CALLEJERAS Y DE BATALLAS EN LAS IGLESIAS
3.16 LAS FALSIFICACIONES DE SÍMACO
Como quiera que la afirmación -hecha en el transcurso del proceso contra Símaco y suscrita por 76 obispos- de que el papa no podía ser juzgado por ningún hombre no tenía base histórica alguna, según admitió el mismo sínodo, el año 501 un partidario del papa falsificó todo este asunto profusa y descaradamente. Su intención básica era evidenciar la independencia del obispo de Roma respecto a cualquier tribunal, espiritual, o temporal, echando mano de casos del pasado totalmente fingidos.90
El bando papal compuso cartas, decretos, actas conciliares e informes históricos. En un estilo increíblemente primitivo -lo único, por así decir, auténtico en todo ello-, con un latín más propio de «bárbaros» que de romanos, lo cual ilustraba drásticamente la decadencia lingüística y educativa, se fabricaban, se inventaban casos precedentes para apoyar al papa Símaco contra su rival Lorenzo: las supuestas actas procesales de papas anteriores, las Gesta Liberií papae, las
Gesta de Xysti purgatione et Polichronii Jerosolymitani episcopi accusatione, las actas de un
Sínodo de Sinuessa, Sinuessanae Synodi gesta de Marcellino, datadas, supuestamente, en el año 303. Todos estos procesos no eran sino un infundio creado con vistas al escándalo en tomo a Símaco, inventándolos sin traba alguna y fingiendo verosimilitud hasta en detalles mínimos como el de la indicación de los nombres de ciertas localidades. A todos los procesos se les inventó un desenlace igual que el deseado en el proceso contra Símaco, incluyendo la declaración de que «nadie ha juzgado nunca al papa porque la primera sede no es juzgada por
nadie». O bien: «No es justo emitir un veredicto contra el papa». O bien: «Nadie puede acusar a
un obispo, pues el juez no puede ser juzgado». Y el final de una decretal pontificia falsificada desde el principio hasta el fin reza así: «Nadie puede juzgar a la primera sede, de la que todos desean tener un juicio bien aquilatado. Ni el emperador, ni la totalidad del clero, ni los reyes, ni el pueblo pueden juzgar a quien es juez supremo».91
Las Gesta purgationis Xysti son un remedo, puro infundio, del proceder de Símaco, del proceso de Símaco, simulado hasta en pelos y señales pero, por cierto, sin nexo alguno con el pasado. El papa es en ellas acusado por los nobles romanos, como Símaco lo fue por Festo y otros aristócratas de Roma. Al igual que pasó con Símaco, también aquí se le imputan relaciones deshonestas, en este caso con una monja. Y así como en el caso de Símaco debían intervenir los
esclavos, en el remedo hay un esclavo que sirve de testigo. Pero un ex cónsul -jugando el papel del ex cónsul Festo, partidario de Símaco- pone fin al proceso: «pues no está permitido emitir
sentencia contra un papa».92
Estas crasas falsificaciones, «imputables al bando de Símaco o, tal vez, al mismo Símaco» (Von Schubert) -para el jesuíta Grisar tienen «un carácter totalmente privado»- poseen una relevancia que no se limita tan sólo a la historia del momento. De carácter supuestamente privado en su totalidad, jugaron más tarde un gran papel en el derecho canónico. Una vez reelaboradas, hallaron parcialmente cabida en el Líber pontificalis y, gracias a éste, gran difusión. Es más, la formulación del falsificador «Prima sedes a nemine iudicatur» se convirtió -ironía cínica de la historia¡en la fórmula que denotaba el primado de jurisdicción papal! A raíz del proceso contra León III, en el año 800, se remitieron a ella. Y también Gregorio VII recurrió en 1076 a citas literales de aquellas falsificaciones93
Hay un factor notable en todas estas contiendas: la polémica publicística.
