Desde la infancia hasta la adolescencia, los hijos tienen la tendencia a desafiar el derecho que los padres tienen para ejercer autoridad sobre ellos. John Rosemond, en su libro ¡Los padres al poder!, dice: “Los niños aprenden rápido a detectar cuán- do temen los padres afirmarse en su autoridad, y cuándo puede él confiar en que se rindan. Nunca debe caber la duda de a quién le corresponde llevar la batuta. [...] Cuando el padre no manda, el niño se desmanda”.4
1. No espera felicitaciones de su hijo
Dé por sentado que sus hijos deben obedecer, y tómelo como lo único que cabe esperar. Deje de disculparse por las decisiones que toma, referidas a la vida de sus hijos. Vuelva a conectarse con la fuerza de la frase: “Porque yo lo digo”. Deje de creer que puede persuadir a sus hijos de que las decisiones que está tomando son para el bien de ellos. Se puede recordar lo que San Pablo dice: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza: pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”.5
Para que un niño pueda sentirse seguro y protegido, “es esencial que sus padres ejerzan autoridad, sean decididos, y que el chico pueda contar con ellos. En pocas palabras, que detecten el poder. Así que ¡Adelante, sus hijos cuentan con usted!”.6
2. Es equilibrado en el ejercicio de la autoridad y el control
Deben evitarse, tanto la indulgencia excesiva, como la indebida severidad. Al paso que son indispensables la vigilancia y la firmeza, lo son también la simpatía y la ternura.7
Según estudios e investigaciones psicológicas, este estilo favorece la autonomía del niño, ya que los padres desarrollan con gran efectividad una amplia comu- nicación comprensiva y bidireccional, repartiendo, a la vez, adecuadas dosis de disciplinas y normas; cosa que no se ve en el padre permisivo, ya que no ofrece orientación y ni disciplina que el niño necesita para ser autónomo, ni en el caso del padre autoritario, donde se aprecia que controla a los hijos de una manera muy es- tricta, utilizando el castigo y los golpes que causan inseguridad y temor en el niño.8
“No debiera haber parcialidad paternal, ni opresión; la influencia, combinada con el afecto y la autoridad, darán el molde adecuado a la familia”.9 Es decir, los padres
se cuidan de no actuar unilateralmente. 3. Combina el amor con la firmeza
Los jóvenes, necesitan padres que los eduquen y disciplinen, que les corrijan sus malos hábitos e inclinaciones y poden sus malas tendencias.10
No es correcto que los padres mimen y echen a perder a sus hijos; tampoco es correcto que los maltraten. Una conducta firme, decidida y recta, producirá los mejores resultados.11
Una niña necesita sentir que su padre y su madre, aunque sean agradables, tienen sus propios derechos, saben cómo ser firmes y no le permitirán ser irrazonable o grosera. De este modo, ella se siente mejor. Esto la adiestra desde el comienzo para llevarse considerablemente bien con otras personas.
Los niños malcriados no son criaturas felices, ni siquiera en sus propios hogares, y cuando salen al mundo, aunque tengan 2, 4 o más años, están condicionados para recibir un duro golpe. Descubren que nadie está dispuesto a reverenciarlos;
en rigor, desagradan a todos por su egoísmo. Deben pasar por la vida resultando impopulares, o bien, deben aprender a ser agradables de la forma más difícil.12
4. Estimulan a sus hijos
Los bebés que han recibido una buena dosis de aprobación y estímulo de los adul- tos, esperan tener éxito en los pequeños desafíos de la vida. Por contraste, los que se crían en hogares demasiado tristes, caóticos o negligentes, abordan la misma tarea de una forma que demuestra que ya esperan fracasar.13
5. Guían pacientemente a sus hijos
Los padres autoritativos aprovechan la oportunidad de un problema del hijo para actuar como el equivalente de un mentor o entrenador emocional. Se toman los sentimientos de sus hijos con seriedad suficiente, para tratar de entender exacta- mente lo que les preocupa.14
6. Crían hijos sanos
El equipo de investigadores de la Universidad de Washington descubrió que, cuando los padres son emocionalmente expertos, comparados con aquellos que se enfrentan ineficazmente a los sentimientos, sus hijos, como es comprensible, se llevan mejor, se muestran más afectuosos y menos tensos con respecto a ellos. Pero, más allá de eso, estos chicos también se desempeñan mejor en el manejo de sus propias emociones, son más eficaces a la hora de serenarse cuando están preocupados, y se preocupan con menos frecuencia. Los chicos también son más relajados en el plano biológico. Presentan niveles más reducidos de las hormo- nas del estrés y otros indicadores fisiológicos de la excitación emocional. Otras ventajas muestran que estos chicos son más populares y caen mejor a los demás, y sus maestros los consideran más hábiles socialmente. Sus padres, lo mismo que sus maestros, consideran que tienen menos problemas de conducta, como la brusquedad o la agresividad.15
7. Características generales16
• Ajustan las demandas que hacen a sus hijos, de acuerdo con sus diferentes niveles de desarrollo.
• Explican a sus hijos las razones de las normas que establecen.
decisiones en conjunto.
• Responden a las demandas y preguntas de sus hijos, mostrando atención e interés.
• Son afectuosos, refuerzan el comportamiento, evitan el castigo y son sensibles a las peticiones de atención del niño.
• No son indulgentes, antes bien dirigen y controlan concienzudamente los senti- mientos y capacidades de sus hijos.
• Explican razones no rindiéndose a caprichos, y plantean exigencias e indepen- dencia.
• No toman decisiones arbitrarias.
• Practican un elevado nivel de interacción verbal.
• Dan explicaciones de razones, cuando estipulan normas y el uso de respuestas satisfactorias.
• Marcan límites y ofrecen orientaciones a sus hijos, están dispuestos a escuchar sus ideas y a llegar a acuerdos con ellos.
• Animan a los niños a ser independientes, a pensar por su propia cuenta, y a desarrollar su propia individualidad.
• Exigen el cumplimiento de las reglas y normas, usando el castigo cuando es ne- cesario, pero siempre en un clima general de amor y preocupación por el niño. • No se dejan dominar por el impulso o su propia autoridad; contrariamente, les
preocupa saber cómo conducir debidamente a sus hijos.
• Consideran las necesidades de sus hijos como muy importantes, y respetan sus sentimientos.
• Explican las razones de sus expectativas y prestan atención a los puntos de vista de sus hijos. Como resultado de ello los niños, generalmente, sienten que cualquier castigo que reciben lo tienen merecido. Y saben, mas allá de toda duda, que sus padres se interesan en ellos y los apoyan.