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El centro de la ciudad: definiciones y orientaciones para la política

II. MARCO TEORICO CONCEPTUAL

2.1. EL CENTRO URBANO EN EL ÁMBITO DE LA CIUDAD

2.1.1. El centro de la ciudad: definiciones y orientaciones para la política

El centro de las ciudades constituye el elemento esencial de procesos históricos y de reestructuración del espacio urbano. Su valor patrimonial, social, cultural, político y económico, ligado a su genealogía, ha estado marcado principalmente por el capitalismo y las profundas transformaciones surgidas en el interior de las ciudades, intensificadas a partir del capitalismo mercantil y, posteriormente, el industrial y el de tercerización.

Ese centro de la ciudad, en cuanto espacio y lugar de intervención, resulta de una singular importancia para el desarrollo urbano y el bienestar social. Sus mutaciones se dan en medio de procesos políticos que abogan por consolidar la democracia y la gestión territorial que impulse modelos urbanísticos incluyentes, que disminuyan desigualdades, promuevan el crecimiento y fortalezcan la identidad y el patrimonio histórico, cultural y arquitectónico.

El origen de la mayoría de los centros en América Latina se remonta a la etapa preindustrial, vinculado a procesos de la colonización española de los siglos XVI al XVIII.

Los centros fundacionales se formaron, en general, donde existían asentamientos importantes de los imperios indígenas (Heineberg, 1996). Estos se estructuraron a partir de una plaza central, una iglesia o catedral y un cabildo, ayuntamiento o concejo. Se presuponía que era allí donde residía el centro del poder político, militar, administrativo y eclesiástico. Con la creciente presencia institucional, en los alrededores de estos centros se da inicio a la construcción de residencias de los gobernantes de la nobleza y líderes locales, así como de las familias acomodadas.

La conformación física de estas ciudades se remonta al urbanismo basado en las Leyes de las Indias, con indicaciones precisas para la fundación de ciudades coloniales españolas:

Su base era el ―tablero de ajedrez‖, herencia de la ciudad colonial grecorromana que en el Renacimiento volvió a encontrar un puesto de excepción entre los proyectos de ciudad ideal. Un importante elemento de la ciudad colonial hispanoamericana era la plaza mayor, situada en el centro de la ciudad y que servía como escenario para el poder. Las culturas

de las ciudades coloniales carecían de fortificaciones y pudieron crecer rápida, pero también ordenadamente, lo cual fue una razón fundamental para el éxito de este modelo urbano (Ribbeck, 1995).

En ese sentido, la estructura social dependía de la ubicación con respecto a la plaza central o plaza mayor. Bähr y Borsdorf (2005) indica sobre las ciudades de América Latina:

Cerca de la plaza estaba instalada la aristocracia, formada por las familias de los conquistadores, los funcionarios de la Corona y los encomenderos o grandes hacendados. El círculo siguiente era ocupado por la clase media, formada por comerciantes y artesanos. En este barrio se ubicaba por lo general el mercado municipal. En el último círculo, el más periférico, vivían los ―blancos pobres‖, los indios y mestizos. La plaza Mayor, denominada originalmente Plaza de armas, constituía tanto el centro de la ciudad como la estructura clave para la red de calles urbanas. Además la plaza actuaba como el núcleo de la vida social. La posición social de cada uno de los ciudadanos estaba determinada por la distancia de su casa respecto de la plaza principal (Bähr y Borsdorf, 2005, p. 207).

Con la instauración del capitalismo comercial durante el siglo XIX y los procesos de

industrialización de las décadas venideras, se da paso a una nueva forma de ocupación territorial, a partir de la migración cada vez más importante de los habitantes del campo a la ciudad y las consecuentes transformaciones entre lo simbólico y las relaciones de intercambio.

El tránsito de una ciudad colonial a una mercantil corresponde a una dinámica social y económica que se expresa en un desarrollo lineal del centro en torno al comercio y las actividades industriales. Aun así, el modelo económico dominante en estos países en cerca de cien años sería el de ―desarrollo hacia afuera‖, en el que se canalizarían los esfuerzos hacia las exportaciones de recursos naturales. Pasada esta etapa, y fruto del desgaste de esa política, se orienta radicalmente el modelo ―de desarrollo hacia adentro‖ que implicaba la sustitución de importaciones. Ello también tuvo su expresión espacial con la intensificación en la construcción de barrios populares en las ciudades, la localización de los ricos fuera del centro en barrios de lujo y la ocupación del centro por parte de grupos sociales pobres y en condiciones de marginalidad.

Casado (2010) complementa esta condición del centro, en la cual no solo hay un valor patrimonial:

En un determinado momento histórico el centro aparece identificado con la Iglesia (época medieval) ya que es la Iglesia la que controla la ciudad. La importancia económica del comercio modificó la situación apareciendo barrios comerciales (burgos) y cierta especialización y los nuevos grupos (burguesía comercial) empezaron a dominar la economía. Por eso en las ciudades industriales ya se diferencian dos centros: el Centro Histórico monumental (los cascos históricos revalorizados) con funciones administrativas y financieras y el centro de negocios (en el caso español, los Ensanches) (Casado, 2010, p.

1).

