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Características físicas y ambientales del área de estudio

El valle del Guadiana Menor forma un corredor natural que pone en contacto las costas de Almería y Murcia con el curso Alto del Guadalquivir. Con 7.181 km2 su cuenca

ocupa el segundo puesto entre los afluentes del Guadal- quivir. Más del 90% discurre por las provincias de Grana- da (5.352 km2) y Jaén (1.198 km2) (Picazo y Alba Tercedor,

1996: 156-158). Atravesando un paisaje semi-desértico, el río mantiene su caudal constante gracias a una serie de sistemas acuíferos y a las aportaciones del deshielo de las sierras que lo flanquean. Así se convierte en una fuente de vida en un entorno bastante hostil a la activi- dad humana.

Uno de los motivos de esta dificultad reside en la propia geología y los procesos geomorfológicos que han mo- delado este paisaje. Apreciamos así enormes contrastes desde las escarpadas laderas del piedemonte de las sie- rras levantadas por la orogenia alpina, las plataformas calizas que dan lugar a grandes farallones verticales, y el laberinto de barrancos que las lluvias torrenciales ex- cavan fácilmente en los yesos y margas. Finalmente, en el fondo del valle, profundamente encajados, encontra- mos los depósitos aluviales que conforman los sistemas morfoclimáticos cuaternarios.

Nuestro espacio de estudio se conforma, en definitiva, como un relieve joven, muy fragmentado y afectado por

una dinámica erosiva muy violenta. En su desarrollo po- demos distinguir tres áreas diferenciadas:

a) La Cuenca de Guadix-Baza, en el ámbito de la gran depresión que surca las altiplanicies de Granada, con una elevada altura media (800 m.s.n.m) y flanqueada por altos macizos montañosos. Aquí el cauce excava en una potente acumulación de sedimentos, primero ma- rinos y más tarde lacustres, sobre los que se superpone ya en el Cuaternario los depósitos aluviales, con un rico patrimonio paleontológico (Vera, 1970) Esta secuencia determina la abundancia de depósitos carbonatados y yesíferos. En este tramo de la cuenca las profundas hoces excavadas por los cauces procedentes de las sierras difi- cultan en extremo las comunicaciones este-oeste. Esta configuración del relieve también resulta determinante en las opciones para los asentamientos humanos, que se restringen en buena medida a las zonas más próximas al río y con mayor potencial para la agricultura.

b) En contraste, el curso bajo del Guadiana Menor con- forma un espacio mucho más abierto, formado por ma- teriales terciarios. Destacan en el paisaje grandes for- maciones de badlands que excavan los depósitos pro- cedentes de la erosión de las zonas de montaña. Estos profundos barrancos, con pendientes muy pronuncia- das, dificultan en extremo los desplazamientos inclu- so entre núcleos habitados cercanos. En la confluencia con el Guadalquivir se genera una amplia llanura de inundación, ahora regulada por varios embalses, y que ofrece un potencial para la actividad ganadera y agríco- la mucho mayor.

c) A caballo entre las dos zonas anteriores, el curso me- dio del río comprende nuestra principal zona de estudio (Figura 1). En su extremo oriental, este sector incluye la aportación del Castril, el Guadalentín o el Fardes, princi- pales afluentes del Guadiana Menor. En su parte central,

