CAPITULO IX. CONCLUSION LA PSICOLOGIA
ARISTOTELICO-TOMISTA IMPLICADA EN SU DOCTRINA EXPUESTA DE LA INTELIGENCIA
S. Tomás no sólo se ha ocupado de probar tan fundamental y trascendental verdad de la inmortalidad del alma intelectiva, sino
14. Pero de entre todos estos caracteres en que se manifiesta y constituye la persona humana, determinados todos ellos en su
origen por la inmaterialidad del alma, la inteligencia ocupa un lugar preeminente, hasta tal punto que ella significa el ápice de la
grandeza de la persona y el ápice de todo el mundo creado e
increado [467].
En efecto, todos los seres irracionales encuentran su fin último en el hombre. Cada uno busca la conservación (individual y específica), el desarrollo y la perfección de su ser. Pero a la vez en la escala de los seres hay una natural jerarquía -expresión del fin intentado por el Creador- que subordina los unos a los otros, y todos inmediata o mediatamente, directa o indirectamente, al hombre.
Dentro de éste, también el cuerpo se subordina y sirve al alma, la vida vegetativa se subordina a la vida sensitiva, y ésta a su vez a la intelectiva y espiritual.
Toda la naturaleza material hasta los supremos grados de la vida orgánica, fuera y dentro del hombre, confluye a la perfección y se subordina y sirve más o menos mediata e inmediatamente al
hombre, y, en definitiva, al fin o bien de su vida específica espiritual, de su persona.
Mas, como dentro de las manifestaciones superiores del espíritu, la inteligencia aparece como la cumbre suprema, síguese que todo el mundo creado en su ser y actividad confluye y alcanza su fin en la perfección y plenitud de la inteligencia. La inteligencia, en efecto, es primeramente la raíz de la voluntad y de su libertad. “Nihil volitum quin praecog nitu m, nada se puede querer sin previo
conocimiento", dice el adagio tomista” [468]. La voluntad es una
facultad ciega, incapaz de desplazarse a su acto si no es por la acción del fin que la atrae mediante y a través del conocimiento intelectivo. También es la inteligencia quien determina con su juicio de indiferencia el modo de libertad de la voluntad humana en su movimiento hacia un bien o fin determinado. Toda la vida práctica de la voluntad y facultades á ella subordinadas -en su doble aspecto jerárquico de hacer y obrarparte de la determinación cognoscitiva de la inteligencia, como un movimiento hacia su último fin o bien en sí, que también se alcanza por la inteligencia. Por lo demás, hemos visto cómo la misma actuación práctica no se realiza sino por la intervención conjunta de la inteligencia y de la voluntad como forma y materia, respectivamente (cfr. c. VIII).
La actividad espiritual de la persona humana se desenvuelve en todo su ámbito entre dos actos de la inteligencia, inicial el uno y último el otro, como causa determinante y final suya, y dirigida siempre en todo su desarrollo por dicha facultad. Con un acto de inteligencia nos abrimos a la vida del espíritu, y con otro alcanzamos el ápice ontológico de nuestra plenitud.
De la inteligencia nace y bajo su ordenación se estructura la
actividad espiritual no estrictamente especulativa, la práctica como un movimiento hacia la consecución del último fin, que sólo se alcanza a su vez y de un modo definitivo por la vida de
contemplación intelectiva. Del apetito espiritual o voluntad
insatisfecha por la ausencia del bien no plenamente conseguido, nace la actividad práctica bajo todos sus aspectos. Pero esta actividad cesa naturalmente con la posesión del último fin. Ahora bien, sólo la inteligencia, enseña S. Tomás, es capaz de
posesionarse del Bien en sí, de Dios, como Verdad infinita, pues la voluntad tiende al bien ausente o se goza en el bien presente, pero
en ambos casos es incapaz de aprehender el bien [469]. La voluntad
como tendencia al fin ausente engendra la actividad práctica, que por eso mismo tiene el carácter de transitoria y vial y dura tanto cuanto la peregrinación del hombre en busca del fin supremo, vale decir, tanto como su vida del tiempo. Por la misma razón, también el entendimiento práctico cesará en sus funciones con la posesión
plena del último fin [470]. De la voluntad, en la vida definitiva del
hombre, ya en posesión del bien definitivo, sólo permanecerá el goce o fruición, derivada de tal posesión alcanzada por la
inteligencia, el gaudiu m de veritate [471]. Pero aún esta vida gozosa
de la voluntad será una consecuencia de la vida plena de la
inteligencia en posesión de la Verdad en sí, como su Bien absoluto,
en que reside la esencia misma de la beatitud [472].
Por la contemplación de la Verdad, por la vida más pura de la inteligencia, el hombre no sólo se integra y perfecciona con la posesión del Ser infinito, Bien último, actualización total de su capacidad potencial, sino que comienza la vida definitiva de su
espíritu [473]. Desde esta cumbre eterna de la plenitud del hombre
que ha logrado alcanzar su último y definitivo bien, la breve vida práctica del tiempo aparece en todo su inmenso valor de
preparación para esta vida definitiva de la contemplación, pero a la vez en la caducidad de su valor provisorio, y como tal, transitorio, que ha cesado y ha sido superada por aquélla, una vez cumplida su misión de conducir a la inteligencia -y por medio de ella a todo el hombrehasta la contemplación beatificante de la infinita Verdad. La vida propia de la inteligencia, la contemplación de la verdad, en cambio, lejos de cesar entonces con la vida práctica, alcanza la plenitud de su desarrollo en el acto exhaustivo de su potencia por el que se posesiona para siempre de la infinita Verdad. Cumplida su
misión, cesa la vida práctica, la vida activa [474], para dar lugar a la
vida plena e inmortal de la inteligencia en la contemplación de la infinita Verdad, como integración total y actualización plena de su potencia, y en ella de todo el hombre.
La inteligencia ocupa así en el sistema tomista la supremacía de la vida del espíritu y del hombre. Es la fuente y la organizadora de su vida humana en el tiempo, la que gobierna con sus normas toda su actividad espiritual y, mediante la voluntad, las facultades a ésta subordinadas, la que comienza a pregustar en la posesión paulatina