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Hayakawa, Language in Thought and Action, pág 127.

ma I0 Imagina, dentro de esta situación ficticia, el comportamien-

11 Hayakawa, Language in Thought and Action, pág 127.

11 lb., pág. 169.

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240 Tratado de la argumentaci^^^^j Formas verbales y argumentación 241 ciertos escritores evitan, en la medida de lo posible, la expresióiL

más concreta, y prefieren el uso de nociones más abstractas que ; les permiten escapar con más facilidad de las objeciones 19. La

servación es exacta y está llena de enseñanza. Si el vocablo concretó y preciso posibilita el establecimiento de un acuerdo, a la vez cias a la presencia que crea y a la univocidad que favorece dicitò término, nunca se debe olvidar que, en algunos casos, sólo el de una palabra abstracta permite no sobrepasar las posi de un acuerdo. En última instancia, el término más concretó^ más presente, puede corresponder a lo inexpresable y ya no sen que el demostrativo fugaz de una presencia infinitamente inestable.

El deseo de expresar lo concreto en su unicidad, llevado demasiado i pro» en lugar de «cubo». iMvGéneralmente, se descubre la intención argumentativa por el in- lejos, puede ser, no la base de un buen convenio, sino la rentü)cáa^te|ío que presenta el uso de un término que se aleja del lenguaje a todo convenio. La presentación de los datos debe adaptarse, si j

cada caso, a las condiciones de una argumentación eficaz.

§. 3 8 . FORMAS VERBALES Y ARGUMENTACIÓN

La presentación de los datos no es independiente de los

s menciona a todos los efectos. Pero, cuando se trata de la utili- llfSción qU e de ellas hace un orador en un discurso determinado,

lo se puede garantizar la equivalencia de los sinónimos en aten- I||óñ a la situación de conjunto en la cual se inserta su discurso, ||^.especialmente en consideración de ciertas convenciones sociales fi|jue pudieran regirlo. A veces, un término estará destinado a servir

indicio (indicio de distinción, de familiaridad o de sencillez), veces, servirá más directamente a la argumentación, dado que -atuará el objeto del discurso dentro de una categoría mejor de lo éjque lo haría el uso del sinónimo; la elección de la palabra «hexae-

|§j&t}itual. Es obvio que la elección del vocablo habitual también tener valor de argumento; por otra parte, sería conveniente ¡r dónde y cuándo puede considerarse que un término deter- minado es habitual; grosso modo, podemos calificar de habitual ^ :1a palabra que pasa inadvertida. No existe la elección neutra, pero

una elección que parece neutra y, a partir de aquella, se pueden J^Jstudiár las modificaciones argumentativas. El término neutro de-

evidentemente, del medio. Por ejemplo: bajo la ocupación mas de lenguaje. La elección de ios términos, para expresar las idéai^®Remana, en Bélgica, en ciertos ambientes era normal, sin duda, pocas veces se produce sin alcance argumentativo. Sólo como e¿¿§¡ ¡jjfeágnar al alemán con el vocablo «boche». De ahí que la voz «ale- secuencia de la supresión deliberada o inconsciente de la intentíá| | ¡ | á n » pudiera indicar, bien la sumisión general de la actitud hostil argumentativa se puede admitir la existencia de sinónimos, d e W j se sentía por el enemigo, bien la estima particular por un ale-

minos que serían susceptibles de utilizarse indistintamente. Sólo determinado que merecía tal consideración. Asimismo, el uso tonces, la elección de uno de los vocablos es pura cuestión de forf

rio. Parece que esta intención negativa es evidente cada vez qué sea posible conocer la intención argumentativa, como en los dicrio- ? narios en los que las palabras parecen intercambiables, porque

; de la perífrasis «persona con disposición para inducir a error», pa- ma, y depende de razones de variedad, de eufonía, de ritmo -ondo* j j / r a designar al «mentiroso», puede tener por finalidad el despojar

a este término, tanto como sea posible, del elemento desvalorizador para asimilarlo a una voz descriptiva y darle al juicio en el cual interviene la apariencia de un juicio de hecho 20; de ahí la significa-

19 Schopenhauer, Parerga und Paralipomena, Ií, § 283, ed. Brockhaus, voi. 6,

pág. 552.