el río nos adentra en un tramo sumamente estrecho, un verdadero laberinto en el que los espacios de vega se reducen al mínimo, pero que ofrece una gradación no- table en cuanto a la geología y el paisaje vegetal. Aquí el encajonamiento es tan pronunciado que el cruce sólo es posible en algunos puntos muy concretos, y esto en los meses de mayor estiaje. Hasta la construcción de las pri- meras infraestructuras relevantes en los años 30 del pa- sado siglo, el paso dependía de barcas y otros ingenios. Viendo una secuencia de larga duración, se aprecia ade- más una asimetría en las pautas de asentamiento que viene determinada por la geomorfología. Así los sitios se concentran en la margen derecha del río, que a pesar de las fuertes pendientes y la escasa disponibilidad de suelo cultivable, se beneficia de los acuíferos antes men- cionados. Este agua, que en la etapa islámica será cuida- dosamente gestionada mediante complejos sistemas de irrigación, da vida a los espacios aterrazados que se api- ñan en torno a los cauces. Sin embargo, muchos de es- tos arroyos son salobres, lo cual brinda otra importante oportunidad para la actividad económica, estrechamen- te vinculada además con la ganadería: las salinas. Conta- mos asimismo con algunas evidencias de una actividad minera de muy reducida escala en yacimientos a cielo abierto de cobre, yeso (importante para la actividad de las caleras, que abundan en la zona) y también de óxidos de hierro. Estos últimos de hecho habrían tenido un pa- pel destacado en época ibérica, por su utilización como base de los pigmentos para la decoración cerámica, y posiblemente también para la actividad metalúrgica (Fe- noll y García Rosell, 1974). Trepando hacia la base de las sierras de Cazorla y Quesada, el paisaje habría ofrecido además abundante pasto y madera, aunque cabe supo- ner que durante la Edad del hierro unas condiciones de mayor humedad facilitarían que estos bosques se exten- dieran a cotas más bajas.

En resumidas cuentas, esta semblanza del medio físico pone de manifiesto los contrastes extremos y las contra- dicciones que esto presenta ante el empeño humano de poblar la región. Tenemos por una parte unas limitacio- nes extraordinarias para la actividad agrícola, de modo que las comunidades campesinas han tenido a veces literalmente que construir sus campos con bancales y acequias. Pese a ser así imposible el desarrollo de una actividad excedentaria, la complementariedad de los re- cursos ya enumerados facilita la subsistencia a peque- ña escala. La limitación en la red de comunicaciones no haría sino reafirmar esta tendencia. Se generaría así una dinámica de autarquía y aislamiento en la que la búsque- da de medios de subsistencia se despliega sobre todo en un sentido transversal al cauce del río, aprovechando las

posibilidades que ofrecen los sucesivos pisos altitudina- les de la cuenca.

Pero al mismo tiempo, si ampliamos la escala de obser- vación, comprendemos cómo el valle del Guadiana Me- nor tiene un papel en la conexión de espacios geográ- ficos más alejados: la cuenca alta del Guadalquivir, con sus grandes espacios cerealísticos (no olvidemos la sin- gularidad histórica del monocultivo del olivar que tanto marca la identidad de esas tierras), el rico distrito mine- ro de Cástulo, gran capital política del período ibérico y romano, y los importantes puertos de Carthago Nova o

Baria en la costa Mediterránea. Dentro de ese esquema,

nuestro río, pese a los problemas ya mencionados, ofre- ce un rápido enlace en sentido longitudinal, que como Figura 1.–Localización del área de estudio con los principales yacimientos

veremos dio muestras de gran actividad en determina- dos momentos.

Es precisamente este el tema que pretendemos valorar en las siguientes secciones de este trabajo: cómo los dife- rentes asentamientos de época ibérica que conocemos en la zona habrían visto condicionada su localización y su desarrollo por las rutas de desplazamiento a través de este complejo paisaje. Hemos tomado como referencia para estas últimas un extenso trabajo de documenta- ción. Por un lado, analizando la cartografía disponible en el Inventario de Vías Pecuarias (Consejería de Medio Am- biente, Junta de Andalucía) y las primeras ediciones del Mapa Topográfico Nacional 1:50.000 del Instituto Geo- gráfico Nacional. En nuestro caso estos primeros mapas se remontan hasta 1900, aunque la primera cobertura completa corresponde a la edición en 1932. También se ha seguido estas fuentes para la identificación de los vados, observándose una estrecha coincidencia entre ambas. En segundo lugar, hemos realizado un trabajo de campo consistente en la recopilación de todos los datos posibles aportados por los habitantes de la zona acerca de estos itinerarios, puntos de parada, medios de trans- porte empleados, actividades como la arriería, etc. Esta información además ha sido en buena parte contrastada sobre el terreno, recorriendo los antiguos caminos que antecedieron a la red de carreteras.

El paso del Guadiana Menor en el Ibérico