permitiendo conocer los elementos que conformaban la estructura del tipo de rueda presente en el ámbito fune- rario ibero, distinto al tipo de ruedas de carros o carretas de carga, de uso cotidiano, documentados en varios op-
pida del alto Guadalquivir y del sureste peninsular. Pre-
sentamos pues, en estas líneas, una breve recapitulación sobre el conocimiento del carro en época ibérica en la Alta Andalucía, partiendo de las primeras representacio- nes y evidencias de este tipo de vehículos en el suroeste peninsular, desde época orientalizante hasta el final del mundo ibérico, pretendiendo ofrecer una visión sintéti- ca del estado actual de la investigación.
Introducción
Aún se mantiene vigente un dilatado debate historiográ- fico en cuanto al origen y características formales de los carros protohistóricos peninsulares (Cabré, 1925; Cuadra- do, 1955; Fernández Miranda y Olmos, 1986; Quesada, 2005). Su aparición respondería a un complejo proceso de difusión. Según la mayoría de investigadores, el tipo de carro que aparece en la Península Ibérica a comienzos del primer milenio a.n.e. presenta mayores similitudes con los conocidos en el área del Mediterráneo Oriental, vinculados en un primer momento con el mundo mi- cénico y más tarde con corrientes comerciales fenicias y griegas, que con sus homólogos de la Europa Central o Septentrional. A pesar del consenso en el origen extra peninsular del carro, debemos reseñar cómo tuvo que ser necesario un determinado contexto económico e ideológico en ciertas sociedades peninsulares que per- mitiera una aceptación, adecuación y reconocimiento como elemento de prestigio y legitimación en las élites dominantes.
Aún más controvertido resulta fijar la cronología de las primeras representaciones de carros, localizadas en esta-
ciones con pinturas rupestres esquemáticas situadas en- tre las actuales provincias de Ciudad Real y Badajoz, en la zona del rio Guadalmez (Breuil, 1933). Según Piggott (1983), éstas serían las representaciones de carros más antiguas de la Península, aunque reconoce la dificultad para definirlas cronológicamente. En ellas se representan narrias y carros, estos últimos aparecen normalmente con dos ruedas formadas por cuatro radios, aunque existen algunas variantes como la rueda de reja, más pesada, casi completamente maciza, ilustrando un posible tipo de ca- rro de carga, distinto a los carros grabados en las estelas del suroeste como veremos a continuación. La coetanei- dad entre las representaciones de carros en las pinturas rupestres y los grabados en las estelas es probable debi- do a su proximidad geográfica y temática, aunque podría tratarse de la representación de dos tipos de carros con- cebidos con finalidades distintas de uso (Figura 1). Sí existe consenso en definir cronológicamente entre el Bronce Final y el periodo orientalizante (siglos X-VII a.n.e.) un primer gran grupo de representaciones de carros pro- cedentes del ambiente cultural de las “Estelas del Suroes- te” (Almagro Basch, 1966) (Figura 1). En más de una vein- tena de estelas (de las 115 conocidas hasta el momento) aparecen representados este tipo de vehículos, con una ejecución más detallada que en las representaciones pictóricas, aunque dentro del esquematismo. En ellas se muestran carros con timones que llegan al final de la caja, asideros laterales, así como el eje central en com- binación con las ruedas de cuatro radios, conformando un tipo de carro ligero y ágil (Quesada, 2005). Este ve- hículo no debe ser entendido aisladamente, sino como parte de un conjunto simbólico significativo que incluye armas, ajuares y objetos de adorno, conformando un re- ferente iconográfico complejo, de carácter aristocrático y probablemente funerario. Los objetos representados
Figura 1.– A) Representaciones de carros en el arte rupestre esquemático del entorno
del rio Guadalmez (Bécares, 1994: fig. 1). B) Representaciones de carros de las estelas del suroeste peninsular (Bécares, 1994: fig. 4). C) Estela de Ategua. (Celestino, 1985: fig. 4).
en las estelas tienen, individualmente, paralelos tanto en el Mediterráneo como en el Bronce Final Atlántico, pero en su conjunto muestran una significativa sintonía con complejos iconográficos del ámbito Mediterráneo, como por ejemplo ocurre con la estela de Ategua (Cór- doba) (Figura 1).
Esta estela aparece dividida en dos temas bien diferen- ciados: en la parte superior se presenta al guerrero con atributos bélicos –escudo, espada y lanza– y sus enseres personales de carácter ritual o de prestigio social, como son el espejo o el peine. En la zona inferior se ha repre- sentado una escena bien distinta, se trata de una prothe-
sis (acto de exposición del cuerpo de una persona falle-
cida, antes de los funerales) del mismo guerrero, muy usual en las representaciones cerámicas del Mediterrá- neo occidental y particularmente del período geométri- co griego. Ahora el carro centra la escena. Sobre él, una figura humana tumbada parece reposar sobre un lecho funerario representado por un rectángulo con decora- ción reticulada, que escenificaría al guerrero ya muerto; a la izquierda, otra figura hace ademán de llevarse la mano a la cabeza, propia del lamento ritual. Dos cuadrúpedos cierran este espacio superior. Dos series de tres persona- jes limitan el carro por la parte inferior, rodeándolo en un acto también ritual, posiblemente un baile. A la derecha del carro, un destacado personaje, tal vez un sacerdote, preside la escena (Celestino, 1985). Según plantea Fer- nando Quesada, los carros representados en las estelas no debieron ser sólo ideogramas de prestigio sin refe- rente real, sino reflejo de la existencia de algunos vehícu- los reales, importados como objetos de prestigio, caren- tes de función militar aunque presentes en los ámbitos ceremoniales, comenzando a adquirir significado como vehículos para el tránsito al Más Allá en un ambiente de heroización del aristócrata difunto (Quesada, 2005).