LOS LIMITES DE LA ARGUMENTACIÓN
1 0 LOS EFECTOS DE LA ARGUMENTACIÓN
- El objetivo de toda argumentación —hemos dicho— es provo- car o acrecentar la adhesión a las tesis presentadas para su asenti- miento: una argumentación eficaz es Ja que consigue aumentar esta intensidad de adhesión de manera que desencadene en los oyentes la acción prevista (acción positiva o abstención), o, al menos, que cree, en ellos, una predisposición, que se manifestará en el momen- to oportuno.
La elocuencia práctica, que implicaba los géneros judicial y deli- berativos, constituía el campo predilecto en el que se enfrentaban pleiteantes y hombres políticos que defendían, argumentándolas, tesis ?
opuestas y, a veces incluso, contradictorias. En tales torneos orato- rios, los adversarios trataban de ganarse la adhesión del auditorio sobre temas controvertidos, en los que el pro y el contra encontra- ban a menudo defensores igual de hábiles y, en apariencia, igual de honorables.
k, 92 Tratado de la argumentación
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Los detractores de la retórica —para los cuales sólo había una ' ' verdad, en cualquier materia— deploraban semejante situación: se-
gún ellos, los protagonistas desarrollaban sus argumentaciones di- vergentes con ayuda de razonamientos cuyo valor convincente no podía ser más que ilusorio. La retórica digna del filósofo, nos dice Platón en el Fedro, la que ganaría, con sus razones a los mismos dioses, debería, por el contrario, colocarse bajo el signo de la ver- dad. Y, veinte siglos más tarde, Leibniz, quien se da cuenta de que el saber humano es limitado e incapaz con frecuencia de sumi- nistrar pruebas suficientes sobre la verdad de toda aserción, quería, al menos, que el grado del asentimiento concedido a cualquier tesis fuera proporcional a la que enseña el cálculo de las probabilidades o de las presunciones 75.
Los ataques de los que fue objeto por parte de los filósofos la teoría de la persuasión razonada, desarrollada en las obras de retórica, parecían tanto más fundamentados, cuanto que el fin de la argumentación se limitaba, para los teóricos, a cuestiones que podríamos reducir a problemas de conjetura y de calificación. Los problemas de conjetura atañen a los hechos: hechos pasados, en los debates judiciales, hechos futuros, en los debates políticos. «¿Ha cumplido X lo que se le reprocha?», ¿Tal acto acarreará o no tal consecuencia?», he aquí el tipo de preguntas que denominamos con- jeturales. En los problemas de calificación, nos preguntamos si tal hecho puede calificarse de tal o cual manera. En ambos casos, pa- recería escandaloso que se pudiera defender honestamente más de un punto de vista. Le correspondería al filósofo, que estudia de forma desinteresada los problemas de índole general, proporcionar y justificar este punto de vista. Las conclusiones prácticas que sería preciso extraer del estudio de los hechos se impondrían por sí solas a todo ser racional.
Desde semejante perspectiva, la argumentación, tal como la con- cebimos, ya no tiene razón de ser. Los hechos, las verdades o, al
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menos» las verosimilitudes, sometidas al cálculo de las probabilida- des, triunfan por sí solas. Quien las presenta no desempeña ningún papel esencial, sus demostraciones son intemporales, y no tiene mo- tivos para hacer distinciones entre los auditorios a los que se dirige, ya que se supone que todos se inclinan ante lo que es objetivamente válido.
Y, sin duda alguna, en el campo de las ciencias puramente for- males, como la lógica simbólica o las matemáticas, así como en el campo meramente experimental, esta ficción que aisla del indivi- duó conocedor del hecho, la verdad o la probabilidad, presenta ventajas innegables. Asimismo, porque esta técnica «objetiva» triunfa en ciencia, se tiene la convicción de que, en otros campos, su uso es igualmente legítimo. Pero, en los casos en los que no existe acuer- do, incluso entre personas competentes en la materia, ¿qué es, sino un procedimiento para exorcizar, la afirmación de que las tesis pre- conizadas son la manifestación de una realidad o de una verdad ante la cual a un individuo no preparado no le queda otro remedio que aceptarla?
Parece, en cambio, que se arriesga menos simplificando y defor- mando la situación en la cual se efectúa el proceso argumentativo
al considerar que es un caso particular, aunque muy importante, aquel al que la prueba de la verdad o de la probabilidad de una tesis puede administrarse en el interior de un campo formal, cientí- fico o técnicamente circunscrito, de común acuerdo, por todos los interlocutores. Sólo entonces la posibilidad de probar el pro y el contra es el indicio de una contradicción que es preciso eliminar. En los demás casos, la posibilidad de argumentar de manera que se llegue a conclusiones opuestas implica justamente que no se en- cuentra en esta situación particular convertida en familiar por el uso de las ciencias. Esto sucederá cuando la argumentación tienda a provocar una acción que resulte de una elección deliberada entre varias posibles, sin que haya acuerdo sobre un criterio que permita jerarquizar las soluciones.
94 Tratado de la argumentación Los filósofos que se indignaban de que no se pudiera actuar conforme a la conclusión que parecía la única razonable, se vieron obligados a completar su visión del hombre, dotándolo de pasiones y de intereses capaces de oponerse a las enseñanzas de la razón. V' " •'.'¡: • Para retomar la distinción pascaliana, a la influencia sobre el en- \...„ tendimiento, añadiremos los medios que influyen en la voluntad.
Desde esta perspectiva, mientras que la tarea del filósofo, en la , , , medida en que se dirige a un auditorio particular, consistirá en aca-
, n , llar las pasiones que son propias del auditorio, de modo que facilite í
v la consideración «objetiva» de los problemas en discusión, quien trate de ejercer una influencia concreta, iniciada en el momento u<ot\.W! oportuno, deberá, por el contrario, excitar las pasiones, emocionar a los oyentes, de manera que determine una adhesión suficiente- mente intensa, capaz de vencer a la vez la inevitable inercia y las fuerzas que actúan en sentido distinto al deseado por el orador.
Podemos preguntarnos si la existencia en Aristóteles de dos tra- : tados dedicados a la argumentación, Tópicos y Retórica, referido í < \ u n o a la discusión teórica de las tesis y el otro relativo a las particu-
; ^ laridades de los auditorios, no ha favorecido la distinción tradicio- 5
nal entre la influencia sobre el entendimiento y la influencia sobre la voluntad. En cuanto a nosotros, creemos que dicha distinción* y que presenta a la primera como si fuera enteramente impersonal e intemporal y a la segunda como irracional por completo, está ; fundada en un error y conduce a una situación de estancamiento. El error está en concebir al hombre como si fuera un ser compuesto por facultades completamente separadas. El estancamiento consiste en quitar toda justificación racional a la acción basada en la elec- ción, y convertir, por consiguiente, en absurdo el ejercicio de la libertad humana. Sólo la argumentación, cuya deliberación consti- tuye un caso particular, permite comprender nuestras decisiones. Por esta razón, examinaremos, sobre todo, la argumentación en sus efectos prácticos: enfocada hacia el futuro, se propone provo- car una determinación o prepararla, influyendo con medios discur- sivos en la mente de los oyentes. Esta forma de examinarla permití-
rá entender varias de sus particularidades y, especialmente, el inte- rés que presenta para ella el género oratorio llamado epidíctico por los antiguos.