:o En diversas ocasiones, nos serviremos de las nociones de «juicio de valor»

y «juicio de hecho» con el sentido que generalmente se admite en la actualidad.

ción argumentativa de esta perífrasis, que no posee el vocablo « tiroso». Estos dos ejemplos muestran perfectamente que el términ4 denominado por nosotros neutro, es decir, que pasa inadvertido,! está lejos de ser siempre aquel que, por lo general, se llama deserijj|¡ tivo o factual. A este respecto, nada es tan arbitrario como:: distinciones escolares entre discurso factual, neutro, descriptivo^ discurso sentimental, emotivo; sólo interesan estas distinciones la medida en que atraen la atención del estudiante sobre la inti^| ducción manifiesta de juicios de valor en la argumentación; percal son nefastas en la medida en que hacen que se sobreentienda existencia de las maneras de expresarse que serían descriptivas^ sí, discursos en los cuales sólo intervienen los hechos y su objetiví*; dad incuestionable.

Para discernir el uso argumentativo de un término, es impórt^É te conocer las palabras o las expresiones que el orador puedéíea plear y de las cuales ha preferido la voz utilizada. Al conjunto de

JÍIF las locuciones disponibles, podríamos denominarlo —para seguir la terminología de los significistas holandeses— una familia deml:

labras, las cuales no son voces vinculadas por un sistema de dén^T

ciones, sino expresiones emparentadas por su sentido 21. Por £ii¡|

puesto, la formación de semejante familia de palabras no está provista de cierta arbitrariedad; pues esta familia está determinada por un único criterio: la idea previa que tenemos del concepto dicha familia permitirá elucidar. La evolución del concepto depen-^ dería de las variaciones que se producirían en el uso de cada uno' de los cuasisinónimos 22 que integran esta familia; estos términos

formarían un sistema en interacción 23. Por otra parte, nada se opon-

l ^ í a a considerar componentes de una misma familia a los términos Ipjenguas diferentes, con la condición de que sean suficientes los |f|¿itactos entre estos círculos lingüísticos diferentes. Quizás, incluso gai este campo tan poco estudiado, la intervención de la noción fa~ pSa/ra de palabras pueda prestar el mayor número posible de servi- ||fib& Sin duda, se vería que la introducción de un vocablo extraño,

||oé sus matices particulares de significación, puede tener por resul- líado la modificación del concepto ya existente y también la conce- i, a cada uno de los cuasisinónimos, de un segundo plano nue- |íb.;.En la actualidad, el término francés «honneur» y el español s||hpnor» influyen, con certeza, a la vez en la palabra «honor», por |16 menos en la mente de los doctos, para quienes estas voces perte- ¡|&eü;ía la misma familia de palabras.

Los términos de una misma familia forman un conjunto con relación al cual un vocablo se especifica: constituyen, en cierto mo- Í|%- el fondo sobre el cual se destaca el vocablo utilizado. Por el

||cmirario, los términos emparentados por derivación se influyen di- ente entre sí. Los antiguos hablaban de buen grado del argu- mento por las flexiones 24, el cual consiste en aplicar un mismo

icado a las palabras derivadas una de otra, como «justamente» '«justo». Este tipo de argumento está sujeto a muchas objeciones porque ignoran, sobre todo, la divergencia de las evoluciones se- mánticas. Pero, no se ha de olvidar que, ante toda argumentación, Icón frecuencia es importante presentar un enunciado en términos

Nuestro tratado tiende, por otra parte, a mostrar que no hay una distinción ciará ' y básica entre ambas clases de juicios.