4.19 «¡OS TRAEMOS LA PAZ Y LA LIBERTAD!»
4.22 LA GRAN BENEFICIARÍA DE TODO AQUEL INFIERNO: LA IGLESIA ROMANA
La guerra goda, con sus veinte años de duración convirtió a Italia en una ruina humeante, en un desierto. Según L. M. Hartmann, que sigue siendo probablemente el mejor conocedor alemán de aquella época, las heridas causadas por aquel conflicto al país fueron peores que las sufridas por Alemania en la guerra de los Treinta Años. El tributo de sangre se eleva presumiblemente a millones de víctimas. Comarcas enteras quedaron despobladas, casi todas las ciudades sufrieron uno o varios asedios y sus habitantes fueron en más de una ocasión asesinados en su totalidad. Muchas mujeres y niños fueron apresados como esclavos por los bizantinos y los hombres de ambos bandos murieron al filo de la espada como enemigos y «herejes». Roma, la ciudad millonaria, conquistada y devastada por cinco veces, asolada por la espada, el hambre y la peste, sólo contaba ya con 40.000 habitantes. Las grandes urbes de Milán y Nápoles quedaron despobladas.
De la mano de la despoblación, un empobrecimiento horroroso se extendió por todas partes, causado principalmente por la desertización de los campos pero también por el frecuente degollamiento de los rebaños. Los acueductos y las termas dañadas cayeron en total abandono. Muchas obras de arte y cultura de valor irrecuperable quedaron arruinadas. Por todas partes el mismo espectáculo de cadáveres y ruinas, de epidemias y hambrunas que causaban la muerte a cientos de miles. Tan sólo en la región de Piceno -escribe Procopio, quien enfatiza su calidad de testigo ocular-, murieron de hambre en un único año, en 539, unas cincuenta mil personas cuyos cuerpos estaban tan resecos que ni los mismos buitres se dignaron aproximarse a ellos.'69
Se había cumplido, eso sí, la «buena esperanza» del emperador de que «Dios tenga a bien en su gracia concedemos que Nos recuperemos nuevamente cuanto los antiguos romanos poseyeron hasta las fronteras de ambos océanos y que perdieron por la desidia posterior». En el año 534 Justiniano pudo darse a sí mismo los ostentosos sobrenombres de «Vencedor de los vándalos, vencedor de los godos, etc.».170
Et caetera...
Hasta el jesuíta Hartmann Grisar reconoce que «lo que los bizantinos establecieron en sustitución del régimen gótico no fue la libertad sino la imagen de la misma en negativo [...] equivalía a sojuzgar el libre desarrollo de la personalidad, a un sistema de servidumbre», mientras «que entre los godos la auténtica libertad tenía allí su propia patria».171
Los beneficiados fueron, como es usual tras las guerras (y por supuesto también en la paz), únicamente los ricos. La denominada Sandio pragmática del año 554 restableció el «antiguo orden», la «mitad occidental del imperio», bajo el mando superior del exarca de Ravena. Todas las medidas sociales de Tótila fueron derogadas, los derechos de los latifundistas parcialmente ampliados, incluso, y ellos personalmente favorecidos en varios sentidos. El país, afectado aún por la devastación, fue esquilmado hasta lo último y el pueblo, sumido ya de por sí en una miseria lastimosa, fue forzado, con brutalidad inmisericorde, al pago de elevados impuestos. Todos los esclavos y colonos fugitivos apartados de las fincas fueron obligados a servir nuevamente a sus amos.172
Pero los mayores beneficios de aquel fiasco los obtuvo la Iglesia, como es habitual después de las guerras: incluso, y en mayor medida, en el siglo XX. («Se abrió paso la convicción - confesaba el cardenal Gasquet en el Congreso Católico de Liverpool, después de la segunda guerra mundial- de que la figura que quedó mejor parada en la guerra fue la del papa.»)173
La «herejía» amana fue erradicada de África. También desapareció Italia como reino independiente mientras que en aquel caos general iba creciendo como un inmenso parásito el