Todas estas visiones recuerdan que el centro de la ciudad no es solamente un lugar definido por una construcción geométrica. Esa posición se considera un conjunto que cristaliza, condensa, indica algo esencial, sea en términos económicos, políticos, culturales o simbólicos. En efecto, se encuentran allí las instancias más prestigiosas: la alcaldía y el palacio de gobierno, como sede del poder ejecutivo; el congreso, como sede del poder legislativo; y la catedral, como sede del poder religioso. El imaginario urbanístico en América Latina se alimenta de esta figura de espiral donde cohabitan estos poderes y se sobreponen como forma, posición y contenido, lo que hace que la esencia de la vida yazca en la ciudad. El centro haría ver así, como su parte más concentrada, más significativa o representativa de la ciudad, esa articulación formal y funcional de lo que la caracteriza esencialmente.

En este contexto, Borja (1999) afirma que los centros, como espacios representativos de la evolución de una sociedad, tienen una capacidad de integración que no es evidente en todos los espacios urbanos: como núcleos de vida urbana, como núcleos multifuncionales y como generadores de integración desde la diferencia. Una idea importante para tener en cuenta cuando se aborda la transformación urbana es lo que se señala frente a la competitividad urbana: ―Las ciudades se diferencian, sobre todo, por sus centros. Su competitividad y su potencial integrador serán mayores, cuanto mayor sea su diferenciación de las otras ciudades‖ (Borja, 1999, p. 7).

2.1.1.1. Las diferentes aproximaciones a la ciudad histórica

Con un énfasis mayor en lo simbólico frente a lo competitivo, Troitiño (2003) afirma:

El Centro Histórico sirve para identificar y diferenciar a las ciudades al constituir el espacio del pasado y, en gran medida también, la memoria colectiva de una sociedad. En suma, se trata de un producto histórico-cultural que contribuye a excepcionalizar, al tener señas de identidad propias, en un determinado paisaje urbano (Troitiño, 2003, p. 132).

En otras palabras, la singularidad del centro de la ciudad es fundamental tanto en términos de competitividad y posicionamiento económico como en la generación de una cultura e identidad propia, las cuales hacen que un espacio no se parezca a ningún otro en el mundo. Una síntesis de la importancia de los centros históricos es ofrecida por Carrión (2000):

Se trata de una relación social particular, cambiante e histórica contenida en un complejo de relaciones sociales más amplio: la ciudad. Esto significa que los centros históricos existen en la medida en que la ciudad le da vida […] donde la ciudad es condición de existencia y continente del Centro Histórico; este, a su vez, es el origen de la ciudad (Carrión, 2000, p. 14).

El concepto de centro histórico es relativamente reciente. A partir de los años sesenta surge un especial interés por su análisis y comprensión como resultado primordialmente de la crisis generada en los centros urbanos, ante las amenazas percibidas tras la reconstrucción de la posguerra en Europa o por políticas urbanas desarrollistas aplicadas también en América Latina, aunque más tardíamente. Aun así, ya existía una conciencia del monumento como parte del paisaje patrimonial.

Hardoy y Dos Santos (1983) conceptualizan los diferentes tipos de urbanismo patrimonial que pueden encontrarse en áreas históricas latinoamericanas, y hace precisiones según cuatro escalas fundamentales: la ciudad histórica, el pueblo histórico, el centro histórico y los conjuntos históricos. Define el centro histórico así:

Área de valor cultural y arquitectónico que forma parte del área metropolitana, ciudad de considerable población, que posee complejas y diversificadas funciones y una densidad

demográfica importante, constituyen el área central de aglomeraciones urbanas de antigua formación (Hardoy y Dos Santos, 1983, p. 42).

Conceptualmente, el centro histórico tiene un doble significado relacionado con lo espacial y lo temporal, como lo señala Rodríguez (2008). Tiene carácter de centralidad con respecto a la ciudad, no siempre desde el punto de vista físico, pero sí desde la óptica funcional, además de haber sido escenario de hechos históricos relevantes acumulados a lo largo del tiempo. Durante siglos, el centro histórico albergó prácticamente todas las funciones que caracterizan a una ciudad, en una racional mixtura de usos y tipologías arquitectónicas y urbanas específicas, expresadas desde patrones estilísticos diferentes que respondieran a la diversidad y dimensión de las necesidades citadinas.

Otro concepto sobre los centros históricos como objeto de estudio está relacionado con la propia crisis que los empieza a caracterizar y con el interés que recobra, paradójicamente, a partir de su decadencia. Históricamente, según Carrión (2006), el reconocimiento del centro histórico, en su especificidad en el marco urbano de la ciudad, se produce con la aceleración del proceso de urbanización y de industrialización. Esta dinámica genera una reacción de las élites locales que se preocupan por lo que se pierde, lo cual reivindica la creación de un marco institucional de defensa de este imaginario cultural nacional.

Por su parte, en un contexto espacial más amplio, los centros tradicionales como componente de la ciudad conservan características morfológicas particulares y conforman áreas homogéneas que confieren identidad a sus habitantes. Su principal rasgo de identidad lo constituyen las relaciones de vecindad y la continuidad de las estructuras urbanísticas y arquitectónicas. Ello se observa en el espacio público a partir de la secuencia y cuadrícula geométrica de calles y plazas, adaptada a las condiciones geográficas de cada lugar (Gil, 2005).. En otros términos, esta visión de centro tradicional es más estética que geográfica o funcional; es un ámbito que puede reunir el poder religioso y político, el comercio y, a veces, solamente el del encuentro social.

centro histórico. Esta extensión se da debido a motivos de accesibilidad y de presencia de servicios que, conectados con el centro histórico, conforman una idea de centralidad que se encuentra perfectamente adherida al imaginario urbano.

2.1.2. Los procesos socioeconómicos y políticos de la ciudad: el centro y las