4.19 «¡OS TRAEMOS LA PAZ Y LA LIBERTAD!»
4.23 ALGUNAS COMEDIAS DE ENREDO ENTRE ESTE Y OESTE, O EL PAPA ASESINO VIGILIO
El papa bajo cuyo pontificado comenzó la guerra gótica fue Agapito I (535-536). Comisionado por los godos, Agapito, que pretendía no tener dinero para los costos del viaje, acudió en 536 a Bizancio, donde debía detener la ya iniciada guerra de agresión. Pero no consiguió nada para los godos. Presumiblemente no quería conseguir nada: según Gregorovius «parece haber desempeñado su misión ejerciendo de enemigo de los godos». El Líber pontificalis informa: «Agapito viajó a Constanünopla y allí fue acogido con toda pompa. Enseguida entabló una polémica sobre la fe con el emperador y augusto Justiniano, pío entre los píos..., y con la ayuda de Dios se hizo evidente que el obispo de Constanünopla, Antimo, era un hereje». ¡Esa cuestión interesaría, en todo caso, al romano más que la paz con los godos! Consiguió asimismo que el patriarca monofisita Antimo fuera depuesto -acerca de ello hay un informe totalmente falsificado en el Líber pontificalis- y consagrar al nuevo y ortodoxo patriarca, Menas, el 13 de marzo de 536: «Su actuación allí constituyó todo un triunfo» (H. Rahner, S. J.). Visto desde la perspectiva goda: ¡una visita totalmente frustrada en lo político! En todo caso Agapito murió el 22 de abril de 536, en Constantinopla, de muerte repentina y envuelta en enigmas. El 17 de septiembre, su cadáver llegó a Roma en un ataúd de plomo totalmente cerrado y fue sepultado en San Pedro. Incluso un historiador tan reservado, en general, como E. Caspar se pregunta espontáneamente si la repentina muerte del papa acaeció en circunstancias normales. Pues si Teodora «hubiese querido eliminar al incómodo personaje, conocía de sobra medios y caminos para realizarlo con todo sigilo». Las mayores posibilidades para sueederle las tenía el encargado de negocios romano ante la corte de la emperatriz, Vigilio. Ya el año 532 estuvo a punto de subir a la codiciada silla. Y la emperatriz estaba muy interesada en ello. Con todo, tampoco esta vez le llegó su tumo pues se le adelantó el subdiácono Silverio (536-537), un hijo del papa Hormisdas.182
El emperador prohibió a Antimo, destronado «según la sentencia del papa santísimo», la permanencia en Bizancio y sus alrededores y también en otras ciudades grandes. Teodora, sin embargo, ocultó al derrocado hasta el final de su vida en las estancias secretas de su palacio y finalmente consiguió aupar a su candidato Vigilio a la sede romana, no sin superar previamente, y de modo escandaloso, algunas dificultades.
Vigilio (537-555), el asesino de su predecesor y tal vez involucrado también en la repentina muerte de Agapito, era papa mientras se desarrollaba la gran masacre contra los godos. Gracias a
su gran versatilidad se mantuvo dieciocho años en la Santa Sede, para lo cual fue bastante menos remilgado en cuestiones de fe que en lo tocante a satisfacer los deseos de su soberano.
Esta servidumbre del clero persistía en Oriente desde Constantino, pues, ya él, el primer regente cristiano, era el señor del Imperio y de la Iglesia. Ya bajo su regencia, el Imperio y la Catholica laboraban en estrecha asociación o debían hacerlo así. La línea de «amistad hacia el Estado» seguida por el clero en el siglo V arranca de Constantino y continúa en sus sucesores hasta culminar en el auténtico «cesaropapismo». Los obispos ejecutaban siempre cuanto el emperador ordenaba. Dóciles como autómatas firmaron a centenares los decretos del emperador Basilisco (476), Zenón (482) y Jusüniano (532), incluso en asuntos tocantes a la fe, por muy contrario que ello fuese a la doctrina general de la Iglesia.
