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La praxis, hemos dicho, se constituye como un movimiento que arranca de la voluntad como de su raíz, hacia un bien o fin.

CAPITULO VIII. EL ENTENDIMIENTO ESPECULATIVO Y PRACTICO.

5. La praxis, hemos dicho, se constituye como un movimiento que arranca de la voluntad como de su raíz, hacia un bien o fin.

En el orden de los fines, enseña Sto. Tomás, es necesario que haya

un último fin [318] y nada más que uno[319], del que toman su fuerza

final los fines intermedios, que hacen las veces de medios respecto

a aquél[320]. Más aún, la voluntad en todas sus acciones busca

sólo encontrable en Dios [322]; de tal modo que nada quiere o puede querer sino bajo la razón de bien (su objeto formal) y buscando ese su Bien supremo en el que se halla su perfección última y definitiva

[323]. No de otra suerte que la inteligencia que nada conoce o puede

conocer sino bajo el aspecto de ser o verdad, y que en toda su

actividad tiende siempre a la posesión del Ser o Verdad en sí [324],

sólo encontrable en Dios [325].

Sólo con la posesión del bien en sí (como la inteligencia con la del Ser o Verdad en sí), la voluntad alcanza su acto o perfección, y sólo con tal posesión, por eso, logrará su felicidad o quietud y cese de la practicidad.

Porque la practicidad -de voluntad e inteligencia- se constituye y es un indicio del estado vial y transitorio del hombre en pos del Bien en sí, para el que está hecho y que aún no ha perfectamente alcanzado, es el índice de una plenitud no lograda. De ahí que podríamos decir, usando de una expresión frecuente en la pluma de Sto. Tomás, que es "perfectio im mixta imperfectioni", "una perfección mezclada de imperfección". La actividad práctica es propia de la vida temporal del hombre, de su camino sobre la tierra, constituye el esfuerzo para alcanzar la meta suprema de su vida: el Bien en sí de Dios, que dé plenitud de acto a las ansias infinitas de su potencia.

Toda la actividad práctica humana converge, pues, a este último fin extrínseco del hombre, aunque en su posesión encontrará la

perfección o plenitud total intrínseca del propio ser.

Pero entretanto para alcanzar su perfección y prepararse y acercarse a este supremo bien o fin con sus propios actos, como con otros tantos medios, que constituyen la actividad estrictamente práctica (de prátte, obrar) o moral, la voluntad necesita de la ayuda de las demás facultades inferiores, de sus sentidos y pasiones, de su cuerpo, y para procurarse el bienestar y perfección de éste, y mediante ésta la de sí misma y de su vida espiritual en general, necesita echar mano de seres exteriores, de cosas materiales -

naturales, dice con menos precisión la filosofía contemporánea de la cultura- y adaptarlas para este fin. Porque, en efecto, para hacer servir á tales objetos materiales para la perfección propia corporal y aún para su desarrollo espiritual, necesita modificarlos y ordenarlos al fin propio a que ellos se destinan. Semejante actividad práctica se encamina a la perfección propia de la obra extrínseca misma para

que ella alcance su propio fin y así pueda luego servir al bien

humano, a que directa o indirectamente se los destina. Tales son los utensilios o instrumentos de trabajo y los objetos para bienestar del cuerpo, por una parte, y, por otra, las obras de arte, los signos

científicos, los objetos del culto, etc.; dirigidos aquéllos directa o indirectamente -así los utensilios sirven para procurarse otros medios materiales- á la perfección corporal, y éstos a la espiritual del hombre, aunque siempre, eso sí, a través de su cuerpo.

No es el caso examinar ahora todas las modalidades de estos seres, cargados con una intención o fin por parte del hombre. Saldríamos

del propósito de este trabajo [326].

Lo que interesa es subrayar que esta perfección o bien de la obra exterior, es evidentemente extrínseco al hombre y autónomo del bien o fin intrínseco o moral suyo, al que sin embargo debe

esencialmente subordinarse. Porque el que un utensilio o creación de arte sea realizada conforme al fin de la obra misma, no depende y es independiente de la perfección humana o moral con que se la realice. La perfección estriba en que alcance su propia perfección: el que sirva lo mejor posible para el fin para el que se lo destina,

extrínseco al del hombre mismo. Tal actividad humana, normada inmediatamente por el fin de estos mismos objetos extrínsecos y con autonomía del orden moral, es la que Aristóteles llama poiética

(de poiéo, hacer) o "artística" [327], propia del hacer, que comprende

todo el sector de la acción artístico-técnica.

Naturalmente que la autonomía con que se constituye y desenvuelve esta actividad dentro de su propio fin, del que se derivan sus

peculiares reglas, no significa independencia o desvinculación del orden moral. Para Aristóteles y Sto. Tomás no tiene sentido esta actividad poiética si no es subordinada y sirviendo al único último

fin del hombre [328], que es el de su voluntad, vale decir, el Bien en

si [329], término supremo del orden práctico moral, porque es a la

luz y sirviendo a ese fin que se establece y organiza en todos sus ulteriores pasos. E1 hacer no es autónomo sino para enriquecerse con el bien útil de los artefacta u objetos fabricados, a fin de servir luego al hombre, a sus exigencias corporales o espirituales, y para así, más o menos mediata o inmediatamente, ayudar a la voluntad a la consecución de su último fin intrínseco proporcionándole sus

Lo que interesa sobremanera subrayar aquí es la constitución de dos tipos de conocimientos prácticos correspondientes a estos dos sectores autónomos y jerárquicamente subordinados de la poiética y de la práctica estrictamente tal, del hacer y del obrar.

6. Hemos dicho que, a diferencia del saber especulativo o teorético,

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