Pues fue precisamente el hecho de que se podían presentar graves acusaciones contra Símaco, sin que éste, evidentemente, pudiera justificarse satisfactoriamente; el hecho de que, como ya constaba, hubiese dilapidado bienes eclesiásticos y de que sus adversarios se mofaban en un libelo de los «obispos ancianos y decrépitos» con sus «pandillas de mujerzuelas» lo que llevó a declarar enfáticamente por vez primera: ¡el obispo de Roma no puede ser juzgado por nadie! Como hombre tendrá que expiar en el más allá, pero en la tierra es intangible y exento de cualquier expiación judicial. Y cuando apareció otro libelo «Contra el sínodo de la absolución desatinada», el diácono Enodio, un partidario de Símaco, reivindicaba en su escrito apologético en favor de los obispos de Roma nada menos que la inocencia y la santidad de estos últimos en cuanto bienes de herencia legados por san Pedro. Según la teoría de Enodio, preñada de consecuencias, Pedro había legado a sus sucesores «un tesoro de méritos, inagotable hasta la eternidad y equivalente a una inocencia hereditaria. Todo cuanto le fue entregado a aquél en premio a sus excelsas obras, les pertenece a ellos, iluminados por el mismo resplandor en su peregrinaje. Pues, ¿quién dudaría de que quien tiene tan alta dignidad es santo? Aunque le falten aquellas buenas obras que son fruto del propio mérito, le son suficientes aquellas realizadas por sus predecesores en la sede (de Pedro) [...]». Así pues, si un papa no puede presentar obras buenas propias (y creemos poder completar congruentemente: incluso en el caso de que sólo pueda presentar malas) ¡le bastan para salvarlo las realizadas por Pedro! ¡¿No raya eso en una ideología de desfachatez religiosa?! ¡¿Quién habló de rayar?!: en 1075 el papa Gregorio VII elevó la cosa hasta el culmen en su siniestro Dictatus papae, afirmando que un papa legítimamente consagrado ¡se salvará forzosamente en virtud de los méritos de san Pedro! Lo que también traslucía tras las especulaciones de Enodio, futuro obispo de Pavía, lo señala el obispo de Vienne, Avito, otro partidario de Símaco, con esta frase: «Todos sentimos temblar nuestro propio asiento si el asiento del supremo (papa urbis) vacila bajo el peso de una acusación».94
El Líber pontificalis, libro oficial de cada papa, ornado en la Edad Media por un intenso nimbo, debe su nacimiento a las luchas entre lorenzanos y simaquianos. Y también sus falsificaciones. Pues ambos bandos, aunque bajo perspectivas contrapuestas, iniciaron una colección de biografías de papas y prosiguieron con ello hasta el año 530 o, en su caso, hasta 555. Lo mismo que en las falsificaciones de Símaco, la forma literaria de la «celebérrima historia de los papas» (Seppeit) es notablemente primitiva y, comparada con el nivel cultural más elevado asequible en esta época, se caracteriza por el «desconocimiento de los mínimos elementos de la gramática y de la retórica enseñados en las escuelas» (Caspar). Cierto que a estos clérigos romanos «los animaba la fe en su Iglesia», pero eran «simples de espíritu» (Hartmann). Con todo, trabajaron
pro domo sin el menor escrúpulo y mencionaron todos los papas, en serie ininterrumpida a partir
I
haciendo recurso a la fórmula estereotipada «hic martirio coronatur» convirtieron desenfadadamente en mártires a los papas de los tres primeros siglos, lo cual constituye asimismo, en su casi totalidad, una falsificación (véase el último capítulo del vol. 2). Pero no solamente los primeros pontificados y casi todos los mártires son producto del embuste: como autor del libro de los papas se menciona, falsamente, al papa Dámaso (para todo el tiempo anterior a su pontificado) cosa que fue después creída por la Edad Media. Y como quiera que el preludio de toda la obra, la correspondencia introductoria entre Dámaso y san Jerónimo (una carta de cada uno de ellos) está íntegramente falsificada, el celebérrimo libro de los papas comienza con puras falsedades. Y el supuesto primado de los papas consiste, por su parte, en una pura argucia.95
3.17 ALINEAM ENTO DE LAS FUERZAS EN COMBATE: EL REINO GODO Y