Los ojos de Jack siguieron el movimiento de su dedo, y también lo hicieron los de Lizzie. Esta miraba fascinada cómo Jack volvía a recorrer su piel otra vez, siguiendo hacia arriba hasta el cuello y bajando de nuevo hasta tropezar con los botones del polo. No le costó trabajo desabrochar el primer botón, y después el segundo, dejando a Lizzie temblorosa y llena de un deseo que nunca antes había sentido. Un pequeño sonido escapó de su boca.
Jack miró entonces sus labios al tiempo que bajaba las manos hasta las caderas de ella. Lizzie tenía la vista fija en él, animándolo a que continuara. Vio el brillo de la duda en la mirada de él, pero finalmente abrió más la camiseta y acercó la cabeza para seguir con la lengua el camino que su dedo había trazado antes.
—Eres una tentación tan grande —murmuró.
A continuación Lizzie sintió que caía en los fuertes brazos de Jack. Este se dejó caer en el sofá llevando consigo a Lizzie que quedó en su regazo. La toalla había caído de los hombros en el camino y Lizzie aprovechó el momento en que Jack la besaba lleno pasión. Él pasó un brazo por los hombros de ella sosteniéndola muy cerca mientras acariciaba con la mano libre los pechos desnudos a través de la abertura de la camiseta. Ella mientras tanto se entretuvo acariciando la mata de pelo que cubría el pecho de Jack y jugueteando con sus pezones igual que él hacía con los
de ella. Jack exploraba con su lengua la boca de Lizzie al compás del balanceo del barco.
Jack dejó caer la mano que tenía sobre uno de los pechos de Lizzie y, para su deleite, la introdujo por debajo de la camiseta. Nunca antes había deseado tanto a un hombre.
De pronto Jack se detuvo y la miró durante un largo y torturador momento. —No podemos hacerlo.
Y tan fácilmente como la había tomado en sus brazos, se zafó del abrazo y se puso en pie, dejándola anhelante en el sofá, con el polo y las piernas abiertas en una postura muy poco digna de una dama.
—¿Adonde vas? —preguntó ella con un tono que traslucía la frustración y la necesidad.
—Voy a intentar arrancar el barco —contestó Jack poniéndose la camisa.
Era obvio que pensaba dejarla allí en un estado de anhelo sexual. La urgencia no correspondida dejó paso a una rabia desatada.
—Te gusta excitar, ¿verdad, Ahab?
—Es lo mejor, Dorothy —contestó él con el ceño fruncido—. Ambos sabemos que esto es una estupidez. Estás embarazada.
—Pero no estoy parapléjica —dijo ella levantándose del sofá—. Y tú tampoco. —No quiero implicarme en una relación.
—¿Emocional o físicamente? —preguntó ella en tono desafiante. —De ningún tipo.
—¿Y eso por qué, Ahab? ¿Alguien te rompió el corazón una vez? —preguntó ella mirándolo con fijeza.
—No, Dorothy, nadie me ha roto el corazón —dijo él acariciándose la barba incipiente de la mandíbula. Lo dijo con convicción, lo que hizo pensar a Lizzie que se había equivocado en cuanto a su pasado. Se acercó a él con paso decidido.
—¿Entonces por qué te has alejado del mundo? ¿Qué es lo que te condujo a vivir en el mar, solo?
—Me gusta estar solo. No me gustan las complicaciones.
—No te pedí que fuera para siempre, ¿o sí? Es solo una manera de pasar el tiempo, Ahab. Un hombre y una mujer gozando juntos. No hay nada complicado en eso —dijo ella aunque algo le sonaba extraño.
—¿Solo quieres sexo? No me lo creo —dijo él lanzándole una mirada de sospecha.
—No sabes nada de mí.
—Nunca dije que necesitara un hombre, al menos no en la forma que me estás sugiriendo.
—Tal vez no, pero tú eres el tipo de mujer que puede hacer que un hombre olvide quién es y lo que quiere —dijo él con una sonrisa cínica.
Ella se puso delante de él y le acarició la mejilla. —¿Qué es lo que quieres, Jack Dunlap?
—Mi soledad.
Y diciendo esto se giró y se dirigió hacia la proa dejando a Lizzie a solas con su decepción. Aunque esta tenía que admitir que probablemente tuviera razón. El no era el hombre que ella necesitaba. De hecho, nunca había necesitado a un hombre que no fuera su padre. No había necesitado a uno para tener un hijo, al menos no todo el hombre. Entonces, ¿por qué tenía esa necesidad casi imperiosa de tener a Jack Dunlap? ¿Sería una necesidad básica? Si era así, no tenía ni idea de por qué había sido él quien había despertado su deseo de esa forma.
Pero era más que eso. Ella siempre se había ido a fijar en las almas perdidas, y Jack Dunlap estaba tan perdido como el resto de los hombres que había conocido. Había intentado ocultarlo bajo una fachada de hierro, pero ella había visto una chispa de vulnerabilidad, de dolor, en sus ojos.