El clero italiano se refería así al oriental en el año 552: «Son griegos, los obispos tienen iglesias ricas y fastuosas y no resistirían ni dos meses, si el gobierno les cortase las prebendas. En prevención de ello obran siempre sin la menor vacilación, siguiendo en todo momento la voluntad del príncipe, se les exija lo que se les exija». Pero ocasionalmente también se sometía algún papa como, por ejemplo, Juan II quien, presionado por el emperador, condenó a los acoimetas, fieles a Roma, y reconoció la fórmula teopasquita, próxima al monofisitismo o el mismo papa Vigilio, quien, en el llamado «Edicto de los Tres Capítulos» condenó por deseo de Justiniano las doctrinas de los teólogos «ortodoxos» Teodoro de Mopsuestia (el profesor de Nestorio, a quien también atacó Cirilo), Teodoro de Ciro e Ibas de Edesa (ambos hostiles a Cirilo, pero rehabilitados en Calcedonia), para retractarse después de esa condena y volver, con todo, a condenarlos posteriormente.183
En todo caso Vigilio hizo primero profesión de su fe, si bien a costa de quebrantar sus promesas. En contra de lo que había asegurado no favoreció en modo alguno los propósitos monofisitas de Teodora. Más bien adoptó «desde un principio una actitud íntegramente digna frente a la corte imperial» (H. Rahmer, S. J.): si prescindimos del hecho de que también aceptó su dinero, nada menos que 700 piezas de oro. Pero además, posteriormente, se sometió al emperador en una contienda teológica ulterior, la llamada disputa de los Tres Capítulos, que convulsionó primero Oriente y después Occidente. Para atraerse a los monofisitas, predominantes en las regiones del sudeste del imperio, sin hacer dejación de los principios calcedonenses, el emperador había condenado, a título postumo, de forma plenamente autocrática y sin consultar para nada a ningún sínodo, a través de un edicto (en realidad un tratado surgido hacia 544 y después perdido) a los tres teólogos y obispos del siglo V proclives al nestorianismo: Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa -este último apenas si era conocido- que habían muerto ya hacía mucho tiempo en paz con la Iglesia. Los obispos orientales, totalmente dependientes del emperador, aceptaron en general, aunque tras ciertas renuencias, la condena. Los occidentales, menos expuestos a aquella dependencia, no la aceptaron. El episcopado africano, por ejemplo, cerró filas contra el papa en esta cuestión de los tres capítulos; el italiano y el gálico se le opusieron, cuando menos en su mayoría.184
Ni corto ni perezoso, Justiniano -influido seguramente por Teodora decidió doblegar la opinión de los insumisos e hizo que se llevasen al papa por la fuerza a un barco que salió rumbo a Constantinopla. Ello sucedió el 22 de noviembre de 545 sorprendiendo al papa en la iglesia de Santa Cecilia, en medio de la misa y justamente cuando daba la comunión al pueblo (munmera
errogantem), en pleno asalto de los godos a Roma, que cayó en diciembre. (Según el libro
pontifical la augusta envió al archivero Antimos con una fuerte tropa y con esta orden: «Ten miramientos con él sólo si se halla en la basílica de San Pedro. Pero si encuentras a Vigilio en el Laterano, o en el palatium o en cualquier iglesia, te lo llevas a un barco y lo traes hasta aquí. En caso contrario te haré deshollar vivo».) La pía comunidad romana acababa de recibir la bendición de Vigilio, pero a continuación, escribe incluso el libro pontifical, arrojó piedras, palos
y ollas contra él a la vez que lo mandaba al diablo. «¡Llévate tu hambre, llévate tus muertes! ¡Causaste el mal a los romanos. Que halles el mal donde quiera que vayas!»185
Vigilio, que ya no volvió vivo a la ciudad, reposó, con el permiso imperial naturalmente, casi un año en la soleada Sicilia (Catania), donde la Iglesia tenía extensísimas posesiones, mientras Tótila tomaba, en 546, la ciudad, mandando demoler la mayor parte de sus muros, deportar a la población y llevarse como rehenes a los senadores, a quienes decapitó después. Vigilio no entró en Constantinopla, donde se le dispensó una triunfal acogida, hasta el 25 de enero de 547. El emperador y el papa se besaron las mejillas entre lágrimas que, de seguro, no eran sólo de alegría, pues poco antes se había recibido la dolorosa noticia de la caída de Roma. Después, el papa excomulgó virilmente a todos los firmantes del Edicto de los Tres Capítulos: el papa