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EL EMPERADOR ANASTASIO Y EL PAPA GELASIO BAJAN A LA PALESTRA

EMPERADOR ZENÓN

3.11 EL EMPERADOR ANASTASIO Y EL PAPA GELASIO BAJAN A LA PALESTRA

Anastasio, a quien el patriarca de Constantinopla, Eufemio, inculcó expresamente su obligación de dar soporte a la ortodoxia, a la profesión de fe de Calcedonia, al ser elegido emperador, comenzó bien pronto a defender el Henotikon de Zenón. Personalmente muy piadoso, según reconocía incluso el nuevo papa Gelasio, favoreció a Severo de Antioquia (512-518), posterior patriarca de los monofisitas y hombre de gran cultura y no menos éxito. Un «hombre genial» (Bacht, S. J.), quien del año 508 a 511 fue huésped de la corte imperial. Poco a poco, el Imperator se inclinó hacia los monofisitas hasta ponerse, incluso, totalmente de su parte. Ya antes de su elevación al trono había predicado ocasionalmente en favor de aquéllos y estaba realmente en boca de todos como sucesor de P. Fullo. Pero esta parcialidad del soberano hacia los monofisitas empujó a los católicos a la rebelión, sobre todo a los del Asia Menor y a los de los Balcanes, tanto más cuanto que Anastasio I aplicaba también una rigurosa política fiscal. Sus medidas al respecto merecieron juicios muy diversos, especialmente positivos por parte de Prokopio y del estudioso Juan Lido. El monarca pudo, cuando menos, consolidar la situación monetaria y sanear las finanzas del Estado renovando a fondo el sistema fiscal y gracias a una administración austera y todavía relativamente humana. Fue incluso el único de los emperadores romanos tardíos que suprimió un impuesto que gravaba a las ciudades, el chrisargyron, un

impuesto en oro, lo cual favoreció a las clases más pobres. Al morir no dejó deudas y sí, en cambio, 320.000 libras de oro para el fisco. Ergo, desde una perspectiva católica: «La codicia de oro y la herejía mancharon su reinado y su nombre» (Wetzer/WeIte). El emperador Anastasio no erigió tampoco edificios suntuosos, como hizo más de un papa, y sí en cambio instalaciones portuarias, acueductos y obras semejantes, a la par que adoptaba enérgicas medidas en previsión de las hambrunas. Y, finalmente, bajo su reinado no se efectuaron jamás «persecuciones tan devastadoras como las desencadenadas por Justino y Justiniano tras la abolición del Henotikon [...], y cuando juzgó necesario deponer a un obispo, exigió estrictamente que no se derramara sangre» (Schwartz). Consecuentemente, hasta un enemigo teológico lo consideró como «Anastasio, el buen emperador, el amigo ,de los monjes y protector de los pobres y de los desdichados».62

Pero no todos gozaron de su protección.

Por lo pronto, Anastasio, «limpió» la corte de compatriotas isaurios de su antecesor, cuya familia en pleno puso tierra de por medio. La misma Isauria se vio afectada durante años por una guerra limitada. Todos los enemigos fueron abatidos o hechos prisioneros y amplios sectores de la población deportados a Tracia. Lo que en realidad caracteriza a este gobierno son, con todo, las guerras defensivas contra los persas, el viejo «enemigo secular», y contra los búlgaros, descendientes residuales de los hunos, quienes, reforzados por otras tribus asiáticas se convirtieron en un nuevo «enemigo secular». Ha de consignarse, sin embargo, que este emperador, en craso contraste con sus sucesores católicos «evitó, por principio, las guerras de agresión» (Rubín).63

Por lo demás, Anastasio hizo causa común con los monofisitas. El patriarca de la corte, Eufemio (490-496), sirio y, doctrinalmente, calcedonio riguroso, recelaba desde un principio del futuro emperador. Conocía sus prédicas de seglar, de modo que antes de su coronación hizo que asegurase bajo juramento que «salvaguardaría la integridad de la fe y no introduciría novedades en la Santa Iglesia de Dios». El patriarca depositó en su archivo el texto de la «homología». Era manifiesto que el patriarca se inclinaba más hacia Roma -donde ni Félix III ni Gelasio I se mostraron, sin embargo, muy deferentes con él- que hacia su perjuro soberano. El obispo de la corte logró escapar a varios atentados y también, al parecer, establecer contacto con los rebeldes isaurios, contra quienes combatía Anastasio desde su elevación. Este último hizo que un sínodo constantinopolitano depusiera y expulsara, el año 496, a Eufemio por alta traición, siendo deportado a Euchaíta. A su sucesor Macedonio (496-511) se le tomó juramento de fidelidad al

Henotikon. De ese modo, el monarca provocó la resistencia, aún más rabiosa, de los católicos,

estando varias veces a punto de perder su trono. Ahora bien, en relación con todo ello entraban en juego no sólo motivaciones religiosas, sino también de índole económico-política, que suelen ir a menudo de la mano de aquellas.64

