sociedades iberas
Para concluir este breve recorrido por el trabajo de Cabré en la Cámara de Toya voy a señalar varios aspectos de las que considero sus aportaciones más relevantes. No pre- tendo con ello transmitir una visión que redunde exclu- sivamente en los aspectos positivos de la labor de Cabré, ya que pienso que la alabanza sistemática es uno de los peores favores que pueden hacerse a la historiografía. Me referiré por ello a aspectos que fueron relevantes en
su contexto, en esa época fascinante en que se definie- ron las sociedades del I milenio antes de nuestra era. En primer lugar, Cabré fue el primero en establecer una cronología prerromana para la Cámara de Toya. Como he señalado ya, Caro Riaño había aludido en su artículo del
Noticiero granadino a la Cámara de Toya como una cons-
trucción romana. Tanto en su correspondencia privada con Gómez-Moreno como en su publicación posterior en las páginas de Archivo Español de Arte y Arqueología, Cabré defendió claramente una cronología anterior, en- marcada en los siglos IV al II a.n.e. A Gómez-Moreno le diría “nada es romano” (Cabré, 1918). Así pues, Cabré acu- dió a la Cámara, corrigió la cronología dada hasta enton- ces al monumento y la situó en época prerromana ibéri- ca. El adjetivo preciso para estas sociedades protohistó- ricas pudo cambiar o estar en revisión, ibera o hispánica dependiendo del momento. De hecho, la documenta- ción producida por Cabré en el campo, en 1918, habla de iberos mientras que la publicación posterior, ya en 1925, habla de hispánico, en función del momento en que Gómez-Moreno impulsó su modelo de “hispánico” para las sociedades iberas. En realidad, y dejando este debate del nombre preciso, lo que me interesa subra- yar aquí es que Cabré determinó la cronología anterro- mana, encuadrando acertadamente los restos de Toya a mediados del I milenio a.n.e. y no en época romana, contribuyendo con ello a su correcta ubicación dentro de esa estructura general de la Prehistoria y Protohistoria peninsular que se estaba llevando a cabo en esas déca- das de principios del s. XX.
En segundo lugar voy a destacar cómo, aunque el encar- go que recibió Cabré era para reconocer y estudiar la Cá- mara de Toya, hay en su estudio un cierto interés por el entorno espacial y cultural en el que la Cámara se integra. Hay una atención al entorno geográfico, a la altura de la
zona de la Cámara sobre el terreno circundante, a la mor- fología de un cerro “de suaves laderas” cuya utilización “principal habría sido cerealícola” (Cabré, 1925: 75). En el momento en que el aragonés abordó su investigación, la necrópolis había sido ya objeto de trabajos y rebus- cas como los de Tomás Román Pulido. Esto habría hecho aflorar restos antiguos y Cabré se preocupó de la exten- sión que habría tenido la necrópolis. Argumentó que el Cerro de la Horca era el foco principal de la necrópolis de
Tugia, que habría ocupado “gran extensión” (Cabré, 1925:
94). Planteó que la necrópolis debía extenderse, por ejemplo, por los cerros del “Cortijo de la Mantellina”, algo que comprobó “personalmente y se evidenció además con las excavaciones practicadas por ciertos rebuscado- res de tesoros” (Cabré, 1925: 94). Como resultado de las diversas exploraciones, clandestinas o no, practicadas en
Tugia se obtuvieron sillares utilizados en cortijos y otras
obras contemporáneas. Cabré indicó también la exis- tencia de otros dos monumentos de características muy semejantes a las de la Cámara que, gracias al testimonio que obtuvo de quien había desmontado las últimas hila- das, debían ubicarse a unos veinte metros al sureste de la Cámara. Esto le permitió señalar que la Cámara no había sido la única del Cerro de la Horca.
Pero su aportación no se restringió sólo al paisaje de la antigua Tugia. Relacionando todos los hallazgos que se conocían en 1925, Cabré realizó algunas observaciones sobre los hallazgos del período “hispánico” en las provin- cias de Granada, Córdoba y Jaén (Cabré, 1925: 74). Sin duda, el investigador se estaba refiriendo a las excava- ciones de Almedinilla y Osuna, pero también destaca su defensa de Cástulo como un lugar privilegiado dentro de los enclaves ibéricos de la zona e indicó cómo “en la an- tigüedad sus famosos yacimientos argentíferos atraerían explotadores de todo el Mediterráneo” (Cabré, 1925: 74).