«Estado de la Iglesia». Los antiguos privilegios de Roma fueron restablecidos y Justiniano acrecentó el poder y el prestigio del obispo romano. También en la parte antigua del Imperio privilegió su legislación eclesiástica -y cada vez de un modo más claro- a la Iglesia católica, y en especial al monacato. Y mientras se endurecen continuamente las medidas persecutorias contra los herejes, el papa gobierna un patriarcado cuyas fronteras se adentran profundamente en Oriente. Es más, obtiene una potestad municipal acrecentada, un amplio control sobre la administración y el funcionarado. Simultáneamente, los obispos obtienen el derecho de intervenir, junto a los notables (primates) y por delante de ellos, en la elección de los gobernadores provinciales, y el clero italiano en general se beneficia de todos los privilegios que obtuvo el oriental por medio de la Pragmática Sanción, que también pasó a ser vigente para Italia. Espléndidamente organizado, aquel clero estuvo, antes que cualquier persona privada, en situación de hacer valer sus intereses materiales. El papa obtuvo también, juntamente con el senado, la inspección sobre pesos, medidas y monedas. Y como quiera que los bienes de la Iglesia gozaban de mayor movilidad que los de cualquier persona secular y que no sólo pudo consolidar sino también aumentar sus posesiones, sobre todo mediante el expolio del considerable patrimonio de la Iglesia amana «se convirtió en un poder económico de primer rango y en la única institución de carácter público de marcha ascendente en aquella decadencia general de Italia» (Gaspar), convirtiéndose casi «en el único poder dinerario de Italia (Hartmann) y «el papa en el hombre más rico del país» (Haller).174
Pero la Iglesia occidental no sólo obtuvo provecho de los cambios de propiedad y del acrecentamiento de su patrimonio, algo que interesaba personalmente al emperador sino que, como ocurre después de cada gran guerra, los templos se abarrotaban de gente y sobre todo, en aquella época, los monasterios. (Como fue asimismo el caso tras la primera guerra mundial, época en que el clero alemán fundó de doce a trece monasterios como promedio mensual en los años que fueron del 1919 al 1930, con un aumento del número de sus miembros ¡de unos dos mil al año!) Pues el campesino arruinado, el colono hambriento, el funcionario urbano abrumado por los impuestos, todos acudían a ellos. «La Iglesia -escribe Gregorovius- era lo único que quedaba en pie, sola en medio de las ruinas del viejo Estado, única entidad con fuerza para sobrevivir y consciente de sus objetivos, pues a su alrededor todo era desierto.» La tendencia de la época, confirma también Hartmann, «apuntaba en todas partes al aumento del patrimonio sacerdotal [...]. La atmósfera de la época, la decadencia general y la horrible desgracia de aquella guerra de 20 años eran factores propicios a la fe, que barruntaba el próximo fin del mundo, que hacía ver los bienes materiales como insípidos y perecederos y exigía la meditación interior para salvar al menos el alma [...]. En correspondencia con esas propensiones la vida monacal alcanzó entonces y justamente en Italia un espléndido florecimiento [...]. Sólo que una vez más son los colonos quienes sostienen, con sus tributos y el pago de sus rentas, la vida del monasterio [...]. La mayor parte de las rentas derivadas de esa fertilidad sigue redundando, como siempre, no en su beneficio, sino en el de su señor territorial, el monasterio».175
La especialmente beneficiada por la guerra fue la iglesia de Ravena, cuyas rentas regulares se estimaban ya por entonces en unos doce mil solidi (piezas de oro). Sus posesiones territoriales, que llegaban hasta Sicilia, aumentaban continuamente mediante los donativos y la legación de herencias. Banqueros adinerados construyeron y equiparon muchas, llamémoslas así, casas de Dios. Pero sobre todo el obispo de Ravena se benefició especialmente de la apropiación de las iglesias y bienes arríanos cuyo número era particularmente crecido en los alrededores de la antigua capital goda.176
En una ley complementaria de su duodécimo año de gobierno, que afectaba al derecho privado (538/539), Justiniano escribía lo siguiente:
«Todo nuestro empeño consistió en hacer que en nuestro Estado imperen, se robustezcan, florezcan y aumenten las libertades y es ese anhelo que nos llevó a emprender guerras tan enormes contra Libia y Occidente en pro de la «recta fe» en Dios
y por la libertad de los subditos».177
