EL PUNTO DE PARTIDA DE LA ARGUMENT ACIÓN
A) LOS TIPOS DE OBJETO DE ACUERDO
79 M Jouhandeau, De la grandeur, pág 98.
® Schopenhauer, Eristische Dialektik, ed. Piper, vol. 6, pág. 418 («Kunstgriff 28»).
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-rííáá mm •m mi-^Mbro del auditorio universal; esta apelación a su sentido moral pu«fcíBl^' : p u e d e suceder que el orador tenga como garantía la adhesión
incitarlo a inventar argumentos válidos dentro de los límites coBÍ plxpresa de los interlocutores a las tesis de partida. Esta aceptación vencionales, o a apreciar de forma diferente aquellos de'JosquSf feo « «na garantía absoluta de estabilidad, pero sirve para incre- dispone. Por otra parte, la preocupación por la opinión actual ¡ M ^ r l a , sin lo cual no dispondríamos del mínimo de confianza futura de los auditorios especializados influye en los discursos d i í l ® ? ^ ^0 Pa r a la vida en sociedad. Cuando Alicia, al conversar
gidos a auditorios no especializados; ciertos actos de la vida c j ^ p ^ - s e r e s d e l p a í s de I a s maravillas, quiere emplear de nuevo
rriente —como compras, ventas— se realizan y discuten t e n i e w l p « S ¿ .de sus afirmaciones, oye esta objeción: «Cuando usted dice ' ' ya queda para siempre, y usted debe aceptar las consecuen-
^ ' 82. Réplica extraña si uno se coloca en el plano de la verdad,
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en cuenta no sólo su alcance presente, sino también la posibÜidáll de poder invocarlos un día en un contexto jurídico. Del mismo nicP- do, el hombre de la calle que observa ciertos fenómenos nat ... _
puede hacerlo teniendo e n cuenta l o que, según él, pueda i n t é r e * ^ - - - - — • ^ " l o s p r o p ó s ¡ t o s c o n s t i tuyeron una
a un auditorio culto. Los no versados formulan sus argumentacií^^l^§xWJ U . . - •
nes de manera que éstas puedan interesar o no a los . .„ en cualquier caso, la posible intervención del especialista infltiu|í¡ en un gran número de controversias entre los profanos.
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jg§£ Ú cual siempre está permitido el cambio, pues se puede alegar ^ j i í C fiS un error. Pero, observación profunda, si uno se sitúa en
^especie
§ 2 7 . ACUERDOS PROPIOS DE CADA DISCUSIÓN
Las premisas de la argumentación consisten en proposidttoej^ admitidas por los oyentes. Cuando éstos están vinculados porireS^, glas precisáis que los obligan a reconocer ciertas proposiciones, todiíí® el edificio del argumentador se fundamenta solamente en un hwhtf ir de carácter psicológico, la adhesión de los oyentes, la cual, la má- yoría de las veces, sólo la presupone el orador. Cuando las concIÜ' # siones de este último desagradan a los interlocutores, éstos pueden, si lo juzgan útil, oponer, a esta presunción de acuerdo con las pre- misas, una denegación cuyo fin sea minar toda la argumentación por la base. Sin embargo, este rechazo de las premisas no siempre se produce sin inconvenientes para los oyentes —aludiremos a esté punto más detenidamente cuando, al analizar las técnicas argumen- tativas, tratemos del ridículo 81.
po ae la acciuu cu ci que «js p i u ^ u v o vuuuvuu;»— ¿ r ^ r . — d e compromiso que no podría ser violado, sin razón sufi-
aéñte, bajo pena de destruir toda posibilidad de vida común. El orador, por supuesto, busca las manifestaciones de la adhe- á explícita o implícita; para subrayar la adhesión o para ínter- in optarla, se utiliza una serie de técnicas, elaboradas por ciertos audi-
torios, principalmente por los auditorios jurídicos. Pero, de ningu- § na manera les están reservadas.
: De forma general, todo el aparato del que se rodea la promulga- idóáde ciertos textos, el pronunciar ciertas palabras, tiende a hacer
más difícil su repudio y a aumentar la confianza social. El juramen- tos en particular, añade a la adhesión expresada una sanción reli- gbsa o casi religiosa. Puede afectar a la verdad de los hechos, a la aceptación de normas, extenderse a un conjunto de dogmas: el relapso era pasible de las mayores penas, porque contravenía un juramento.