A finales de febrero de 492 murió en Roma el papa Félix III. Gelasio I (492-496) se convirtió, ya el 1 de marzo, en su sucesor. Como cancelario de la curia había redactado ya cartas de Félix y obtenido considerable ascendiente, y aunque su pontificado duró pocos años imprimió a éstos un carácter inconfundible, de fuerte impronta, pues era enormemente pugnaz, lleno de ímpetu, de sagacidad dialéctica y de intransigencia. Aficionado a cierta ironía sarcástica, propendía también en su correspondencia a la ampulosidad, a la verborrea, a periodos enrevesados, a frases largas como una solitaria y a recursos estilísticos puramente retóricos. De todo ello resultaba, sin embargo, en conjunto una hábil mezcla literaria de jurisprudencia romana y sentencias bíblicas. Rara vez se olvidó al respecto de amenazar con el juicio divino. En una palabra: este pontífice estaba predestinado, diplomática y jurídicamente para este cargo y no sólo tuvo enorme relevancia política, sino que desde hacía un cuarto de milenio, desde Novaciano, el primer papa con una formación teológica efectiva. El romanus natus, como se llamaba a sí mismo, aunque todo indica que nació en el norte de África, no se arredraba ni ante la argucia, ni ante la cruda

mentira: tal su afirmación de que sólo Roma había decretado el Concilio de Calcedonia para rendir servicio a la verdad. O bien la de que desde la época de Cristo ni un sólo emperador se arrogó el título de sumo sacerdote. De la jerarquía de los patriarcas derivaba él además un poder judicial, cuestionando a Constantinopla todas las prerrogativas aceptadas entretanto por el Imperio y por la Iglesia. Aparte de ello, tomó partido contra Odoacro, forzado a la defensiva, y en favor del más fuerte, Teodorico, y supo sacar partido a su situación, entre un emperador semiparalizado por las querellas intestinas, las incursiones de los germanos y los hunos, y el rey, que le daba su apoyo, para elevar sus exigencias de poder hasta un nivel que sólo se volvió a alcanzar más de tres siglos después.65

Los papas sabían, naturalmente, lo que debían a los creyentes y a la Biblia y por ello tampoco Gelasio desperdiciaba ocasión para encarecer que él mismo no era digno de su cargo, que era él «el más insignificante de los hombres» (sum omnium hominum minimus). Por otra parte, sin embargo, y pese a toda esa indignidad, sólo sobre él gravitaba el «cuidado» de toda la cristiandad. Y ese cuidado, según Gelasio, abarcaba todo cuanto afectaba a los creyentes, a toda su vida, pública y privada en este mundo.66

Gelasio citaba a menudo las supuestas palabras de Jesús en Mt 16, 18. Insistía repetidamente en la petrinidad de la sede romana, pues era la sede de San Pedro la que legitimaba y confirmaba a las restantes. Y en el sínodo de marzo de 495, que readmitió al legado Miseno, se hizo aplaudir modestamente, pese a su confesada indignidad, por los asistentes a la asamblea: 45 obispos y 58 presbíteros a los que hay que sumar algunos diáconos y representantes de la nobleza. No menos de once veces lo aclamaron así los sinodales: «Vemos en tí al Vicario de Cristo», «Vemos en ti al apóstol Pedro», siendo ésta la primera vez que se contemplaba a un papa como Vicario de Cristo y se le declaraba por tal públicamente.67

Gelasio, «el más insignificante de todos los hombres» no se cansaba de trompetear satisfecho por todo Oriente proclamando la primacía de su propia potestad, su propio rango, su propio poder; o por mejor decir, no sólo por Oriente, sino por todo aquel mundo, en el que él era el primero. Pues lo más sublime y lo primero es lo divino, es Dios, «summus et verus imperator». Que sea lo divino es algo que decide Roma, la «primera sede de Pedro, santo entre los santos», «la sede angélica». Ella es el custodio y sancionador de las verdades de fe. Sólo lo que ella reconoce tiene también validez. Es ella la que legitima, en virtud de la potestad de que sólo ella está revestida, cualquier sínodo. Gelasio fue el primer papa que adjuntó sus propias decretales y las de sus predecesores a los estatutos sinodales, concediéndoles por lo tanto la misma importancia que a los cánones de los sínodos. Algo que Oriente no ha reconocido jamás. Pese a ello, Gelasio se sentía superior a todos. Es más, declaró que esta sede podía convertir «en lo contrario» cualquier decreto conciliar. Desde luego, semejantes afirmaciones no tenían el menor apoyo histórico; eran, sin más, falsas. Sin embargo, respondían a la temible tendencia y, si se quiere, a la lógica inmanente al afán de poder papal, iniciada en época muy anterior a Gelasio y ya señalizada por el concepto de gubemare, de la gubernatio, concepto que aparece de continuo en los escritos curiales del siglo V. Afán de poder eufemísticamente designado como conciencia de su cargo y que Gelasio llevó a una primera culminación, hasta el punto de que más de una vez consideró ultraje hecho a Dios el que se desatendieran o desestimasen sus pretensiones papales. Este hombre revolvió cielo y tierra para acentuar la preemeninencia de Roma (y consecuentemente la propia) ante todo lo demás. «No podemos silenciar lo que todo el orbe sabe, a saber, que la sede de San Pedro tiene potestad para desatar cualquier cosa que hubiese sido atada por la decisión de no importa qué obispo y que (esta sede) tiene potestad para someter a juicio a cualquier iglesia, mientras que nadie puede constituirse en juez de ella. Los decretos han establecido que se puede apelar a ella desde cualquier parte del mundo, pero que no se podrá interponer recurso contra ella (acudiendo a otra instancia)»: pasaje que halló cabida en muchas colecciones de derecho canónico.68

3.12 LA TEORÍA DE LOS DOS PODERES, O EL ESTADO COMO ESBIRRO DE LA

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