Pero si bien es cierto que el emperador no libró precisamente sus guerras, de más de veinte años de duración, «por la libertad de los subditos», sí que lo hizo, y no en último lugar, por la «recta fe». En aras de ésta, como consta firmemente, había sacrificado y borrado de la Tierra a dos pueblos. Pues la recuperatio imperii, tan asombrosa para muchos contemporáneos y para el mismo Justiniano consistió fundamentalmente en la sangrienta reconquista de África septentrional e Italia en favor del catolicismo. El déspota se convirtió así en «campeón de la Iglesia romana», dando «en primera línea a Roma y al papa, cuanto él podía darles» (Rubin).178 A los subditos, en cambio, el emperador no les dio nada nuevo. Pues quien quiera que dé y con tal abundancia a Roma y al papa, tiene, precisamente, que quitárselo a otros. Y casi siempre, además, ha de oprimirlos. Pues precisamente esas largas guerras supuestamente emprendidas por la libertad de norteafricanos, hispanos y, en especial, italianos -juntamente con las guerras persas con sus más de setecientas fortalezas y centenares de iglesias de nueva construcción- devoraron ingentes sumas de dinero. Pero para financiar los ejércitos en Oriente y en Occidente hubo que arruinar las provincias orientales a fuerza de impuestos, y el pueblo, como encarece Procopio, fue exprimido de modo cada vez más implacable. El descontento aumentó paralelamente, tanto más cuanto que la administración era tan corrupta como la justicia, que los generales eran insolentes y la prevaricación y la violencia estaban a la orden del día. De ahí que en aquel Estado policial y sacralizado todos robaban, desde la policía a los ministros, y los sedicentes «cazadores de forajidos» causaban a veces más estragos que los mismos forajidos. Mientras que a los latifundistas, generales y príncipes de la Iglesia «ortodoxos» les iba espléndidamente, tan sólo en la capital se produjeron en el último decenio del gobierno de Justiniano media docena de levantamientos populares. Y el déspota católico, que también oprimía duramente a los colonos con sus leyes, ahogó en sangre todos los alzamientos revolucionarios del pueblo.179
El cronista de la época, Procopio, modelo de la historiografía bizantina acusa incesantemente en su Historia secreta al emperador de asesinato y robo en la persona de sus subditos así como del más desconsiderado despilfarro del dinero extorsionado. Las acusaciones de Procopio culminan en el capítulo dieciocho, que presumiblemente se atiene en lo esencial a la verdad a despecho de algunas exageraciones, especialmente en lo tocante a las cifras o cuando usa hipérboles como esta: «Sería más fácil contar todos los granos de arena que las víctimas sacrificadas por este emperador [...]». A Libia, de tan dilatadas dimensiones, la sumió en tal ruina que incluso una larga caminata apenas si le depararía a uno la sorpresa de encontrarse con una persona. Y si allí había al principio 80.000 vándalos en armas, ¿quién podría estimar el número de las mujeres, niños y siervos? ¿Cómo podría alguien enumerar la multitud de todos los libios (romanos) que vivían antes en las ciudades o se dedicaban a la agricultura, la navegación o la pesca como yo mismo pude observar a lo largo y lo ancho con mis propios ojos? Y todavía era más numerosa la población númida, que pereció entera con mujeres y niños. Y finalmente la tierra albergaba muchos soldados romanos y sus acompañantes de Bizancio. De forma que quien indicase para África la cifra de cinco millones de muertos se quedaría algo corto respecto a la realidad. La causa de ello fue que Justiniano, una vez derrotados los vándalos, no se preocupó de consolidar el dominio sobre el país. No veló por asegurarse aquel botín mediante la lealtad de los subditos. Lo que hizo más bien fue ordenar súbitamente, sin vacilar, el regreso de Belisario bajo la injusta acusación de tiranía, para hacer y deshacer a su capricho desde aquel mismo momento, expoliando así a toda Libia.
»Envió de inmediato a funcionarios del fisco (censitores) e impuso impuestos extremadamente inhumanos e inauditos. Confiscó las mejores fincas e impidió a los amaños dispensar sus sacramentos. Pagó las soldadas sólo con retrasos y por lo demás siempre trató abusivamente a sus tropas. Esa fue la raíz de los levantamientos que acarrearon finalmente grandes males. No podía persistir en lo ya conseguido. Su naturaleza le inclinaba cabalmente a revolverlo y agitarlo todo.