La técnica de la cosa juzgada se inclina por estabilizar algunos juicios, prohibir que se ponga de nuevo en tela de juicio ciertas decisiones. En ciencia, al distinguir diversas proposiciones califica- das de axiomas, se les concede explícitamente una situación privile- giada en el seno del sistema; la revisión de un axioma ya sólo podrá Cfr. § 49, «El ridículo y su papel en la argumentación». " L. Carroll, Through the looking-glass, pág. 293.
178 Tratado de la argumentación $ 27. Acuerdos propios de cada discusión - í l l f -
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179 mi estimado amigo se vio, por primera vez, como el abogado de la negociación? ¿La situación de los negocios ha variado desde en- tonces, de forma que la negociación sería, actualmente, más desea- ble de lo que no lo fue en cualquier momento anterior? 84.
producirse mediante un repudio muy explícito, que no podrá llevar- ^ |§ se a cabo por una argumentación que se desarrolle en el interior 1 1 | del sistema del que forma parte dicho axioma. |§¿-
La mayoría de las veces, sin embargo, el orador sólo puede ccm-J| |
tar para sus presunciones, con la inercia psíquica y s o c i a l , ¡ p , ^ f r e c u e n ci a , se sustituirá la justificación del cambio
e n las correncias y e n las sociedades, forma pareja con l a m a r i ^ j ¡ J g ^ . d e ^ ^ n Q h a h a b i d o c a m b i o real, intento
en física. Se puede suponer, mientras no se demuestre lo c o n t r a n o ^ . n e c e s a r i o , dado que está prohibido el cambio: que la actitud adoptada anteriormente —opinión manifestada, c t à ^ f ® ^ * ^
ducta preferida— se continuará en el futuro, bien por deseo dç;| coherencia, bien gracias a la fuerza de la costumbre. La extrafieza| de nuestra condición, según Paulhan, reside en que sea:
facile de trouver des raisons aux actes singuliers, difficile aux actes ¡ ¡ communs. Un homme qui mange du boeuf ne sait pas pourqûëîM il mange du boeuf; mais s'il abandonne à jamais le boeuf poitr lès.'}:3, salsifis ou les grenouilles, ce n'est pas sans inventer mille preuves,^ les unes plus sages que les autres 83.
(fácil encontrar razones a los actos singulares; difícil, a los 'actós|| comunes. Un hombre que come carne de vaca no sabe por qué la . ' come; pero, si la deja para siempre por los salsifis o las ranas, M | lo hace sin inventar mil motivos, unos más razonables qué otros). En realidad, la inercia permite contar con lo normal, lo habi- tual, lo real, lo actual, y valorizarlo, ya se trate de una situación existente, de una opinión admitida o de un estado de desarrollo continuo y regular. El cambio, por el contrario, debe justificarse;! una decisión, una vez tomada, sólo puede modificarse por razones suficientes. Gran número de argumentaciones insisten en que, es este caso, nada justifica un cambio. Partidario de la continuación de la guerra con Francia, Pitt se opone, en estos términos, a cual- quier idea de negociación:
¿Las circunstancias y !a situación del país han cambiado sustaa- cialmente desde la última moción sobre este tema o desde que a
iS d juez que no puede alterar la ley sostendrá que su interpretación ¿ola modifica, que corresponde mejor a la intención del legislador; tf\M mismo modo, se presentará la reforma de la Iglesia como un ¿ retorno a la religión primitiva y a las Sagradas Escrituras. La justi- ficación del cambio y la argumentación tendente a mostrar que no p ian existido cambios, no van dirigidas, en principio, al mismo audi-
torio. Pero, tanto una como otra se encaminan hacia el mismo ob- responder a las exigencias de la inercia en la vida social, Se justificará la innovación, ya por indicación de una modifica- n objetiva, a la que ha debido adaptarse el individuo, ya me- una mutación en el sujeto, considerada un progreso; así, T el cambio que, por quebrantar la confianza social, siempre se deva-
algo, podrá, empero, ser apreciado como muestra de sinceri- . Un cambio que ha sobrevivido a su autor es suceptible de ^convertirse en ejemplar para aquellos que vacilarían en internarse por la misma vía. De este modo, a los republicanos estadouniden- ses, W. Lippman Ies presenta como modelo la evolución del sena- dor Vandenberg, quien, tradicionalmente aislacionista, se convirtió, después de la última guerra, en un partidario convencido y presti- gioso de una política de colaboración internacional 85.
En principio, la inercia puede oponerse a todos los proyectos nuevos y, a fortiori, a planes que, conocidos desde hace mucho tiempo, no se han aceptado hasta hoy. Lo que Bentham llama el