• No se han encontrado resultados

Cfr A C Baird, Argumentation, Discussion and Debate, pág 307 ARGUMENTACIÓN —

LOS LIMITES DE LA ARGUMENTACIÓN

60 Cfr A C Baird, Argumentation, Discussion and Debate, pág 307 ARGUMENTACIÓN —

cance. El hombre con ideas preconcebidas es, por tanto, parcial, no sólo porque ha tomado partido por una idea, sino también por- que ya únicamente puede valerse de lá parte de los argumentos per- tinentes que le es favorable, con lo que los demás se quedan, por decirlo así, congelados y sólo aparecén en el debate si el adversario los expone. Como se cree que este último adopta la misma actitud, resulta comprensible que la discusión se presente como una búsque- da sincera de la verdad, mientras que, en el debate, la preocupación está, sobre todo, en el triunfo de la propia tesis.

Si, idealmente, la distinción es útil, ésta empero sólo permite» mediante una generalización muy audaz, considerar a los partici- pantes en una discusión desinteresada portavoces del auditorio uni- versal, y sólo en virtud de una visión bastante esquemática de la realidad se podría asimilar la determinación del peso de los argu- mentos a una pesada de lingotes. Por otra parte, quien defiende un punto de vista determinado está convencido, muy a menudo, de que se trata de una tesis que es objetivamente la mejor y de que su triunfo es el de la buena causa. Por otro lado, en la prácti- ca, esta distinción entre la discusión y el debate parece difícil de precisar en numerosos encuentros. En efecto, en la mayoría de los casos, dicha distinción descansa en la intención que prestamos, con razón o no, a los participantes en el diálogo, intención que puede variar durante el transcurso del mismo. Solamente en los casos pri- vilegiados en los que la actitud de los participantes está regulada por las instituciones podemos conocer de antemano sus intenciones: en el procedimiento judicial, sabemos que el abogado de cada parte tiende menos a aclarar que a desarrollar argumentos en favor de una tesis. Estableciendo los puntos que se van a debatir, el derecho favorece esta actitud unilateral, estas posturas que el litigante ya no tiene más que mantener con constancia contra el adversario. En otros muchos casos, las instituciones intervienen de manera más discreta, aunque efectiva: cuando un recipiendario defiende una te- sis ante los miembros del jurado que la critican, cuando un miem- bro del Parlamento defiende el programa de su partido. Por últi-

§ 8. La argumentación ante un único oyente 83 mo, esta actitud puede proceder de los compromisos adquiridos por el orador: si éste ha prometido a alguien defender su candidatura ante una comisión competente, el diálogo que procurará entablar con los miembros de esta comisión será, de hecho, más un alegato que una búsqueda de la verdad —en este caso, la determinación del mejor candidato.

Vemos que, excepto cuando sabemos por qué razón —institu- cional u otra— la actitud de los participantes es la del alegato y, en consecuencia, implica el deseo de poner al adversario en un aprie- to, es difícil de mantener la distinción clara entre un diálogo que tiende a la verdad y un diálogo que seria una sucesión de alegatos, y sólo podría sostenerse mediante una distinción, previa y cierta,, entre la verdad y el error cuyo establecimiento, salvo prueba de mala fe, dificulta la existencia misma de la discusión.

El diálogo heurístico en el que el interlocutor es una encarna- ción del auditorio universal y el diálogo erístico que tendría por objeto dominar al adversario, sólo son casos excepcionales; en el diálogo habitual, los participantes tienden simplemente a persuadir al auditorio con vistas a determinar una acción inmediata o futura: con este fín práctico, se desarrollan la mayoría de nuestros diálogos diarios. Por otra parte, resulta curioso subrayar que esta actividad diaria de discusión persuasiva es la que menos ha atraído la aten- ción de los teóricos: la mayoría de los autores de tratados sobre retórica la consideraban ajena a su disciplina. Los filósofos que se ocupaban del diálogo la examinaban, generalmente, bajo su as- pecto privilegiado en el que el interlocutor encarna al auditorio uni- versal, o, más aún, bajo el aspecto más psicológico, pero también más escolar, del diálogo erístico, dominado por la preocupación de lo que Schopenhauer 61 llama Rechthaberei. A. Reyes apuntó

con razón 62 que el discurso privado constituye un terreno contiguo

al de la antigua retórica; de hecho, durante las conversaciones coti-

61 Schopenhauer, Eristische Dialekíik, ed. Piper, vol. 6, pág. 394. 62 A. Reyes, El Deslinde, pág. 203.

dianas es cuando hay más ocasiones para poner en práctica la argumentación.

Cabe añadir que, aun cuando al oyente único, ya sea el oyente activo del diálogo o un oyente silencioso al que el orador se dirige, se le considere la encarnación de un auditorio, no siempre se trata del auditorio universal. También —y muy a menudo— puede ser la encarnación de un auditorio particular.

Eso es verdad, evidentemente, cuando el oyente único represen- ta a un grupo del que es el delegado, el portavoz, en cuyo nombre puede tomar decisiones. Pero también ocurre así cuando se estima que el oyente es una muestra de toda una clase de oyentes. Para dirigirse a ella, el profesor podrá elegir al estudiante que le parezca más dotado, al estudiante más inteligente o al estudiante peor situa- do para oírlo.

La elección del oyente único que encarne al auditorio está deter- minado por los objetivos que se fija el orador, y también por la idea que se forma de la manera en que se debe caracterizar a un grupo. La elección del individuo que represente a un auditorio par-1 ticular influye con frecuencia en los procedimientos de la argumen- tación. Si Bentham 63 aprueba el uso seguido en los municipios pa-

ra dirigirse al presidente, es para hacer los debates tan corteses co- mo sea posible. En este caso, se elige al oyente único, no por sus cualidades, sino por sus funciones; esta elección es la que menos compromete al orador y la que menos revela la opinión que tiene del auditorio.

No sucede lo mismo en las demás elecciones: el individuo desig- nado para encarnar al auditorio particular al que se dirige el orador revela, por una parte, la idea que posee de este auditorio y, por otra, los objetivos que espera conseguir. Ronsard, al dirigirse a Ele- na, ve en ella la encarnación de todas las jóvenes a quienes da ei consejo «Cueiilez des aujourdhuy les roses de la vie» (Recoged