II. MARCO TEORICO CONCEPTUAL
2.1. EL CENTRO URBANO EN EL ÁMBITO DE LA CIUDAD
2.1.5. Desafíos para el gobierno y la acción pública
Lefebvre (1991), en su planteamiento con la noción de poder, sostiene que los territorios apropiados son aquellos que se utilizan para servir a las necesidades y las posibilidades de una colectividad en su dimensión simbólica e identitaria, y los territorios dominados son espacios instrumentales transformados casi siempre cerrados, con una finalidad de control sobre procesos naturales y sociales a través de las técnicas, sometiéndolos al interés de la producción económica.
Se atribuye en buena medida la creciente segregación socioeconómica a la zonificación consciente y desbordada de la planificación urbanística, estructurada técnicamente a partir de niveles de ingresos, movilidad, características profesionales y estatus social. Las consecuencias sociales y políticas son evidentes: pérdida de cohesión social y de relaciones de solidaridad, polarización, inequidad en el acceso a derechos por una vida digna y de calidad, entre otras muchas otras razones.
Los imaginarios urbanos se abren en dos corrientes, según Lindon (2004): los
patrimonialistas, que reivindican las espacialidades del pasado, y las manifestaciones
culturales, como forma de revalorar ese pasado y volver a la producción de identidades y cohesión social. La otra corriente se enmarca en un concepto modernista sobre el tiempo y el espacio a partir del cual se genera fragmentación de la temporalidad, que implica la pérdida de memoria colectiva y de la propia historia. Ya no son las tradiciones y el tejido urbano que se construye a partir de las identidades, sino nuevas actividades que se imponen pero desarticuladas de los procesos sociales ajenos a la vida de los centros urbanos. En medio de esas dos posturas también se encuentran unas más moderadas que otras.
Precisamente, el conflicto se acentúa entre los residentes tradicionales y aquellos que quieren modernizar la ciudad. La tendencia a considerar como problema a los moradores pauperizados en su mayoría y la urgencia por recuperar espacios públicos ocupados por la venta informal llevan a estigmatizarlos por su aparente incapacidad de preservar el patrimonio, mientras que otros grupos sociales de ingresos altos principalmente se consideran herederos naturales de estos espacios, como los únicos que podrían reapropiarse de dicho patrimonio. Estos nuevos ocupantes lograrían sus
propósitos cobijados por intereses entre la clase política y la empresarial (Lindon, Aguilar, y Hiernaux, 2006).
Sin embargo, otra manera de abordar el problema es ofrecida por Brandes y Mintz (2000), quien plantea la preocupación por el renacimiento de los centros de las ciudades e identifica los modos de vida positivos que se dan allí, aspecto que desde su perspectiva no es reconocido por los círculos de influencia que se focalizan en esto. Plantea, a partir de la revisión de casos de Miami, Denver, Portland, Boston, entre otras ciudades de Estados Unidos, que en aquellas en las que los ciudadanos se resisten a grandes planes urbanísticos, el renacimiento del centro toma lugar.
La red de establecimientos reconvertidos suelen traer entonces reglas y formas de represión y vigilancia; el sentido de lo público y lo privado se desvanece, y el centro histórico de pertenencia de todos deviene una nueva producción para fines privados, nuevos patrones de ocupación del espacio. En muchos casos, la visión conservacionista contribuye a ese antagonismo entre los que habitan tradicionalmente el centro y sus nuevos propietarios. En este contexto, las transformaciones por la modernidad se respaldarían en procesos de destrucción creativa; sin embargo, la ruptura con el pasado es, según Botelho (2004), ideológicamente manipulada por las clases políticas y por los intereses económicos del capital.
Un elemento central del modelo se relaciona con los procesos de renovación urbana que, aun siendo tratados antes, desde 1950 se asumen a partir de este concepto sugerido por Miles Calean, referido específicamente a las transformaciones de zonas deterioradas en las ciudades, las cuales, a partir de su intervención física, podrían considerarse económicamente más rentables o de otras áreas construidas donde los cambios de uso y fuertes intervenciones generarían mayor eficiencia y funcionalidad.
Aun así, durante la década de los ochenta muchas ciudades reaccionan frente a las políticas basadas exclusivamente en el crecimiento y las problemáticas derivadas de la expansión urbana, y encuentran en la renovación urbana un mecanismo para intervenir zonas deterioradas y detener los procesos indeseados de ampliación de la periferia. Además, los cambios en los patrones de industrialización y consumo llevaron a dejar
importantes áreas que ya no eran necesarias y que despertaron el interés por proyectos de recuperación urbana.
Las intervenciones para mejorar el uso de una zona urbana ya existente se ha asociado a conceptos como renovación urbana, rehabilitación urbana, reactivación urbana y recuperación urbana. Rojas (2004) diferencia el mejoramiento y la renovación — basados en la fuerte connotación física— de la rehabilitación, revitalización, regeneración y recuperación —que aunque requieren la intervención física, tienen una mayor connotación económica y social—. Otros autores las sitúan según la dinámica histórica: en el siglo XIX y principios del XX, la renovación urbana se refería a ―saneamiento de barrios miserables‖, es decir, actuaciones localizadas. Posteriormente se orienta a intervenciones de demolición y recuperación de áreas deterioradas, y hacia los años sesenta se convierte en un instrumento de conservación, restauración, rehabilitación y reordenación (Ramos, 2004). A propósito, la autora recoge varias definiciones:
Algunos autores plantean que la ―renovación urbana es un conjunto de medidas, a través de las cuales se eliminan, mejoran y transforman las inconveniencias o deterioro urbano de un sector, a través del remplazo de edificaciones deterioradas, así como también de la modernización de ellas‖. […] Renovación urbana es recuperar la ciudad a través de la aplicación de políticas (voluntad de hacer) y acciones multifuncionales que, focalizadas en determinados espacios de la ciudad, logran incorporarlos a las dinámicas del desarrollo con equidad (Ramos, 2004, p. 8).