Gregorio «Magno» mencionaría posteriormente incluso una excomunión de la emperatriz, ¡algo entremadamente increíble! Y al año siguiente, el mismo Vigilio, en el llamado Judicatum del 11 de abril de 548, asintió a la condena de los Tres Capítulos. Más aún: forzó a prestar su firma incluso a los obispos latinos que estaban residiendo de paso en la capital (de Milán y de África). ¡Espléndida demostración del primado doctrinal del papa! En Occidente, particularmente en África, se levantó una ola de indignación. Pero también las personas de su entorno protestaron de tal modo que el papa depuso y excomulgó a algunos de los diáconos que le eran más próximos y entre ellos a su propio sobrino Rústico (que se refugió entre los acoimetas) antes de que un sínodo de obispos africanos le excomulgase a él mismo. Cuando casi todo Occidente elevó su grito unánime y el propio clero romano se rebeló contra él; cuando la Galia, la Italia Septentrional, Dalmacia e Iliria se lanzaron a la secesión, los últimos estertores del cisma por el asunto de los Tres Capítulos se prolongaron hasta finales del siglo VIl en Occidente, y especialmente en Italia: Vigilio, en otro arrebato viril, y apoyado en particular por el diácono Pelagio (éste, que sería su sucesor en el solio pontificio, había regresado a Constantinopla), se desdijo de su sentencia. El papa protestó ahora contra otro edicto impenal relativo a los Tres Capítulos (julio de 551) y amenazó a todos los signatarios con la excomunión, pero después que el emperador redujo a la obediencia al obstinado clero episcopal africano, con sobornos y destierros (al obispo Víctor de Tunnuna, en África, le impuso prisión claustral -eso después de años de destierro- en varios monasterios de la capital, donde escribió su aburrida Crónica del
Mundo) y conquistó, finalmente, Italia. Vigilio, abrumado por las nuevas tribulaciones, creyó,
con cierta razón, que su silla estaba nuevamente en peligro y volvió a mudar de opinión. Hizo todo cuanto exigió de él el cristianísimo emperador, que no se detenía ante nada. Ni ante promesas, fintas o perjurios; ni tampoco ante la violencia policial. El 8 de diciembre de 553, el papa reconoció su «error» en carta dirigida al patriarca de Constantinopla, Eutiquio (552-565), y reprobó los Tres Capítulos juntamente con sus defensores. Ahora bien, Justiniano no se dio por contento con aquel escrito privado del papa. Exigió más, es decir, una condena detallada y pública. Y la obtuvo. En el II Constitutum del 32 de febrero del año 554, Vigilio volvió a condenar los Tres Capítulos. Con ello se aseguró el regreso a casa para la primavera siguiente. Sin embargo, la muerte le sorprendió en el mismo viaje, en Siracusa (Sicilia), a principios de 555 y sólo pudo pisar suelo romano cuando ya era cadáver: el primer papa, desde Pedro, que no fue canonizado.186
Vigilio mismo dio a conocer a todo el mundo, o mejor dicho, «al pueblo de Dios en todo el orbe»
(Universo populo Dei) su calvario, «su martirio» en las garras del emperador católico, «su pía
Majestad», como él escribe, en una encíclica redactada ex profeso el 5 de febrero de 552, «en el año 25 del Señor Justiniano, el augusto perpetuo». Su Santidad se desahoga aquí con abundantes gemidos acerca de «las vejaciones», sobre los «suplicios (multa mala intolerabilia) a los que Nos estuvimos continuamente expuestos», «cada vez más insoportables». «De nada sirvieron todas las protestas presentadas verbalmente o por escrito si no es para aumentar aún más nuestros sufrimientos día tras día». Y Vigilio describe en un momento dado el colmo de su miseria: «Dos días antes de la fiesta de Navidad pudimos observar personalmente y escuchar con nuestros
propios oídos (aurilius nostrís) como se apostaban cuerpos de guardia en todos los portones del palacio -ésa era la mísera morada del firme confesor- [...], su desapacible griterío penetraba hasta la estancia donde reposábamos. Los oímos incluso aquella noche en la que huimos [...]. Sólo podemos apreciar la razón y la dimensión de aquel peligro máximo, que el temor nos hizo despreciar, considerando lo siguiente: tuvimos que escurrimos penosamente por la estrecha brecha de un muro que se hallaba justamente en construcción y nos estuvimos allí, como atenazados por los horribles dolores, en lo más oscuro de la noche. De ahí se desprende con claridad en qué miserable situación caímos sólo por amor a la Iglesia y cuál sería el cautiverio que nos obligó a la fuga en ese momento de máximo peligro».187