»Italia, tres veces más grande, como mínimo, que (¡la provincia de!) África, queda, en amplias regiones, aún más despoblada que ésta de forma que no resultará muy difícil adivinar el número de los que perecieron en aquélla. Las razones de todo cuanto acaeció en Italia las expuse ya anteriormente (en su historia de las campañas). Todo cuanto cometió de delictivo en África, volvió a repetirlo allí. Aparte, envió a los llamados logothetes (comisionados del ministerio fiscal) y revolvió y arruinó todo in situ. Antes de esa guerra el poder godo se extendía desde la Galia hasta las fronteras de la Dacia, donde está situada la ciudad de Sirmio. Los germanos (¡los francos!) se apoderaron de muchos territorios en la Galia y Venecia, cuando el ejército romano llegó a Italia. Sirmio y sus alrededores estaba ocupado por los gépidos, pero todo, dicho brevemente, está ahora despoblado. Pues a unos se los llevó la guerra por delante, los otros sucumbieron al hambre y la peste subsiguientes a la misma. Iliria y toda la Tracia, desde más o menos el mar Jónico hasta las proximidades de Bizancio, incluidas la Hélade y el Quersoneso, sufrían casi cada año, desde que Justiniano asumió el poder, las correrías de los hunos, los eslavones y los antes, cometiendo las peores atrocidades con los habitantes. Pues creo que cada correría costó la vida o la esclavitud a 200.000 romanos, de modo que todo el país parece un yermo de Escitia. Tales fueron, por tanto, las consecuencias de la guerra en África y en Europa. Pero durante todo este tiempo los sarracenos lanzaron continuamente sus embestidas contra los romanos del este, causando exterminios desde Egipto hasta la frontera persa, de forma que todas las comarcas quedaron despobladas en gran medida, y no creo que haya nadie que pueda dar respuesta si alguien pregunta por el número de personas que perecieron de esta manera. Los persas y Cosroes invadieron cuatro veces los restantes territorios romanos. Destruyeron las ciudades, y en cuanto a los hombres de que se apoderaron en ellas y en las comarcas, a unos los mataron y a otros se los llevaron cautivos de modo que los territorios que ellos asolaron quedaron cabalmente privados de sus habitantes. Desde que también irrumpen violentamente en la Colquida (¡Lazica!), estos mismos habitantes, lacicos y romanos, sufren igualmente exterminios. Pero tampoco los persas, sarracenos, hunos, las tribus o los otros bárbaros salieron incólumes del territorio romano. Sus ataques, y sobre todo los asedios y los numerosos choques armados les dejaron tan maltrechos que también ellos fueron a su perdición, de modo que no sólo los romanos, sino también la mayoría de los bárbaros obtuvieron el pago por el estigma asesino que afeaba a Justiniano. El propio Cosroes poseía mal carácter, pero como ya dije en los correspondientes libros (de la historia de las campañas), Justiniano le dio toda clase de motivos para sus guerras. Éste no recapacitó nunca para obrar en el momento oportuno, sino que actuó siempre inoportunamente. En la paz y en los tratados urdía siempre, de acuerdo con su aviesa índole, motivos de guerra contra sus vecinos. En la guerra, en cambio, flojeaba sin razón, y afrontaba cuanto era necesario con mucha negligencia, debido a su avaricia. En vez de ocuparse de ella escrutaba las nubes y se esforzaba afanoso por investigar la naturaleza de Dios. Como era un asesino alevoso, no quería renunciar a las guerras, pero, por otra parte, no podía vencer a sus enemigos porque su mezquindad le impedía siempre emprender lo necesario. De ese modo, durante el tiempo de su gobierno el mundo se empapó hasta la saciedad de la sangre de casi todos los romanos y bárbaros.
»Para decirio resumidamente: ésos fueron los eventos bélicos acaecidos por esa época y padecidos por doquier en tierras romanas. Pero si yo hiciese cuentas de los levantamientos producidos en Bizancio y todas las ciudades, se deduciría que, en mi opinión, los crímenes causados no serían menores a los de las guerras. Apenas hubo justicia ni castigo ecuánime de los delitos, pues estando el emperador fervientemente inclinado a uno de los partidos, el otro tampoco daba tregua. Ocurría más bien que los unos, por estar en inferioridad de condiciones y los otros, en virtud de su insolencia, propendían continuamente a la desesperación y la locura. Ora se acometían mutuamente en tropel, ora luchaban en pequeño número o se tendían, según las circunstancias, emboscadas individuales. A lo largo de treinta y dos años no concedieron ni un momento de calma, perpetraron alternativamente horribles sevicias y en general padecieron la muerte a manos de la autoridad que preside el demos (praefectus urbi).
Pero el castigo recaía por lo regular sobre los verdes. Aparte de todo ello, la persecución de los samaritanos y de los denominados heréticos colmó de crímenes el Imperio romano. Todo esto lo comento ahora de forma muy sumaria, porque ya lo traté recientemente por extenso».180
Cuando el tirano murió el pueblo no era libre y el Imperio estaba económicamente exhausto, al borde de la bancarrota.
Para el papado, en cambio, la era de Justiniano -aunque sólo fuese por la reconquista, por el exterminio de dos poderosos pueblos arríanos y la disolución del reino autónomo de Italia- mostró ser en extremo ventajosa en lo material y lo jurídico. Eso a despecho de que los mismos papas volvieron a hacerse más dependientes respecto de la esfera de influencia de los emperadores y vieron su poder tan reducido que algunos de ellos sufrieron peligrosas humillaciones. Como contrapartida, el papa sometió a los obispos orientales a la potestad del papa asegurando: «En todos los asuntos procuramos gustosos que todo redunde en el aumento del honor y la autoridad de Vuestra Sede». Pero Caspar comenta así: «Nunca hasta entonces habló un emperador en tono tan reverencial a la Iglesia romana y. sin embargo, nadie obró, simultáneamente, de forma tan autocrática».181
4.23 ALGUNAS COMEDIAS DE ENREDO ENTRE ESTE Y OESTE, O EL PAPA