Entre tanto, López (2010) encuentra en el concepto de regeneración, asimilado a rehabilitación, aquellas modalidades de intervención que pueden originarse también a partir de demolición (slum clearance) o de reparación (slum improvement) para mejorar las condiciones de sectores en ruina, conservando el carácter arquitectónico inicial y la trama existente.
Lo que resulta cierto es que lo que fuese concebido en un principio como una acción de interés por parte de varios actores locales fue derivando en riesgos por el enfoque adoptado, la incidencia en el patrimonio urbano y los efectos sobre la población residente que en muchos casos ha conllevado importantes procesos de gentrificación en los cuales propietarios y moradores son progresivamente desplazados a lugares
periféricos o de menores condiciones socioeconómicas, o bien, fueron reemplazados por otros de mayores ingresos.
El proceso toma conciencia a partir del cambio vivido en ciertos sectores de barrios obreros cerca del centro de Londres, en los que individuos de clase rehabilitaban la deteriorada edificación residencial, haciendo subir los precios de la vivienda y provocando la expulsión de las clases obreras que originalmente habían ocupado el sector; con el tiempo lo llamarían gentry. Según Díaz (2013), esto responde a una cambiante estructura socioespacial de la ciudad. La gentrificación sería una sustitución y un aburguesamiento de sectores urbanos que pueden arrasar con la cultura de la zona y, de hecho, de una parte constitutiva de la ciudad.
La gentrificación se ha generado especialmente en las zonas céntricas de la ciudad. En América Latina, la evidencia muestra un cambio de la población residente y de los patrones de cambio de uso; por ejemplo, el de la vivienda productiva de algunos sectores. Las nuevas construcciones han dado lugar a proyectos residenciales de población de mayores estratos, o a la remodelación de edificios que han surgido como
lofts o apartamentos de mayor lujo y de precios mayores no accesibles a la población
residente. La gentrificación y la expulsión de los residentes se otorga a un modelo modernista que, al parecer, responde más a lógicas del mercado que a prácticas incluyentes y dignificadoras de las condiciones de los habitantes del centro, y que de paso van profundizando los procesos de segregación social, además de contribuir a una sustitución de la memoria colectiva, la historia y la tradición. Al respecto, se pregunta Lefebvre (1972) citado por Lindson:
¿Cómo es posible que se restaure el centro de las ciudades, más o menos abandonado, deteriorado? ¿Por qué la gente del cine y el teatro, así como los burgueses cultivados y distinguidos abandonan los barrios distinguidos y los conjuntos residenciales, para instalarse en estos núcleos reconstituidos? Mañana, el centro de las ciudades pertenecerá sin duda a los privilegiados del poder y del dinero. La ciudad y lo urbano corren el riesgo de convertirse en la riqueza suprema de los privilegiados, en el bien superior de consumo que confiere un cierto sentido a este consumo. [...] ¿Por qué la gente acomodada se precipita sobre las antigüedades, los muebles de estilo? (Lindson, 2004, p. 56).
La autora recoge esa pregunta y, en palabras de Lefebvre, expresa que la gente busca lo antiguo porque contiene una historia sin igual que no puede reducirse a señales, ni tampoco despojarse de su historia y de su contenido simbólico (Lindon, 2004).
Otro concepto asociado al modelo de estos cambios del centro es el de la expropiación, siendo este uno de los más complejos por sus connotaciones sociales:
Su utilización es controvertida, debido a las inquietudes que suscita que el poder público suprima el derecho de propiedad para facilitar proyectos inmobiliarios desarrollados por agentes privados, sin que esté clara la presencia de un interés general y donde, al mismo tiempo, se generan procesos de exclusión y de empobrecimiento de familias de bajos recursos (Instituto de Estudios Urbanos [IEU], 2011, p. 1).
Por otra parte, el reconocimiento de que la recuperación de los centros urbanos es un proceso largo y complejo, inevitablemente implica enfrentarlo de forma progresiva. Rojas (2004) sugiere varias fases en la recuperación de los centros urbanos, que pueden tomar mínimo entre 10 y 30 años, una vez se ha acordado el área de intervención identificada en deterioro y abandono y la definición del gobierno local de una estrategia consultada previamente con los actores involucrados. En la primera fase se produce una regulación estable e inversiones públicas para crear condiciones propicias para la inversión privada, aunque en algunos casos el gobierno debe actuar solo; la segunda, de promoción de la inversión privada en que el gobierno, emprende inversiones pioneras y genera incentivos económicos a los promotores; y la tercera es la fase sostenible del proceso, donde se adelantan en la zona todo tipo de operaciones inmobiliarias, como las que se ejecutan en otras áreas de alta dinámica.
Un claro ejemplo de la importancia de inversiones públicas como detonante de transformaciones de renovación urbana es el del transporte masivo. La terminal del puerto de Yokohama, el metro de Bilbao y el de Londres han impulsado la regeneración de zonas en decadencia y cambiado la percepción de inseguridad y exclusión (Ramos, 2004).
Finalmente, a pesar de que la gestión de la renovación urbana ha venido evolucionando y de las primeras intervenciones a cargo del Estado, se ha ido transitando a formas colaborativas mixtas de capital asociado que han sido reconocidas por su efectividad en países como Francia, España, Alemania, e Inglaterra y, en contados casos, en América
Latina. En Colombia, estos escenarios son aun de difícil aplicación y requieren de mayores y mejores políticas públicas y acuerdos sociales para promover el objetivo del desarrollo urbano en condiciones de equidad y sostenibilidad.