Lizzie decidió aprovechar entonces el sol a falta de otra diversión aunque su actitud se hubiera amargado un poco. Entró en el cuarto de baño y buscó en el armario una toalla grande y crema bronceadura. Como no encontrara lo último decidió que saldría igualmente aunque limitando el tiempo de exposición al sol. Además, Jack ya había generado suficiente calor en ella. Con poco más ardería en llamas.
Lizzie salió a proa y extendió la toalla sobre la cubierta de fibra de vidrio murmurando una sarta de insultos dirigidos todos hacia su testarudo anfitrión. Se detuvo un momento pensando que no tenía bañador, tan sólo sujetador y bragas. El sujetador estaba todavía tendido en el baño. Podía ir a por él, o hacer topless. ¿Quién iba a verla, de todas formas? El capitán del barco, pero solo si decidía ir en su busca, y dudaba mucho que lo hiciera. Y aunque lo hiciera, ya la había visto desnuda.
Lizzie se tumbó boca abajo vestida solo con las bragas, la mejilla apoyada sobre los brazos cruzados. El sol le quemaba la espalda y el corazón le latía a un ritmo desaforado al recordar el encuentro frustrado.
Jack la había deseado, al menos físicamente. Había dicho que era una tentación. Pero parecía que no lo suficiente para hacerle salir de su rutina solitaria. Había muchas posibilidades de que él hubiera tenido a muchas mujeres en su cama. Mujeres más experimentadas, más sofisticadas y más hermosas que ella.
Lizzie no era nada de eso, y nunca le había importado. Había sido feliz siendo ella misma, y aún lo era. Si Jack no apreciaba sus cualidades, peor para él. Cuando llegarán a tierra, ella volvería a empezar de nuevo, haciendo muchos planes para su bebé.
Lizzie. Claro que podía. No iba a negar que le gustaría contar con un verdadero padre para su hijo, un padre maravilloso como lo había sido el suyo. Tampoco negaría que deseaba tener el amor y el respeto de un buen hombre. Aunque fuera estúpido pensar en Jack para esa función, se negaba a ver a Jack como un caso perdido, aunque hasta él mismo se considerase como tal. Si no podía captar toda su atención, entonces tal vez podría aprender más cosas sobre él, averiguar qué lo convirtió en un ser triste, y ayudarlo a recuperar las ganas de vivir. Definitivamente merecía la pena intentarlo.
Si Jack pudiera canalizar la energía que se había generado bajo su vientre para arrancar el barco, estarían en tierra en un tiempo récord. Varias veces había mirado por las ventanas de la cabina a Lizzie tumbada medio desnuda en la cubierta. Ella no sabía que la estaba mirando, no tenía ni idea de lo que estaba haciéndole sentir en ese momento. Lo estaba volviendo loco con sus preguntas, y distrayéndolo con sus armas de seducción. Lo que era peor, estaba amenazando con hacerle bajar la guardia.
Cinco segundos más en el sofá y habría conocido cada milímetro del arrebatador cuerpo de Lizzie. Si no hubiera tenido la fuerza mental para recordar que estaba embarazada, en ese momento tendría sus manos en ese cuerpo y la mente en cualquier otro lugar.
Las imágenes y la alta temperatura golpearon su cuerpo con fuerza haciéndole volver en sí y causándole un terrible dolor. No necesitaba algo así. No la necesitaba a ella. Demonios, no necesitaba nada más que recuperar su vida solitaria. Tenía que asegurarse de que Lizzie no sufriera ningún daño mientras estuviera bajo su cuidado. Pero su cuidado no incluía sexo.
A pesar de todo ello, no podía dejar de imaginar lo que sería hacerle el amor. Se preguntaba si manifestaría allí la misma pasión por la vida. Probablemente sí, y era una perspectiva peligrosa. Había hablado en serio al decirle que no quería complicaciones. Ella era una. No solo la deseaba, sino que también le gustaba. Le gustaba su sonrisa, su ingenio, su naturalidad. Y tenía unos ojos que dejaban a uno sin sentido. Unos ojos que además parecía que podían leer su mente. Todo lo que tenía que evitar encontrar en una mujer. Pero no podía evitarla a ella.
Tampoco conseguía concentrarse en nada más que en la vista que tenía al otro lado de la ventana tintada: su cuerpo casi desnudo tendido al sol; la curva de su espalda, el valle al final de la espina dorsal, el montículo de sus glúteos... Al menos estaba boca abajo lo cual ocultaba a la vista sus fantásticos pechos.
Lizzie levantó la cabeza un momento y miró al cielo. Entonces, se puso en pie, tomó la toalla y se marchó. Jack se preguntó si habría visto el banco de nubes que se dirigía hacia ellos y tenía miedo de que un rayo cayera sobre ella. Si alguien se merecía un destino así, era él, a juzgar por los pensamientos más que dudosos que había tenido mientras la observaba.
—¡Ahab! —lo llamó desde la parte de abajo del barco ya continuación sonaron sus pasos.
—¡He visto un avión sobre nosotros! —¿Los Guarda Costas? —preguntó Jack.