Hay también un apunte interesante, que quiero señalar aquí, en cuanto a la definición de la cerámica ibérica, que estaba en debate cuando Cabré intervino en Toya. En sus trabajos de estos años, tanto en Galera como en Toya, Cabré señaló la influencia púnica que creía percibir en buena parte de la cerámica ibérica de estos yacimien- tos (González Reyero, 2007). Esta no era la opinión ma- yoritaria ni fue plenamente aceptada en su época. Por ejemplo, Bosch Gimpera se mostró en desacuerdo con estas hipótesis de Cabré (Pereira, 1987: 26). En opinión del arqueólogo catalán, los prototipos para la cerámica ibérica no podían buscarse en el mundo púnico, ya que la pobreza de sus manifestaciones en la Península Ibéri- ca permitía rechazar esta hipótesis. Solamente la decora- ción geométrica podía haber tenido alguna relación con el mundo semita, pero esto no parecía ser determinan- te fuera de áreas muy concretas por lo que Bosch no le otorgó una mayor trascendencia. Los motivos decorati- vos se podían explicar mejor por la influencia griega, ya que existían paralelos en la cerámica jonia de los siglos VIII y VII ane. Los trabajos de Bosch fueron introducien- do este argumento de la importancia del mundo griego para explicar algunas manifestaciones iberas.
La defensa de la influencia griega en las sociedades ibe- ras fue tomando mayor relevancia con el trabajo de Rhys Carpenter (1925). Sus teorías fueron aceptadas más o menos unánimemente por los investigadores españoles. De esta forma, se fue perfilando una corriente que iba a encontrar su máximo exponente en la obra de A. García y Bellido, gran defensor de la importancia de la influencia griega en la Península Ibérica. En este sentido, García y Bellido afirmó que “no hay un vaso ibérico donde no haya un detalle ornamental cuya trascendencia clásica más o menos enmascarada por la interpretación indígena no sea clara” (García y Bellido, 1935). Esta interpretación del mundo ibérico se generalizó después de la Guerra Civil, con los trabajos de Dixon (1940), Obermaier y García y Bellido (1947), entre otros. Ha sido mucho más reciente- mente cuando hemos vuelto a valorar la aportación de otras sociedades mediterráneas en la conformación de amplias regiones o espacios coloniales, con contactos e influencias multiformes y diversas, tanto en forma como en intensidad. En estos espacios abiertos, y como atisbó Cabré, las sociedades semitas y púnicas fueron emisoras y receptoras de ideas y tecnologías, actores innegables en cómo se generaban nuevas sociedades.
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a historia de las investigaciones realizadas en torno a la Cámara de Toya ha sido prolija, compleja, y reflejan, sin lugar a dudas, los propios avatares de la arqueo- logía española, sus intereses, sus líneas metodológicas, sus marcos teóricos,… No cabe duda de la importancia patrimonial y cultural de la Cámara, presente en todos los compendios históricos y enciclopédicos de nuestro país desde su descubrimiento. La Cámara de Toya es a la arquitectura de la Cultura Ibérica lo que la Dama de Elche a su escultura. Sin embargo, aún es necesario un trabajo de investigación que articule distintos enfoques y que aborde de forma sistemática la rica complejidad del proceso histórico del oppidum de Tugia, además de una figura de protección patrimonial que supere la individua- lidad del monumento y abra sus brazos a la totalidad del paisaje cultural al que perteneció. Como puede obser- varse en distintos ámbitos de esta monografía, la Cámara es parte de un sistema, parte de una necrópolis más amplia, de la cual constituía la cúspide de su estructura1 Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén [email protected]
social. Era la ciudad de los muertos, incomprensible sin el asentamiento del Cerro del Castillo y de sus tierras, salinas, minas, pastos y demás recursos, de sus vías de comunicación y relaciones con otros asentamientos, en suma, se extraña un ámbito de protección más cohe- rente y amplio que integre al resto de elementos que formaron parte de un mismo proceso histórico y social. El propio descubrimiento de la Cámara Sepulcral del Cerro de la Horca fue fruto del azar, de la casualidad, y determinó, en gran medida, el posterior desenlace de tantas y tantas acciones relativas a su investigación, ges- tión y protección. En torno a 1908, cuando se produjo el hallazgo, nuestro país no contaba con una ley de protec- ción del patrimonio histórico o arqueológico, la cual se promulgaría en 1911; y debemos considerar que tanto las noticias como las comunicaciones, las normas como la burocracia, y los tiempos como los trenes no eran tan rápidos como los de hoy. Eran tiempos de cartas, telegra- mas, y excepcionalmente, teléfonos2.
2 En España, en torno a 1910, existían menos de 4 teléfonos por cada
1000 habitantes (Fuente: National Telephone Journal, 1911: 194).