El papa mártir, que también era, de pasada, un papa asesino, pero que tuvo que escurrirse - «¡expresión del máximo peligro!»- por «la angosta brecha» de un muro y pasó la noche sin más envoltura que su oscuridad, manifiesta abiertamente su deseo de que «ni un solo creyente en Cristo permanezca en la ignorancia» de tal miseria. Ya al término de todas sus lamentaciones se inclina, como es habitual en él, con servil reverencia ante el emperador: «No hay nada que raye más alto en mi aprecio, ni los vínculos del amor y de la sangre, ni no importa qué bienes terrenales, que mi conciencia y mi buen nombre ante su pía majestad».188
El jesuíta H. Rahner denomina este escrito «gran encíclica del 5 de febrero a todo el orbe católico» y afirma respecto a Vigilio: «Los sufrimientos del papado le permitieron liberar a su persona de toda la lamentable mezquindad de años anteriores [...]».189
Bajo el concepto de mezquindad se pueden subsumir, en el caso de Vigilio, unas cuantas cosas: desde la intriga de gran estilo hasta el asesinato -asesinato de un papa, adviértase-, pasando por la codicia, la venalidad y la apostasía. Y aunque no estuviese, quizás, involucrado de ninguna manera en la misteriosa muerte de Agapito I -sa involucración no es en todo caso muy verosímil- la misma resulta tanto más clara por lo que afecta a la muerte de Silverio. Y del mismo modo que el apocrisiario Vigilio acudió presuroso a Roma, en el intervalo entre ambas defunciones, para convertirse en papa, en «Vicario de Cristo» siguiendo la resolución de la emperatriz Teodora, que tan afecta le era, ahora el apocrisiario Pelagio, una vez muerto Vigilio, acudía presuroso desde Constantinopla a Roma para convertirse también en papa, en «Vicario de Cristo», por encargo, esta vez, del emperador Justiniano, que le era, análogamente, muy afecto. En ambos casos un papa había muerto en Cosntantinopla o en el regreso desde Constantinopla. El sucesor murió asimismo en el camino de regreso de la capital del imperio. Cierto que Vigilio no había podido subir al solio ya en el primer intento y también es igualmente cierto que no feneció, como Agapito, en Constantinopla, sino sólo en el viaje de regreso, en Siracusa. Pero ¿no podría ser que se alteró, ¡qué menos!, el lugar del crimen para no dejar excesivamente clara la duplicidad de los hechos? En todo caso, Vigilio se esfumó tan sorpresivamente en Siracusa como otrora Agapito en Constantinopla. Y cuando Pelagio vino a Roma para ocupar la Santa Sede por el más alto encargo, es decir, por el imperio, buena parte del clero y de la nobleza lo consideraban corresponsable de la repentina muerte de Vigilio: tan corresponsable que tuvo que prestar juramento ante todo el pueblo con el Evangelio en la mano y la cruz de Cristo en su cabeza ¡y a su lado Narsés, el protector bizantino!190
Después de todo ello, Pelagio redactó un escrito de defensa, pero no de su difunto predecesor, sino de los Tres Capítulos, escrito en el que hacía al papa Vigilio los más acerbos reproches, pues «su volubilidad y su venalidad estimuló a los enemigos del Concilio de Calcedonia a interminables escándalos y a abusar del piadoso celo de su imperial majestad»191
Lo que menos se inspiraba en el celo por la fe propio de su imperial majestad resultó ser lo más duradero -poniendo aparte las leyes contra los «herejes»-, a saber, la codificación del derecho romano, el Codees lustinianus (529), cuya influencia pervivió hasta bien entrada la Edad Moderna, y la todavía más importante colección de los Digestos (533), del quaestor sacrí palatii,
hombre de confianza del emperador y ministro de Justicia, Triboniano. Al igual que ocurre con Constantino (véase vol. 1), también en relación con Justiniano suele celebrarse gustosamente su concepción más humana del derecho, cosa que se atribuye a la influencia del cristianismo. Aun así, si se suaviza la suerte del esclavo, se hace ante todo porque hacía ya mucho tiempo que no era él, sino el colono, quien jugaba un papel esencial en el proceso productivo, especialmente en la agricultura. Pero precisamente frente a este último el derecho justinianeo se mostraba implacable. Por lo demás, ¿cómo puede ser humano un derecho que niega, sin más, cualquier protección jurídica a toda persona que siga otro credo?