—No. Creo que es un avión privado —contestó ella con el ceño fruncido—. No estuve el tiempo suficiente como para ver demasiados detalles.
—¿Les hiciste algún tipo de señas? —Claro que no. ¿Estás loco?
Estaba a punto.
—Eso habría sido lo lógico.
—Estaba prácticamente desnuda. No quería que nadie pensara que era una exhibicionista —dijo ella retirándose el pelo de la cara con la mano.
—Buen momento para hacerte la modesta conmigo, Dorothy —murmuró él. —Bueno... quería decir que... el piloto podría haber sido un caballero de cierta edad. No querría ser la responsable de que le diera un ataque al corazón.
Jack sí que estaba a punto del ataque allí frente a ella que tan solo llevaba puesta una toalla alrededor del cuerpo, una toalla que no le cubría más que hasta el muslo. Un leve toque en el nudo sobre el pecho y caería al suelo como un ancla.
—Lo siento, Jack. No pensaba lo que dije —dijo Lizzie arrepentida.
—No pasa nada. Probablemente habrían pensado que estabas saludando — dijo él volviendo su atención hacia la ventanilla—. Creo que la tormenta nos alcanzará pronto.
Lizzie se puso de puntillas y miró en la misma dirección. —Parece bastante lejana aún.
—De momento —contestó él.
—Pronto nos rescatarán —dijo ella mirándolo alarmada.
—Esperemos que sí. Mientras tanto, tengo que asegurarme de algo. Probablemente tengamos aún algunas horas de calma. Creo que la tormenta llegará esta tarde, tal vez antes.
—Supongo que tendremos que cabalgar sobre la mar encrespada, ¿no?
Jack maldijo la actitud positiva de Lizzie, y maldijo también las imágenes de otra cabalgada algo más salvaje.
—Supongo.
Ella lo miró entonces con una de sus relucientes sonrisas y rostro iluminado al tiempo que abría la toalla y dejaba a la vista sus pechos desnudos.
—La oferta sigue en pie si te apetece una buena forma de pasar el rato. La oferta no era lo único que seguía «en pie».
—Sí, y ese es el tipo de problema que me apetece ahora —contestó ella poniéndose la toalla en su sitio.
Y girando sobre los talones se marchó contoneándose hacia el salón principal. Mucho después de que hubiera desaparecido de su vista, Jack no veía otra cosa que a Lizzie Matheson. Ya él con ella. Sus cuerpos entrelazados. Tal vez el motor del barco no arrancara, pero el motor de Jack iba a toda máquina.
Lizzie se lavó un poco con una toallita húmeda y se vistió de nuevo, con su ropa. Era evidente que podía estar bailando desnuda en la cubierta y Jack no cedería ni un ápice, literalmente hablando.
Cuando salió del baño, oyó el sonido de voces. Más de una. ¿Acaso los habrían rescatado?
Subió corriendo los escalones que llevaban a la cubierta y se encontró a Jack hablando con dos hombres que iban a bordo de una lancha más pequeña. Uno de ellos llevaba una perilla bastante desaliñada y una gorra blanca muy sucia; el otro hombre no parecía haberse perdido ni una comida en toda su vida.
Jack estaba de espaldas a Lizzie y por eso no pudo ver su reacción ante los visitantes. Sospechaba que debía estar bastante aliviado. Si pudieran acercarlos hasta el puerto, se desharía de ella de una vez por todas. Cuando Lizzie llegó hasta donde estaba Jack, el desaliñado le guiñó un ojo.
—¿Cómo estás, guapa? El capitán no nos había dicho que tuviera a una preciosa dama en el barco.
—Nos alegra veros, chicos. Por un momento pensamos que... —Que éramos los únicos tontos navegando —la interrumpió Jack.
—¿Tenéis problemas? —dijo el barrigón mirando a Lizzie como si fuera un plato de espaguetis.
—El motor no funciona —respondió Lizzie. Jack le lanzó una mirada de advertencia.
—Tenemos algunos problemas. La vela mayor se partió y el motor hace algunos ruidos. Ahora estaba arreglándolo.
—Podemos acercaros hasta el puerto —ofreció el desaliñado. —Eso sería...
—Innecesario —volvió a interrumpir Jack a la vez que deslizaba el brazo por la cintura de Lizzie tomándola por sorpresa—. No queremos salir del barco. Mi mujer y yo estamos en nuestra luna de miel.
¿Mujer? ¿Luna de miel? Lizzie se tragó las ganas de decir que se moría por llegar al momento de la consumación del matrimonio.
Jack le dio un pequeño beso en los labios, un leve roce, que la dejó muda. —Realmente no nos importa demasiado habernos quedado tirados. Ya sabéis lo que quiero decir.
—Sí, sabemos exactamente a lo que te refieres —dijo el desaliñado mirando a su compañero, y a continuación volvió a guiñar el ojo—. Si podemos hacer algo, no nos importaría llevarnos a tu mujer a puerto mientras tú esperas a que vengan a