El celo religioso de su imperial majestad se pagó -como suele ocurrir con el celo religioso de Estados e Iglesias- con miseria y con sangre: y siendo la ambición universalista de Justiniano apenas menor que la de la dinastía constantiniana, se pagó con tanta miseria y con tanta sangre como no se veían de hacía tiempo. Ese celo religioso se pagó al precio de un continuo estrujamiento, continuamente intensificado, de los subditos, pues el frenesí constructor y las guerras del déspota, con una duración de decenios, devoraban sumas ingentes. El celo religioso se pagó asimismo con un constante conflicto religioso: los sufrimientos de los monofisitas, la persecución de los maniqueos, la opresión de los judíos, el exterminio de los samaritanos. Costó también el riguroso combate contra los paganos, a quienes Justiniano persiguió con un encono más intenso que el mostrado por todos los soberanos a partir de Teodosio y a cuyos restos exterminó prácticamente. El celo religioso costó asimismo la erradicación de los vándalos y de los godos. Y también costó muchas tropas propias.
La lucha de Justiniano en pro del catolicismo, más determinadas, presumiblemente, por sus ofensivas en Occidente que por sus convicciones, condujo también a las acciones separatistas de Egipto y de Siria, a la constitución de dos Iglesias nacionales «heréticas», la sirio-monofisita y la copta. Las grandes guerras de agresión en el África del Norte y en Italia, es decir, la triunfal recuperación de Occidente o de parte del mismo, todo ello se pagó con cuantiosas pérdidas en el este y en el norte. Con entrega de tributos, cada vez mayores, a los persas, cuyos ejércitos estragaban el indefenso Oriente. Pese a ello, éstos arrasaron a fuego Antioquía, quemada hasta sus fundamentos, y masacraron a su población o bien se la llevaron cautiva para esclavizarla. Eso en 540, en plena «paz eterna». Y no sólo eso: los persas penetraron hasta el mar y adquirieron una superioridad cada vez mayor y más manifiesta en el Asia Anterior.
Las violenta expansión en Occidente dejó también desguarnecida la frontera del Danubio. Continuas oleadas de pueblos extraños irrumpían por los Balcanes y muy especialmente los eslavos que lo hicieron ya desde los primeros años del gobierno de Justiniano. Estos se extendieron como una inundación por el Imperio y llegaron hasta el Adriático, hasta el golfo de Corinto, hasta el mar Egeo. Cierto que después retrocedieron como en un reflujo, pero acabaron ocupando hasta nuestros días los Balcanes, mientras que las oleadas de otros «bárbaros» fueron, de momento, transitorias.
Los mismos triunfos obtenidos por el emperador en el oeste gozaron, en parte, de corta duración. Su restablecimiento del Imperio fue una obra inacabada. Ya desde el año 568 los longobardos conquistaron extensas regiones de Italia. Las ganancias territoriales obtenidas en el sudeste de España se perdieron pocos decenios después en favor de los visigodos. Y, finalmente, la acometida de los árabes, del Islam, extinguió la obra justinianea, desde Egipto hasta España,